Versículo destacado
1 Juan 5:14 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Tenemos confianza en Dios porque sabemos que, si le pedimos algo conforme a su voluntad, él nos oye. "
1 Juan 5:14
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
12 El que tiene al Hijo de Dios también tiene esta vida; pero el que no tiene al Hijo de Dios no la tiene.
13 Les escribo esto a ustedes que creen en el Hijo de Dios, para que sepan que tienen vida eterna.
14 Tenemos confianza en Dios porque sabemos que, si le pedimos algo conforme a su voluntad, él nos oye.
15 Y así como sabemos que Dios oye nuestras oraciones, también sabemos que ya tenemos lo que le hemos pedido.
16 Si alguno ve que su hermano está cometiendo un pecado que no lleva a la muerte, debe orar, y Dios dará vida al hermano, si se trata de un pecado que no lleva a la muerte. Hay un pecado que lleva a la muerte, y por ese pecado no digo que se deba orar.
Explora estudios bíblicos guiados
Sesiones estructuradas con notas, preguntas y perspectivas del asesor
Las bienaventuranzas (microestudio de 5 días)
Un estudio breve sobre las bendiciones de Jesús y el camino del Reino.
Vista previa de la sesión 1:
Dichosos los humildes
6 min
Salmos de consuelo (microestudio de 5 días)
Sesiones breves y tranquilizadoras basadas en los Salmos.
Vista previa de la sesión 1:
El cuidado del Pastor
5 min
Crea una cuenta gratis para guardar notas, dar seguimiento a tu progreso y desbloquear todas las sesiones
Crear cuenta gratisComentario de Bible Guided
Aquí tenemos un privilegio que pertenece a la fe en Cristo: el libre acceso a Dios en oración. «Y esta es la confianza que tenemos en él: que, si pedimos cualquier cosa conforme a su voluntad, él nos oye» (1 Juan 5:14). Cristo nos da la confianza para acercarnos a Dios en toda situación, con cada una de nuestras peticiones y necesidades. Por medio de él, nuestras oraciones son presentadas delante de Dios y recibidas por él.
Nuestras oraciones deben estar de acuerdo con la voluntad revelada de Dios. No es correcto pedir algo que vaya en contra de su majestad y gloria, ni en contra de nuestro propio bien, porque le pertenecemos y dependemos de él. Cuando oramos con fe, podemos tener la seguridad de que el cielo nos escucha. La oración de fe nunca se pierde.
De este privilegio se deriva un gran beneficio. «Si sabemos que él nos oye en cualquier cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho» (1 Juan 5:15). La persona santa necesita muchas liberaciones, misericordias y bendiciones. Saber que nuestras oraciones son escuchadas y aceptadas equivale a saber que recibirán respuesta. En ese sentido, sabemos que somos —o seremos— compadecidos, perdonados, guiados, santificados, ayudados y salvados, en la medida en que se nos permite pedirle a Dios estas cosas.
Luego Juan da instrucciones para orar cuando vemos que otra persona peca. «Si alguno ve a su hermano cometer un pecado que no lleva a la muerte, pedirá, y Dios le dará vida» (1 Juan 5:16). Debemos orar por los demás, así como por nosotros mismos. Debemos orar por nuestros semejantes, para que sean iluminados, convertidos y salvos. También debemos orar por nuestros hermanos y hermanas en la fe: para que sean sinceros, para que sus pecados sean perdonados, para que sean librados del mal y de la disciplina de Dios, y para que sean preservados en Cristo Jesús.
También existe una diferencia seria en la culpa del pecado. Juan habla de «un pecado que lleva a la muerte» y de «un pecado que no lleva a la muerte» (1 Juan 5:16-17). Todo pecado, en el sentido de su castigo justo, lleva a la muerte, porque «la paga del pecado es muerte» y «maldito todo aquel que no permanece en todas las cosas escritas en el libro de la Ley» (Gálatas 3:10). Pero aquí Juan se refiere a una clase particular de pecado, en contraste con los pecados que no llevan a la muerte.
Algunos pecados no llevan a la muerte porque todavía pueden ser compatibles con la vida. Bajo la ley humana, algunas faltas pueden ser castigadas sin quitarle la vida al culpable. Bajo la ley de Dios, ciertos pecados todavía pueden ser compatibles con la vida física, o incluso con la vida espiritual y evangélica. También hay pecados que, según la ley humana, llevan a la muerte, como los delitos que merecen la pena capital. Bajo el gobierno de Dios, algunos pecados pueden traer la muerte física, como ocurrió con hipócritas graves como Ananías y Safira, o quizá incluso con verdaderos creyentes, como cuando Pablo dijo acerca de algunos en Corinto: «Por eso hay entre ustedes muchos débiles y enfermos, y muchos han muerto» (1 Corintios 11:30). Esos pecados pueden traer la muerte física, aunque esas personas no sean condenadas junto con el mundo.
