Versículo destacado

Hechos 1:6 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Los que estaban reunidos con Jesús le preguntaron: «Señor, ¿vas a restablecer en este momento el reino de Israel?». "

Hechos 1:6

menu_book El versículo en contexto

4 Cuando todavía estaba con los apóstoles, Jesús les advirtió que no debían irse de Jerusalén. Les dijo: Esperen a que se cumpla la promesa que mi Padre les hizo, de la cual yo les hablé.

5 Es cierto que Juan bautizó con agua, pero dentro de pocos días ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo.

6 Los que estaban reunidos con Jesús le preguntaron: «Señor, ¿vas a restablecer en este momento el reino de Israel?».

7 Jesús les contestó: No les corresponde a ustedes conocer el día ni el momento que el Padre ha fijado con su propia autoridad;

8 pero cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes, recibirán poder y saldrán a dar testimonio de mí, en Jerusalén, en toda la región de Judea y de Samaria, y hasta en las partes más lejanas de la tierra.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En Jerusalén, Cristo les había dicho a sus discípulos, por medio de su ángel, que se reunieran con él en Galilea. Después les indicó que volvieran a reunirse con él en Jerusalén en un día determinado. De esta manera puso a prueba su obediencia, y ellos demostraron estar dispuestos y gozosos. Se reunieron exactamente como él les había mandado, para ser testigos de su ascensión, que es lo que Lucas comienza a describir aquí.

Observemos primero la pregunta que le hicieron en aquella reunión. Se acercaron a él como personas que habían conversado entre sí y se habían puesto de acuerdo sobre lo que preguntarían. La hicieron juntos, con completa unidad: «Señor, ¿restaurarás en este tiempo el reino a Israel?». Esta pregunta puede entenderse de dos maneras. Tal vez quisieron decir: «Seguramente no restaurarás el reino a los gobernantes actuales de Israel, los principales sacerdotes y ancianos que te mataron y entregaron el reino a César para llevar a cabo ese plan. ¿Se confiará el poder a quienes te odian y te persiguen, y también a nosotros? ¡De ninguna manera!». O quizá quisieron decir: «Seguramente ahora restaurarás el reino a la nación judía, en la medida en que esta se someta a ti como su rey».

Había dos errores en esta pregunta. En primer lugar, esperaban una clase equivocada de reino. Pensaban que Cristo restauraría el reino a Israel, es decir, que volvería a hacer grande e importante a la nación judía, como lo había sido en los días de David y Salomón, o de Asa y Josafat. Como Siloh, el gobernante prometido, creían que restauraría el cetro a Judá y el bastón de mando a su gobernante. Pero Cristo había venido a establecer su propio reino, un reino celestial, no a restaurar un reino terrenal para Israel. Aun las personas piadosas suelen estar demasiado dispuestas a poner la felicidad de la iglesia en el poder y el esplendor externos. Con facilidad pensamos que Israel no puede ser glorioso si el reino no le es restaurado, o que los discípulos de Cristo no pueden recibir honra si no se convierten en nobles. Sin embargo, se nos enseña a esperar la cruz en este mundo y el reino en el venidero.

También vemos cuán arrañada puede quedar la enseñanza recibida desde los primeros años. Los discípulos habían absorbido casi desde la infancia la idea de que el Mesías sería un gobernante político. Durante mucho tiempo no pudieron pensar en su reino como algo espiritual. Nosotros también tendemos naturalmente a favorecer a nuestro propio pueblo. Parecía que ellos pensaban que Dios no tendría un reino en el mundo a menos que fuera restaurado para Israel. Pero los reinos de este mundo llegarían a ser de Dios, y él sería glorificado tanto si Israel se levantaba como si caía. También tendemos a malinterpretar las Escrituras, tomando literalmente lo que tiene un sentido figurado y obligándolas a ajustarse a nuestros planes. Más bien, nuestros planes deben ser moldeados por las Escrituras. Cuando el Espíritu es derramado desde lo alto, estos errores son corregidos, como pronto sucedió con los apóstoles.

