Versículo destacado

Hechos 14:8 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" En Listra había un hombre que no podía caminar. Nunca había caminado porque era cojo de nacimiento. Este hombre estaba sentado, "

Hechos 14:8

menu_book El versículo en contexto

6 Pero Pablo y Bernabé, al enterarse, escaparon a Listra y Derbe, pueblos de Licaonia, y a la región de alrededor,

7 donde también anunciaron la buena noticia.

8 En Listra había un hombre que no podía caminar. Nunca había caminado porque era cojo de nacimiento. Este hombre estaba sentado,

9 escuchando lo que Pablo decía. Pablo se fijó en él y vio que tenía suficiente fe para ser sanado.

10 Entonces le dijo con voz fuerte: —¡Levántate y ponte derecho sobre tus pies! El hombre se puso de pie de un salto y comenzó a caminar.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En estos versículos vemos una sanidad milagrosa que Pablo realizó en Listra sobre un hombre que había estado lisiado desde su nacimiento, semejante a la sanidad que Pedro y Juan realizaron en Hechos 3:2. Aquel milagro anterior abrió paso al evangelio entre los judíos, y este abrió paso al evangelio entre los gentiles. Ambos milagros señalaron la misma verdad: todas las personas están indefensas en los asuntos espirituales hasta que Dios les da fuerzas. Como dice la Escritura: «Mientras todavía éramos débiles, Cristo murió por los impíos» (Romanos 5:6).

Primero, observemos la triste condición de aquel hombre (Hechos 14:8). No podía usar los pies; estaba tan discapacitado que no podía apoyarse en ellos en absoluto. Todos sabían que se encontraba así desde el vientre de su madre y que nunca había caminado ni se había puesto de pie. Debemos darle gracias a Dios por el uso de nuestras extremidades, y quienes no tienen ese regalo pueden recordar que su condición no es única.

Segundo, observemos la esperanza de sanidad que despertó en él (Hechos 14:9). Escuchó predicar a Pablo, y es probable que lo que oyó lo conmoviera profundamente. Creyó que aquellos mensajeros tenían consigo la autoridad y el poder de Dios, y que podían sanar su discapacidad. Pablo lo supo por discernimiento espiritual, y quizá también pudo verlo en el rostro del hombre. Pablo vio que tenía fe para ser sanado. Parece que aquel hombre deseaba ser sanado y tenía esperanza de recibir la sanidad, a diferencia del hombre que Pedro sanó, quien solo esperaba recibir dinero. No había una fe tan grande en Israel como la que hubo entre los gentiles (Mateo 8:10).

Tercero, observemos la sanidad misma. Pablo vio que el hombre tenía fe para ser sanado y entonces lo sanó por medio de la palabra de Dios (Salmo 107:20). Dios no defrauda los deseos que él mismo despierta ni las esperanzas que él mismo crea. Pablo le habló en voz alta, ya fuera porque se encontraba a cierta distancia o para mostrar que los verdaderos milagros, realizados por el poder de Cristo, son muy distintos de las falsas maravillas de los engañadores, que susurran y murmuran (Isaías 8:19). Dios dice: «No he hablado en secreto» (Isaías 45:19). Pablo habló fuerte para que quienes estaban alrededor pudieran prestar atención y estar preparados para lo que sucedería.

No parece que aquel hombre fuera un mendigo, ya que el texto dice que estaba sentado, no que estuviera sentado pidiendo limosna. Aun así, podemos imaginar lo doloroso que debió ser verlo caminar a los demás mientras él no podía moverse. La orden de Pablo debió ser bien recibida: «Ponte de pie y enderézate». En efecto, fue como si Pablo le dijera: «Intenta usar las fuerzas que Dios te está dando y descubrirás que él te ayuda». Algunas copias añaden: «Te digo, en el nombre del Señor Jesucristo: ponte de pie y enderézate». Esto está ciertamente implícito y bien pudo haberse dicho de manera directa. El poder acompañó a la palabra, porque de inmediato el hombre dio un salto y comenzó a caminar. No solo se puso de pie, sino que caminó delante de todos, demostrando que había sido sanado completa e inmediatamente.

