Versículo destacado

1 Corintios 2:6 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Sin embargo, entre los que ya han alcanzado la madurez en su fe, sí usamos palabras de sabiduría. Pero no se trata de una sabiduría propia de este mundo ni de quienes lo gobiernan, los cuales ya están perdiendo su poder. "

1 Corintios 2:6

menu_book El versículo en contexto

4 y cuando les hablé y les prediqué el mensaje, no usé palabras sabias para convencerlos. Al contrario, los convencí mediante la demostración del Espíritu y del poder de Dios,

5 para que la fe de ustedes dependiera del poder de Dios y no de la sabiduría de los hombres.

6 Sin embargo, entre los que ya han alcanzado la madurez en su fe, sí usamos palabras de sabiduría. Pero no se trata de una sabiduría propia de este mundo ni de quienes lo gobiernan, los cuales ya están perdiendo su poder.

7 Se trata, más bien, de la sabiduría oculta de Dios, del designio secreto que él ha tenido desde la eternidad para nuestra gloria.

8 Esto es algo que los gobernantes del mundo presente no han entendido, pues, si lo hubieran entendido, no habrían crucificado al Señor de la gloria.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En esta parte del capítulo, el apóstol muestra que no llegó a ellos con el refinamiento de la sabiduría humana ni con la orgullosa erudición de judíos o griegos. Sin embargo, les había dado un tesoro mucho mayor: la sabiduría más verdadera y sublime. «Hablamos sabiduría entre los maduros» (1 Corintios 2:6), es decir, entre quienes están bien instruidos en el cristianismo y han alcanzado madurez espiritual.

Quienes reciben el evangelio como el mensaje de Dios y son iluminados por el Espíritu Santo comienzan a ver en él la verdadera sabiduría. No solo entienden la historia sencilla de Cristo y de Cristo crucificado, sino también el propósito profundo y maravilloso de Dios en esa obra. Lo que al mundo le parece una locura, para ellos es sabiduría, porque por medio de ella Dios los hace sabios. Los verdaderamente sabios son los que están capacitados para reconocer qué es la sabiduría: no la sabiduría del mundo, sino la sabiduría de Dios escondida en un misterio (1 Corintios 2:6-7).

Esta no es la clase de sabiduría enseñada por los políticos, los filósofos o los maestros judíos. Es la sabiduría divina, la sabiduría escondida de Dios, que él guardó para sí durante mucho tiempo y luego reveló. Es el misterio que estuvo oculto durante épocas y generaciones pasadas, pero que ahora ha sido dado a conocer al pueblo de Dios (Colosenses 1:26). Había estado oculto al mundo gentil, y entre los judíos era difícil de entender por medio de figuras, sombras y profecías lejanas; pero ahora el Espíritu de Dios lo ha hecho claro.

Este es un gran privilegio para quienes disfrutan de las bendiciones del evangelio. Las figuras son explicadas, los misterios son aclarados, las profecías son interpretadas y el plan secreto de Dios se hace público. La sabiduría de Dios, escondida en un misterio, ahora ha sido revelada a los santos.

Luego Pablo señala el origen de esta sabiduría. Dios la había establecido desde antes de la creación del mundo para nuestra gloria (1 Corintios 2:7). Él había planeado desde hacía mucho tiempo, desde la eternidad, revelarla. Esto fue un gran honor para los apóstoles, porque se les confió darla a conocer a otros. También es un gran privilegio para los cristianos, porque esta sabiduría gloriosa les ha sido mostrada. La sabiduría del evangelio prepara a los creyentes para la gloria y la felicidad eternas en el mundo venidero.

Los propósitos de Dios para nuestra redención fueron establecidos desde la eternidad, y tenían como fin la gloria y la felicidad de los santos. ¡Qué profunda era la sabiduría contenida en esos propósitos! La sabiduría de Dios se emplea y se manifiesta para honrar a su pueblo: fue empleada desde la eternidad y se muestra en el tiempo, para que ellos sean gloriosos ahora y para siempre.

Pablo también muestra la ignorancia de los grandes hombres de este mundo. «Ninguno de los gobernantes de este mundo la entendió» (1 Corintios 2:8). Esto probablemente se refiere al gobernador romano, Poncio Pilato, y a los líderes judíos que gobernaban la nación y la iglesia. Si hubieran conocido esta verdadera sabiduría celestial, no habrían crucificado al Señor de la gloria. Eso fue precisamente lo que hicieron Pilato y los gobernantes judíos: uno condenó a Cristo y el otro exigió su muerte.

