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1 Reyes 3:16 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

Por aquel tiempo, dos prostitutas fueron a ver al rey. Cuando estuvieron en su presencia,

1 Reyes 3:16

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Este es un ejemplo de la sabiduría de Salomón, cuyo propósito era mostrar que el don que Dios le había concedido realmente estaba obrando en él. La prueba no aparece en asuntos de Estado ni en las decisiones secretas del consejo, aunque seguramente también sobresalía en esas áreas. Aparece al escuchar y decidir un caso entre dos partes, algo que los reyes no deberían considerar indigno de su atención, aunque normalmente sean los jueces quienes atienden estos asuntos.

El caso no fue presentado por abogados, sino por las mismas mujeres. Eso le permitió a Salomón, con su agudo discernimiento, percibir la verdad a partir de sus propias palabras. Las dos mujeres eran prostitutas y vivían juntas en la misma casa. Algunos piensan que sus hijos habían nacido como resultado del pecado sexual, ya que no se menciona a ningún esposo. Es probable que el caso ya hubiera sido presentado ante tribunales inferiores y que hubiera resultado demasiado difícil de resolver; así, la sabiduría de Salomón se destacaría aún más cuando finalmente pronunciara su decisión.

Cada mujer había dado a luz a un hijo con tres días de diferencia (1 Reyes 3:17, 1 Reyes 3:18). Eran tan pobres que ninguna sirvienta ni nodriza permanecía con ellas. También eran tan despreciadas por ser prostitutas que ningún amigo ni familiar las acompañaba. Una de ellas se acostó sobre su hijo durante la noche y luego cambió en secreto su bebé muerto por el hijo vivo de la otra mujer (1 Reyes 3:19, 1 Reyes 3:20). La otra mujer pronto se dio cuenta del engaño y llevó el asunto ante el rey para que se hiciera justicia (1 Reyes 3:21).

Esto muestra cuánta preocupación pueden traer los niños pequeños y cuán frágiles son sus vidas. La infancia se parece a caminar por el valle de sombra de muerte, y la llama de la vida, cuando apenas comienza a arder, puede apagarse fácilmente. Es una misericordia de Dios que mueran tan pocos niños a causa de los peligros de sus primeros cuidados. También muestra que, en aquellos días, los niños nacidos en pecado a menudo recibían mejor trato que en la actualidad. Aquellas mujeres todavía amaban a sus hijos, cuidaban de ellos y sufrían al perderlos, mientras que hoy esos niños muchas veces son abandonados, enviados lejos o asesinados. Esto fue anunciado cuando la Escritura dijo que en los últimos días las personas carecerían de afecto natural (2 Timoteo 3:1, 2 Timoteo 3:3).

La dificultad principal del caso era esta: ¿cuál de las dos mujeres era la madre del niño vivo presentado ante el tribunal y a cuál de ellas pertenecía cada niño? Las dos lo reclamaban con firmeza y ambas estaban profundamente alteradas. Cada una decía, en efecto: «Es mío», y la otra respondía: «No, es mío». Ninguna quería al niño muerto, aunque habría sido menos costoso sepultarlo que cuidar de un niño vivo. Las dos querían al niño vivo, porque un hijo vivo es la alegría y la esperanza de sus padres. El niño muerto todavía podía ser motivo de dolor para un padre afligido, como dice Jeremías (Jeremías 31:17).

La dificultad era que no había pruebas claras a favor de ninguna de las dos. Los vecinos, aunque algunos quizá habían estado presentes cuando nacieron y fueron circuncidados los niños, no los habían observado con suficiente atención como para distinguirlos. Torturar a las mujeres para obtener una confesión habría sido cruel, y podría haber triunfado la mujer con más fortaleza de carácter, no la que tuviera el caso más sólido. El testimonio obtenido por la fuerza no es confiable. Los jueces y los jurados necesitan sabiduría para descubrir la verdad cuando está tan oculta como en este caso.

