Versículo destacado
2 Crónicas 26:16 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Pero cuando se afirmó en el poder, se volvió orgulloso, lo cual fue su ruina. Fue infiel al Señor su Dios, pues entró en el templo del Señor para quemar incienso en el altar del incienso. "
2 Crónicas 26:16
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
14 Ozías preparó para todo el ejército escudos, lanzas, cascos, corazas, arcos y hondas.
15 Además, construyó en Jerusalén ingeniosas máquinas de guerra para colocarlas en las torres y en los puntos más altos de la muralla, y disparar desde allí flechas y grandes piedras. Su fama se extendió hasta muy lejos, pues Dios lo ayudó de una manera tan extraordinaria que logró hacerse muy poderoso.
16 Pero cuando se afirmó en el poder, se volvió orgulloso, lo cual fue su ruina. Fue infiel al Señor su Dios, pues entró en el templo del Señor para quemar incienso en el altar del incienso.
17 Pero detrás de él entró el sacerdote Azarías, acompañado por ochenta valientes sacerdotes del Señor.
18 Ellos se enfrentaron al rey y le dijeron: «Rey Ozías, ofrecer incienso al Señor no le corresponde a Su Majestad, sino a los sacerdotes descendientes de Aarón, que están consagrados para hacerlo. Salga Su Majestad del santuario, porque ha cometido una infidelidad al Señor, y Dios no lo honrará por eso».
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Esta es la única mancha en el nombre del rey Uzías, y es distinta de las faltas que vemos en otros reyes. Algunos reyes malos se caracterizaron por el pecado sexual, el asesinato, la opresión, la persecución y, sobre todo, la idolatría; incluso algunos reyes buenos tuvieron algunas de esas manchas. David mismo no estuvo libre de culpa, como demuestra el caso de Urías. Sin embargo, a Uzías no se le acusa de ninguno de esos pecados. Aun así, pecó contra el Señor su Dios y experimentó el desagrado de Dios, no por medio de una guerra o una rebelión, sino mediante una enfermedad incurable.
Su pecado consistió en invadir el oficio sacerdotal. El camino correcto es estrecho, y de él se desprenden muchos caminos equivocados. Reyes anteriores habían pecado al abandonar el templo del Señor, como en 2 Crónicas 24:18, o al quemar incienso en altares de ídolos, como en 2 Crónicas 25:14. El error de Uzías fue diferente: entró en el templo más allá de lo que Dios permitía e intentó quemar incienso sobre el altar de Dios. Tal vez pensó que estaba mostrando un celo extraordinario, pero es fácil evitar un extremo y caer en otro.
La raíz de su pecado fue el orgullo. El orgullo destruye a más personas que cualquier otro pecado. Cuando Uzías se hizo fuerte, después de que Dios lo había ayudado maravillosamente hasta ese momento (2 Crónicas 26:15), se volvió rico, influyente y poderoso. En vez de darle la gloria a Dios, su corazón se llenó de orgullo, y ese orgullo lo llevó a la ruina. La prosperidad a menudo envanece a los insensatos y después los destruye. Como había alcanzado tanta honra, comenzó a pensar que ninguna tarea ni ningún cargo era demasiado grande para él, ni siquiera el sacerdocio.
Entró en el templo del Señor para quemar incienso, probablemente en un día de fiesta o en alguna otra ocasión especial en la que quería buscar el favor de Dios. Es difícil decir exactamente qué lo impulsó a actuar con tanta osadía. Ningún rey anterior, bueno o malo, había intentado hacer algo semejante. La ley era clara, y no había ningún ejemplo que lo respaldara. No podía alegar necesidad, como David en cierta ocasión cuando comió el pan de la proposición. Tal vez pensaba que los sacerdotes hacían mal su trabajo y que él podía hacerlo mejor. O quizá observó que los reyes idólatras quemaban incienso delante de sus dioses y quiso recibir el mismo tipo de honor en el altar del Señor. Pero esto seguía siendo una transgresión contra el Señor su Dios. No estaba satisfecho con los honores que Dios le había dado y trató de apoderarse de lo que Dios le había prohibido, como lo hicieron Adán y Eva.
