2 Macabeos 12:1
Una vez concluidos estos tratados, Lisias regresó adonde estaba el rey, mientras los judíos se dedicaban a sus labores agrícolas.
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46 versículos | Biblia BibleGuided — Español
Una vez concluidos estos tratados, Lisias regresó adonde estaba el rey, mientras los judíos se dedicaban a sus labores agrícolas.
Pero algunos jefes militares de la región —Timoteo, Apolonio hijo de Geneo, y también Jerónimo y Demofón, además de Nicanor, comandante de las tropas de Chipre— no permitían que los judíos tuvieran paz ni tranquilidad.
Además, los habitantes de la ciudad de Jope cometieron un gran crimen. Invitaron a los judíos que vivían allí a subir con sus mujeres y sus hijos a unos barcos que ellos mismos habían amarrado cerca, como si no hubiera ninguna enemistad entre ellos,
sino como si estuvieran cumpliendo un decreto emitido por los habitantes de la ciudad. Los judíos, deseosos de paz y sin sospechar nada, aceptaron; pero cuando llegaron a mar abierto, los de Jope los hundieron. Eran por lo menos doscientas personas.
Cuando Judas se enteró de la crueldad que habían cometido contra sus compatriotas, alertó a los hombres que estaban con él
e, invocando a Dios, justo juez, marchó contra los asesinos de sus hermanos. Durante la noche prendió fuego al puerto, incendió los barcos y mató a quienes se habían refugiado allí.
Como las puertas de la ciudad estaban cerradas, se retiró con el propósito de regresar más tarde y exterminar a todos los habitantes de Jope.
Pero cuando supo que los habitantes de Jabnia querían hacer lo mismo con los judíos que vivían allí,
atacó la ciudad de noche e incendió el puerto y la flota, de modo que el resplandor de las llamas podía verse desde Jerusalén, a cuarenta y tres kilómetros de distancia.
Judas y sus soldados se habían alejado de allí poco más de un kilómetro y medio, en una expedición contra Timoteo, cuando los atacaron por lo menos cinco mil árabes de infantería y quinientos de caballería.
Se desató un violento combate, pero los soldados de Judas, con la ayuda del Señor, alcanzaron la victoria. Los árabes, derrotados, pidieron a Judas hacer las paces y prometieron suministrar ganado a los judíos y ayudarlos de allí en adelante.
Judas, comprendiendo que los árabes realmente podían serles útiles en muchas cosas, aceptó hacer las paces con ellos. Después de este convenio, los árabes regresaron a sus tiendas.
Judas atacó también a Caspín, una ciudad fortificada, rodeada de terraplenes y murallas y habitada por gente de diversas naciones.
Sus habitantes, confiados en la fortaleza de sus murallas y en su provisión de alimentos, se mostraron insolentes contra Judas y sus soldados: los insultaban y, además, injuriaban a Dios y pronunciaban palabras horribles.
Judas y sus soldados invocaron al Señor, soberano de todo el universo, quien destruyó Jericó en tiempos de Josué sin aparatos ni máquinas de guerra, y se lanzaron con violencia salvaje contra las murallas.
Dios quiso que tomaran aquella ciudad, donde realizaron una matanza espantosa, hasta el punto de que el estanque cercano, que tiene trescientos sesenta metros de ancho, parecía lleno de la sangre derramada.
Después de alejarse de allí ciento treinta y cinco kilómetros, llegaron a la ciudad de Cárax, donde viven los judíos llamados tubianos.
No encontraron allí a Timoteo, pues se había marchado de aquella región sin lograr éxito alguno; pero había dejado en algún lugar una guarnición bastante fuerte.
Entonces Dositeo y Sosípatro, generales de Macabeo, marcharon contra la guarnición y mataron a los hombres que Timoteo había dejado en la fortaleza, que eran más de diez mil.
Por su parte, Macabeo distribuyó su ejército en compañías, les nombró jefes y atacó a Timoteo, quien tenía ciento veinte mil soldados de infantería y dos mil quinientos de caballería.
Cuando Timoteo fue informado del avance de Judas, envió primero a las mujeres, los niños y todo el equipaje hacia un lugar llamado Carnáin, un sitio muy seguro y de difícil acceso, pues todos los pasos eran muy estrechos.
En cuanto apareció la primera compañía de Judas, el miedo y el terror se apoderaron de los enemigos, porque Dios, que todo lo ve, se manifestó ante ellos. Huyeron en todas direcciones, de tal manera que con frecuencia se herían unos a otros y se atravesaban con sus propias espadas.
Judas los persiguió con la mayor energía, pasó a cuchillo y aniquiló a treinta mil de aquellos criminales.
El mismo Timoteo cayó en manos de los soldados de Dositeo y Sosípatro; pero con mucha astucia les pidió que lo dejaran libre, pues tenía como rehenes a los padres y hermanos de muchos de ellos, a quienes no se les tendría ninguna consideración.
