Versículo destacado
2 Pedro 2:10 - Significado y aplicación
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Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" El Señor castigará sobre todo a quienes siguen deseos impuros y desprecian su autoridad. Son tercos y atrevidos, y no tienen miedo de insultar a los poderes superiores; "
2 Pedro 2:10
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
8 Este hombre justo, que vivía entre ellos, sufría en su buen corazón por las maldades que día tras día tenía que ver y oír.
9 El Señor sabe librar de la prueba a quienes viven entregados a él, y sabe mantener a los malos bajo castigo para el día del juicio.
10 El Señor castigará sobre todo a quienes siguen deseos impuros y desprecian su autoridad. Son tercos y atrevidos, y no tienen miedo de insultar a los poderes superiores;
11 en cambio, los ángeles, aunque tienen mayor fuerza y autoridad, no se atreven a condenar con insultos a esos poderes de parte del Señor.
12 Esos hombres son como los animales: no tienen entendimiento, viven solo por instinto y nacen para ser atrapados y matados. Hablan mal de cosas que no entienden; pero morirán de la misma manera que los animales,
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El apóstol quiere advertirnos acerca de los engañadores y protegernos de ellos. Por eso vuelve a hablar de estos falsos maestros y explica su carácter y su conducta. Su comportamiento justifica plenamente que el Juez justo del mundo los reserve para un juicio muy severo, así como Caín quedó señalado para recibir una venganza especial.
¿Por qué trata Dios de esta manera a los falsos maestros? Pedro muestra la razón en lo que sigue. Primero, andan tras la carne. Siguen los planes y los deseos de su propio corazón. Permiten que sus pensamientos carnales los dirijan y se niegan a someter su razonamiento a la revelación de Dios o a llevar todo pensamiento bajo el gobierno de Cristo. En su manera de vivir, se oponen directamente a los mandamientos santos de Dios y se entregan a deseos corruptos. Las creencias equivocadas suelen ir unidas a malas acciones, y quienes difunden el error generalmente empeoran en su maldad. No se conforman con el nivel de pecado que ya han alcanzado. Siguen avanzando por el mismo camino pecaminoso y se vuelven cada vez más impíos, inmorales e impuros. También desprecian a quienes Dios ha puesto en autoridad y a quienes espera que honren. Así desprecian el orden establecido por Dios, lo cual no sorprende, porque son atrevidos, obstinados y rebeldes. No esconden su desprecio en el corazón, sino que hablan con calumnias e insultos contra quienes están por encima de ellos.
Pedro refuerza esta advertencia al mostrar la conducta tan diferente de criaturas superiores: los ángeles. Primero, los ángeles son mayores en poder y fuerza, incluso más que los gobernantes y funcionarios humanos, y mucho más que estos falsos maestros que hablan mal de magistrados y autoridades. Los ángeles buenos nos superan ampliamente en fuerza, entendimiento y santidad. Segundo, los ángeles buenos acusan a las criaturas pecadoras, ya sean de su propia naturaleza, de la nuestra o de ambas. Quienes permanecen en la presencia de Dios y contemplan su rostro no pueden dejar de tener celo por su honor y señalar a quienes lo deshonran.
Tercero, los ángeles presentan sus acusaciones delante del Señor. No difunden las faltas de las personas ni repiten sus crímenes de manera calumniosa entre otras criaturas. Llevan el asunto ante el Señor, quien es el Juez y quien vengará todo pecado y toda injusticia. Cuarto, los ángeles buenos nunca mezclan insultos crueles ni reproches vulgares con las acusaciones que presentan contra los peores ofensores. Si oramos para que se haga la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo, debemos imitar aquí a los ángeles. Cuando nos quejemos de personas malvadas, llevemos el asunto a Dios y hagámoslo sin ira ni insultos, sino con compasión y serenidad. Eso demostraría que pertenecemos al Dios que es bondadoso y misericordioso.
Pedro muestra después cuánto se diferencian los maestros seductores de las criaturas más excelentes y cuánto se parecen a las más bajas. Son como caballos y mulas, animales sin entendimiento. Son como bestias irracionales, hechas para ser capturadas y destruidas. Las personas dominadas por el pecado en realidad no usan la razón ni siguen la revelación de Dios. Viven por vista y no por fe, y juzgan las cosas según lo que agrada a sus sentidos. Aprueban todo lo que les parece placentero. Los animales siguen el instinto, y las personas pecadoras siguen el impulso de su mente carnal, es decir, de sus deseos carnales. Se niegan a usar el entendimiento y la razón que Dios les dio, por lo que permanecen ignorantes de lo que podrían y deberían conocer. De esto Pedro extrae dos lecciones: la ignorancia conduce a hablar mal, y el resultado será la destrucción.