En segundo lugar, preguntaron por el momento: «Señor, ¿lo harás en este tiempo?». Como él los había convocado, se preguntaban si sería para organizar los mejores planes a fin de restaurar el reino a Israel. Seguramente, pensaban, no podía haber un momento mejor. Pero en esto también se equivocaron. Preguntaban por algo que su Maestro nunca les había dicho que averiguaran. Además, estaban impacientes por recibir el reino, en el cual imaginaban que tendrían una participación tan grande, y querían adelantarse al plan de Dios. Cristo les había dicho que se sentarían en tronos (Lucas 22:30), y ahora querían el trono de inmediato. No podían esperar. Pero quien cree no se adelanta; confía en que el tiempo de Dios es el mejor.

La respuesta de Cristo fue una reprensión amable, parecida a la que le había dado a Pedro acerca de Juan: «¿Qué tiene que ver eso contigo?». Aquí les dice: «No les corresponde a ustedes conocer los tiempos ni las ocasiones» (Hechos 1:7). No niega directamente su expectativa de que el reino sería restaurado a Israel, porque ese error pronto sería corregido mediante el derramamiento del Espíritu. Después de eso, ya no pensarían en un reino político. También existe un sentido verdadero en el que el reino sería restaurado: el establecimiento del reino del evangelio de Cristo en el mundo. El error de ellos acerca de la promesa no haría que la promesa fracasara. Pero Cristo sí prohíbe su curiosidad acerca del momento.

Ese conocimiento no les había sido dado, y por eso no les correspondía pedirlo. Cristo estaba a punto de dejarlos, y los dejó con una reprensión llena de amor. Es una advertencia para la iglesia en todas las épocas, para impedir que tropecemos con la misma piedra que derribó a nuestros primeros padres: el deseo prohibido de conocer lo que Dios no ha mostrado. Es insensato tratar de ser más sabios de lo que está escrito, y es sabio conformarnos con no saber más de lo que Dios ha revelado.

Cristo ya les había dado mucho más conocimiento que a los demás. Les había dicho: «A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del reino de Dios», y les había prometido el Espíritu para enseñarles más. Por eso, para impedir que se enorgullecieran debido a sus muchas revelaciones, ahora les dice que hay cosas que no deben conocer. Debemos reconocer cuán poco motivo tenemos para sentirnos orgullosos de nuestro conocimiento cuando recordamos cuánto ignoramos.

Ya les había dado suficiente instrucción para cumplir con su deber, tanto antes de su muerte como después de su resurrección. Quería que estuvieran satisfechos con ese conocimiento. En los cristianos, la curiosidad vacía es un apetito dañino que debe ser reprimido, no alimentado. Cristo les había enseñado lo que correspondía al reino de Dios y les había prometido que el Espíritu les mostraría las cosas que vendrían acerca de ese reino (Juan 16:13). También les había dado señales de los tiempos, que debían observar cuidadosamente y no ignorar (Mateo 24:33; Mateo 16:3). Pero no debían esperar, ni siquiera desear, conocer cada detalle del futuro o el momento exacto de cada acontecimiento.

Es bueno que permanezcamos en la oscuridad respecto a los tiempos y momentos de los acontecimientos futuros, tanto para la iglesia como para nosotros mismos, e incluso respecto al fin definitivo de los tiempos. Dios, en su sabiduría y bondad, ha ocultado estas cosas entre las nubes de la noche más profunda.

En cuanto a las estaciones del año, sabemos en general que el verano y el invierno se sucederán. Sin embargo, no sabemos qué día específico será despejado o tormentoso, ya sea en verano o en invierno. De la misma manera, cuando nuestra vida en este mundo es un verano de éxito, se nos advierte que vendrá un invierno de dificultades, para que no nos sintamos demasiado seguros. Y en ese invierno se nos asegura que el verano volverá, para que no caigamos en la desesperación. Pero no podemos saber qué traerá un día determinado; por eso debemos adaptarnos a él y aprovecharlo de la mejor manera.