El sumo sacerdote y los demás sacerdotes se opusieron a él, como leemos en 2 Crónicas 26:17-18. Estaban dispuestos a quemar incienso por él de la manera correcta, pero cuando intentó hacerlo por sí mismo, le dijeron claramente que estaba asumiendo una responsabilidad que no le correspondía. No usaron la fuerza, aunque eran hombres valientes. En cambio, razonaron con él y le mostraron dos cosas.
Primero, no le era lícito quemar incienso. «No te corresponde a ti, Uzías, sino a los sacerdotes», le dijeron, porque ese era el derecho de los hijos de Aarón, quienes habían sido apartados para ese servicio. Aarón y sus hijos habían sido designados por la ley para quemar incienso (Éxodo 30:7; Deuteronomio 33:10; 1 Crónicas 23:13). David había bendecido al pueblo, y Salomón y Josafat habían orado con ellos y les habían enseñado. Uzías también podría haber hecho eso, y habría sido una honra para él. Pero quemar incienso pertenecía únicamente a los sacerdotes. La ley de Moisés mantenía separados los oficios de rey y de sacerdote, y no debían volver a unirse hasta la llegada del Mesías. Si Uzías pretendía honrar a Dios y obtener su favor, aun así estaba equivocado, porque Dios acepta la adoración solamente cuando se ofrece de la manera que él ha establecido.
Segundo, no era seguro. La advertencia de los sacerdotes significaba más que: «Esto no te traerá honra delante de Dios». También significaba: «Te traerá vergüenza y estás exponiéndote al juicio de Dios». La ley advertía claramente contra que alguien que no fuera sacerdote se acercara a ese servicio santo (Números 3:10; Números 18:7). Coré y sus seguidores, aunque eran levitas, pagaron muy caro por intentar quemar incienso, ya que ese trabajo pertenecía exclusivamente a los sacerdotes (Números 16:35). De la misma manera, nuestras oraciones son aceptables solamente cuando se ofrecen con fe por medio del Señor Jesús, el gran sumo sacerdote de nuestra confesión. Sin él, no podemos esperar que Dios las reciba (Apocalipsis 8:3).
Uzías se enojó con los sacerdotes que lo corregían y siguió intentando abrirse paso, como leemos en 2 Crónicas 26:19. Estaba furioso y no quería soltar el incensario. Tomó mal la corrección y se negó a detenerse. Todos sentimos la atracción de lo que está prohibido.
Su castigo fue una lepra incurable que apareció en su frente mientras discutía con los sacerdotes. Si hubiera escuchado, reconocido su error y retrocedido, todo podría haber terminado bien. Pero cuando se enojó con los sacerdotes y habló contra ellos, Dios se enojó con él y lo hirió con lepra. Josefo dice que Uzías amenazó con matar a los sacerdotes si seguían oponiéndosele, y que entonces la tierra tembló, el techo del templo se partió y un rayo de luz solar iluminó su rostro; en ese momento la lepra apareció de inmediato. Algunos piensan que esto pudo haber sido el terremoto mencionado en Amós 1:1 y Zacarías 14:5.
Este golpe repentino resolvió el conflicto entre Uzías y los sacerdotes. Cuando apareció la lepra, ellos cobraron suficiente valor para expulsarlo del templo. De hecho, él mismo se apresuró a salir, porque el Señor lo había herido con una enfermedad que mostraba claramente el desagrado divino y lo hacía indigno de la convivencia ordinaria, mucho más aún del altar de Dios. No quiso escuchar a los sacerdotes, así que Dios usó un medio más fuerte para hacerle ver su error. Si las personas orgullosas no quieren aprender de las advertencias habladas por Dios, aprenderán de sus juicios. Sin embargo, aun en medio de su pecado, Uzías mostró cierto temor de Dios, porque en cuanto supo que el Señor estaba enojado con él, se detuvo de inmediato y salió apresuradamente.
