Versículo destacado

Hechos 2:42 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Eran fieles en conservar la enseñanza de los apóstoles, en compartir lo que tenían, en reunirse para partir el pan y en la oración. "

Hechos 2:42

menu_book El versículo en contexto

40 Con estas y otras palabras, Pedro les habló y los aconsejó, diciéndoles: —¡Apártense de esta gente perversa!

41 Así pues, los que hicieron caso de su mensaje fueron bautizados, y aquel día se agregaron a los creyentes unas tres mil personas.

42 Eran fieles en conservar la enseñanza de los apóstoles, en compartir lo que tenían, en reunirse para partir el pan y en la oración.

43 Todos estaban asombrados por los muchos milagros y señales que Dios hacía por medio de los apóstoles.

44 Todos los creyentes estaban muy unidos y compartían sus bienes entre sí;

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auto_stories Comentario de Bible Guided

A menudo hablamos de la iglesia primitiva y miramos hacia ella en busca de orientación. Aquí vemos a la iglesia verdaderamente más antigua, en sus primeros días. Todavía era joven, pero eso también significaba que se encontraba en su etapa más pura e inocente.

En primer lugar, permanecían cerca de las prácticas sagradas que Dios había establecido y se fortalecían en todos los actos de devoción. Cuando el cristianismo se recibe con su verdadero poder, atrae al alma a la comunión con Dios por los medios que él nos ha mostrado. Eran constantes y fieles al escuchar la Palabra. Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles y no se apartaban de ella. Por medio del bautismo habían llegado a ser discípulos para ser instruidos, y estaban dispuestos a aprender.

Quienes han entregado su vida a Cristo deben considerar como un deber serio escuchar su Palabra. Al hacerlo, lo honran y se edifican en la fe. También perseveraban en la comunión de los creyentes. Continuaban unidos en comunión (Hechos 2:42) y se reunían cada día, unánimes, en el templo (Hechos 2:46). No se limitaban a sentir afecto unos por otros; pasaban mucho tiempo juntos y compartían estrechamente la vida. Al apartarse de la generación torcida que los rodeaba, no se convirtieron en personas aisladas. Más bien, permanecían muy unidos, y donde se encontraba a un discípulo, probablemente también había otros cerca.

Se puede ver cómo los cristianos se amaban unos a otros. Se cuidaban, compartían las tristezas de los demás y se interesaban de verdad por el bienestar mutuo. También participaban juntos en el culto público. Se reunían en el templo, que era su lugar de encuentro, porque la comunión compartida con Dios es la mejor comunión que podemos tener unos con otros (Juan 1:3). Estaban allí todos los días, no solamente en los sábados y días de fiesta. Adorar a Dios debe ser nuestra labor diaria, y cuando el culto público es posible, cuanto más frecuente sea, mejor. Dios ama las puertas de Sion, y nosotros también debemos amarlas.

También estaban “unánimes”, lo que significa que no solo no había pleitos entre ellos, sino que existía entre ellos un profundo amor santo. Se unían con afecto en el culto público. Aunque se reunían con los judíos en los patios del templo, los cristianos permanecían juntos y unidos en sus devociones particulares. También participaban con frecuencia en el partimiento del pan, es decir, en la Cena del Señor, el memorial de la muerte de su Maestro. No se avergonzaban de confesar su vínculo con Cristo y con Cristo crucificado. No olvidaban la muerte de Cristo, sino que mantenían este recordatorio como una práctica establecida para la iglesia, porque Cristo mismo la instituyó para que se observara a través de todas las generaciones.

Partían el pan de casa en casa, o en cada hogar. No consideraban apropiado celebrar la Cena del Señor en el templo, ya que esta pertenecía especialmente al culto cristiano. Por eso usaban casas particulares, escogiendo hogares de creyentes convertidos que fueran adecuados para reunirse. Esas casas se convirtieron en pequeños lugares de reunión, casi como capillas familiares, donde compartían la Cena con quienes normalmente se congregaban allí para adorar a Dios.

También perseveraban en la oración. Después de que el Espíritu Santo fue derramado, tal como habían hecho mientras esperaban su venida, continuaron orando con fervor. La oración nunca será reemplazada hasta que se pierda en la alabanza eterna. El partimiento del pan se encuentra entre su trabajo y su oración, porque se relaciona con ambos y fortalece a ambos. La Cena del Señor es como un sermón para los ojos y confirma la Palabra de Dios para nosotros. También fortalece nuestras oraciones y ofrece a nuestras almas una manera solemne de elevarse a Dios.