Finalmente, después de largos discursos en los que prometió devolver sanos y salvos a aquellos judíos, Timoteo los convenció, y ellos lo pusieron en libertad para salvar la vida de sus parientes.
Luego Judas se dirigió a Carnáin y al templo de la diosa Atargatis, y degolló a veinticinco mil hombres.
Después de esta victoria y de la matanza que realizó, marchó contra Efrón, una ciudad fortificada donde vivían Lisias y gente de diversas naciones. Jóvenes fuertes, apostados delante de las murallas, las defendían valerosamente, y dentro había una abundante provisión de máquinas de guerra y proyectiles.
Pero después de invocar al Señor, quien con su poder destroza las fuerzas de los enemigos, los judíos tomaron la ciudad y mataron a unas veinticinco mil personas que estaban en ella.
Desde allí emprendieron nuevamente la marcha y se dirigieron a Escitópolis, una ciudad situada a ciento ocho kilómetros de Jerusalén.
Pero como los judíos que vivían allí les informaron que los habitantes de Escitópolis habían mostrado buenos sentimientos hacia ellos y los habían tratado bien en momentos difíciles,
Judas y sus soldados les dieron las gracias y les recomendaron que en adelante mantuvieran las mismas buenas relaciones con los judíos. Llegaron a Jerusalén cuando ya se acercaba la fiesta de las Semanas.
Después de esta fiesta, marcharon contra Gorgias, jefe militar de la región de Idumea.
Este se presentó para combatir con tres mil soldados de infantería y cuatrocientos de caballería.
Se entabló el combate y murieron algunos judíos.
Entonces Dositeo, un valiente soldado de caballería, judío tubiano, sujetó a Gorgias por el manto y comenzó a arrastrarlo con fuerza, con la intención de capturar vivo a este infame; pero un jinete de Tracia se lanzó contra Dositeo y le cortó el brazo, y así Gorgias logró huir a la ciudad de Maresá.
Los soldados de Azarías, que llevaban mucho tiempo combatiendo, estaban muy cansados. Entonces Judas suplicó al Señor que se pusiera de parte de ellos y los guiara en la batalla.
Comenzó a cantar himnos en su lengua materna, lanzó el grito de guerra y, atacando de repente a los soldados de Gorgias, los hizo huir.
Judas reunió a su ejército y se dirigió a la ciudad de Adulam. Al acercarse el séptimo día de la semana, se purificaron según su costumbre y celebraron el sábado.
Como el tiempo apremiaba, al día siguiente los soldados de Judas fueron a recoger los cadáveres de quienes habían caído en combate, para enterrarlos junto a sus parientes en los sepulcros familiares.
Pero debajo de la ropa de todos los muertos encontraron objetos consagrados a los ídolos de Jabnia, cosas que la ley prohíbe que tengan los judíos. Esto dejó clara para todos la causa de su muerte.
Todos alabaron al Señor, justo juez, quien revela las cosas ocultas,
e hicieron una oración para pedir a Dios que perdonara por completo el pecado que habían cometido. Entonces el valiente Judas recomendó a todos que se mantuvieran limpios de pecado, pues habían visto con sus propios ojos lo que les había sucedido a quienes cayeron a causa de su pecado.
Después reunió unas dos mil monedas de plata y las envió a Jerusalén para que se ofreciera un sacrificio por el pecado. Realizó una acción noble y justa, teniendo en cuenta la resurrección.
Si él no hubiera creído en la resurrección de los soldados muertos, habría sido innecesario e inútil orar por ellos.
Pero como tenía presente que a quienes morían piadosamente les esperaba una gran recompensa, su intención era santa y piadosa. Por eso hizo que se ofreciera aquel sacrificio por los muertos, para que Dios les perdonara su pecado.
Judas responde a la matanza de los judíos de Jope y a otras amenazas contra su pueblo. El relato presenta su acción dentro de un contexto de guerra, represalias y protección comunitaria.
Las victorias de Judas y sus soldados se atribuyen repetidamente a la ayuda del Señor, soberano de todo el universo.
Judas acepta la paz con los árabes cuando reconoce que pueden actuar de buena fe y agradece a los habitantes de Escitópolis el buen trato dado a los judíos.
Antes de continuar la campaña, el ejército se purifica y celebra el sábado, mostrando que la identidad religiosa no queda completamente absorbida por las exigencias militares.
El capítulo refleja el ambiente de conflictos militares y religiosos de la época de Judas Macabeo. Las comunidades judías aparecen dispersas en ciudades y regiones bajo distintas autoridades, algunas de las cuales las hostigan o las atacan. El relato menciona ciudades fortificadas, guarniciones, alianzas locales, rutas militares y poblaciones de diversos orígenes. También muestra prácticas judías como la observancia del sábado, la purificación ritual y la ofrenda por el pecado. Las distancias y cifras militares pertenecen a la forma narrativa del texto y subrayan la magnitud de las campañas.