Aunque Uzías discutió con los sacerdotes, no pudo discutir con su Creador. Esto se convirtió en un castigo permanente por su pecado. Permaneció leproso hasta el día de su muerte, encerrado en aislamiento y apartado de la sociedad. Tuvo que dejar todos sus asuntos en manos de su hijo Jotam, quien administró el reino en su lugar (2 Crónicas 26:21).
Con esto, Dios dio un ejemplo claro de cómo se opone a los orgullosos y protege la pureza y la honra de sus propios mandamientos. También advirtió aun a los hombres grandes y buenos que mantuvieran su distancia y no intentaran entrar por la fuerza en asuntos que no tenían derecho a manejar. Al mismo tiempo, le dio a Uzías un llamado fuerte y constante al arrepentimiento, así como mucho tiempo para hacerlo; tenemos razones para esperar que lo aprovechara bien. Uzías había estado ocupado con muchos asuntos terrenales, pero ahora fue apartado de ellos y confinado en una casa separada. Eso le dio tiempo para pensar en la vida venidera y prepararse para ella.
Al castigar así al rey, Dios también quiso infundir en el pueblo un profundo respeto por el templo, el sacerdocio y las demás cosas santas, que probablemente habían llegado a menospreciar demasiado. Mientras Uzías fue leproso, era como un muerto: estaba muerto en vida y sepultado antes de tiempo. De esta manera, la ley se cumplía en la práctica: cualquier extraño que se acercara debía morir.
Incluso después de su muerte, la vergüenza permaneció. No lo sepultaron en las tumbas de los reyes porque era leproso, y esa mancha pesó más que todos sus demás honores. Su castigo correspondió estrechamente a su pecado, como un rostro reflejado en un espejo. El orgullo estaba en la raíz de su ofensa, y por eso Dios lo humilló y lo cubrió de vergüenza. Intentó ocupar el lugar de los sacerdotes, y Dios lo hirió con una enfermedad que lo puso bajo el juicio de los sacerdotes, pues ellos eran responsables de decidir los casos de lepra (Deuteronomio 24:8).
Entró por la fuerza en el templo, donde solamente los sacerdotes podían entrar, y Dios lo expulsó de los atrios del templo. Incluso el más humilde de sus súbditos que estuviera ceremonialmente limpio tenía acceso allí. Se enfrentó a los sacerdotes que intentaban detenerlo, y por eso la lepra apareció en su frente. En el caso de Miriam, este tipo de vergüenza se compara con que un padre le escupiera en el rostro (Números 12:14).
Intentó apoderarse del honor del sacerdocio, que no le pertenecía, y por eso fue despojado incluso de su honor real, que sí le correspondía legítimamente. Quienes persiguen honores prohibidos a menudo pierden aquello que sí les estaba permitido tener. Adán, al tratar de alcanzar el árbol del conocimiento, del cual no tenía permiso para comer, quedó excluido del árbol de la vida, del cual sí podía haber comido. Que todos los que lean esto digan: El Señor es justo.
De este capítulo
2 Crónicas 26:1
"Entonces todo el pueblo de Judá tomó a Ozías y lo hizo rey en lugar de su padre Amasías. Ozías tenía entonces dieciséis años."
2 Crónicas 26:2
"Él fue quien, después de la muerte de su padre, reconstruyó la ciudad de Elat y la recuperó para Judá."
2 Crónicas 26:3
"Ozías tenía dieciséis años cuando comenzó a reinar, y reinó en Jerusalén cincuenta y dos años. Su madre se llamaba Jecolías y era de Jerusalén."
2 Crónicas 26:4
"Los hechos de Ozías fueron rectos a los ojos del Señor, como lo habían sido los de Amasías, su padre."
2 Crónicas 26:5
"Procuró recurrir a Dios mientras vivió Zacarías, quien le enseñó a respetar a Dios. Y mientras recurrió al Señor, él le dio prosperidad."
2 Crónicas 26:6
"Ozías emprendió una campaña contra los filisteos, derribó las murallas de Gat, Jabnia y Asdod, y construyó ciudades en el territorio de Asdod, entre los filisteos."
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