Versículo destacado
Hechos 3:12 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Al verlo, Pedro respondió al pueblo: «Hombres de Israel, ¿por qué se asombran de esto? ¿Por qué nos miran tan fijamente, como si por nuestro propio poder o santidad hubiéramos hecho caminar a este hombre?» "
Hechos 3:12
¿Qué significa Hechos 3:12?
Hechos 3:12 enseña que el milagro no ocurrió por el poder ni la santidad de Pedro y Juan, sino por la acción de Dios mediante Jesús. Pedro dirige la atención a Cristo, no a sí mismo. En la vida diaria, este mensaje invita a reconocer a Dios en los logros y evitar la gloria personal.
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El versículo en contexto
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10 Y reconocieron que era el que se sentaba a pedir limosna en la puerta Hermosa del templo, y quedaron llenos de asombro y admiración por lo que le había sucedido.
11 Mientras el cojo que había sido sanado se aferraba a Pedro y a Juan, todo el pueblo, muy asombrado, corrió hacia ellos al pórtico llamado de Salomón.
12 Al verlo, Pedro respondió al pueblo: «Hombres de Israel, ¿por qué se asombran de esto? ¿Por qué nos miran tan fijamente, como si por nuestro propio poder o santidad hubiéramos hecho caminar a este hombre?»
13 El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús, a quien ustedes entregaron y negaron en presencia de Pilato, cuando él había decidido dejarlo en libertad.
14 Pero ustedes negaron al Santo y al Justo, y pidieron que se les concediera un asesino.
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Este es el sermón que Pedro predicó después de sanar al hombre cojo. Cuando Pedro vio lo que había sucedido, aprovechó el momento para predicar a Cristo a la multitud. Como se habían reunido en el templo, especialmente en el Pórtico de Salomón, les ofreció una sabiduría superior a la que Salomón jamás pudo dar, porque en el mensaje que predicaba estaba presente alguien mayor que Salomón.
Al ver que el milagro había despertado su asombro, sembró la semilla del evangelio en un terreno que ya había sido preparado. Cuando notó que estaban dispuestos a honrarlo a él y a Juan, actuó de inmediato para apartar su atención de ellos mismos y dirigirla únicamente hacia Cristo. Les respondió de la misma manera que más tarde lo hicieron Pablo y Bernabé en Listra (Hechos 14:14, 15).
En su sermón, Pedro primero negó humildemente que el honor por el milagro les perteneciera a ellos. Solo eran siervos de Cristo, instrumentos en sus manos. Las verdades que predicaban no eran ideas suyas, ni las señales procedían de su propio poder. Les habló como hombres de Israel, personas a quienes pertenecían la ley, las promesas, el evangelio y su cumplimiento. Después les hizo dos preguntas.
Primero, ¿por qué estaban tan asombrados por el milagro mismo? «¿Por qué se asombran de esto?», preguntó. El milagro ciertamente era asombroso, y tenían buenas razones para sorprenderse. Pero Cristo ya había realizado muchas obras semejantes, y ellos no les habían prestado la debida atención. Poco tiempo antes, Cristo había resucitado a Lázaro de entre los muertos y, más aún, él mismo había resucitado. Entonces, ¿por qué debería parecerles tan extraño? Las personas suelen ser torpes y lentas para comprender. Llaman sorprendente a algo que podrían haber considerado normal si no hubieran sido descuidadas.
Segundo, ¿por qué daban tanto reconocimiento a Pedro y a Juan, como si el milagro procediera de ellos? Era cierto que ellos habían hecho caminar al hombre, y eso demostraba que los apóstoles habían sido enviados por Dios. Habían sido enviados para bendecir al mundo y ayudar en el sufrimiento humano. Habían sido enviados para sanar almas espiritualmente cojas e indefensas, restaurar vidas quebrantadas y hacer que las personas se alegraran. Sin embargo, no lo hicieron por su propia fuerza, capacidad o santidad personal. El poder procedía completamente de Cristo.
Tampoco habían recibido ese poder por algún mérito propio. Cristo escogió cosas débiles e insensatas para usarlas en su obra. El mismo Pedro era un hombre pecador. La santidad que tenían había sido producida en ellos por Dios. No podían atribuirse el mérito. El pueblo se equivocaba al fijar la mirada en los instrumentos en vez de mirar a Dios, quien es el único que merece la alabanza. Los siervos de Dios deben ser respetados, pero nunca tratados como ídolos. No debemos darle a la herramienta lo que le pertenece a quien la usa.
