Versículo destacado
1 Reyes 2:26 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
En cuanto al sacerdote Abiatar, el rey le ordenó: «¡Vete a Anatot, a tus tierras! Mereces la muerte, pero no te mataré, porque has transportado el arca del Señor delante de David, mi padre, y has sufrido las mismas penalidades que él.»
1 Reyes 2:26
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
25 Enseguida dio órdenes a Benaías, hijo de Joiadá, de que matara a Adonías, y este fue y lo mató.
26 En cuanto al sacerdote Abiatar, el rey le ordenó: «¡Vete a Anatot, a tus tierras! Mereces la muerte, pero no te mataré, porque has transportado el arca del Señor delante de David, mi padre, y has sufrido las mismas penalidades que él.»
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Abiatar y Joab habían ayudado a Adonías en su rebelión, y es probable que estuvieran detrás de este nuevo plan relacionado con Abisag. Parece que Salomón ya lo sabía (1 Reyes 2:22). En ambos hombres, esto constituía un grave insulto contra Dios y contra el gobierno. Era aún peor debido a su alta posición y a la influencia que su ejemplo podía ejercer sobre muchos otros. Por eso, ahora debían rendir cuentas.
Ambos eran igualmente culpables de traición, pero la sentencia fue diferente para cada uno, y con razón. Debido a sus servicios anteriores, Abiatar solamente fue destituido de su cargo (1 Reyes 2:26-27). Primero, Salomón demostró que era culpable. Con gran sabiduría, mostró que Abiatar merecía la muerte por haberse puesto del lado de Adonías, aun sabiendo que Dios había escogido a otro hombre para ocupar el trono. Sin embargo, Salomón también recordó el respeto que Abiatar había mostrado anteriormente hacia David, su padre. Abiatar había servido a David en asuntos sagrados, llevando delante de él el arca del Señor, y había compartido profundamente sus sufrimientos. En especial, había estado al lado de David durante sus tiempos de exilio y angustia, tanto durante la persecución de Saúl como durante la rebelión de Absalón. Dios no olvida la bondad que se muestra a su pueblo, y a su debido tiempo la recuerda para bien de quienes la practicaron.
Por esa razón, Salomón le perdonó la vida a Abiatar, pero le quitó su cargo. Lo envió de regreso a su casa en Anatot y le prohibió presentarse ante la corte, entrar en la ciudad o servir en el tabernáculo, el altar y cualquier asunto público. Esto también fue una advertencia de que Abiatar estaría bajo vigilancia cuidadosa y que, si no se comportaba bien, Salomón todavía podría castigarlo más adelante. Por el momento, simplemente dejó de ser sacerdote, porque al oponerse a lo que sabía que era la voluntad de Dios se había vuelto indigno de un cargo tan elevado.
Saúl había matado cruelmente al padre de Abiatar y a otros ochenta y cinco sacerdotes, junto con sus familias y su ciudad, por una supuesta ofensa. Salomón, en cambio, perdonó a Abiatar, aunque este sí era culpable de un delito verdadero. De esta manera, el gobierno de Saúl fue humillado y el de Salomón quedó establecido. Así como las personas tratan a los ministros de Dios, un día descubrirán que Dios las trata a ellas.
La destitución de Abiatar también cumplió la advertencia contra la casa de Elí (1 Samuel 2:30), porque él era el último sumo sacerdote de esa familia. Habían pasado más de ochenta años desde que se anunció por primera vez aquel juicio, pero las advertencias de Dios se cumplen en su momento, aunque no suceda de inmediato.
Joab, por el contrario, fue condenado a muerte por sus antiguos pecados. Su conciencia culpable lo llevó a aferrarse a los cuernos del altar. Cuando oyó que Adonías había sido ejecutado y que Abiatar había sido destituido, temió ser el siguiente, así que corrió al altar en busca de seguridad. Muchas personas que en tiempos tranquilos prestan poca atención al altar se alegran de aferrarse a él en tiempos de angustia. Algunos piensan que Joab pretendía consagrarse al altar desde ese momento, con la esperanza de obtener el perdón de esa manera, como quienes viven sin cuidado durante años y después intentan compensarlo retirándose a un monasterio cuando llegan a la vejez.
Salomón ordenó que lo mataran allí por los asesinatos de Abner y Amasa. Escogió esos crímenes como base de la sentencia, en vez del apoyo de Joab a Adonías. Joab ciertamente merecía la muerte por seguir a Adonías y despreciar a Salomón, el hombre que Dios había escogido para el trono, aunque anteriormente no se había unido a Absalón (1 Reyes 2:28). La lealtad del pasado no excusa una traición posterior.
Aun así, Joab también había prestado muchos servicios valiosos a David, a su familia y a la nación. Por eso, es probable que Salomón hubiera perdonado la ofensa cometida contra él y simplemente lo hubiera destituido, como hizo con Abiatar, porque la misericordia ayuda a que un nuevo gobierno obtenga respeto y estabilidad. Pero Joab también había cometido asesinatos por los cuales David había encargado a Salomón que le pidiera cuentas. Joab no podía pagar por sí mismo la deuda de sangre inocente, así que esa responsabilidad quedó en manos del hijo de David, que tenía autoridad para hacerlo. Y Salomón lo hizo.