Estas personas serán destruidas por su propia corrupción. Sus pecados no solo las exponen a la ira de Dios en el mundo venidero, sino que a menudo también les traen miseria y ruina en esta vida. Ciertamente, quienes pecan sin vergüenza, se jactan de su deshonra y encuentran un placer adicional en el pecado cuando este se hace público, merecen sufrir plenamente las calamidades de esta vida y los dolores de la venidera. Lo que les suceda será la justa recompensa por su injusticia. Quienes convierten la maldad en un juego se engañan a sí mismos y traen vergüenza sobre todos los que están relacionados con ellos, porque un pecado prepara el camino para otro. Sus banquetes desenfrenados y su falta de dominio propio al comer y beber los llevan a toda clase de inmoralidad sexual. Sus ojos están llenos de adulterio, y sus miradas desvergonzadas muestran sus deseos impuros y pretenden despertar esos mismos deseos en otros. Nunca se detienen. Su corazón sigue anhelando el pecado, y sus ojos siguen buscando lo que pueda alimentar esos deseos impuros. Quienes son atrevidos y constantes en el pecado a menudo también son hábiles para engañar a otros y arrastrarlos a la misma vida desenfrenada.
Aquí Pedro muestra quiénes están en mayor peligro de ser llevados al error y a la impiedad: los inestables. Las personas cuyo corazón no está firmemente establecido por la gracia pueden ser desviadas fácilmente hacia el camino del pecado; de otro modo, las personas sensuales y corruptas no tendrían éxito con ellas. Estos falsos maestros no solo son desenfrenados e inmorales, sino también avaros, y la avaricia es lo que llena su mente. Anhelan las riquezas, y el deseo de su alma se concentra en los bienes de este mundo. Gran parte de su actividad consiste en planear cómo obtener riqueza. Su mente está puesta en eso y luego llevan a cabo sus planes. Si las personas se entregan a toda clase de deseos, no debe sorprendernos que el apóstol las llame hijos de maldición. Están bajo la maldición que Dios ha pronunciado contra los impíos e injustos, y también traen maldición sobre todos los que las escuchan y permanecen con ellas.
Pedro demuestra que estos avaros son hijos de maldición, personas a quienes el Señor aborrece, al mostrar dos cosas. Primero, han abandonado el camino recto. Los que buscan su propio beneficio no pueden permanecer en el camino correcto, porque ese camino exige negarse a sí mismo. Segundo, han entrado en el camino equivocado. Se han desviado del camino de la vida y han entrado en la senda que conduce a la muerte y termina en el infierno. Pedro lo demuestra al decir que han seguido el camino de Balaam, hijo de Bosor, es decir, Balaam, el profeta que fue tentado por el dinero. Este es un camino de injusticia, al que las personas son llevadas por la recompensa de la injusticia. También es el camino de quienes esperan y se prometen bienes externos y temporales, aunque con frecuencia quedan decepcionados.
El amor desordenado por los bienes de este mundo aparta a las personas del camino que conduce a las cosas mucho mejores de la vida venidera. El amor de Balaam por las riquezas y el honor lo desvió de su deber, aunque sabía que el Señor desaprobaba su conducta. Quienes, por el mismo motivo egoísta, hacen lo mismo que pecadores reconocidos están, a juicio de Dios, siguiendo a esas personas malvadas. Por eso deben esperar compartir su mismo fin y recibir su parte con ellas en el mundo venidero.
A veces los pecadores serios y obstinados sí reciben reprensiones por su pecado. Dios puede detenerlos en seco y despertar su conciencia, o puede sacudirlos por medio de algún acontecimiento estremecedor. Sin embargo, aun una reprensión extraordinaria puede solamente enfriar por un tiempo la osadía de una persona. Por sí sola, no hará que abandone el camino del pecado y entre en el camino de la santidad. Si alguna reprensión podía haber hecho volver a un pecador, la de Balaam debió haberlo logrado. Dios realizó un milagro sorprendente: le dio voz a una asna, una criatura de la que nadie esperaría que reprendiera a un hombre, y la hizo hablar con voz humana a su dueño y amo, Balaam. Aquí se llama profeta a Balaam porque en algunas ocasiones el Señor se le había aparecido y le había hablado (Números 22:23-24), pero en realidad estaba entre los profetas del Señor como Judas estuvo entre los apóstoles de Jesucristo. La asna puso al descubierto la locura de la conducta de Balaam e intentó impedir que siguiera por su mal camino, pero todo fue inútil. Quienes no quieren escuchar las reprensiones ordinarias se conmoverán muy poco aun ante los milagros.
Balaam fue impedido de maldecir realmente al pueblo, pero seguía teniendo un deseo tan fuerte por el honor y las riquezas prometidos que avanzó todo lo que pudo. Hizo todo lo posible por superar la restricción que Dios había puesto sobre él.
