Versículo destacado

2 Corintios 12:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Nada gana uno con gloriarse de sí mismo. Sin embargo, tengo que hablar de las visiones y revelaciones que he recibido del Señor. "

2 Corintios 12:1

menu_book El versículo en contexto

1 Nada gana uno con gloriarse de sí mismo. Sin embargo, tengo que hablar de las visiones y revelaciones que he recibido del Señor.

2 Conozco a un seguidor de Cristo que hace catorce años fue llevado al tercer cielo. No sé si fue llevado en cuerpo o en espíritu; Dios lo sabe.

3 Pero sé que ese hombre (si en cuerpo o en espíritu, no lo sé, solo Dios lo sabe)

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí podemos notar el relato que Pablo da acerca de los favores que Dios le había mostrado y del honor que le había concedido. Es evidente que está hablando de sí mismo como el hombre «en Cristo». Pablo describe que fue llevado hasta el tercer cielo (2 Corintios 12:2). No podemos decir cuándo ocurrió esto: si fue durante los tres días en que estuvo ciego al convertirse o en algún momento posterior. Tampoco podemos decir exactamente cómo sucedió: si su alma fue separada de su cuerpo o si fue llevado a un estado especial de profunda visión.

Sería presuntuoso que nosotros decidiéramos esas cosas, especialmente porque el mismo Pablo dice: «si en el cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé». Aun así, está claro que recibió un honor extraordinario. En cierto sentido, fue llevado al tercer cielo, el cielo de los bienaventurados, por encima del espacio donde vuelan las aves y del cielo estrellado con sus luces gloriosas. Es el lugar donde Dios muestra su gloria de la manera más plena. No podemos saberlo todo acerca de ese lugar glorioso, y tampoco sería apropiado que supiéramos demasiado sobre él.

Nuestro deber y nuestra bendición consisten en esforzarnos para asegurarnos de tener allí un hogar. Si sabemos que ese hogar está seguro, debemos anhelar estar allí y vivir allí para siempre. Pablo también llama «paraíso» a este tercer cielo (2 Corintios 12:4), usando la palabra que designaba el jardín terrenal del cual Adán fue expulsado por causa de su pecado. También se le llama «el paraíso de Dios» (Apocalipsis 2:7), lo que muestra que, por medio de Cristo, somos restaurados a todo el gozo y el honor que perdimos a causa del pecado, y recibimos algo mucho mejor.

Pablo no nos dice qué vio en el tercer cielo o en el paraíso. En cambio, dice que oyó «palabras inefables», palabras que los labios humanos no pueden expresar. Las cosas eran demasiado grandes y nuestro lenguaje demasiado limitado para describirlas. Tampoco le estaba permitido repetirlas, porque mientras vivimos aquí ya tenemos una palabra profética más segura que las visiones y revelaciones (2 Pedro 1:19). Existe un lenguaje de los ángeles, así como un lenguaje humano, y Pablo conocía tanto de él como cualquier persona en la tierra. Aun así, consideraba el amor —es decir, el amor sincero a Dios y al prójimo— como algo superior a todo lo demás.

Este relato debe frenar nuestra curiosidad por el conocimiento prohibido. Debe enseñarnos a aprovechar la revelación que Dios ya nos ha dado en su Palabra. Aunque Pablo había estado en el tercer cielo, no hizo público lo que había oído allí. Se mantuvo firme en la enseñanza de Cristo. Sobre ese fundamento está edificada la iglesia, y sobre ese mismo fundamento debemos edificar nuestra fe y nuestra esperanza.

También debemos notar la manera humilde en que Pablo habla de este asunto. Uno podría esperar que un hombre que había recibido semejantes visiones y revelaciones se jactara de ellas. Sin embargo, dice: «No me conviene gloriarme» (2 Corintios 12:1). Ni siquiera lo mencionó al principio y, cuando finalmente lo saca a relucir, ya habían pasado catorce años (2 Corintios 12:2). Incluso entonces habla con cierta reserva, como si las circunstancias lo obligaran a hacerlo.

También habla de sí mismo en tercera persona; no dice: «Yo soy el hombre que recibió un honor tan superior al de los demás». Su humildad se ve además en la advertencia que se hace a sí mismo en (2 Corintios 12:6), lo cual muestra que no disfrutaba detenerse en ese tema. Esto es notable, porque Pablo no era inferior en dignidad a los principales apóstoles y, aun así, estaba profundamente marcado por la humildad. Es algo noble permanecer con un espíritu humilde aun cuando se han recibido grandes honores. Quienes se humillan serán enaltecidos.

Luego Pablo explica cómo Dios lo mantuvo humilde y evitó que se llenara de orgullo a causa de esas grandes revelaciones. Menciona esto para equilibrar el relato anterior sobre sus visiones. Cuando el pueblo de Dios habla de sus experiencias, también debe hablar de cómo Dios lo ha mantenido humilde y dependiente, y no solamente de sus dones y bondades.