Con esto se cumplió la Escritura: cuando el desierto del mundo gentil florece como la rosa, «el cojo saltará como un venado» (Isaías 35:1, 6). Quienes son sanados por Dios de su debilidad espiritual deben demostrarlo mediante un gozo santo y una manera de vivir santa.

En segundo lugar, vemos el efecto que esta sanidad tuvo en la multitud. Se quedaron asombrados. Nunca habían visto ni oído algo semejante, y quedaron sobrecogidos de admiración. Pablo y Bernabé eran extranjeros en su tierra, exiliados y refugiados, y todo lo relacionado con ellos parecía hacerlos personas humildes y comunes. Sin embargo, aquel milagro hizo que parecieran grandes y dignos de honra ante los ojos del pueblo, aunque los muchos milagros de Cristo no impidieron que los judíos lo despreciaran.

La gente tomó a Pablo y a Bernabé por dioses (Hechos 14:11). Gritaron en su propio idioma, la lengua de Licaonia, que era un dialecto griego: «Los dioses han bajado a nosotros en forma humana». Pensaron que Pablo y Bernabé habían bajado del cielo y que eran seres divinos con apariencia humana. Esto encajaba con las creencias paganas y con las historias que sus poetas contaban acerca de los dioses que visitaban la tierra. Eran lo bastante orgullosos como para pensar que una visita así había ocurrido precisamente entre ellos.

Incluso intentaron identificar cuáles dioses eran aquellos hombres (Hechos 14:12). Llamaron Júpiter a Bernabé, ya que, si iban a convertirlo en un dios, era fácil colocarlo entre los dioses principales. Probablemente era el hombre mayor y tenía una apariencia más digna. Llamaron Mercurio a Pablo, el mensajero de los dioses, porque Pablo era el principal orador y tenía mayor dominio del lenguaje. También pudo haberles parecido rápido y vivaz en su manera de actuar. Como se decía que Júpiter solía viajar con Mercurio, supusieron que aquí se repetía el mismo patrón.

Entonces el sacerdote se preparó para ofrecerles sacrificios (Hechos 14:13). El templo de Júpiter estaba frente a la entrada de la ciudad, como si la vigilara y protegiera. Cuando el sacerdote oyó los gritos del pueblo, actuó de inmediato, pensando que era su deber honrar debidamente a los dioses. Muchas veces había ofrecido sacrificios costosos a la estatua de Júpiter, pero si el mismo Júpiter estaba presente, entonces había que rendirle todos los honores. La gente estaba lista para participar. Esto demuestra con qué facilidad las personas sin entendimiento son arrastradas por la emoción pública. Si la multitud grita: «¡Aquí está Júpiter!», el sacerdote de Júpiter se apresura a seguirla.

¡Qué diferente fue esto de lo que ocurrió con Cristo! Cuando el Hijo de Dios descendió y apareció en forma humana, e hizo muchos milagros grandes, la gente no le ofreció sacrificios. En cambio, lo convirtió en blanco de su orgullo y su odio. «Él estaba en el mundo, y el mundo no lo reconoció. Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron». Pero Pablo y Bernabé, después de un solo milagro, fueron tratados de inmediato como dioses. El mismo poder que ciega la mente mundana ante la verdad también facilita la propagación del error, y en ambos casos el mal obtiene lo que busca.

Llevaron toros para ofrecerles sacrificios y guirnaldas para colocarlas sobre los animales sacrificados. Esas guirnaldas estaban hechas de flores y cintas, y adornaban los cuernos de los toros.

Pablo y Bernabé rechazaron firmemente aquel honor inmerecido y se esforzaron por detenerlo. Muchos gobernantes paganos se llamaban dioses y disfrutaban recibir adoración divina, pero los siervos de Cristo rechazaron ese honor, aunque eran verdaderos benefactores de la humanidad. Aquellos gobernantes solo afirmaban servir al pueblo, mientras que Pablo y Bernabé realmente lo servían.

Estaban profundamente indignados por aquel insulto contra Dios. Cuando oyeron lo que hacía la multitud, se rasgaron la ropa. No lo hicieron cuando la gente los insultó ni siquiera cuando amenazó con apedrearlos, porque podían soportar el daño personal. Pero cuando el pueblo intentó adorarlos, no pudieron quedarse tranquilos, pues el honor de Dios les importaba más que el suyo.