Dios guarda para sí, como un derecho propio, el conocimiento de los tiempos futuros. Es algo que el Padre ha puesto bajo su autoridad y que permanece oculto con él. Nadie más puede revelar lo que sucederá. Todas sus obras son conocidas por Dios, pero no por nosotros (Hechos 15:18). A él solo le corresponde anunciar el fin desde el principio, y con esto demuestra que es Dios (Isaías 46:10). Algunas veces permitió que los profetas del Antiguo Testamento conocieran tiempos y ocasiones, como los cuatrocientos años de esclavitud de Israel en Egipto y los setenta años del cautiverio en Babilonia. Pero no ha escogido decirnos los tiempos y las ocasiones exactos, ni siquiera cuánto tiempo pasaría antes de que Jerusalén fuera destruida, aunque se les había asegurado que eso sucedería.

Más adelante reveló algo adicional a su siervo Juan, pero incluso eso estaba bajo su autoridad para darlo o retenerlo según le pareciera. Lo que el Nuevo Testamento revela acerca de los tiempos y las ocasiones es tan oscuro y difícil de entender que, cuando intentamos aplicarlo, debemos recordar esta lección: no nos corresponde estar seguros acerca de los tiempos y las ocasiones. Buxtorf menciona una frase rabínica sobre la venida del Mesías: que perezca el espíritu de quienes calculan el momento.

Cristo les asigna su trabajo y, con autoridad, les asegura que podrán llevarlo a cabo y tener éxito en él. No les corresponde conocer los tiempos y las ocasiones, porque ese conocimiento no les serviría de nada. Pero sí deben saber esto, como dice Hechos 1:8: recibirán poder espiritual cuando el Espíritu Santo venga sobre ellos. No lo recibirán en vano, porque serán testigos de Cristo y de su gloria. Su testimonio no fracasará, porque será recibido en Jerusalén, en la región circundante y hasta los confines del mundo (Hechos 1:8). Si Cristo nos hace útiles para su honra en nuestro tiempo y lugar, eso debería bastarnos. No debemos inquietarnos por los tiempos y las ocasiones futuras.

Cristo les dice que la obra que realizarán será honorable y gloriosa: serán sus testigos. Lo proclamarán como Rey y difundirán las verdades que establecerán su reino y mostrarán su autoridad. Deben predicar abiertamente y con solemnidad su evangelio al mundo. También confirmarán su testimonio, no mediante un juramento, como lo hacen los testigos comunes, sino por medio del sello divino de los milagros y los dones sobrenaturales. La expresión también puede entenderse como «serán mis mártires», y esto encaja igualmente bien, porque defendieron la verdad del evangelio mediante sus sufrimientos, hasta la muerte.

También les dice que tendrán suficiente poder para realizar esta obra. Por sí mismos no tenían la fuerza, la sabiduría ni el valor necesarios. Por naturaleza eran personas débiles e insensatas. No se habían atrevido a presentarse como testigos de Cristo durante su juicio, y todavía no estaban preparados para hacerlo. Pero recibirían poder cuando el Espíritu Santo viniera sobre ellos; o, según otra manera de entender estas palabras, serían impulsados y fortalecidos por un espíritu mejor que el suyo. Tendrían poder para predicar el evangelio, demostrarlo a partir de las Escrituras del Antiguo Testamento —como más tarde lo hicieron de manera extraordinaria (Hechos 18:28)— y confirmarlo mediante milagros y sufrimientos. Los testigos de Cristo reciben poder para realizar la obra a la que él los llama. A quienes envía a su servicio, también los capacita para cumplirlo y los sostiene mientras lo realizan.