Pablo dice que estaba afligido por «un aguijón en la carne» y por «un mensajero de Satanás» que lo golpeaba continuamente (2 Corintios 12:7). No podemos decir con certeza qué era aquello. Algunos piensan que se trataba de un intenso dolor físico o una enfermedad. Otros creen que eran los insultos que sufría de parte de los falsos apóstoles, especialmente sus ataques contra su manera de hablar, que ellos consideraban débil y poco impresionante. Fuera lo que fuera, Dios suele sacar el bien del mal, y los insultos de los enemigos pueden ayudar a mantener el orgullo bajo control.

Lo que Pablo llama un aguijón en la carne le resultó muy doloroso durante un tiempo. Sin embargo, las espinas que Cristo llevó por nosotros y la corona de espinas que sufrió hacen que nuestras propias espinas sean más fáciles de soportar. Él sufrió cuando fue tentado, por lo que puede ayudar a quienes son tentados (Hebreos 2:18). Las tentaciones al pecado son las espinas más dolorosas. Son mensajeros de Satanás enviados para afligirnos, y hasta la sola invitación al pecado representa una carga pesada para una persona íntegra.

Dios permitió esta prueba para mantener humilde a Pablo, «para que no me enalteciera sobremanera» (2 Corintios 12:7). Pablo sabía que todavía no había alcanzado la perfección y, aun así, también estaba en peligro de llenarse de orgullo. Si Dios nos ama, nos mostrará nuestro orgullo y evitará que pensemos de nosotros mismos más de lo que debemos. A veces se envían cargas espirituales para curar el orgullo espiritual. Satanás pretendía usar esta aflicción para hacerle daño a Pablo, desanimarlo y estorbar su obra, pero Dios la encaminó para bien. Transformó aquello que Satanás quiso usar como una carga en una ayuda.

Pablo también oró con fervor para ser liberado. La oración es un remedio para toda herida y todo problema. Cuando sufrimos a causa de espinas en la carne, debemos entregarnos a la oración. En ocasiones, la misma tentación nos enseña a orar. Pablo le rogó tres veces al Señor que ese sufrimiento se apartara de él (2 Corintios 12:8). Aunque Dios permita aflicciones para nuestro bien, sigue siendo correcto pedirle que las quite. También debemos pedirle que cumplan el propósito para el cual fueron enviadas.

Pablo oró con seriedad y repitió su petición. Le suplicó al Señor tres veces, es decir, con frecuencia y con fervor. Por eso, si Dios no responde a la primera oración ni a la segunda, debemos seguir orando y no rendirnos hasta que llegue la respuesta. Incluso Cristo oró tres veces a su Padre. Así como a veces se envían dificultades para enseñarnos a orar, también a veces se prolongan para enseñarnos a perseverar en la oración sin cesar.

Esta fue la respuesta que Dios dio a la oración del apóstol: no quitó el sufrimiento, sino que le dio algo equivalente y mejor: «Mi gracia es suficiente para ti». Esto muestra que, aun cuando Dios acepta una oración ofrecida con fe, no siempre la responde exactamente de la manera en que se lo pedimos. A veces, por amor, retiene lo que deseamos porque ve qué es lo mejor para nosotros.

Cuando Dios no quita nuestras dificultades y tentaciones, todavía no tenemos razón para quejarnos si nos da una gracia suficiente. No importa qué «aguijón en la carne» nos cause dolor; es un gran consuelo saber que la gracia de Dios es suficiente para nosotros. Aquí, la gracia significa dos cosas. Primero, significa la buena voluntad de Dios hacia nosotros, suficiente para dar luz, vida, fortaleza y consuelo a nuestra alma en toda dificultad y angustia.

Segundo, significa la obra de Dios en nosotros: la gracia que recibimos de la plenitud que hay en Cristo, nuestra cabeza y nuestro gobernante. De él procede lo apropiado, oportuno y suficiente para sus miembros, es decir, para quienes le pertenecen. Cristo entiende nuestra situación y sabe lo que necesitamos. Él adapta el remedio a la enfermedad. No solo nos fortalece, sino que también muestra su gloria por medio de nosotros. De esta manera, su poder se perfecciona en nuestra debilidad.

Por eso el apóstol se gloriaba en sus debilidades e incluso se complacía en ellas (2 Corintios 12:9, 10). No se refiere a las debilidades pecaminosas, que deberían causarnos vergüenza y tristeza. Se refiere a sus sufrimientos por Cristo, sus insultos, sus necesidades, sus persecuciones y sus angustias (2 Corintios 12:10). Estas se convirtieron en motivos de gozo porque le dieron a Cristo la oportunidad de mostrar el poder y la suficiencia de su gracia en la vida de Pablo.

Pablo había aprendido tanto acerca de la gracia fortalecedora de Dios que pudo decir: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte». Esta es una paradoja cristiana: cuando somos débiles en nosotros mismos, somos fuertes en la gracia de nuestro Señor Jesucristo. Cuando vemos con claridad nuestra propia debilidad, somos llevados a salir de nosotros mismos y acudir a Cristo; entonces nos encontramos en el mejor lugar para recibir de él la fortaleza. De ese modo experimentamos de la manera más plena la provisión del poder y la gracia de Dios.

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