Versículo destacado

2 Reyes 23:25 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

No hubo ningún rey, ni antes ni después de él, que como él se volviera al Señor con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas, conforme a la ley de Moisés.

2 Reyes 23:25

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Al leer estos versículos, debemos decir: «Señor, tu justicia es como los grandes montes, clara e indiscutible; pero tus juicios son como un abismo profundo, imposible de medir» (Salmo 36:6). Esto nos lleva a considerar cómo pueden entenderse estas cosas.

Aquí se reconoce que Josías fue uno de los mejores reyes que jamás se sentaron en el trono de David (2 Reyes 23:25). Así como Ezequías se distinguió por confiar en Dios en medio de la angustia (2 Reyes 18:5), Josías se distinguió por su sinceridad y su celo al llevar a cabo una obra de reforma. En estos aspectos, nadie fue como él. Se volvió al SEÑOR, de quien sus antepasados se habían apartado. La verdadera religión consiste en volvernos a Dios como aquel a quien escogemos y amamos. Josías también hizo todo lo que pudo para que su reino volviera al SEÑOR.

Lo hizo con todo su corazón y con toda su alma, de modo que sus motivos y propósitos eran correctos. La religión no produce ningún beneficio en una persona si no llega a ser un asunto del corazón. Josías actuó con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas: con energía, valor y determinación. Sin eso, no habría podido superar las muchas dificultades que enfrentó. ¡Qué grandes cosas podrían hacerse al servicio de Dios si tan solo lo hiciéramos con entusiasmo y de todo corazón! También actuó conforme a toda la ley de Moisés, obedeciéndola con cuidado y prestándole verdadera atención. Su celo nunca lo llevó al desorden. En todo lo que hizo, se mantuvo sujeto a la norma de Dios.

Aun así, murió violentamente en la mitad de su vida, y su reino quedó arruinado pocos años después. Después de una reforma semejante, uno habría esperado paz y honra tanto para el rey como para el reino. Sin embargo, sucedió lo contrario, y ambos quedaron bajo juicio.

El reino reformado todavía estaba destinado a la ruina. «A pesar de todo esto» (2 Reyes 23:26), «el SEÑOR no se apartó del ardor de su gran ira». Es verdadera la palabra que Dios comunicó por medio del profeta: si una nación que ya ha sido sentenciada a la destrucción se aparta de su pecado, Dios también se apartará del castigo que había anunciado (Jeremías 18:7-8). Por eso debemos concluir que el pueblo de Josías, aunque obedecía la autoridad del rey, no había adoptado realmente sus principios. Fueron obligados a cambiar, pero no estuvieron dispuestos a abandonar sus malos caminos. Todavía amaban sus ídolos. Por tanto, Dios, que conoce el corazón, no retiró la sentencia de que Judá fuera quitada como lo había sido Israel, y de que Jerusalén misma fuera rechazada (2 Reyes 23:27). Incluso esta destrucción tenía el propósito de producir una reforma final. Debemos decir, entonces, no solo que el pueblo había colmado la medida de su culpa y estaba listo para la ruina, sino también que la enfermedad había llegado a un punto decisivo y estaba lista para ser sanada. El resultado sería la eliminación del pecado.

Otra señal de esto fue que el propio rey reformador murió en medio de su servicio. Fue una muestra de misericordia para él, porque no vivió para ver el mal que vendría sobre su reino. Pero fue un juicio para el pueblo, porque su muerte abrió el camino para su caída. El rey de Egipto estaba en guerra con el rey de Asiria, a quien aquí se llama rey de Babilonia. El reino de Josías se encontraba entre ambos. Por eso Josías consideró que era su deber detener al rey de Egipto y frenar su creciente poder. Aunque el rey de Egipto dijo que no tenía ningún plan contra Josías, si lograba extenderse desde el río de Egipto hasta el río Éufrates, Judá pronto quedaría atrapada entre ellos. Así que Josías salió a enfrentarlo y murió en la primera batalla (2 Reyes 23:29-30).

No podemos defender la acción de Josías. No tenía un llamado claro para entrar en esa guerra, y no leemos que haya pedido la dirección de Dios mediante el Urim o por medio de los profetas. ¿Qué tenía que ver él con presentarse y actuar como amigo y aliado del rey de Asiria? ¿Debía ayudar al malvado y amar a quienes odiaban al SEÑOR? Si Egipto y Asiria estaban enfrentados, Josías tenía razones para esperar que Dios sacara provecho de esa situación para él y para su pueblo, usando a esos reinos para debilitarse mutuamente. Algunos interpretan la promesa de que iría a su sepultura en paz de una manera que hace parecer que no se cumplió, porque debido a este error perdió el beneficio de ella. Dios ha prometido guardarnos en todos nuestros caminos; pero si abandonamos ese camino, salimos de su protección. Yo entiendo la promesa de esta manera: sí se cumplió, porque Josías murió en paz con Dios y con su propia conciencia, y no vio ni tuvo ante sí de manera inmediata la destrucción de Judá y Jerusalén a manos de los caldeos. Aun así, considero lo sucedido como una reprensión por su imprudencia.

También debemos honrar la justicia de Dios al quitarle un regalo tan valioso a un pueblo ingrato que no supo apreciarlo. Lloraron profundamente la muerte de Josías (2 Crónicas 35:25), movidos por Jeremías, quien les explicó lo que significaba y les mostró que era una señal de advertencia. Pero no habían aprovechado debidamente la misericordia de la que habían disfrutado mientras él vivía. Dios les enseñó el valor de esa misericordia al quitársela.

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De este capítulo

2 Reyes 23:1

"Entonces el rey mandó llamar a todos los ancianos de Judá y de Jerusalén para que se reunieran con él."

2 Reyes 23:2

"Luego el rey, todos los hombres de Judá, los habitantes de Jerusalén, los sacerdotes, los profetas y la nación entera, desde el más pequeño hasta el más grande, fueron al templo del Señor. Allí el rey les leyó en voz alta todo lo que decía el libro de la alianza que había sido encontrado en el templo del Señor."

2 Reyes 23:3

"Luego el rey se puso de pie junto a la columna y se comprometió ante el Señor a obedecerle, a poner en práctica fielmente y con toda sinceridad sus mandamientos, mandatos y leyes, y a cumplir las condiciones de la alianza que estaban escritas en el libro. Y todo el pueblo aceptó también el compromiso."

2 Reyes 23:4

"Entonces el rey ordenó a Hilquías, sumo sacerdote, a su segundo sacerdote y a los porteros que sacaran del templo del Señor todos los objetos del culto de Baal, de Aserá y de todos los astros del cielo. Los quemó en las afueras de Jerusalén, en los campos de Cedrón, y luego llevó las cenizas a Betel."

2 Reyes 23:5

"Después quitó de sus puestos a los sacerdotes que los reyes de Judá habían nombrado para que quemaran incienso en los santuarios de los lugares altos que había en las ciudades de Judá y en los alrededores de Jerusalén, y a los sacerdotes que quemaban incienso a Baal, al sol, a la luna, a los planetas y a todos los astros del cielo."

2 Reyes 23:6

"Sacó fuera de Jerusalén la imagen de Aserá que estaba en el templo del Señor, la quemó en el arroyo Cedrón hasta convertirla en ceniza y luego la esparció sobre la fosa común."

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