También actuaron rápidamente para detener a la multitud. No permitieron en silencio que el error continuara, como si la falsedad pudiera ayudar al evangelio. Cristo ya les había dado suficiente honra al hacerlos apóstoles. No necesitaban la dignidad de príncipes o dioses, porque ser llamados embajadores de Cristo y siervos de Dios era más grande que ser llamados Júpiter y Mercurio.

Cuando se enteraron de lo que estaba sucediendo, se lanzaron en medio de la multitud. Su acción demostró que no se consideraban dioses ni personas que debieran recibir un trato especial. No se quedaron apartados esperando los elogios. En cambio, se abrieron paso entre la gente, como hombres que necesitaban detener urgentemente un error peligroso.

Entonces razonaron con el pueblo y gritaron para que todos pudieran oírlos: «Hombres, ¿por qué hacen esto?». ¿Por qué intentarían convertir a unos hombres en dioses? Pablo y Bernabé dijeron que aquello era absurdo por dos razones claras. Primero, su naturaleza humana hacía imposible semejante adoración. Eran solo hombres, con los mismos sentimientos y debilidades que la multitud. Estaban sujetos a las mismas dificultades de la vida humana, así que no debían ser tratados como dioses.

Segundo, su propio mensaje se oponía a aquello. Predicaban que la gente debía apartarse de esos ídolos vacíos y volverse al Dios viviente. Si permitían que los adoraran, solo fortalecerían el mismo error que trataban de corregir. Por eso aprovecharon aquel momento para mostrar a los gentiles cuán correcto y necesario era volverse de los ídolos a Dios (1 Tesalonicenses 1:9).

Cuando Pablo y Bernabé predicaban a los judíos, no necesitaban argumentar contra la idolatría, porque los judíos ya la odiaban. Pero cuando predicaban a los gentiles, tenían que corregir graves errores acerca de Dios. Primero les dijeron que los dioses que ellos y sus antepasados habían adorado eran cosas vacías, y que todas las ceremonias relacionadas con ellos eran inútiles y necias. La Escritura suele llamar «vanidades» a los ídolos, porque no son nada útil ni real. Un ídolo es un fraude, una copia falsa que engaña a quienes confían en él.

Segundo, les dijeron que el Dios al que los llamaban a servir es el Dios viviente. Los gentiles habían adorado imágenes muertas que no podían hacer nada por ellos, o incluso habían intentado honrar a hombres que pronto morirían. Pero el Dios verdadero tiene vida en sí mismo, da vida a otros y vive para siempre.

En tercer lugar, les dijeron que este Dios es el Creador del mundo, la fuente de todo poder y de toda existencia. Él hizo el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos, incluso aquello que la gente trataba como dioses. Por eso está por encima de todos los dioses que ellos habían imaginado. No debían inclinarse ante lo que ellos mismos habían fabricado ni ante poderes falsos inventados en su propia mente. Se les estaba llamando a adorar al verdadero Señor de todo.

En cuarto lugar, Pablo y Bernabé les recordaron que Dios había mostrado gran paciencia con el mundo. Durante muchas generaciones, permitió que las naciones siguieran sus propios caminos. Los idólatras podían pensar que su larga costumbre de servir a dioses falsos hacía aceptable continuar así. Pero el hecho de que hubieran sobrevivido era una prueba de la misericordia de Dios, no de que aprobara su pecado. Dios no los había destruido antes, aunque no habían conocido toda la verdad.

Sin embargo, ahora la situación había cambiado. Dios había enviado el evangelio y había dado a conocer claramente quién es y cuál es su voluntad a todas las naciones, no solo a los judíos. Si después de que esa luz había llegado las personas seguían aferrándose a la idolatría, ya no podían esperar que Dios siguiera soportándolas como antes.