Jesucristo es el Señor de la gloria, un título demasiado grande para cualquier criatura. Fue odiado porque no lo conocían. Si sus enemigos hubieran sabido quién era, nunca habrían levantado violentamente sus manos contra él. Por eso pudo orar: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34). Muchas personas no harían lo que hacen si entendieran la sabiduría de Dios en la gran obra de la redención. Actúan en ignorancia o por descuido. No conocen la verdad, o se niegan a prestarle atención.

Pablo dice después que esta sabiduría no podría haberse descubierto sin revelación, como dijo Isaías: «El ojo no ha visto, ni el oído ha escuchado, ni ha entrado en el corazón del ser humano lo que Dios ha preparado para quienes lo aman» (Isaías 64:4). En los creyentes judíos, esperar con esperanza la obra prometida de Dios era una señal de amor hacia él. Esperar en Dios es una muestra de amor por él. «Este es nuestro Dios; hemos esperado en él» (Isaías 25:9). Dios ha preparado cosas maravillosas para quienes lo aman y esperan en él.

Hay realidades así en la vida venidera, cosas que ningún sentido puede descubrir y que ningún informe humano puede explicar por completo. La vida y la inmortalidad fueron sacadas a la luz por medio del evangelio (2 Timoteo 1:10). Sin embargo, aquí Pablo se refiere especialmente a las verdades reveladas en el evangelio mismo. Son cosas que ningún ojo ha visto y ningún oído ha escuchado. Si fueran asuntos que los sentidos o la razón pudieran descubrir por sí solos, no habría necesidad de revelación. Pero, como están más allá de la naturaleza, solo las conocemos por medio de la luz de la palabra revelada por Dios.

Por eso debemos recibirlas tal como están escritas en la Escritura, conforme Dios decidió revelarlas. Dios nos las reveló por medio de su Espíritu (1 Corintios 2:10). La Escritura misma procede del aliento de Dios, de su inspiración. Los santos hombres de Dios hablaron impulsados por el Espíritu Santo (2 Pedro 1:21). Del mismo modo, los apóstoles hablaron por medio de ese mismo Espíritu, mientras él les enseñaba y les daba las palabras. Esta es una de las pruebas de la autoridad divina de la Escritura.

Pablo escribió lo que enseñaba, y lo que enseñaba le había sido revelado por Dios mediante su Espíritu. Ese Espíritu examina todas las cosas, incluso las profundidades de Dios, y conoce las cosas de Dios como el espíritu de una persona conoce sus propios pensamientos (1 Corintios 2:11). De estas palabras se desprende un argumento sólido a favor de la naturaleza divina del Espíritu Santo.

Dios conoce todas las cosas. Él examina incluso las profundidades de Dios, es decir, sus planes y propósitos más secretos. Nadie puede conocer a Dios de esa manera tan completa, excepto Dios mismo. Esto también muestra que el Espíritu Santo está tan unido a Dios como la mente de una persona está unida a ella misma. Una persona conoce sus propios pensamientos porque su mente es una con ella. Del mismo modo, el Espíritu conoce las cosas de Dios porque es uno con Dios.

Así como nadie puede conocer la mente de otra persona a menos que esta se la revele, tampoco podemos conocer el consejo secreto de Dios a menos que el Espíritu Santo nos lo dé a conocer. No podemos conocer estas cosas de ninguna manera hasta que Dios las ponga delante de nosotros mediante una revelación externa. Aun entonces, no podemos entenderlas ni creerlas de manera salvadora hasta que el Espíritu abra nuestra mente y nos dé luz. Así recibieron los apóstoles la sabiduría de Dios escondida en un misterio, y así la comunicaron. No recibieron el espíritu del mundo ni la sabiduría de los gobernantes de este mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para que conocieran las cosas que Dios nos ha concedido gratuitamente (1 Corintios 2:12). Hablaron por inspiración de Dios, y el Espíritu también les dio la comprensión interna de los dones de la gracia y de la salvación.

También vemos cómo se transmitió esta sabiduría. Ellos comunicaron estas verdades no con palabras enseñadas por la sabiduría humana, sino con palabras enseñadas por el Espíritu Santo (1 Corintios 2:13). No adornaron el evangelio con estilo humano ni con ingenio. Expusieron claramente la doctrina de Cristo, usando las palabras que el Espíritu les dio. La verdad de Dios no necesita ser decorada con la habilidad humana ni con un discurso refinado. Se escucha mejor en las palabras que enseña el Espíritu Santo. El Espíritu de Dios sabe mucho mejor que los mejores críticos, oradores o filósofos cómo hablar acerca de las cosas de Dios.