Pedro y Juan hicieron bien en rechazar el honor para sí mismos y dirigirlo hacia Cristo. Quienes son útiles en la obra de Dios deben ser profundamente humildes: «No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria». Toda corona debe ponerse a los pies de Cristo: «No soy yo, sino la gracia de Dios conmigo».
Luego Pedro les predicó a Cristo, porque esa era su verdadera tarea. Quería guiarlos a obedecer a Cristo. Predicó que Jesús era el Mesías prometido, aquel que Dios había prometido a los padres (Hechos 3:13). Jesús es el Hijo de Dios. Aunque poco antes lo habían condenado como blasfemo por decirlo, Pedro lo declaró abiertamente. Él es el Hijo de Dios y es Jesús, un nombre que significa Salvador.
Dios lo glorificó al levantarlo como Rey, Sacerdote y Profeta de su iglesia. Dios lo glorificó en su vida y en su muerte, así como en su resurrección y ascensión. Pedro también llama a Dios «el Dios de nuestros padres», hablando con honor de Abraham, Isaac y Jacob. Esos nombres eran preciosos para el pueblo de Israel, y con razón. Dios envió a Cristo de acuerdo con las promesas hechas a esos patriarcas: que en su descendencia serían benditas todas las familias de la tierra, y de acuerdo con el pacto por el cual Dios sería el Dios de ellos y de sus hijos. Al hablar de esta manera, los apóstoles demostraban que no tenían malas intenciones contra la nación judía. Se preocupaban por ella y deseaban su bien. El evangelio que predicaban procedía del propósito y la voluntad del Dios de Abraham (Hechos 26:7, 22; Lucas 1:72, 73).
Entonces Pedro los acusó claramente de haber asesinado a Jesús, como ya lo había hecho antes. «Ustedes lo entregaron a sus principales sacerdotes y gobernantes», dijo, refiriéndose a los líderes de la nación. Ellos habían incitado al pueblo para que gritara contra Jesús como si fuera una amenaza pública. «Ustedes lo negaron», dijo Pedro. «Se negaron a aceptarlo como su Rey. No quisieron recibirlo como el Mesías porque no vino con una apariencia externa de grandeza y poder. Lo negaron delante de Pilato y rechazaron, ante el gobernador romano, todas las esperanzas de su propio pueblo». Pilato había querido liberar a Jesús, pero la multitud se opuso y lo obligó a decidir en contra de su voluntad. En ese sentido, ellos fueron peores que Pilato, porque él habría dejado libre a Jesús si ellos no hubieran insistido en hacer su propia voluntad.
Negaron al Santo y Justo, quien había demostrado ser exactamente eso. La santidad y la justicia del Señor Jesús son mucho más que una simple inocencia, y eso hizo todavía más grave su pecado. Pidieron que liberaran a un asesino y que crucificaran a Cristo. ¿Acaso Barrabás merecía de parte de ellos algo mejor que Jesús? Eso fue un gran insulto contra el Señor Jesús.
«Mataron al Autor de la vida», dijo Pedro. Este es un contraste impactante. Perdonaron a un asesino, alguien que destruye la vida, y destruyeron al Salvador, la fuente de la vida. Mataron al que había venido para ser el Autor de su vida. Al hacerlo, no solo rechazaron su propia misericordia, sino que se rebelaron contra ella. Fue algo perverso y absurdo quitarle la vida a aquel que habría sido su vida. También fue absurdo pensar que podían derrotar al Autor de la vida, pues él tiene vida en sí mismo y pronto volvería a tomar la vida que había entregado.
Pedro volvió a confirmar que Jesús había resucitado de entre los muertos, como ya lo había hecho en el capítulo 11:32.
Ustedes pensaron que podían quitarle la vida al Autor de la vida, como cualquier gobernante terrenal puede perder su poder y su honor. Pero descubrieron que estaban equivocados, porque Dios lo resucitó de entre los muertos. Así que, cuando lo mataron, lucharon contra Dios y fueron derrotados. Dios lo resucitó y, de ese modo, confirmó las afirmaciones de Cristo, estableció su enseñanza, quitó la vergüenza de sus sufrimientos, y todos nosotros somos testigos de su resurrección.
