Versículo destacado

1 Corintios 8:7 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

Pero no todos conocen la verdad. Algunos que estaban acostumbrados a adorar ídolos todavía comen esos alimentos pensando que fueron ofrecidos a los dioses; y su conciencia, que es débil, los hace sentirse contaminados por el ídolo.

1 Corintios 8:7

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auto_stories Comentario de Bible Guided

El apóstol ya había admitido, e incluso confirmado, la idea de algunos corintios de que los ídolos no eran nada. Ahora muestra que la conclusión que sacaban de esa verdad era equivocada: pensaban que tenían libertad para entrar en el templo de un ídolo, comer los sacrificios y participar allí en un banquete con sus vecinos paganos. Aquí no está argumentando principalmente que el acto fuera malo en sí mismo. Más bien, está mostrando el daño que esa libertad podía causarles a los cristianos más débiles, es decir, a quienes no tenían el mismo nivel de comprensión.

Primero, les dice que en aquel tiempo no todos los cristianos estaban plenamente convencidos de que un ídolo no era nada. «Sin embargo, no en todos hay ese conocimiento» (1 Corintios 8:7). Algunos todavía comían esa comida como algo ofrecido a un ídolo, porque aún conservaban cierta reverencia, aunque confundida, por aquel ídolo. Aunque se habían convertido al cristianismo y afirmaban la verdadera fe, no se habían desprendido por completo de su antigua manera de pensar. Todavía mantenían cierto respeto por los ídolos que antes adoraban.

Los cristianos débiles pueden ser ignorantes o entender solo parcialmente aun las verdades más claras. Eso ocurría con respecto al único Dios y al único Mediador, Jesucristo, el único que se interpone entre Dios y los seres humanos. Sin embargo, algunos corintios que habían abandonado el paganismo para seguir a Cristo todavía conservaban respeto por sus ídolos, algo que no podía armonizar con esas verdades. Por eso, cuando tenían la oportunidad de comer alimentos ofrecidos a los ídolos, no se abstenían para demostrar su rechazo de la idolatría. Pero tampoco los comían como algo común y sin significado. Comían con una conciencia débil; es decir, se sentían culpables en su interior porque todavía trataban al ídolo como si tuviera un poder divino real. El propósito del evangelio era apartarlos de los ídolos sin vida para llevarlos al Dios vivo. Eran débiles en su comprensión, no veían con claridad la vaciedad de los ídolos y, por eso, al comer, terminaban participando en una forma de idolatría y quedaban contaminados.

Algunos entienden el versículo de otra manera: piensan que habla de cristianos débiles que se sentían contaminados por comer esa comida porque creían que se había vuelto moralmente impura. En cualquiera de los dos casos, la enseñanza es la misma: debemos tener cuidado de no hacer nada que lleve a los cristianos débiles a contaminar su conciencia.

En segundo lugar, Pablo les dice que comer y beber, en sí mismos, no tienen valor moral en un sentido ni en el otro. «La comida no nos acerca a Dios» (1 Corintios 8:8). «Si no comemos, no somos menos; y si comemos, no somos mejores» (1 Corintios 8:8). Al parecer, algunos corintios se enorgullecían de comer lo que había sido ofrecido a los ídolos, incluso dentro del templo del ídolo (1 Corintios 8:10), porque pensaban que así demostraban que los ídolos no eran nada. Pero comer y beber son, en sí mismos, actos moralmente neutrales. Lo que comemos tiene poca importancia delante de Dios. La comida no nos hace limpios ni impuros por sí sola. La carne ofrecida a los ídolos puede servir como alimento igual que cualquier otra carne, y comerla o abstenerse de ella no tiene ningún mérito espiritual por sí mismo.

Es un grave error pensar que las diferencias en la comida cambian la manera en que Dios ve a las personas. Comer un tipo de alimento o evitar otro no hace que nadie sea más aceptable delante de Dios.

En tercer lugar, Pablo les advierte que no usen mal la libertad que creían tener en este asunto. A partir de 1 Corintios 10:20 en adelante, queda claro que no tenían derecho a sentarse a comer en el templo del ídolo. Pero aun si hubieran tenido ese derecho, debían tener cuidado con la manera de usarlo. Su ejemplo podía convertirse en una piedra de tropiezo para los creyentes más débiles y llevarlos a participar en la idolatría o incluso hacerlos regresar al paganismo.

