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2 Reyes 6:24 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

Después de esto, Ben-hadad, rey de Siria, reunió todo su ejército, fue y rodeó a Samaria para atacarla.

2 Reyes 6:24

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Este párrafo final realmente pertenece al capítulo siguiente, porque comienza una nueva historia que continúa allí. Cuenta cómo el rey de Siria sitió Samaria y llevó a la ciudad a una angustia extrema. Los sirios habían olvidado rápidamente la bondad que habían recibido poco antes en Samaria y, sin una provocación clara, ahora procuraban destruirla (2 Reyes 6:24). Hay personas con un corazón tan bajo que nunca sienten gratitud por los favores que reciben.

Probablemente, el territorio alrededor de Samaria fue saqueado y quedó en ruinas cuando la capital fue llevada al límite (2 Reyes 6:25). Es posible que la hambruna anterior ya hubiera agotado sus provisiones, o que el ataque hubiera sido tan repentino que no tuvieron tiempo de reunir alimentos. Así que, mientras la espada amenazaba desde afuera, el hambre dentro de la ciudad empeoró aún más (Lamentaciones 4:9). Parece que los sirios pretendían matar de hambre a la ciudad en vez de tomarla por asalto.

La escasez era tan extrema que una cabeza de asno, que tenía muy poca carne y era ceremonialmente impura, se vendía por cinco libras. Una pequeña cantidad de grano de baja calidad, llamado excremento de paloma, se vendía por cinco piezas de plata, unas doce o quince monedas de aquel tiempo. Esto nos enseña a valorar la abundancia y a dar gracias por ella. También muestra lo poco que importa el dinero cuando el hambre hace que las personas estén dispuestas a pagar casi cualquier precio por comida.

Luego viene el triste clamor de una mujer pobre al rey, pronunciado en medio de aquella hambre terrible. El rey caminaba por la muralla para dar órdenes a los guardias y a los arqueros, y para supervisar la reparación de los lugares derribados, cuando una mujer de la ciudad gritó: «¡Ayúdame, mi señor, oh rey!» (2 Reyes 6:26). En medio de la angustia, ¿a quién debía acudir una súbdita sino al gobernante, que se supone que debe proteger lo justo y castigar lo malo?

El rey le dio una respuesta sombría: «Si el Señor no te ayuda, ¿de dónde puedo ayudarte yo?» (2 Reyes 6:27). Algunos piensan que fue una respuesta airada y amarga, como si quisiera decir: «¿Por qué acudes a mí cuando Dios mismo está tratando con nosotros con tanta dureza?». Si no podía ayudarla con sus almacenes ni con sus lagares, no la ayudaría de ninguna manera. Debemos cuidarnos de volvernos duros y malhumorados cuando llegan las dificultades. Sin embargo, quizá sus palabras también pretendían calmarla: «Soportemos nuestra aflicción lo mejor que podamos y acudamos a Dios, porque mientras él no nos ayude, yo no puedo ayudarte».

El rey lamenta que el granero y el lagar estén vacíos. Ya no son como antes, e incluso se han agotado las provisiones del rey. Poco antes leímos que tenía bajo su mando grandes provisiones, suficientes para un ejército, y ahora no puede alimentar ni siquiera a una mujer pobre. La escasez puede llegar muy rápidamente después de la abundancia. Nunca debemos estar seguros de que mañana será tan próspero como hoy (Isaías 56:12; Salmo 30:6).

También admite, al menos en la práctica, que no puede ayudar si Dios no lo hace. Las criaturas son incapaces de valerse por sí mismas sin Dios, porque cada criatura es aquello que él permite que sea. Sin embargo, aunque no podía ayudarla, estuvo dispuesto a escuchar su queja (2 Reyes 6:28). Le preguntó qué le ocurría, como si dijera: «¿Tu caso es peor que el de todos los demás, o hay algo fuera de lo común?». Tristemente, sí lo había. Ella y su vecina habían hecho un acuerdo horrible: cuando se acabara la comida, cocinarían y comerían primero al hijo de ella y después al hijo de la otra mujer. Su hijo ya había sido comido, y ahora su vecina había escondido al suyo (2 Reyes 6:28, 2 Reyes 6:29).

