Versículo destacado
1 Samuel 9:3 - Significado y aplicación
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Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Un día se perdieron las asnas de Quis. Entonces él le dijo a su hijo Saúl: —Prepárate y ve a buscar las asnas. Llévate a uno de los criados. "
1 Samuel 9:3
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 En la tribu de Benjamín había un hombre llamado Quis, hijo de Abiel y nieto de Seror; su bisabuelo había sido Becorat, hijo de Afíah. Quis era un hombre muy respetado,
2 y tenía un hijo joven y bien parecido llamado Saúl. No había otro israelita tan bien parecido como él, pues ninguno le pasaba del hombro en estatura.
3 Un día se perdieron las asnas de Quis. Entonces él le dijo a su hijo Saúl: —Prepárate y ve a buscar las asnas. Llévate a uno de los criados.
4 Saúl se fue, atravesó la región montañosa de Efraín y pasó por la región de Salisá, pero no encontró las asnas. También pasó por la región de Saalim y por la de Benjamín, pero tampoco las halló.
5 Al llegar a la región de Suf, Saúl le dijo al criado que lo acompañaba: —Regresemos, pues mi padre debe de estar ya más preocupado por nosotros que por las asnas.
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Aquí vemos, en primer lugar, a un gran hombre que surge de un origen humilde. Saúl todavía no había ocupado ningún puesto de honor o confianza cuando fue escogido como rey de Israel. La mayoría de las personas asciende poco a poco, pero Saúl pasó de estar entre sus vecinos a sentarse en el trono, tal como Ana había dicho: Dios levanta al pobre del polvo y lo coloca entre los príncipes (1 Samuel 2:8). Parece que, aunque Saúl estaba casado y tenía hijos adultos, todavía vivía en la casa de su padre y permanecía bajo su autoridad. El ascenso no ocurre por casualidad ni por el cálculo humano; Dios es quien juzga y quien levanta.
También vemos que un gran acontecimiento surge de cosas muy pequeñas. La historia comienza de una manera sencilla, casi ordinaria: Saúl es enviado a buscar las asnas perdidas de su padre. Probablemente Cis no tenía un medio público fácil para reportar la pérdida de esos animales, aunque Israel sí contaba con una buena ley que exigía devolver el buey o el asno extraviado. Como sucede con muchas buenas leyes, seguramente a menudo se ignoraba. Aun así, esta parte de la historia enseña lecciones útiles: quienes poseen bienes deben esperar alguna pérdida; es prudente llevar cuenta de lo que falta; nadie debería considerar indigno conocer la condición de su ganado; y los hijos deben estar dispuestos a ayudar a sus padres.
Saúl fue de buena voluntad a buscar las asnas de su padre (1 Samuel 9:3-4). Tal vez la vida era más sencilla en aquellos días, pero su obediencia a su padre seguía siendo digna de elogio. Una persona diligente en su trabajo, respetuosa con quienes tienen autoridad sobre ella y dispuesta a humillarse y esforzarse se encuentra en una buena posición para avanzar. El siervo de Cis habría sido fiel únicamente en su función de siervo, pero Saúl estaba actuando como hijo en favor de los intereses de su propia familia, y por eso fue enviado junto con él. Saúl y el siervo viajaron lejos, probablemente a pie, pero no encontraron nada. No logró hallar lo que buscaba; sin embargo, no tenía motivo para quejarse, porque se encontró con un reino que jamás había imaginado.
Cuando Saúl no pudo encontrar las asnas, decidió regresar con su padre (1 Samuel 9:5). Pensó en la tierna preocupación que su padre sentiría por él. Si permanecían fuera mucho más tiempo, su padre anciano podría comenzar a temer, como Jacob temió por José, que algún animal salvaje u otro peligro les hubiera ocurrido. Saúl dejaría de preocuparse por las asnas, tanto como se había preocupado por ellas, y comenzaría a pensar en los sentimientos de su familia. Los hijos deben tener cuidado de no causarles tristeza o temor a sus padres, sino tratar con sensibilidad sus afectos.
Entonces el siervo sugirió algo sensato, y parece que tenía una mayor conciencia religiosa que Saúl. Como estaban cerca de Ramá, propuso que le pidieran consejo a Samuel sobre aquel asunto importante. Se encontraban cerca de la ciudad donde vivía Samuel, y por eso se les ocurrió la idea (1 Samuel 9:6). Allí, dijo el siervo, había un hombre de Dios. Debemos aprovechar las oportunidades de encontrarnos con personas sabias y buenas dondequiera que estemos. Sin embargo, muchas personas consultan a un hombre de Dios si lo tienen justo delante, pero no se esfuerzan por buscar la sabiduría.
El siervo habló de Samuel con respeto, aunque solo lo conocía por su reputación. Lo llamó hombre de Dios y hombre honorable. Los hombres de Dios deben ser hombres honorables, y así deben ser reconocidos. El verdadero honor proviene de conocer las cosas de Dios y servir en el reino de Dios. El honor de Samuel como hombre de Dios consistía en que todo lo que decía se cumplía. Eso ya se había visto cuando era joven, porque Dios no permitió que ninguna de sus palabras dejara de cumplirse (1 Samuel 3:19), y seguía siendo verdad.