Luego el apóstol continúa describiendo a los falsos maestros, comenzando en (2 Pedro 2:17). Dice que son como pozos o manantiales sin agua. Los ministros deben ser como pozos donde las personas encuentren instrucción, dirección y consuelo. Los falsos maestros no tienen nada semejante para ofrecer. La palabra de verdad es el agua de vida que refresca el alma, pero los engañadores difunden el error. Por eso se los describe como vacíos: no hay verdad en ellos. Es inútil esperar recibir alimento y ser llenos de conocimiento por medio de personas que están vacías y son ignorantes.
También los describe como nubes llevadas por la tempestad. Cuando vemos una nube, esperamos que traiga lluvia para refrescar la tierra. Pero estas son nubes que no dan lluvia. No las impulsa el Espíritu, sino el viento tempestuoso de su propia ambición y avaricia. Apoyan y difunden las opiniones que les ganarán más elogios y beneficios. Y así como las nubes cubren el sol y oscurecen el cielo, estos maestros oscurecen el consejo con palabras sin conocimiento ni verdad. Puesto que trabajan para esparcir oscuridad en este mundo, es justo que en el mundo venidero les corresponda una densa oscuridad.
Las tinieblas de afuera fueron preparadas para el diablo, el gran engañador, y para sus ángeles, las herramientas que utiliza para apartar a las personas de la verdad. Por eso también están reservadas para estos falsos maestros, para siempre. El fuego del infierno dura para siempre, y el humo del abismo sube por los siglos de los siglos. Dios es justo al tratar con ellos de esta manera, porque atraen a las personas a sus trampas con palabras arrogantes y vacías: discursos elevados que suenan impresionantes, pero significan muy poco. Se aprovechan de los deseos corruptos y de las pasiones carnales de la gente, ofreciéndoles lo que les agrada. También engañan a quienes realmente se habían apartado de los que difundían errores dañinos y destructivos.
Observa cómo, mediante la práctica y el esfuerzo constante, las personas adquieren habilidad y éxito para promover el error. Se vuelven tan astutas como un pescador que hace de la pesca su trabajo diario. Su propósito es atraer seguidores hacia sí mismos, y saben cómo adaptar el anzuelo a las personas que quieren atrapar. Los falsos maestros también tienen una ventaja especial porque pueden apelar al placer sensual. Los ministros de Cristo llaman a las personas a negarse a sí mismas y a dar muerte a los deseos pecaminosos que otros disfrutan. Por eso no sorprende que la verdad se extienda con frecuencia más lentamente, o que el error se difunda tanto.
Las personas que por un tiempo se han aferrado a la verdad y se han mantenido alejadas del error todavía pueden ser desviadas por la astucia y el esfuerzo de los engañadores. Incluso pueden volver a caer en los errores de los que una vez escaparon. Por eso los creyentes deben estar siempre alerta. Cuiden con reverencia santa su propio corazón, examinen las Escrituras, oren para que el Espíritu les enseñe y los fortalezca en la verdad, caminen humildemente con Dios y estén atentos a todo lo que pudiera llevarlo a entregarlos a una mente dominada por el pecado. No se dejen engañar por las promesas atractivas de los falsos maestros. Ellos prometen libertad a todos los que los escuchen, pero no se trata de la verdadera libertad cristiana para servir a Dios. Es libertinaje para pecar y seguir los planes y deseos del propio corazón.
Para impedir que estos hombres ganen seguidores, Pedro nos recuerda que, a pesar de todo lo que hablan sobre la libertad, ellos mismos son esclavos del peor tipo. Son esclavos de la corrupción. Sus propios deseos pecaminosos los han vencido por completo, y en realidad están sometidos a ellos. Satisfacen los deseos de la carne, alimentan sus ansias, obedecen sus órdenes y cumplen sus exigencias. Su mente y su corazón están tan corrompidos y torcidos que no tienen ni el poder ni la voluntad de rechazar la tarea que se les impone. Han sido derrotados y mantenidos cautivos por sus enemigos espirituales, y entregan su cuerpo como instrumento de injusticia. ¡Qué vergüenza ser gobernado por hombres que son esclavos de la corrupción y prisioneros de sus propios deseos pecaminosos!
Esto debería impedir que esos engañadores nos desvíen. Pedro añade otra advertencia en (2 Pedro 2:20): no solo es vergonzoso dejarse seducir por personas que son esclavas del pecado y a quienes el diablo lleva de un lado a otro según su voluntad; también es verdaderamente perjudicial para quienes habían escapado de los caminos del error, porque su estado final llega a ser peor que el primero.