Este es un ejemplo terrible de cómo los deseos del cuerpo pueden dominar incluso el amor natural del corazón. También muestra el cumplimiento de la palabra de Dios. Entre los juicios que se habían anunciado contra Israel por sus pecados estaba precisamente esto: que comerían la carne de sus propios hijos, por espantoso que parezca (Deuteronomio 28:53-57). Lo que Dios había advertido llegó a suceder.

Entonces el rey se volvió con ira contra Eliseo. Estaba profundamente conmovido por la calamidad, se rasgó la ropa y se puso un cilicio sobre la piel, como alguien que realmente sentía la miseria de su pueblo y sabía que no podía remediarla (2 Reyes 6:30). Pero no se lamentó por su propio pecado ni por los pecados de su pueblo, que habían traído aquella calamidad sobre ellos. No reconoció que sus propios caminos habían provocado lo que estaba sufriendo. Esa era la consecuencia de su propia maldad, y era amarga. La insensatez humana tuerce el camino de una persona, y luego el corazón se llena de ira contra el Señor.

En vez de ordenar que derribaran los becerros de Dan y Bet-el, o de hacer cumplir la ley contra los profetas de Baal y las arboledas dedicadas a la idolatría, juró matar a Eliseo (2 Reyes 6:31). Pero ¿qué había hecho Eliseo? Su cabeza era la más inocente y valiosa de todo Israel, y aun así había sido señalada para morir. En tiempos posteriores, cuando el Imperio romano sufría alguna gran calamidad, a menudo se culpaba a los cristianos y se los condenaba: «¡Échenles los cristianos a los leones!». Quizá Joram estaba enojado con Eliseo porque el profeta había anunciado ese juicio, o porque insistía en que el rey resistiera en vez de rendirse. Es más probable que estuviera enojado porque Eliseo no había usado la oración para levantar el sitio y salvar la ciudad, como Joram pensaba que podía hacerlo. Pero mientras el pueblo no se arrepintiera y no estuviera preparado para ser librado, no tenía razón para esperar que el profeta orara por su rescate.

Eliseo supo del plan del rey antes de que llegara hasta él (2 Reyes 6:32). Estaba sentado tranquilamente en su casa, y los ancianos estaban con él, sin duda ocupados en un consejo prudente, mientras el rey se enfurecía como un toro atrapado o como un mar agitado. Eliseo les dijo a los ancianos que un oficial venía de parte del rey para cortarle la cabeza, y les ordenó que lo detuvieran en la puerta y no lo dejaran entrar, porque el rey mismo venía justo detrás de él para cancelar la orden. El mismo espíritu profético que le mostraba a Eliseo lo que ocurría lejos también le dio valor para llamar al rey «hijo de un asesino». No debemos hablar de esa manera a menos que tengamos una orden extraordinaria de parte de Dios. No debemos despreciar a las autoridades ni hablar mal de quienes ocupan puestos elevados. Eliseo les preguntó a los ancianos si había hecho algo para merecer semejante trato. Él no había deseado aquel día terrible (Jeremías 17:16).

Cuando el rey llegó y detuvo la ejecución de su orden, habló con gran angustia y confusión. Parecía dividido entre lo que sabía y lo que deseaba, sin saber qué decir, y finalmente se entregó a la desesperación: «Esta calamidad viene del Señor» (2 Reyes 6:33).

En esto, su razonamiento era correcto y estaba bien aplicado. Es una verdad general que todo castigo por el mal viene del Señor, quien es la causa primera y el juez soberano (Amós 3:6). Debemos aplicar esa verdad a nuestras propias circunstancias. Si toda calamidad viene de él, entonces también esta calamidad, sea lo que sea que estemos sufriendo ahora y sean quienes sean los agentes humanos involucrados, tiene a Dios como autoridad suprema sobre ella.

Pero su conclusión a partir de esa verdad fue insensata y malvada: «¿Por qué habría de esperar al Señor todavía?». Cuando Elí, David y Job dijeron: «Esto viene del Señor», se volvieron pacientes en medio de la aflicción. Pero este hombre malvado se enfureció por causa de ella. Lo que estaba diciendo era: «No temeré que venga algo peor, ni espero que llegue algo mejor. No puede suceder nada peor, y nunca vendrá nada mejor. Estamos arruinados y no hay ayuda».

Es irracional cansarse de esperar en Dios. Él es un Dios que juzga con rectitud, y son dichosos todos los que esperan en él.

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