Además, rebosaban de agradecimiento y alababan continuamente a Dios (Hechos 2:47). La acción de gracias debe tener un lugar en toda oración; no debe quedar relegada a un rincón. Quienes han recibido el don del Espíritu Santo tendrán una disposición especial para alabar.

En segundo lugar, se amaban unos a otros y se trataban con gran bondad. Su amor fraternal era tan evidente como su devoción, y el culto que compartían unía estrechamente sus corazones. Con frecuencia se reunían para conversar como cristianos. “Todos los que habían creído estaban juntos” (Hechos 2:44). Esto no significa que aquellos miles estuvieran todos en un mismo lugar al mismo tiempo, lo cual no habría sido posible. Como explica el doctor Lightfoot, permanecían unidos en grupos o congregaciones más pequeñas, según sus idiomas, naciones u otras asociaciones naturales. Puesto que se reunían separados de los incrédulos y compartían la misma fe y los mismos deberes, se dice que estaban juntos, unidos tanto en el lugar como en el propósito.

También tenían todas las cosas en común. Quizás compartían mesas comunes, como los antiguos espartanos, para disfrutar de la comunión, la moderación y la conversación espontánea. Comían juntos para que quienes tenían mucho no fueran tentados por la abundancia y quienes tenían poco no sufrieran por la carencia. O tal vez esto significa que se preocupaban tanto unos por otros y estaban tan dispuestos a ayudar cuando fuera necesario, que verdaderamente podía decirse que tenían todas las cosas en común. Conforme a la ley de la amistad, a nadie le faltaba algo que otro tuviera, porque podía pedirlo.

También usaban con alegría y generosidad lo que poseían. Además de la devoción que mostraban en sus comidas sagradas, como el partimiento del pan de casa en casa, ese mismo espíritu se manifestaba en sus comidas comunes. Comían juntos con alegría y sencillez de corazón. Llevaban el consuelo de la mesa de Dios a sus propias mesas, y esto producía dos buenos efectos.

Primero, los llenaba de gozo y de una santa alegría. Comían su pan con alegría y bebían su vino con un corazón contento, sabiendo que Dios aceptaba su trabajo. Nadie tiene más razones para estar alegre que un buen cristiano, y es una vergüenza que una persona así no manifieste con frecuencia esa alegría.

Segundo, los hacía generosos con los creyentes pobres y ensanchaba su corazón para amar y ayudar. Comían con sencillez de corazón, o, como dicen algunos, con un corazón libre y abierto. No comían solos con egoísmo. Más bien, recibían a los pobres en su mesa, no de mala gana, sino con generosidad sincera. Es apropiado que los cristianos tengan un corazón abierto y una mano generosa, y que den abundantemente en toda buena obra, como quienes ya han recibido los dones de Dios y esperan cosechar abundantemente a cambio.

También establecieron un fondo para ayudar a los necesitados, como dice Hechos 2:45. Vendían sus posesiones y sus bienes; algunos vendían terrenos y casas. Otros vendían sus pertenencias y los muebles de sus hogares, y compartían el dinero con sus hermanos y hermanas según la necesidad de cada uno. Esto tenía el propósito de destruir el egoísmo, no la propiedad, como dice el señor Baxter. Probablemente también respondía al mandato de Cristo al joven rico, como una prueba de su sinceridad: “Vende lo que tienes y dáselo a los pobres”.

Esto no pretendía ser una regla permanente para todos los cristianos en todo lugar y época, como si cada creyente tuviera que vender todas sus propiedades y entregarlo todo. Más adelante, las cartas de Pablo todavía hablan tanto de ricos como de pobres, y Cristo dijo que siempre tendríamos a los pobres con nosotros. Los ricos deben seguir haciendo el bien con los ingresos y el valor de lo que poseen, algo que no podrían hacer si lo vendieran todo de una sola vez. Pero este era un caso extraordinario. No estaban obedeciendo un mandato directo de Dios para hacerlo, como Pedro mostró cuando le dijo a Ananías: “¿Acaso no estaba en tu poder?” (Hechos 5:4).