Pedro también dice que la sanidad de este hombre cojo ocurrió mediante el poder de Cristo (Hechos 3:16). «Su nombre», es decir, mediante la fe en su nombre y en la revelación que Cristo ha hecho de sí mismo, «ha fortalecido a este hombre». Luego repite el mismo punto: «La fe que viene por medio de él le ha dado esta salud completa».
Pedro primero dirige la atención de ellos hacia la verdad del milagro mismo. El hombre sanado es alguien a quien ustedes ven y conocen, y a quien han conocido durante mucho tiempo. Él nunca había conocido antes a Pedro ni a Juan, así que no hay razón para pensar que ellos hubieran preparado esto juntos. Ustedes saben que había estado lisiado desde su nacimiento. El milagro ocurrió públicamente, delante de todos, no en un lugar oculto, sino en la entrada del templo. Vieron cómo sucedió, así que no podía tratarse de un engaño. Podían examinarlo de inmediato y todavía pueden hacerlo. La sanidad es completa. Es una restauración total, y ustedes ven al hombre caminar y saltar, sin ninguna señal de debilidad o dolor.
Luego Pedro explica el poder mediante el cual ocurrió. Primero, sucedió en el nombre de Cristo, no usando su nombre como una palabra mágica, sino actuando como maestros y mensajeros de su nombre. Ellos habían recibido de él autoridad e instrucciones, y él les había dado poder. Su nombre está por encima de todo nombre, y fueron su autoridad y su mandato los que realizaron la obra. Es como una orden real que se ejecuta en nombre del rey, aunque quien la comunique sea un funcionario de menor rango.
Segundo, el poder de Cristo obra por medio de la fe en su nombre: confiar en él, depender de él, acercarse a él con fe y esperar recibir ayuda de él. Esta fe es «por medio de él», es decir, procede de él, porque es obra y regalo suyo, no algo que produzcamos por nosotros mismos. Cristo la da para que él reciba la gloria. Él es tanto el iniciador como el perfeccionador de nuestra fe. Algunos piensan que aquí se menciona la fe dos veces debido a la fe de los apóstoles al realizar el milagro y a la fe del hombre lisiado al recibirlo, pero parece referirse principalmente, si no exclusivamente, a la fe de los apóstoles.
Al relatar el milagro con honestidad y claridad, Pedro confirma la gran verdad del evangelio que deben proclamar al mundo: Jesucristo es la fuente de todo poder y gracia, el gran sanador y Salvador. También señala el gran deber del evangelio: tener fe en Cristo como el único medio para recibir sus beneficios. Además, explica el gran misterio de la salvación por medio de Cristo. Es el nombre de Cristo el que nos justifica, es decir, el que nos declara justos delante de Dios; y somos justificados por ese nombre mediante la fe, al confiar personalmente en él y apropiarnos de sus beneficios. De esta manera, Pedro les predica a Jesús, y a Jesús crucificado, como un amigo fiel del esposo que pone todo su apoyo al servicio y la honra de Cristo.
Luego Pedro los anima a esperar misericordia, aunque habían sido culpables de dar muerte a Cristo. Hace todo lo posible para convencerlos de su pecado, pero tiene cuidado de no llevarlos a la desesperación. Su culpa era muy grave, pero la suaviza al decir que actuaron por ignorancia. Tal vez vio en sus rostros que estaban profundamente angustiados cuando les dijo que habían matado al Autor de la vida. Quizá estaban a punto de derrumbarse o de alejarse; por eso consideró mejor disminuir la dureza de la acusación llamándolos hermanos. Y podía hacerlo con toda razón, porque él mismo había sido su hermano en ese mismo pecado. Había negado al Santo y Justo, y había jurado que no lo conocía. Lo había hecho en un momento de confusión. «Y ahora, hermanos, sé que ustedes actuaron por ignorancia, al igual que sus gobernantes» (Hechos 3:17).
Aquí habla la compasión de Pedro, y esto nos enseña a pensar lo mejor que podamos de aquellos a quienes queremos ayudar a cambiar para bien. Pedro ya había abierto por completo la herida, y ahora comienza a sanarla. Para hacerlo, primero debe lograr que quienes lo escuchan confíen en quien los está tratando. Difícilmente habría algo más capaz de ganarse su corazón que esto. Pedro también sigue el ejemplo de su Maestro, porque Jesús oró por quienes lo crucificaron y rogó por ellos, pues no sabían lo que hacían. También se dice de los gobernantes que, si hubieran comprendido lo que estaban haciendo, no habrían crucificado al Señor de la gloria (1 Corintios 2:8). Algunos gobernantes y algunas personas pudieron haber resistido la luz y las convicciones de su propia conciencia, actuando por odio. Pero la gran mayoría siguió a la multitud y actuó por ignorancia. De la misma manera, Pablo persiguió a la iglesia por ignorancia e incredulidad (1 Timoteo 1:13).