Dios permitió que todas las naciones que no habían recibido la revelación divina —es decir, todas excepto los judíos— siguieran sus propios caminos. Tenían pocas cosas que las refrenaran, aparte de su propia conciencia y sus pensamientos (Romanos 2:15), pues no tenían las Escrituras ni los profetas. En ese sentido, eran más excusables cuando se desviaban, porque caminaban en ignorancia. Pero ahora que Dios ha enviado su revelación al mundo para que todas las naciones la escuchen, la situación es diferente.

También podemos entender esto como un juicio sobre las naciones, porque Dios las entregó a sus propios deseos y les permitió seguir sus propios caminos. Pero ha llegado el momento de quitar el velo extendido sobre todas las naciones (Isaías 25:7). Por eso ya nadie puede justificarse diciendo que no sabía que había una manera mejor. Deben apartarse de sus caminos vacíos.

La paciencia que Dios ha tenido con nosotros hasta ahora debe llevarnos al arrepentimiento, no hacernos pensar que siempre seguirá siendo paciente mientras continuamos provocándolo. Y lo que hicimos por ignorancia no justifica que sigamos haciendo lo mismo ahora que hemos recibido mayor enseñanza.

Incluso cuando las personas no eran guiadas ni corregidas por la Palabra escrita de Dios, podían y debían haber reconocido algo mejor por medio de las obras de Dios en la creación y en su providencia, como se ve en Hechos 14:17. Los gentiles no tenían los estatutos ni los juicios dados a los judíos, ni las tablas del testimonio ni el tabernáculo del testimonio. Aun así, Dios no se dejó sin testimonio. Además del testimonio dentro de ellos —la voz de la conciencia natural—, tenían a su alrededor testimonios en las dádivas de la providencia común.

Su falta de las Escrituras los excusaba en parte; por eso Dios no los destruyó por su idolatría como había hecho con la nación judía. Sin embargo, esto no los excusaba por completo. Seguían siendo muy culpables delante de Dios. Él había dado suficientes señales para mostrar que solo él debía ser adorado y que todo servicio le pertenecía, puesto que de él procedían todos sus bienes y comodidades. Por eso eran culpables de una gran injusticia e ingratitud al desviar hacia otros el honor que le correspondía a Dios.

Como Dios no se ha dejado sin testimonio, tampoco nos ha dejado sin guía. Por eso no tenemos excusa. Todo lo que da testimonio de Dios se convierte en un testimonio contra nosotros si damos a otro lo que le pertenece exclusivamente a él.

Las dádivas de la providencia común dan testimonio de que existe un Dios, porque todas son otorgadas con sabiduría y propósito. La lluvia y las estaciones fértiles no llegan por casualidad, y ninguno de los ídolos de las naciones puede dar lluvia (Jeremías 14:22). Las fuerzas de la naturaleza señalan el poder soberano del Dios de la naturaleza, aquel de quien proceden y de quien dependen. No es el cielo mismo el que da la lluvia, sino Dios, quien la envía desde el cielo. Él es el Padre de la lluvia (Job 38:28).

El bien que recibimos por medio de estas dádivas también muestra que no debemos agradecer a las cosas creadas que nos sirven, sino al Creador, quien hace que sean útiles para nosotros. Dios «hizo el bien» y «no se dejó sin testimonio». Su bondad demuestra aún más claramente que merece nuestra adoración que las manifestaciones de su grandeza, porque su bondad forma parte de su gloria. La tierra está llena de su bondad, y sus tiernas misericordias están sobre todas sus obras; por eso ellas lo alaban (Salmo 145:9-10).

Dios nos hace bien al preservar el aire que respiramos, el suelo que pisamos y la luz del sol que usamos para ver. Pero la señal más clara de la providencia en la vida de cada persona es el alimento y la bebida de cada día, y por eso el apóstol se enfoca en ellos. Dios nos hace bien al prepararlos para nosotros por medio de muchas causas que dependen de él como la causa primera. Los cielos envían lluvia a la tierra; la tierra produce grano, vino y aceite, y estas cosas, a su vez, nos sostienen (Oseas 2:21-22). Dios da la lluvia desde el cielo, y si no hubiera lluvia, no habría manantiales y pronto moriríamos de sed. También da lluvia a la tierra para que tengamos no solo bebida, sino alimento. Si los cielos se vuelven como hierro, pronto la tierra se vuelve como bronce (Levítico 26:19). La lluvia es como el río de Dios, que enriquece grandemente la tierra; por medio de ella, Dios prepara el grano para nosotros (Salmo 65:9-13).