Aquí vemos, en primer lugar, que escapar de las contaminaciones del mundo y ser preservado de pecados graves y vergonzosos es un verdadero beneficio, aunque la persona todavía no se haya convertido por completo ni haya experimentado un cambio genuino en su corazón. Esta restricción externa nos libra de entristecer a quienes toman en serio su relación con Dios y de fortalecer a quienes abiertamente viven sin Dios. Pero si nos unimos a otros en los mismos excesos desenfrenados, herimos a los creyentes fieles, fortalecemos a los que se rebelan abiertamente contra Dios, nos alejamos más de Dios y endurecemos nuestro corazón contra él.
En segundo lugar, algunas personas se mantienen alejadas por un tiempo de las contaminaciones del mundo gracias a su conocimiento de Cristo, aunque no hayan sido renovadas espiritualmente en su interior. Una formación religiosa ha refrenado a muchas personas a quienes la gracia de Dios todavía no ha hecho nuevas. Si recibimos la luz de la verdad y solo tenemos un conocimiento intelectual de Cristo en la mente, eso puede ayudarnos por el momento. Pero también debemos recibir amor por la verdad y guardar la palabra de Dios en el corazón; de lo contrario, no nos hará santos ni nos salvará.
En tercer lugar, quienes por un tiempo han escapado de las contaminaciones del mundo con frecuencia son atrapados y enredados primero por los falsos maestros. Estos comienzan a inquietar a las personas con argumentos que parecen razonables y convincentes contra la verdad del evangelio. Entonces hacen tropezar a los más ignorantes e inestables, quienes comienzan a cuestionar las verdades que habían recibido porque no pueden responder a cada dificultad u objeción planteada por esos engañadores.
En cuarto lugar, una vez que las personas quedan enredadas, son fácilmente derrotadas. Por eso los cristianos deben permanecer cerca de la palabra de Dios y protegerse de quienes intentan confundirlos y desviarlos. Esto es aún más importante porque, si quienes una vez escaparon vuelven a quedar enredados, su estado final es peor que el primero.
En los dos últimos versículos del capítulo, el apóstol muestra que un estado de apostasía —apartarse después de haber profesado la fe— es peor que un estado de ignorancia. Se trata de condenar el camino de la justicia después de haberlo conocido en cierta medida y de haberlo apreciado. Es como afirmar que hay algo malo en el camino de la justicia y algo falso en la palabra de verdad.
Difundir un informe tan malicioso sobre el buen camino de Dios y presentar una acusación tan falsa contra el camino de la verdad merece el juicio más severo. La miseria de quienes abandonan a Cristo y su evangelio es más segura y más insoportable que la de otros ofensores. Dios se indigna aún más contra quienes desprecian el evangelio con su conducta, además de quebrantar su ley, y quienes lo insultan a él y a su gracia. El diablo también vigila más de cerca a aquellos a quienes recupera después de que se habían apartado de él y afirmaban seguir al Señor Jesucristo (Mateo 12:45). Los mantiene bajo una vigilancia más estricta, y no es de extrañar, pues han regresado a los mismos errores y pecados que antes habían abandonado y parecían odiar, y vuelven a revolcarse en la suciedad de la que parecía que realmente habían sido limpiados.
Si las Escrituras hablan de esta manera acerca del cristianismo por un lado y del pecado por el otro, entonces debemos aprobar firmemente el primero y mantenernos aferrados a él, porque es un camino de justicia y un mandamiento santo. También debemos odiar lo segundo y mantenernos tan lejos de ello como sea posible, porque las Escrituras lo presentan como algo sumamente ofensivo y repugnante.
De este capítulo
2 Pedro 2:1
"También hubo falsos profetas entre el pueblo de Israel; del mismo modo, habrá falsos maestros entre ustedes. Ellos enseñarán con disimulo sus ideas dañinas, negando así al propio Señor que los redimió; esto les traerá una rápida condenación."
2 Pedro 2:2
"Muchos los seguirán en su vida viciosa, y por causa de ellos se hablará mal del camino de la verdad."
2 Pedro 2:3
"En su ambición por el dinero, los explotarán a ustedes con falsas enseñanzas; pero la condenación los espera sin remedio, pues desde hace mucho tiempo están sentenciados."
2 Pedro 2:4
"Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que los arrojó al infierno y los dejó en tinieblas, encadenados y guardados para el juicio."
2 Pedro 2:5
"Dios tampoco perdonó al mundo antiguo, sino que envió el diluvio sobre aquellos hombres malos y salvó solamente a Noé, quien predicó una vida de rectitud, y a otras siete personas."
2 Pedro 2:6
"Dios también condenó a la destrucción a las ciudades de Sodoma y Gomorra, quemándolas hasta reducirlas a cenizas, para que sirvieran de ejemplo de lo que habría de sucederles a los malvados."
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