Pedro también suaviza el efecto de su crimen: la muerte del Autor de la vida. Es algo terrible, pero sucedió conforme a las Escrituras (Hechos 3:18). Las Escrituras no los obligaron a pecar, pero sí anunciaban que Cristo debía sufrir. Como Cristo mismo dijo: «Así está escrito, y así era necesario que el Cristo padeciera». Por eso, cuando Pedro dice que actuaron por ignorancia, también puede estar diciendo: «Cumplieron las Escrituras sin saberlo. Dios, por medio de sus manos, cumplió lo que había anunciado por boca de todos sus profetas: que Cristo padecería». Este era el plan de Dios al entregarlo en manos de ellos, pero ellos tenían sus propios propósitos egoístas y no sabían nada del propósito de Dios. No pretendían cumplir las Escrituras, ni sus corazones actuaban con ese objetivo. Sin embargo, Dios estaba cumpliendo las Escrituras mientras ellos seguían sus propias pasiones.
Debemos notar que esto no solo estaba establecido en el consejo secreto de Dios, sino que también había sido anunciado al mundo mucho tiempo antes, mediante las palabras y los escritos de los profetas: Cristo sufriría para completar su obra. Fue Dios mismo quien lo reveló por medio de ellos. Él se encargará de que sus palabras se cumplan. Lo que anunció, lo cumplió; y lo cumplió exactamente como lo había anunciado, sin cambiar nada.
Esto no disminuye su pecado de odiar y perseguir a Cristo hasta darle muerte. Su pecado seguía siendo extremadamente perverso. Pero sí los animaba a arrepentirse y a esperar misericordia si se arrepentían. Esto es cierto en general, porque Dios estaba llevando a cabo sus propósitos llenos de gracia por medio de lo que ellos hicieron, tal como José animó a sus hermanos cuando pensaban que el mal que le habían hecho nunca podría ser perdonado: «No tengan miedo. Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios cambió ese mal en bien» (Génesis 50:15, 20). También es cierto de una manera especial porque la muerte y el sufrimiento de Cristo fueron para el perdón de los pecados, y son la base de la misericordia que Pedro ahora los anima a esperar.
Pedro los exhorta a todos a hacerse cristianos y les asegura que eso sería para su mayor bien. Sería lo que los transformaría para siempre. Ese es el propósito práctico de su sermón.
Primero, les dice lo que deben creer. Deben creer que Jesucristo es la Descendencia prometida, la única Descendencia por medio de la cual Dios le dijo a Abraham que serían bendecidos todos los pueblos de la tierra (Hechos 3:25; Génesis 12:3). Esa promesa fue dada mucho tiempo antes de cumplirse, pero ahora finalmente se había hecho realidad en Jesús, quien en su naturaleza humana descendía de Abraham. En él son benditas todas las familias de la tierra, no solo Israel. Todos reciben algún beneficio por medio de él, y algunos reciben todos sus beneficios.
También deben creer que Jesucristo es profeta, ese profeta semejante a Moisés que Dios prometió levantar de entre sus hermanos (Hechos 3:22; Deuteronomio 18:18). Cristo es profeta porque Dios nos habla por medio de él. Toda revelación divina se centra en él, y él nos la comunica. Es semejante a Moisés, un siervo escogido por el cielo, más profundamente familiarizado con el consejo de Dios que cualquier otro profeta. Como Moisés, liberó a su pueblo de la esclavitud y lo guio por el desierto. Es príncipe y legislador como Moisés, y constructor del verdadero tabernáculo, así como Moisés construyó su representación.
Moisés fue fiel como siervo, mientras que Cristo es fiel como Hijo. Israel se opuso a Moisés y el faraón lo desafió, pero Dios lo sostuvo y confirmó su llamado. Moisés fue un ejemplo de mansedumbre y paciencia, y Cristo también lo es. Moisés murió por palabra del Señor, y Cristo también murió así. No hubo otro profeta como Moisés (Números 12:6-7; Deuteronomio 34:10), pero siempre que Cristo está presente, está aquí uno mayor que Moisés. Él es un profeta levantado por Dios, porque no tomó este honor por sí mismo, sino que Dios lo llamó para ejercerlo.