También les dice que su influencia será grande y se extenderá muy lejos. Serán testigos de Cristo y llevarán adelante su causa primero en Jerusalén, donde deben comenzar y donde muchos recibirán su mensaje, mientras que quienes lo rechacen quedarán sin excusa. Desde allí, su luz se extenderá por toda Judea, donde antes habían trabajado sin éxito. Después llegarán a Samaria, aunque en una misión anterior se les había prohibido predicar en las ciudades de los samaritanos. Finalmente, su utilidad alcanzará los confines de la tierra, y llegarán a ser una bendición para todo el mundo.

Después de darles estas instrucciones, él se aleja de ellos (Hechos 1:9). Cuando terminó de decir todo lo que tenía que decir, los bendijo, como se nos cuenta en Lucas 24:50. Mientras ellos lo observaban y mantenían los ojos fijos en él al recibir su bendición, fue llevado gradualmente hacia lo alto, y una nube lo recibió y lo ocultó de su vista. Aquí vemos a Cristo ascendiendo a las alturas, no llevado como Elías en un carro de fuego con caballos de fuego, sino subiendo al cielo por su propio poder, tal como había resucitado de la tumba. Su cuerpo era ahora, como serán los cuerpos de los santos en la resurrección, un cuerpo espiritual, resucitado con poder e incorruptible.

Observemos que comenzó a ascender ante la vista de sus discípulos, mientras ellos todavía lo miraban. No lo vieron salir de la tumba, porque bastaba con que lo vieran después de su resurrección. Pero sí lo vieron subir hacia el cielo, y lo observaron con tanta atención y cercanía que no podían haberse equivocado. Es probable que no ascendiera rápidamente, sino que subiera suavemente, dándoles a sus discípulos una confirmación más completa.

Luego desapareció de su vista en una nube: quizá una nube oscura, porque Dios había dicho que habitaría en densas tinieblas, o quizá una nube brillante, que mostraba el esplendor de su cuerpo glorioso. Una nube brillante lo había cubierto en su transfiguración, y probablemente era una nube de la misma clase (Mateo 17:5). La nube lo recibió, probablemente cuando ya se había elevado hasta la altura a la que suelen encontrarse las nubes. Sin embargo, no era una nube extensa como las que vemos con frecuencia, sino una que solo lo envolvía a él. De ese modo hizo de las nubes su carroza (Salmo 104:3). Dios había descendido muchas veces en una nube, y ahora ascendió en una.

El doctor Hammond considera que las nubes que lo recibieron quizá eran los ángeles que lo recibían, porque las apariciones angelicales a menudo se describen mediante una nube; compara Éxodo 25:22 con Levítico 16:2. Las nubes parecen ser una especie de punto de encuentro entre el mundo de arriba y el mundo de abajo. En ellas suben los vapores de la tierra y descienden los rocíos del cielo. Por eso era apropiado que Cristo ascendiera en una nube, pues él es el Mediador entre Dios y la humanidad, aquel por medio de quien las misericordias de Dios descienden a nosotros y nuestras oraciones suben hasta él. Esto fue lo último que se vio de él.

Un gran número de testigos lo observó entrar en la nube. Si queremos saber qué ocurrió con él entonces, podemos mirar Daniel 7:13, donde uno semejante al Hijo del Hombre viene con las nubes del cielo y es presentado ante el Anciano de Días.

Después de que él desapareció de su vista, los discípulos siguieron mirando hacia el cielo (Hechos 1:10). Lo hicieron durante más tiempo del debido. Tal vez esperaban que Cristo regresara de inmediato y restaurara el reino a Israel, y no estaban dispuestos a creer que realmente se estaban separando de él para siempre. Todavía se aferraban a su presencia física, aunque él les había dicho que era mejor para ellos que se fuera. O quizá lo seguían mirando, preguntándose si volvería a descender, como pensaron los hijos de los profetas acerca de Elías (2 Reyes 2:16). De esa manera, quizá todavía podrían recuperarlo.