Bajo el evangelio, Dios no siempre amenaza con la muerte inmediata por los pecados externos de su pueblo. Muchas veces envía solamente una disciplina paternal, porque «el Señor disciplina al que ama y castiga a todo el que recibe como hijo» (Hebreos 12:6). Sin embargo, la sabiduría y la bondad de Dios, y a veces su severa advertencia para los demás, pueden permitir que esa disciplina llegue incluso hasta la muerte. También hay pecados que llevan a la muerte en un sentido espiritual y evangélico. Son pecados incompatibles con la vida espiritual del alma y con cualquier derecho a la vida eterna conforme al evangelio. Entre ellos están la impenitencia total y presente —es decir, la negativa completa a arrepentirse— y la incredulidad. La impenitencia final y la incredulidad ciertamente llevan a la muerte eterna. Lo mismo ocurre con blasfemar contra el Espíritu de Dios en el testimonio que él ha dado acerca de Cristo y su evangelio, y con apartarse por completo de la luz clara y de la evidencia convincente de la verdad cristiana. Estos pecados llevan consigo la culpa de la muerte eterna.
Esto nos conduce a la aplicación práctica de esta regla para la oración. La oración que se tiene en mente es una oración por vida: «Pedirá, y Dios le dará vida». La vida es algo que debemos pedirle a Dios, porque él es el Dios de la vida. Él da vida cuando quiere y a quien quiere, y la quita conforme a su voluntad y providencia. Si el pecado de un hermano no pertenece a la clase que ya se describió como pecado que lleva a la muerte, podemos orar por él con fe y esperanza, especialmente por la vida del alma y del cuerpo. Pero si el pecado pertenece a la clase que lleva a la muerte, no se nos da un permiso claro para orar de esa manera.
Cuando Juan dice: «No digo que se deba orar por ese pecado», quizá solamente quiere decir: «En ese caso no les doy ninguna promesa ni fundamento para la oración de fe». Las leyes del castigo deben cumplirse para la seguridad y el bien de la sociedad humana, y aun un hermano que haya cometido una falta de ese tipo debe quedar sujeto a la justicia pública, que se basa en la autoridad de Dios, y también a la misericordia de Dios. La remoción de las penas evangélicas, o el impedir una muerte que pudiera venir como resultado de algún pecado particular, solo puede pedirse de manera condicional, si está de acuerdo con la sabiduría, la voluntad y la gloria de Dios.
No podemos orar para que los pecados de los impenitentes e incrédulos sean perdonados mientras permanezcan en ese estado, ni para que reciban una misericordia salvadora que presuponga el perdón mientras continúan en la incredulidad. Pero sí podemos orar por su arrepentimiento, si se encuentran en la condición común del mundo que no se ha arrepentido. Podemos orar para que reciban fe en Cristo y, junto con ella, todas las demás misericordias salvadoras. Si llegara a quedar claro que alguien ha cometido la blasfemia imperdonable contra el Espíritu Santo y se ha apartado por completo de la luz convincente de la verdad cristiana, parece que no se debe orar por esa persona en absoluto. Pues ¿qué le queda sino «una horrenda expectativa de juicio» que consumirá a esos enemigos? (Hebreos 10:27). Esos parecen ser los pecados a los que el apóstol se refiere principalmente como pecados que llevan a la muerte.
El apóstol parece razonar que existe una clase de pecado que no lleva a la muerte. Ya ha dicho que toda injusticia es pecado (1 Juan 5:17); pero si toda clase de injusticia llevara a la muerte, todos quedaríamos de inmediato bajo sentencia de muerte. Puesto que no es así y, en general, los creyentes cristianos tienen derecho a la vida, debe existir algún pecado que no lleve a la muerte.
Esto no significa que exista algo como un pecado inofensivo en el sentido ordinario. Significa que existe el pecado perdonado, el pecado que no deja a una persona completamente expuesta a la muerte eterna. Si no fuera así, no podría existir la justificación —es decir, que Dios nos considere justos— ni podríamos permanecer en esa condición de aceptación delante de él. El pacto del evangelio reduce, elimina o cancela la culpa del pecado.
De este capítulo
1 Juan 5:1
"Todo el que tiene fe en que Jesús es el Mesías es hijo de Dios; y el que ama a un padre ama también a los hijos de ese padre."
1 Juan 5:2
"Cuando amamos a Dios y hacemos lo que él manda, sabemos que también amamos a los hijos de Dios."
1 Juan 5:3
"Amar a Dios consiste en obedecer sus mandamientos; y sus mandamientos no son una carga,"
1 Juan 5:4
"porque todo el que es hijo de Dios vence al mundo. Y nuestra fe nos ha dado la victoria sobre el mundo."
1 Juan 5:5
"El que cree que Jesús es el Hijo de Dios vence al mundo."
1 Juan 5:6
"La venida de Jesucristo quedó señalada con agua y sangre; no solo con agua, sino con agua y sangre. El Espíritu mismo es testigo de esto, y el Espíritu es la verdad."
Oración diaria
Recibe por correo electrónico una reflexión bíblica diaria
Comienza cada mañana con un versículo, una oración y un siguiente paso sencillo.
Aviso importante: Esta guía bíblica no sustituye la atención profesional de salud mental. Si estás experimentando síntomas de una crisis, comunícate con la Línea 988 de Prevención del Suicidio y Crisis o busca ayuda profesional inmediata.
Bible Guided ofrece orientación basada en la fe y debe complementar, no reemplazar, el apoyo terapéutico profesional.