El capítulo avanza en cuatro movimientos. Primero, narra la matanza de los judíos de Jope y las acciones de Judas contra Jope y Jabnia (12:1-12). Después describe las campañas contra Caspín, Cárax, Carnáin y Efrón, destacando la intervención de Dios y varias victorias militares (12:13-28). Luego presenta el trato pacífico con los habitantes de Escitópolis y el enfrentamiento con Gorgias (12:29-38). Finalmente, la recuperación de los cadáveres conduce a una interpretación religiosa de la derrota y a una reflexión sobre la oración por los muertos y la resurrección (12:39-45).
El capítulo presenta a Dios como justo juez y soberano de la historia, capaz de sostener a su pueblo en circunstancias extremas. También vincula la fidelidad religiosa con la vida comunitaria, la observancia del sábado y el rechazo de la idolatría. Su conclusión ofrece un testimonio importante sobre la esperanza de la resurrección y sobre la práctica de orar y ofrecer sacrificios por los difuntos. En la tradición católica, este pasaje ocupa un lugar destacado en la reflexión sobre la solidaridad espiritual con quienes han muerto. Otras tradiciones cristianas interpretan de manera distinta el alcance de esta práctica, pero el texto afirma claramente la esperanza de una recompensa futura para quienes mueren piadosamente.
El capítulo contiene violencia gráfica, pérdidas masivas, traición, miedo, culpa religiosa y duelo. Puede leerse como un texto que reconoce el dolor de una comunidad amenazada y busca sentido mediante la justicia, la purificación, la esperanza y la memoria de los muertos. Su reflexión final puede ofrecer un lenguaje espiritual para el duelo, aunque no elimina la complejidad emocional de la pérdida ni convierte la tragedia en algo sencillo.
El capítulo invita a distinguir entre justicia y venganza, a proteger a quienes están en peligro sin perder de vista la dignidad humana y a reconocer la buena voluntad cuando aparece, como ocurre con los habitantes de Escitópolis. También subraya el valor de mantener prácticas de fe y solidaridad en tiempos de crisis. La sección final puede orientar a las comunidades a acompañar el duelo, recordar a los difuntos y hablar de la esperanza con sensibilidad, evitando usar la culpa como explicación rápida del sufrimiento.
Porque encuentra entre sus pertenencias objetos consagrados a los ídolos y entiende que habían cometido una falta. Reúne dinero para que se ofrezca un sacrificio por el pecado, confiando en la resurrección y en la posibilidad de que Dios perdone a los difuntos.
El texto afirma que quienes mueren piadosamente esperan una gran recompensa y presenta la resurrección como la razón por la que tiene sentido orar por los muertos. Esta es una de las afirmaciones más explícitas del capítulo.
Debe entenderse dentro del contexto antiguo de guerras, persecuciones y represalias descrito por el relato. La narración interpreta las victorias de Judas desde la fe de su comunidad, pero sus escenas violentas no constituyen una autorización general para la violencia actual.
Los judíos de esa ciudad informan que sus habitantes los trataron bien durante tiempos difíciles. Judas responde con gratitud y recomienda conservar esas buenas relaciones, mostrando que el capítulo no presenta a todos los pueblos vecinos como enemigos.
Los soldados se purifican, celebran el sábado, reconocen el pecado, oran y envían una ofrenda a Jerusalén. Estas acciones conectan la vida militar y comunitaria con la adoración, la responsabilidad moral y la esperanza futura.
El capítulo está marcado por pérdidas, traiciones y miedo, pero también por la solidaridad con quienes sufren y por el cuidado de la memoria de los muertos. Su cierre reconoce que el duelo puede incluir dolor, culpa y esperanza al mismo tiempo. La oración por los difuntos aparece como una expresión de amor que no abandona a la persona fallecida.
La estructura del capítulo une crónica militar y reflexión teológica. Las victorias se interpretan como obra del Señor, mientras que la derrota relacionada con los objetos idolátricos se explica moralmente. El pasaje de 12:43-45 es especialmente relevante porque fundamenta la ofrenda por los muertos en la creencia en la resurrección, una convicción que también ayuda a explicar su importancia dentro de la tradición católica.
La narración muestra que una comunidad necesita varias formas de respuesta ante una crisis: defender a quienes están en peligro, establecer alianzas confiables, agradecer el buen trato y mantener sus prácticas esenciales. También enseña que la fortaleza no elimina la necesidad de actuar con discernimiento, reconocer errores y cuidar la memoria de quienes murieron.
En la parte final, la muerte no aparece como el último horizonte. La esperanza de la resurrección sostiene una práctica de intercesión y afirma que la relación espiritual con los difuntos no queda reducida al olvido. El capítulo contempla la justicia de Dios junto con su misericordia, dejando espacio para una esperanza reverente ante el misterio de la vida futura.
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