Versículo destacado

1 Corintios 12:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

Hermanos, quiero que ustedes sepan acerca de los dones espirituales.

1 Corintios 12:1

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auto_stories Comentario de Bible Guided

El apóstol ahora pasa a hablar de los dones espirituales, que eran comunes en la iglesia de Corinto, pero que se estaban usando muy mal. Más adelante, en este capítulo, explica estos dones con mayor detalle. Eran poderes y funciones extraordinarios que Dios les había dado a los ministros y a los primeros cristianos para persuadir a los incrédulos y extender el evangelio.

Los dones y la gracia no son lo mismo, aunque ambos se reciben gratuitamente de Dios. La gracia se concede para la salvación de quien la recibe. Los dones se conceden para el bien y la salvación de los demás. Una persona puede tener grandes dones y, aun así, no poseer la verdadera gracia ni la vida salvadora que proviene de Dios. Los dones muestran la bondad de Dios hacia las personas, pero por sí solos no demuestran que Dios apruebe a quien los tiene.

Esta iglesia era rica en dones, pero muchas cosas estaban gravemente desordenadas en ella. Por eso Pablo les dice que no quiere que sean ignorantes acerca de estos dones espirituales, es decir, de los poderes especiales que habían recibido del Espíritu. Venían de Dios y debían usarse para él. Si las personas entienden mal su origen o su propósito, se desviarán gravemente. El conocimiento claro es de gran ayuda en todos los aspectos de la vida cristiana.

También les recuerda la condición oscura de la que habían salido: «Ustedes eran gentiles y se dejaban arrastrar hacia los ídolos mudos, siguiendo el impulso de quienes los guiaban» (1 Corintios 12:2). Mientras se encontraban en ese estado, no podían afirmar que eran personas espirituales ni que tenían dones espirituales. Si antes estaban bajo el dominio de la religión pagana, después no podían ser guiados por el Espíritu de Cristo. Recordar lo que habían sido debía dejar claro que todos los verdaderos dones espirituales vienen de Dios.

Eran gentiles, no miembros del pueblo especial del pacto de Dios. Los judíos habían sido apartados por el favor de Dios, y entre ellos se habían encontrado principalmente el conocimiento y la adoración del Dios verdadero. El resto del mundo estaba fuera de la promesa del pacto, separado de las bendiciones de Israel y, en cierto sentido, sin Dios (Efesios 2:12). Antes de convertirse en cristianos, los corintios habían pertenecido a ese mundo. ¡Qué cambio tan grande! Y qué útil es que los creyentes recuerden lo que antes eran.

También se habían dejado arrastrar hacia los ídolos mudos, siguiendo el impulso de quienes los guiaban. Habían sido llevados a la peor clase de idolatría, incluso a adorar objetos de madera y piedra. Esto surgía de imaginaciones vacías y de sacerdotes que se aprovechaban de su ignorancia. Sin importar lo que pensaran los filósofos, esa era la práctica de la gente común. Se inclinaban ante ídolos que tenían oídos, pero no podían oír, y boca, pero no podían hablar (Salmo 115:5-6). Era un estado miserable y vergonzoso. Incluso quienes se burlaban de esa adoración tan rudimentaria muchas veces la respaldaban con sus propios actos.

Luego Pablo muestra cómo discernir si un don realmente proviene del Espíritu de Dios. «Nadie que hable por el Espíritu de Dios puede decir: “Jesús es maldito”». Tanto judíos como gentiles hacían esto. Blasfemaban contra Cristo, lo llamaban falso maestro y trataban su nombre como algo digno de odio. Sin embargo, algunos judíos, entre ellos exorcistas y magos, afirmaban hacer maravillas por el Espíritu de Dios, y muchos gentiles también decían hablar por inspiración. Pablo enseña que nadie puede actuar verdaderamente por el Espíritu de Dios mientras niega e insulta a Cristo. El Espíritu ya había dado un testimonio claro acerca de Cristo por medio de la profecía, los milagros, su resurrección, la expansión de su enseñanza y su poder sobre la vida de las personas. El Espíritu nunca se contradiría declarando maldito a Cristo.

Por otro lado, «nadie puede decir: “Jesús es el Señor”, excepto por el Espíritu Santo». Esto significa más que repetir esas palabras. Significa vivir por fe, someterse a Cristo y, cuando sea necesario, defenderlo aun hasta la muerte. Nadie puede hacer verdaderamente eso sin la obra del Espíritu Santo. Nadie puede confesar a Cristo con fe y lealtad genuinas a menos que el Espíritu le conceda esa fe. Nadie puede mantenerse firme en la prueba si el Espíritu no lo fortalece. Así como dependemos de la mediación de Cristo, es decir, de su obra como mediador entre nosotros y Dios, para recibir reconciliación con Dios, también dependemos del Espíritu para vivir en santidad y perseverar. Ningún espíritu maligno ayudaría a difundir un mensaje que destruye el reino del diablo.

Por tanto, el punto de Pablo es este: cualesquiera que fueran las afirmaciones de las personas acerca de la inspiración o los milagros, si eran enemigas del cristianismo, esas afirmaciones no podían proceder del Espíritu de Dios. Pero nadie podía creer verdaderamente en Cristo ni demostrar mediante un milagro que Jesús es el Mesías si no era por el Espíritu Santo. Por eso, los poderes extraordinarios que había entre los creyentes sí provenían del Espíritu de Dios.