Ellos estuvieron de acuerdo en preguntarle a Samuel qué camino debían tomar, pues, según dijeron, quizá él podría mostrárselo. Sin embargo, ese era el único uso que pensaban darle al hombre de Dios: preguntarle si debían regresar a casa o continuar buscando las asnas, y qué camino tomar después. Era un asunto pequeño para el cual acudir a un profeta. Si hubieran dicho: «Demos por perdidas las asnas y, ya que estamos cerca del hombre de Dios, aprendamos acerca de Dios, preguntémosle cómo vivir correctamente y busquemos la ley de su boca», eso habría sido apropiado para los israelitas. Pero usar la profecía, la gloria de Israel, para un encargo tan pequeño mostraba lo limitado de su propósito. La mayoría de las personas prefiere que le digan su destino antes que conocer su deber, o aprender cómo enriquecerse antes que saber cómo ser salva. Si los hombres de Dios fueran utilizados principalmente para encontrar asnas perdidas, se les consultaría mucho más de lo que se les consulta ahora, cuando su labor consiste en ayudar a las personas a recuperar las almas perdidas. Esto muestra cuán desordenadas están muchas veces las preocupaciones humanas.
Saúl también pensó en qué regalo debían llevarle al hombre de Dios, es decir, qué pago darle por su consejo (1 Samuel 9:7). No podían ofrecerle panes y tortas como los que la esposa de Jeroboam llevó a Ahías (1 Reyes 14:3), porque ya se les había acabado la comida. Pero el siervo recordó que todavía tenía en el bolsillo la cuarta parte de un siclo, que valía aproximadamente siete peniques y medio, y sugirió dársela al hombre de Dios por su orientación (1 Samuel 9:8). Saúl estuvo de acuerdo de inmediato y dijo: «Vamos» (1 Samuel 9:10). Algunos piensan que Saúl juzgaba a Samuel según su propia actitud, o según la de sus hijos, como si hubiera que pagarle a un hombre para que ayudara a un israelita honrado, igual que los falsos profetas que profetizaban por dinero (Miqueas 3:11). En ese caso, habría acudido a Samuel más como a un adivino que como a un profeta, y por eso habría considerado suficiente la cuarta parte de un siclo. Pero parece más probable que se tratara de la costumbre común de aquel tiempo y que, en sí misma, fuera justa: quienes reciben ayuda espiritual deben dar algún apoyo material a quienes les sirven.
Samuel no necesitaba su dinero, y no les habría negado el consejo aunque no hubieran llevado nada. Es probable que, cuando recibía regalos de ese tipo, los entregara a los pobres. Aun así, ellos lo llevaron como una señal de respeto y como prueba de que valoraban su oficio. Samuel no lo rechazó porque ellos podían darlo; y aunque era una cantidad pequeña, se parecía a la ofrenda de la viuda.
Saúl no había pensado en ir al hombre de Dios hasta que su siervo se lo sugirió. Parece que también mencionó la falta de un regalo como una excusa para no ir. No quiso admitir que llevaba dinero consigo, pero cuando el siervo ofreció amablemente pagar el costo, Saúl aceptó de inmediato y dijo: «Ven, vamos». Muchas personas quieren que la religión les resulte barata, y la prefieren cuando otra persona carga con el costo.
El escritor también señala el nombre que se les daba a los profetas en aquel tiempo. Se les llamaba videntes, es decir, hombres que podían ver, como se explica en 1 Samuel 9:9. La palabra profeta ya estaba en uso, pero vidente era el nombre más común. Esto nos recuerda que todo aquel que habla de parte de Dios primero debe ver por sí mismo. Quienes hablan a otros acerca de las cosas de Dios deben tener antes un verdadero entendimiento de ellas.
De este capítulo
1 Samuel 9:1
"En la tribu de Benjamín había un hombre llamado Quis, hijo de Abiel y nieto de Seror; su bisabuelo había sido Becorat, hijo de Afíah. Quis era un hombre muy respetado,"
1 Samuel 9:2
"y tenía un hijo joven y bien parecido llamado Saúl. No había otro israelita tan bien parecido como él, pues ninguno le pasaba del hombro en estatura."
1 Samuel 9:4
"Saúl se fue, atravesó la región montañosa de Efraín y pasó por la región de Salisá, pero no encontró las asnas. También pasó por la región de Saalim y por la de Benjamín, pero tampoco las halló."
1 Samuel 9:5
"Al llegar a la región de Suf, Saúl le dijo al criado que lo acompañaba: —Regresemos, pues mi padre debe de estar ya más preocupado por nosotros que por las asnas."
1 Samuel 9:6
"El criado le contestó: —En esta ciudad hay un profeta a quien todos respetan, porque todo lo que anuncia sucede sin falta. Vamos allá; quizá él nos indique el camino que debemos seguir."
1 Samuel 9:7
"—Vamos, pues —contestó Saúl—. Pero ¿qué le llevaremos a ese hombre? Ya ni siquiera nos queda pan en las alforjas. No tenemos nada que ofrecerle al profeta."
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