Aun así, su generosidad era una señal muy digna de que estaban libres del amor al mundo, de que lo consideraban de poco valor en comparación con Dios, de que confiaban en el mundo venidero, de que amaban a sus hermanos y hermanas, de que tenían compasión por los pobres y de que deseaban firmemente ayudar al crecimiento del cristianismo en sus primeros días. Los apóstoles lo habían dejado todo para seguir a Cristo y debían dedicarse por completo a la Palabra y a la oración; por eso también necesitaban apoyo. De esa manera, aquella generosidad se parecía a la del pueblo de Israel en el desierto, que dio tanto para el tabernáculo que tuvieron que pedirle que dejara de llevar ofrendas (Éxodo 36:5-6). Nuestra norma es dar conforme a la manera en que Dios nos ha bendecido. Sin embargo, en un caso como este, quienes dieron aun más allá de sus posibilidades merecen ser elogiados (2 Corintios 8:3).

Además, quienes hicieron esto eran judíos. Los que habían creído en Cristo tenían que entender que la nación judía pronto sería destruida y que la posesión de tierras y bienes en esa región llegaría a su fin. Con esa convicción, vendieron sus propiedades y usaron lo obtenido para la obra presente de Cristo y de su iglesia.

Dios mostró su aprobación al dar señales claras de su presencia entre ellos, como dice Hechos 2:43. Los apóstoles hacían muchos prodigios y señales de diversas maneras; así confirmaban su enseñanza y demostraban sin lugar a dudas que provenía de Dios. Los apóstoles podrían haber sostenido sus propias necesidades y las de los pobres que había entre ellos mediante milagros, del mismo modo que Cristo alimentó a miles con muy poca comida. Sin embargo, Dios recibió la misma gloria cuando, movidas por la gracia, las personas vendieron sus propiedades con ese propósito.

El Señor hizo algo más que darles poder para realizar milagros. También seguía añadiendo personas a la iglesia cada día. Su predicación produjo efectos maravillosos, y Dios bendijo su labor al incorporar a más creyentes. Es Dios quien añade personas a la iglesia, y para los ministros y los cristianos es un gran consuelo verlo actuar de esa manera.

Las personas que estaban fuera de la iglesia también fueron impactadas por lo que veían. En primer lugar, sentían temor de los apóstoles y les mostraban respeto (Hechos 2:43). Muchos de los que veían los prodigios y las señales quedaron sobrecogidos y temían que no honrar a aquellos hombres pudiera traer ruina sobre su nación. La gente común se maravillaba ante ellos, como Herodes temía a Juan. Los apóstoles no tenían ninguna apariencia externa que les exigiera respeto, como los escribas con sus largas túnicas; pero poseían dones espirituales verdaderamente dignos de honra, y estos despertaban en la gente una profunda reverencia. Su predicación y su manera de vivir ejercían una fuerte influencia en el corazón de las personas.

En segundo lugar, la gente los apreciaba. Es seguro que algunos los despreciaban y los odiaban, especialmente los fariseos y los principales sacerdotes; pero la mayoría de la gente común los trataba con bondad, y contaban con el favor de todo el pueblo. Cristo había sido atacado ferozmente por una multitud provocada que gritaba: «¡Crucifícalo!». Por eso, podría haber parecido que su enseñanza y sus seguidores nunca volverían a contar con el apoyo del pueblo. Sin embargo, aquí aparecen gozando de su favor, lo cual muestra que el ataque contra Cristo fue impulsado por los engaños y la presión de los sacerdotes, no por una decisión firme del pueblo. Después, la gente volvió a recobrar el buen juicio.

La piedad sincera y la generosidad ganan respeto, y el servicio gozoso a Dios hace atractiva la fe ante quienes están fuera de la iglesia. Algunos también entienden esta frase como una referencia al amor que ellos tenían por todo el pueblo, sin limitar su bondad a su propio grupo. Esa generosidad amplia hizo que fueran muy respetados.

En tercer lugar, algunas personas se unieron a ellos. Cada día llegaban nuevos creyentes, aunque no tantos como el primer día; eran aquellos que habían de ser salvos. A quienes Dios ha escogido para la salvación eterna, en algún momento los llevará eficazmente a Cristo. Y quienes vienen a Cristo son añadidos a la iglesia por medio del bautismo, como un pacto santo, y por medio de las demás ordenanzas, dentro de la comunión santa.

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