Cuando Pablo dice que comparan lo espiritual con lo espiritual, quiere decir que una parte de la revelación se relaciona con otra. El evangelio se compara con las Escrituras judías, y el Nuevo Testamento se muestra por medio de las figuras y profecías del Antiguo Testamento. Si intentamos medir la revelación con la erudición humana o la verdad sobrenatural con la ciencia ordinaria, juzgaremos de manera equivocada. Las verdades espirituales se explican unas a otras cuando se consideran en conjunto. El Espíritu también enseña a los creyentes a hablar de los asuntos espirituales con palabras claras y apropiadas.

Ahora llegamos a la manera en que se recibe esta sabiduría. La persona natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios, porque le parecen una locura y no puede comprenderlas, ya que se disciernen espiritualmente (1 Corintios 2:14). La persona natural es aquella que está bajo el poder de la corrupción, que aún no ha sido santificada y que no tiene el Espíritu de Dios. La caída dañó el entendimiento humano, y el pecado hizo más fuerte ese daño. Una persona así no está preparada para recibir la luz divina y con frecuencia se opone a ella. La verdad de Dios le parece absurda y sin importancia. Esto no significa que haya perdido la capacidad de pensar, sino que sus deseos equivocados le impiden recibir con agrado la verdad de Dios. Solo la obra vivificante del Espíritu de verdad y santidad puede ayudarla a ver su belleza y creerla plenamente.

La persona natural también puede referirse a la persona sabia según los criterios del mundo, aquella que confía en la sabiduría humana y piensa que puede alcanzar toda la verdad mediante su propio razonamiento. Esto se parecía mucho a los filósofos de la época de Pablo. Una persona así no acepta las cosas del Espíritu de Dios. No considera la revelación una fuente de verdad. Más bien, puede pensar que es una locura o incluso una forma de insensatez. Como rechaza la enseñanza del Espíritu, no tiene manera de conocer lo que Dios ha revelado.

Pero la persona espiritual juzga todas las cosas, aunque ella misma no es juzgada por nadie (1 Corintios 2:15). Esto significa que quien ha adquirido una mente espiritual puede discernirlo todo. Puede evaluar los asuntos relacionados con la sabiduría humana y, al mismo tiempo, apreciar la verdad divina. Ve la sabiduría y el poder de Dios en el evangelio, aun cuando la mente carnal los considere débiles y absurdos. Solo una mente santificada puede percibir verdaderamente la belleza de la santidad. Al mismo tiempo, esto no le quita la capacidad de evaluar las cosas ordinarias. La persona espiritual puede comprender tanto los asuntos humanos como los divinos, tanto lo que la razón descubre como lo que la revelación enseña. Sin embargo, los demás no la comprenden verdaderamente. Los santos de Dios permanecen ocultos: Dios los conoce por completo, aunque el mundo no los juzgue correctamente (Salmo 83:3).

Su vida está escondida con Cristo en Dios (Colosenses 3:3). Quien vive únicamente según la carne no entiende más de una persona espiritual de lo que entiende de las cosas espirituales en general. Es ajeno a los principios, los gozos y las acciones de la vida divina. La persona espiritual está fuera del alcance de su comprensión.

Pero la persona espiritual, aquella a quien Dios le ha dado a conocer su verdad y que la recibe como verdad de Dios, puede evaluar tanto los asuntos ordinarios como los espirituales. Puede discernir qué es y qué no es el evangelio y el camino de salvación, así como determinar si un predicador está proclamando la verdad de Dios. No pierde el uso de la razón ni renuncia a ella por fundamentar su fe en la revelación, es decir, en lo que Dios ha dado a conocer.

Sin embargo, ella misma no es juzgada por nadie; esto significa que nadie puede demostrar que está equivocada si no es espiritual o si tampoco se fundamenta en la revelación de Dios. Una persona que basa todo su conocimiento en el aprendizaje humano y en la razón natural nunca puede juzgar lo que es verdadero o falso en la revelación. Porque ¿quién ha conocido la mente del Señor para poder enseñarle (1 Corintios 2:16)? Nadie puede penetrar tan profundamente en la mente de Dios como para enseñar a quien tiene el Espíritu de Dios y vive bajo su dirección.

Muy pocos han conocido algo de la mente de Dios únicamente por medio de sus capacidades naturales. Pero el apóstol dice: nosotros tenemos la mente de Cristo, y la mente de Cristo es la mente de Dios. Cristo es Dios, y es el principal mensajero y profeta de Dios. Los apóstoles fueron capacitados por su Espíritu para darnos a conocer su mente. En las Sagradas Escrituras, la mente de Cristo y la mente de Dios revelada en Cristo se encuentran plenamente expuestas.

Observa el gran privilegio de los cristianos: Dios les revela la mente de Cristo por medio de su Espíritu.

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