Pablo añade que estos dones, aunque proceden del mismo Espíritu, son variados. Una sola fuente puede producir muchos efectos distintos, y un solo dador puede distribuir muchos dones diferentes (1 Corintios 12:4). Hay distintas clases de dones, como la revelación, las lenguas, la profecía y la interpretación de lenguas, pero todos proceden del mismo Espíritu. Hay distintas clases de servicio o funciones, con diferentes responsabilidades y formas de organización, pero es el mismo Señor quien las establece todas (1 Corintios 12:6). También hay distintas clases de actividades o poderes milagrosos, pero es el mismo Dios quien actúa en todos y por medio de todos.

Así que hay muchos dones, servicios y actividades, pero todos proceden de un solo Dios, un solo Señor y un solo Espíritu: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, fuente de toda bendición espiritual. Aunque estos dones son diferentes, todos brotan de la misma fuente y tienen al mismo autor. Luego Pablo comienza a mencionar varios de estos dones en los versículos siguientes (1 Corintios 12:8-10).

Diferentes personas tenían diferentes dones: algunas, un tipo, y otras, otro; pero todos procedían del mismo Espíritu. A una persona se le daba el mensaje de sabiduría. Algunos piensan que esto se refiere a un conocimiento claro de los misterios del evangelio y a la capacidad de explicarlos bien, junto con una comprensión completa del propósito, la naturaleza y las enseñanzas de la fe cristiana. Otros creen que significa pronunciar palabras profundas y sabias, como los proverbios de Salomón. Algunos limitan este don a revelaciones especiales dadas a los apóstoles y transmitidas por medio de ellos.

A otra persona se le daba el mensaje de conocimiento por medio del mismo Espíritu. Algunos entienden que esto significa conocer los misterios, como en Colosenses 2:3: las verdades contenidas en las profecías, los símbolos y las historias del Antiguo Testamento. Otros creen que se refiere a la capacidad de ofrecer consejos y orientación acertados en casos difíciles.

A otra persona se le daba fe por medio del mismo Espíritu. Esto puede significar una fe capaz de obrar milagros, o una confianza tan firme en el poder y las promesas de Dios que los creyentes pudieran depender de él en cualquier crisis, continuar cumpliendo con su deber y confesar abiertamente la verdad de Cristo sin importar el peligro. A otra persona se le daba el don de sanar por medio del mismo Espíritu; es decir, el poder de sanar a los enfermos, ya fuera mediante la imposición de manos, la unción con aceite o incluso una palabra hablada.

A otra persona se le daba el poder de hacer milagros: obras de poder como resucitar a los muertos, devolver la vista a los ciegos, dar habla a los mudos, oído a los sordos y fuerza a los cojos. A otra se le daba el don de profecía, ya fuera la capacidad de anunciar acontecimientos futuros, que es el significado más común, o un don especial para explicar las Escrituras por medio del Espíritu. Véase 1 Corintios 14:24.

A otra persona se le daba el don de discernir los espíritus: el poder de distinguir a los profetas verdaderos de los falsos, reconocer si alguien poseía realmente las cualidades internas necesarias para una función, o descubrir los pensamientos y motivos ocultos de una persona por medio del Espíritu Santo, como Pedro hizo con Ananías en Hechos 5:3. A otra se le daban diferentes clases de lenguas, es decir, la capacidad de hablar idiomas por inspiración. A otra se le daba la interpretación de lenguas, es decir, la capacidad de traducir idiomas extranjeros de manera clara y correcta al idioma propio. De esta manera, los primeros ministros y las primeras iglesias fueron bendecidos abundantemente con muchos dones espirituales diferentes.

El propósito de estos dones era que la obra del Espíritu se hiciera visible y que cada persona los usara para el bien de los demás. No se daban para el honor o la ventaja de quienes los recibían, sino para el beneficio de la iglesia: para edificar el cuerpo de Cristo y extender el evangelio. Todo don que Dios concede, ya sea común o espiritual, lo da para que se use en beneficio de los demás. Sus dones visibles deben emplearse para su gloria y para ayudar a otros. Nadie los recibe únicamente para sí mismo. Son una responsabilidad puesta en sus manos para el bien de los demás. Mientras más ayude a otros con ellos, más contribuirán también a su propio bien al final, como se ve en Filipenses 4:17.

Los dones espirituales se conceden para que las personas ayuden a la iglesia y hagan avanzar el cristianismo. No se dan para lucirse, sino para servir. No se dan para presumir ni alimentar el orgullo, sino para edificar a los demás. No tienen como propósito hacer grande a quien los recibe, sino fortalecer a la iglesia.

Todos estos dones son obra de uno mismo y único Espíritu, quien se los da a cada persona según quiere. Esto corresponde a la decisión libre de quien los concede. ¿Qué hay más libre que un regalo? El Espíritu de Dios puede hacer lo que quiera con lo que le pertenece. Puede darles los dones a las personas que quiera, en la medida que quiera: un don a una persona y otro don a otra; más a una y menos a otra, según le parezca. Él es quien juzga mejor cómo se cumplirá su propósito y cómo deben distribuirse sus dones.

No depende de la voluntad ni del criterio humanos, sino del beneplácito del Espíritu. El Espíritu Santo es una persona divina. Produce efectos divinos y concede dones divinos según quiere, por su propio poder y conforme a su voluntad, sin depender de nadie ni estar sujeto al control de nadie. Sin embargo, aunque concede estos dones libremente y con plena autoridad, no los da para el honor o beneficio personal, sino para el bien de todos y para la edificación de la iglesia.

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