Versículo destacado
2 Reyes 25:8 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" El día siete del quinto mes del año diecinueve del reinado de Nabucodonosor, rey de Babilonia, Nebuzaradán, oficial del rey y comandante de la guardia real, llegó a Jerusalén "
2 Reyes 25:8
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
6 Los caldeos capturaron al rey y lo llevaron ante el rey de Babilonia, que se encontraba en Riblá, en el territorio de Hamat. Allí Nabucodonosor dictó sentencia contra Sedequías,
7 y en presencia de este ordenó que degollaran a sus hijos. En cuanto a Sedequías, ordenó que le sacaran los ojos y que lo encadenaran para llevarlo a Babilonia.
8 El día siete del quinto mes del año diecinueve del reinado de Nabucodonosor, rey de Babilonia, Nebuzaradán, oficial del rey y comandante de la guardia real, llegó a Jerusalén
9 e incendió el templo, el palacio real y todas las casas de la ciudad, especialmente las casas de todos los personajes notables,
10 y el ejército caldeo que lo acompañaba derribó las murallas que rodeaban Jerusalén.
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Aunque es probable que el ejército caldeo estuviera furioso porque la ciudad había resistido con tanta obstinación, no quemó todo de inmediato después de tomarla. Aproximadamente un mes después, en el período entre este versículo y (2 Reyes 25:3), Nebuzaradán fue enviado para completar la destrucción de Jerusalén. Dios les concedió ese tiempo para arrepentirse, después de muchos años anteriores de paciencia, pero lo desperdiciaron. Sus corazones todavía parecen haber estado endurecidos, así que el juicio llegó hasta sus últimas consecuencias.
La ciudad y el templo fueron quemados (2 Reyes 25:9). El rey de Babilonia no parecía tener planes de establecer a su gente en Jerusalén, así que ordenó reducirla a cenizas, como si fuera un nido de rebeldes. No sorprende que quemaran el palacio del rey y las casas de los nobles, porque sus pecados los habían hecho merecedores del fuego. Pero resulta profundamente impactante que la casa del Señor fuera destruida por el fuego: aquella casa santa y hermosa (Isaías 64:11).
Era la casa para la cual David había hecho preparativos y que Salomón había construido a un costo enorme. Era la casa sobre la cual Dios había puesto continuamente sus ojos y su corazón (1 Reyes 9:3). Sin embargo, no quedó exenta del juicio de Dios. El templo no podía ser protegido del fuego cuando Dios había decidido castigar a la nación. Es probable que el arca también se haya perdido en aquel incendio, pues los enemigos no se habrían atrevido a apoderarse de ella, recordando lo que los filisteos sufrieron por haberla tratado de manera irreverente.
Un escritor posterior afirmó que Jeremías sacó el arca y la escondió en una cueva del monte Nebo (2 Macabeos 2:4, 5), pero eso no puede ser correcto, porque en ese tiempo Jeremías era prisionero. Al quemar el templo, Dios mostró cuánto valora la adoración externa cuando se ignoran la vida y el poder de la religión. El pueblo confiaba en el templo como si este fuera a protegerlo mientras persistía en sus pecados (Jeremías 7:4), pero Dios le mostró que se convertiría en un refugio falso. El templo había permanecido en pie durante unos 420, quizá 430 años. Puesto que el pueblo había quebrantado las promesas relacionadas con él, esas promesas debían apuntar al templo del evangelio, que es la morada permanente de Dios.
Es llamativo que el segundo templo fuera quemado más tarde por los romanos en el mismo mes y el mismo día del mes en que los caldeos quemaron el primer templo; según Josefo, fue el diez de agosto.
Las murallas de Jerusalén también fueron derribadas (2 Reyes 25:10). Era como si los vencedores quisieran vengarse por el tiempo que la ciudad los había mantenido fuera, o asegurarse de que nadie pudiera volver a resistirse allí. El pecado despoja a un pueblo de su protección. Esas murallas no fueron reconstruidas sino hasta la época de Nehemías.
El resto del pueblo fue llevado a Babilonia (2 Reyes 25:11). La mayoría de los habitantes ya había muerto a espada o de hambre, o había escapado cuando el rey huyó, porque su ejército se había dispersado (2 Reyes 25:5). Por eso, solo quedaba un número muy reducido; junto con los desertores, eran apenas 832 personas, como muestra Jeremías 52:29. Solo dejaron en el país a los pobres de la tierra (2 Reyes 25:12), para que trabajaran los campos y cuidaran los viñedos para los caldeos.