También es posible que esperaran algún cambio en los cielos visibles cuando Cristo ascendiera. Tal vez pensaban que el sol se oscurecería o que la luna se avergonzaría (Isaías 24:23), porque la gloria de Cristo la superaba. Más probablemente, esperaban que los mismos cielos manifestaran gozo y triunfo. Quizá incluso esperaban ver la gloria de los cielos invisibles al abrirse para recibirlo. Cristo les había dicho que algún día verían el cielo abierto (Juan 1:51), y tal vez pensaron que ese momento había llegado.

Entonces se les aparecieron dos ángeles y les llevaron un mensaje oportuno de parte de Dios. Una gran multitud de ángeles estaba lista para recibir a nuestro Redentor mientras hacía su entrada pública en la Jerusalén de arriba, la ciudad celestial. Podemos imaginar que estos dos no querían ausentarse en ese momento. Sin embargo, para mostrar cuánto le importaba a Cristo su iglesia en la tierra, envió de regreso a dos de los que habían salido a recibirlo. Se les aparecieron como dos hombres vestidos de blanco, resplandecientes y brillantes, porque, como parte de su servicio, verdaderamente sirven a Cristo cuando ayudan a sus siervos en la tierra.

Los ángeles primero corrigieron su curiosidad: «Hombres de Galilea, ¿por qué están mirando al cielo?». Al llamarlos hombres de Galilea, les recordaron de dónde habían venido. Cristo les había concedido un gran honor al convertirlos en sus mensajeros, pero seguían siendo hombres, frágiles vasijas de barro; eran hombres de Galilea, personas sin educación a quienes otros despreciaban. En efecto, los ángeles les decían: «¿Por qué se quedan aquí como galileos rudos, mirando fijamente al cielo? ¿Qué más esperan ver? Ya han visto todo lo que fueron llamados a ver aquí. ¿Por qué siguen mirando? ¿Por qué permanecen allí como si estuvieran asustados, confundidos o sin saber qué hacer?». Los discípulos de Cristo nunca deben quedar de pie sin saber cómo actuar, porque tienen una regla segura que los guía y un fundamento firme sobre el cual permanecer.

Los ángeles también fortalecieron su fe respecto a la segunda venida de Cristo. Su Maestro había hablado muchas veces de ella, y los ángeles fueron enviados en el momento preciso para recordársela. «Este mismo Jesús —les dijeron—, que fue llevado de ustedes al cielo y a quien siguen mirando con tanto anhelo, no se ha ido para siempre. Ha sido señalado un día en que regresará de la misma manera en que lo vieron irse. No esperen que vuelva antes de ese día».

Este mismo Jesús volverá en persona, con un cuerpo glorioso. El mismo Jesús que vino una vez para quitar el pecado al ofrecerse a sí mismo (Hebreos 9:26, 28) aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado. Vino una vez en humillación para ser juzgado, y volverá en gloria para juzgar. El mismo Jesús que les dio su tarea regresará para pedirles cuentas de cómo la cumplieron; será él mismo, y no otro (Job 19:27).

Vendrá de la misma manera. Se fue en una nube, acompañado por ángeles, y vendrá en las nubes, con incontables ángeles a su alrededor. Subió con un grito de triunfo y al sonido de una trompeta (Salmo 47:5), y descenderá del cielo con un grito de mando y con la trompeta de Dios (1 Tesalonicenses 4:16). Ellos lo perdieron de vista entre las nubes y en el aire, y ahora no podían seguirlo hasta allí. Pero un día serán llevados en las nubes para encontrarse con el Señor en el aire. Cuando miremos sin propósito o desperdiciemos el tiempo, el pensamiento de la segunda venida de nuestro Maestro debe despertarnos. Cuando miremos con temor, debe consolarnos y fortalecernos.

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