Los paganos solían pensar en el Dios supremo por medio de la parte más aterradora de la naturaleza: el trueno. Por eso llamaban a Júpiter «el que truena» y lo representaban con un rayo en la mano. Las Escrituras también muestran que el trueno no debe ignorarse (Salmo 29:3). Pero aquí el apóstol pone delante de nosotros la bondad de Dios, para que pensemos bien de él en todo lo que enfrentamos. Debemos amarlo y deleitarnos en él como aquel que hace el bien, que nos hace bien y que hace el bien a todos, al dar lluvia desde el cielo y estaciones fértiles. Si se retiene la lluvia o fracasan las estaciones, debemos reconocer nuestra propia responsabilidad, porque el pecado aparta estos buenos regalos y obstruye el fluir del favor de Dios.

Dios también nos hace bien al darnos el consuelo de sus dádivas. Él es quien llena nuestro corazón de alimento y alegría. Es rico en misericordia para con todos (Romanos 10:12) y nos da abundantemente todas las cosas para que las disfrutemos (1 Timoteo 6:17). No solo es un dador, sino un dador generoso. No nos da únicamente lo que necesitamos, sino también el disfrute de esas cosas (Eclesiastés 2:24). Llena nuestro corazón de alimento, es decir, nos da lo suficiente para nuestro deseo y contentamiento: no solo lo estrictamente necesario, sino también abundancia, opciones y variedad.

Incluso las naciones que habían perdido el conocimiento de Dios y adoraban a otros dioses seguían siendo colmadas por él, en sus casas, en sus bocas y en sus estómagos (Job 22:18; Salmo 17:14), con cosas buenas. Los gentiles vivían sin Dios en el mundo, pero aun así vivían de las dádivas de Dios. Cristo usa esta verdad como una razón para hacer el bien incluso a quienes nos odian (Mateo 5:44-45). Aquellas personas pensaban que su mayor felicidad consistía en tener el corazón lleno de alimento y no deseaban nada más. Pero estas dádivas no pueden satisfacer el alma (Ezequiel 7:19), y quien valora su propia alma tampoco debería conformarse con ellas.

Aun así, los apóstoles se incluyen entre quienes participan de la bondad de Dios. Todos debemos reconocer que Dios llena nuestro corazón de alimento y alegría: no solo nos da comida para vivir, sino también alegría para vivir con gozo. A él le debemos que nuestra vida no transcurra completamente en tristeza. Por eso debemos darle gracias no solo por nuestro alimento, sino también por nuestra alegría; por darnos permiso para alegrarnos, razones para hacerlo y un corazón capaz de alegrarse. Y si nuestro corazón está lleno de alimento y alegría, también debe llenarse de amor y gratitud, y crecer en responsabilidad y obediencia (Deuteronomio 8:10; Deuteronomio 28:47).

Por último, en Hechos 14:18 se muestra el resultado del rechazo de los apóstoles: «Con dificultad lograron impedir que la multitud les ofreciera sacrificios». La gente estaba tan aferrada a su idolatría que fue difícil apartarla de ella. No bastaba con que los apóstoles simplemente rechazaran que los trataran como dioses, porque eso podía parecer solo una muestra de humildad modesta. Tuvieron que hablar con firmeza en contra de aquello y mostrarle a la gente cuán equivocado era.

Aun entonces, apenas pudieron contener a la multitud, y algunas personas incluso estaban dispuestas a culpar al sacerdote por detenerlos. Esto muestra cuán profundamente arraigada está la idolatría pagana. Comienza cuando las personas dan a los instrumentos de la bendición el honor que debería dirigirse a quien otorga la bendición. Pablo y Bernabé sanaron a un hombre lisiado, y la gente quiso honrarlos como dioses en vez de alabar a Dios, quien les había dado ese poder. Esto nos advierte que debemos tener mucho cuidado de no dar a otros, ni reclamar para nosotros mismos, el honor que pertenece únicamente a Dios.

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