Salomón agravó la acusación al señalar que Joab había matado a dos hombres más justos y mejores que él, hombres que no le habían hecho ningún daño y que probablemente habrían servido mejor a David si hubieran vivido. Si la sangre derramada no solo era inocente, sino también especialmente valiosa, entonces el crimen era aún más grave. David no lo sabía, pero aun así la gente podía sospechar que lo había aprobado. Joab también había puesto en peligro la reputación de su rey al eliminar a sus rivales.
Por estos crímenes, Joab tenía que morir por la espada de la justicia. Su sangre estaba sobre su propia cabeza, así como la sangre de aquellos a quienes había asesinado clamaba contra él (1 Reyes 2:32-33). ¡Ay de la persona que carga con la culpa de sangre!
El juicio contra Joab llegó lentamente, pero cuando llegó también alcanzó a sus descendientes. La culpa fue puesta para siempre sobre su familia (1 Reyes 2:33). En vez de transmitir a su familia el honor de sus hazañas, dejó como herencia culpa, vergüenza y maldición debido a sus actos perversos. Es poco probable que los hijos de personas tan malvadas reciban honor.
Joab también tuvo que morir junto al altar, en lugar de escapar. Se había negado a salir del altar (1 Reyes 2:30), con la esperanza de salvarse o de hacer que Salomón quedara mal ante el pueblo, como si Salomón estuviera faltándole el respeto a un lugar sagrado. Benaía dudó en matarlo allí o sacarlo por la fuerza. Pero Salomón conocía la ley, que decía que el altar no debía proteger a un asesino deliberado (Éxodo 21:14). En esos casos, cuando la sangre de los animales podía cubrir el pecado, el altar podía ofrecer refugio. El caso de Joab era diferente.
Por eso, Salomón ordenó que lo ejecutaran allí si no podían sacarlo. Quería mostrar que no temía las críticas de la gente cuando cumplía con su deber, y que la justicia es mejor que el sacrificio. También dejó claro que la santidad de un lugar jamás debe usarse como excusa para la maldad.
Quienes verdaderamente se aferran por la fe a Cristo y a su justicia, decididos a perecer allí si fuera necesario, encontrarán en él una protección más fuerte que la que Joab encontró en los cuernos del altar. Benaía lo mató (1 Reyes 2:34), probablemente con todas las formalidades de una ejecución pública. Una vez satisfecha la ley, Joab fue enterrado en su propia casa, en el desierto, en silencio, como un criminal y no con los honores concedidos a un soldado. Sin embargo, después de su muerte no se hizo ninguna deshonra a su cuerpo.
No les corresponde a las personas decidir qué culpa queda sobre los huesos, sea cual sea el juicio de Dios.
Salomón se alegró de haber hecho justicia, no porque aquello satisficiera una venganza personal, sino porque cumplió la orden de su padre y realmente ayudó a su gobierno. En primer lugar, la culpa fue quitada (1 Reyes 2:31). Al hacer que la sangre inocente derramada recayera sobre la cabeza del hombre que la había derramado, la culpa fue quitada de él y de la casa de su padre. Esto nos recuerda que, si el magistrado no exige la sangre de un asesino, el propio magistrado puede quedar expuesto al juicio, o al menos existe ese peligro. Quienes desean que sus hogares estén seguros y firmemente establecidos deben alejar de ellos el pecado.
En segundo lugar, se aseguró la paz (1 Reyes 2:33) para David. Esto no se refiere a la persona de David, sino, como explican las palabras siguientes, a que la paz descansaría sobre su descendencia, su casa y su trono para siempre, por parte del Señor. Salomón está expresando tanto un deseo como la esperanza de que así suceda. Ahora que se había hecho justicia y que el clamor por sangre había sido respondido, el gobierno prosperaría. De ese modo, la justicia y la paz se encuentran.
Ahora que un hombre tan inquieto como Joab había sido eliminado, habría paz. «Quita al malvado de delante del rey, y su trono se afirmará en la justicia» (Proverbios 25:5). Al bendecir la paz de su casa y de su trono, Salomón mira hacia Dios como la fuente de esa paz. Será paz del Señor, y paz para siempre procedente del Señor. Que el Señor de paz mismo nos conceda esa paz duradera.
De este capítulo
1 Reyes 2:1
"La muerte de David se acercaba cada vez más, así que David dio esta orden a su hijo Salomón:"
1 Reyes 2:2
"Voy a emprender el último viaje, como todo el mundo. Ten valor y compórtate como un hombre."
1 Reyes 2:3
"Cumple las ordenanzas del Señor tu Dios, haciendo su voluntad y obedeciendo sus leyes, mandamientos, decretos y mandatos, tal como están escritos en la ley de Moisés, para que prosperes en todo lo que hagas y dondequiera que vayas."
1 Reyes 2:4
"Hazlo también para que el Señor confirme la promesa que me hizo: que, si mis hijos cuidaban su conducta y se conducían con verdad delante de él, con todo su corazón y toda su alma, nunca faltaría en mi familia quien ocupara el trono de Israel."
1 Reyes 2:5
"Ahora bien, tú ya sabes lo que me hizo Joab, el hijo de Seruiá, es decir, lo que hizo con dos generales del ejército israelita: Abner, el hijo de Ner, y Amasá, el hijo de Jéter. Los mató en tiempo de paz para vengar la sangre derramada en la guerra, haciéndome responsable de ese asesinato."
1 Reyes 2:6
"Por lo tanto, actúa con inteligencia y no permitas que tenga una muerte tranquila."
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