A veces la pobreza puede ser una forma de protección, porque quienes tienen poco también tienen poco que perder. Los judíos ricos habían oprimido a los pobres, pero ahora ellos fueron llevados como extranjeros, incluso como prisioneros, a una tierra ajena. Los pobres a quienes habían despreciado ahora tenían paz y libertad en su propio país. De esta manera, la providencia suele derribar a los orgullosos y levantar a quienes ocupan una posición humilde.
También se llevaron los utensilios de bronce y los demás objetos del templo, pues la mayor parte de la plata y el oro ya había sido retirada. Las dos famosas columnas de bronce, Jaquín y Boaz, que representaban la fuerza y la estabilidad de la casa de Dios, fueron desarmadas y llevadas a Babilonia (2 Reyes 25:13). Cuando aquello que representaban se había perdido por causa del pecado, ya no tenía sentido conservar los símbolos. Acaz ya había mostrado desprecio por las cosas sagradas al cortar los bordes de las bases y colocar el mar de bronce sobre un pavimento de piedra (2 Reyes 16:17). Por eso era apropiado que ahora el bronce mismo, junto con el mar de bronce, fuera entregado al enemigo.
Es justo que Dios quite sus ordenanzas de quienes las profanan y las usan indebidamente, o las debilitan y rebajan. Todavía quedaba algo de oro y plata (2 Reyes 25:15), y también se lo llevaron. Pero la mayor parte del botín era de bronce; había tanto que se dijo que no podía pesarse (2 Reyes 25:16). Cuando los utensilios usados en la adoración fueron llevados lejos (2 Reyes 25:14), el servicio del templo llegó a su fin. Dios hizo bien en negar los beneficios de su adoración a un pueblo que durante mucho tiempo la había ignorado y había preferido la adoración falsa. Quienes habían querido muchos altares ahora no tendrían ninguno.
Después mataron a sangre fría a varios hombres importantes: Seraías, el sumo sacerdote, quien era el padre de Esdras (Esdras 7:1); el segundo sacerdote, que servía en su lugar cuando era necesario; y tres porteros del templo (2 Reyes 25:18). También mataron al comandante del ejército, a cinco consejeros reales, que más adelante aparecen como siete en (Jeremías 52:25), al secretario de guerra o encargado de pagar al ejército, y a sesenta ciudadanos importantes del país que se habían escondido en la ciudad. Como estos hombres tenían cierta posición, los llevaron ante el rey de Babilonia (2 Reyes 25:19, 2 Reyes 25:20), y él ordenó que todos fueran ejecutados (2 Reyes 25:21), aunque, humanamente hablando, quizá pensaban que ya habían pasado lo más amargo de la muerte.
El rey de Babilonia los veía como los principales opositores a su autoridad. Pero la justicia divina probablemente los veía como líderes de la idolatría y de la maldad que habían provocado aquellos juicios. Así llegó el desastre a su fin: Judá fue llevada fuera de su tierra, unos 860 años después de que Josué le hubiera dado posesión de ella. Entonces se cumplió la Escritura: el Señor llevaría al pueblo y al rey que había escogido a una nación que no conocía (Deuteronomio 28:36). El pecado había mantenido a sus antepasados fuera de Canaán durante cuarenta años, y ahora los expulsaba por completo. El Señor se da a conocer por medio de los juicios que ejecuta y demuestra que cumple la palabra que ha hablado: «Solo a ustedes los he conocido de entre todas las familias de la tierra; por eso los castigaré por todas sus maldades» (Amós 3:2).
De este capítulo
2 Reyes 25:1
"El día diez del décimo mes del noveno año del reinado de Sedequías, el rey Nabucodonosor marchó con todo su ejército contra Jerusalén y la sitió. Acampó frente a ella y construyó rampas a su alrededor para atacarla."
2 Reyes 25:2
"La ciudad permaneció sitiada hasta el año once del reinado de Sedequías."
2 Reyes 25:3
"El día nueve del cuarto mes de ese año, el hambre aumentó en la ciudad y la gente ya no tenía nada que comer."
2 Reyes 25:4
"Entonces abrieron un boquete en las murallas de la ciudad y, aunque los caldeos la tenían sitiada, el rey y todos los soldados huyeron de la ciudad durante la noche. Salieron por la puerta que estaba entre las dos murallas, por el camino de los jardines reales, y tomaron el camino del valle del Jordán."
2 Reyes 25:5
"Pero los soldados caldeos persiguieron al rey Sedequías y lo alcanzaron en la llanura de Jericó. Todo su ejército lo abandonó y se dispersó."
2 Reyes 25:6
"Los caldeos capturaron al rey y lo llevaron ante el rey de Babilonia, que se encontraba en Riblá, en el territorio de Hamat. Allí Nabucodonosor dictó sentencia contra Sedequías,"
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