Salomón escuchó con atención a ambas partes y luego resumió el asunto (1 Reyes 3:23). Todos los presentes en el tribunal esperaban ver cómo su sabiduría descubriría la verdad. Nadie sabía qué diría después. Otro juez quizá habría intentado resolverlo echando suertes. En cambio, Salomón pidió una espada y ordenó que dividieran al niño vivo entre las dos mujeres.

Al principio, aquello pareció una respuesta absurda y una manera brutal de enfrentar un problema que no podía resolver. Los expertos en la ley probablemente pensaron: «¿Esta es la sabiduría de Salomón?». Todavía no comprendían lo que estaba haciendo. El corazón de los reyes, especialmente el de reyes como Salomón, no puede leerse fácilmente (Proverbios 25:3). Había una ley acerca de dividir un animal en cierto caso (Éxodo 21:35), pero no se aplicaba a esta situación. Aun así, la orden de Salomón resultó ser la manera perfecta de revelar la verdad.

Algunos piensan que Salomón ya conocía la respuesta por los rostros de las mujeres y por la manera en que hablaban. Pero, mediante esta prueba, les dio a todos una evidencia clara y dejó sin argumentos a la reclamante falsa. Como no podía comprobar cuál de las dos amaba más al niño, comprobó cuál estaba dispuesta a perderlo antes que verlo morir. Las dos afirmaban ser la madre, pero sus verdaderos corazones quedarían al descubierto cuando la vida del niño estuviera en peligro.

La mujer que sabía que el niño no era suyo, pero que seguía insistiendo en su reclamo por orgullo, estuvo dispuesta a que lo dividieran. Ya había perdido a su propio hijo y no le importaba qué le sucediera a este, con tal de que la verdadera madre no lo recibiera. Por eso dijo: «Que no sea ni mío ni tuyo; divídanlo». Con esto demostró que sabía que su reclamo era falso y temía que Salomón la desenmascarara, aunque no se daba cuenta de que ella misma se estaba descubriendo. Si hubiera sido la verdadera madre, jamás habría aceptado tan rápidamente un plan tan cruel.

Pero la mujer que sabía que el niño era suyo prefería perderlo antes que verlo morir. Clamó: «¡Ah, mi señor, denle a ella el niño vivo!» (1 Reyes 3:26). En otras palabras: «Prefiero verlo pertenecerle a ella antes que verlo morir». Su compasión por el niño demostró que no era la madre negligente que había asfixiado a su propio bebé. Ella era la verdadera madre del niño vivo, llena de piedad por el hijo que había llevado en su vientre. Entonces Salomón declaró que el asunto estaba claro. Ya no se necesitaban más testigos. «Denle a ella el niño vivo», dijo, porque todos podían ver, por su verdadera compasión, que ella era la madre.

Los padres deben demostrar su amor por sus hijos cuidando de ellos, especialmente cuidando de sus almas y rescatándolos con urgencia, como tizones arrebatados del fuego. Quienes cumplen verdaderamente con su deber hacia sus hijos son quienes tienen más probabilidades de disfrutar el consuelo de tenerlos. Satanás también reclama el corazón humano, pero su reclamo es falso. Estaría dispuesto a dividirlo con Dios, mientras que el verdadero gobernante del corazón lo tendrá por completo o no lo tendrá.

La reputación de Salomón creció mucho entre su pueblo por medio de este y otros ejemplos de su sabiduría, y eso haría mucho más fácil su gobierno. El pueblo temía al rey (1 Reyes 3:28). Lo respetaba profundamente y no se atrevía a oponerse a él en nada. Procuraba evitar hacer el mal, porque sabía que, si algún asunto llegaba ante él, Salomón lo descubriría. Veían que la sabiduría de Dios estaba en él, es decir, la sabiduría que Dios le había prometido darle. Esto hacía resplandecer su rostro (Eclesiastés 8:1). Lo fortalecía (Eclesiastés 7:19). Era mejor para él que las armas de guerra (Eclesiastés 9:18). Gracias a ella, era temido y amado.

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