Pablo dice: «Si alguien te ve a ti, que tienes conocimiento», refiriéndose a quien cree comprender mejor la verdad, «¿no será llevado el débil a comer lo ofrecido a los ídolos?». El creyente débil, que todavía piensa que el ídolo es algo real, puede sentirse impulsado a comer esa comida no como alimento común, sino como parte de la adoración al ídolo. Eso lo haría culpable de idolatría. Por lo tanto, no debían ponerles esa trampa a sus hermanos débiles, cualquiera que fuera la libertad que creían tener.

Pablo respalda esta advertencia con dos razones. Primero, debemos pensar en el peligro que corren nuestros hermanos débiles, incluso aquellos por quienes Cristo murió. Debemos negarnos aun cosas permitidas cuando su uso haga tropezar a un hermano y ponga su alma en peligro. «Por tu conocimiento, ¿se perderá el hermano débil, por quien Cristo murió?» (1 Corintios 8:11). Aquellos a quienes Cristo compró con su preciosa sangre deben ser muy valiosos para nosotros. Si Cristo tuvo suficiente amor para morir por ellos y evitar que perecieran, nosotros debemos tener suficiente amor para renunciar a ciertas libertades por su bien. No debemos usar nuestra libertad de una manera que los lastime, los haga tropezar o los ponga en peligro. Quien prefiere conservar su propia libertad antes que proteger a su hermano demuestra tener muy poco del espíritu de Cristo.

Todo el que tiene el Espíritu de Cristo amará a aquellos a quienes Cristo amó lo suficiente como para morir por ellos. Procurará su bienestar espiritual y evitará todo lo que pueda afligirlos innecesariamente, y mucho más cualquier cosa que probablemente los lleve a pecar. En segundo lugar, el daño que se les hace se considera un daño hecho al propio Cristo. «Cuando pecan contra sus hermanos y hieren su débil conciencia, pecan contra Cristo» (1 Corintios 8:12). El daño causado a los cristianos es un daño causado a Cristo, especialmente cuando se trata de creyentes nuevos y débiles. Herir su conciencia es herirlo a él. Cristo cuida de manera especial a los corderos de su rebaño. Los reúne en sus brazos y los lleva junto a su corazón (Isaías 40:11). Los cristianos fuertes deben tener mucho cuidado de no ofender a los débiles ni ponerles una piedra de tropiezo en el camino.

No podemos ser indiferentes hacia aquellos a quienes Cristo ha amado tan profundamente. Tampoco debemos pecar contra Cristo, quien sufrió por nosotros, ni oponernos a su propósito bondadoso ayudando a arruinar a aquellos por quienes murió para salvarlos.

Finalmente, Pablo refuerza toda la enseñanza con su propio ejemplo: «Por eso, si la comida hace caer a mi hermano, nunca comeré carne, para no hacerlo caer» (1 Corintios 8:13). No quiere decir que nunca volvería a comer nada. Eso sería destruirse a sí mismo, y estaría mal cometer un pecado grave para impedir otro.

Nunca debemos hacer el mal para que de allí resulte el bien. Pero, aunque comer fuera necesario, comer carne no lo era. Por eso Pablo dice que preferiría no comer carne jamás antes que hacer pecar a un hermano. Valoraba tanto el alma de su hermano que estaba dispuesto a renunciar a un aspecto de su libertad cristiana y a evitar cualquier alimento que pudiera comer y disfrutar legítimamente, antes que poner una piedra de tropiezo en el camino de un creyente débil. Ese creyente podría seguir su ejemplo sin tener la certeza interior de que lo que hacía era correcto.

Debemos tener mucho cuidado de no hacer nada que pueda hacer tropezar a otros, aunque sea inofensivo en sí mismo. La libertad cristiana es valiosa, pero la debilidad de un hermano a veces debe llevarnos, e incluso obligarnos, a dejarla de lado. No debemos aferrarnos a nuestros derechos ni usarlos de una manera que lastime y arruine el alma de un hermano, y con ello ofenda a nuestro Redentor, quien murió por él.

Si tenemos claro que hacer algo permitido para nosotros llevará a otro cristiano a hacer lo que no debe, entonces lo ofendemos, lo inducimos al error o ponemos una piedra de tropiezo en su camino. Eso es pecado, aunque la acción en sí sea lícita. Y si debemos tener tanto cuidado de no llevar a otros al pecado, mucho más cuidadosos debemos ser de no pecar nosotros mismos. Si no debemos poner en peligro el alma de otra persona, cuánto más debemos preocuparnos por no destruir la nuestra.

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