Fue levantado primero para Israel. Cumplió este oficio entre ellos en su propia persona. Ellos recibieron primero la oferta de la gracia divina; por eso fue levantado de entre ellos, de su propio pueblo según la carne. Esto era un gran honor para ellos, pero también un deber y un estímulo para recibirlo. Si viene a los suyos, ciertamente los suyos deben recibirlo. La iglesia del Antiguo Testamento tuvo muchos profetas, incluso escuelas de profetas, durante muchas generaciones, con una línea continua de profetas que comenzó con Samuel y los que vinieron después de él (Hechos 3:24). Con Samuel comenzó la era profética. Pero después de que los siervos fueron maltratados, Dios finalmente envió a su Hijo, quien había estado junto a él.
También deben creer que vendrán tiempos de refrigerio de la presencia del Señor (Hechos 3:19), y que llegarán los tiempos de la restauración de todas las cosas (Hechos 3:21). Hay una vida futura después de esta. Estos tiempos vendrán de la presencia del Señor, de su gloriosa aparición al final de los tiempos. La ausencia del Señor les da a los pecadores una falsa seguridad y a los creyentes motivos de duda, pero su venida se acerca y acabará para siempre con ambas cosas. El Juez está a la puerta.
La presencia del Señor traerá la restauración de todas las cosas (Hechos 3:21). Esto significa los cielos nuevos y la tierra nueva, que aparecerán después de que el orden presente sea disuelto (Apocalipsis 21:1). Significa la renovación de toda la creación, que ahora gime bajo la carga causada por el pecado humano. Algunos entienden que esto se refiere a un estado anterior al fin de los tiempos, pero es mejor entenderlo como el cumplimiento final de todo lo que Dios anunció por medio de sus santos profetas desde el principio del mundo. Enoc, el séptimo después de Adán, profetizó acerca de esto (Judas 1:14), y los juicios temporales anunciados por los demás profetas eran imágenes del juicio eterno que menciona el apóstol. El Nuevo Testamento revela esto con mayor claridad que antes, y todos los que reciben el evangelio esperan ahora ese cumplimiento.
Junto con esto vendrán tiempos de refrigerio (Hechos 3:19), tiempos de consuelo para el pueblo del Señor, como la sombra fresca después de un día de arduo trabajo. Todos los cristianos esperan el descanso que todavía permanece para el pueblo de Dios después de las luchas de esta vida. Esta esperanza los sostiene en el sufrimiento y los ayuda a perseverar en el servicio. El refrigerio que entonces vendrá de la presencia del Señor continuará para siempre en su presencia.
En segundo lugar, Pedro les dice lo que deben hacer. Deben arrepentirse; es decir, volver a pensar en lo malo que han hecho, recuperar el buen juicio y reconocer que son culpables. Deben comenzar de nuevo. Pedro mismo había negado a Cristo y después se arrepintió, y quería que ellos hicieran lo mismo.
También deben convertirse; es decir, darse la vuelta y tomar el camino opuesto al que habían seguido. Deben regresar al Señor su Dios, de quien se habían apartado. No basta con sentir tristeza por el pecado; hay que apartarse de él y no volver a él. Deben hacer algo más que cambiar exteriormente del judaísmo al cristianismo. También deben abandonar una manera de pensar y unos deseos mundanos y carnales, para adoptar principios y deseos santos, celestiales y divinos.
Deben escuchar a Cristo, el gran profeta: «Deben escuchar todo lo que él les diga». Tienen que prestar atención a su enseñanza, aceptar su doctrina y someterse a su autoridad. Deben escucharlo con fe, como se debe escuchar a los profetas cuando vienen enviados por Dios. Deben escucharlo en todo y aceptar sus palabras con una obediencia dispuesta. Sus leyes deben gobernar todas sus acciones, y sus consejos deben guiar todas sus decisiones. Cada vez que él hable, deben estar listos para escuchar. Todo lo que diga, aunque vaya en contra de sus deseos humanos, deben recibirlo con agrado: «Habla, Señor, que tu siervo escucha».
Hay una razón muy importante para hacerlo. Es peligroso ignorar el llamado de Cristo y resistirse a su autoridad (Hechos 3:23). «Toda persona que no escuche a ese profeta será destruida y eliminada del pueblo». El desprecio hacia los profetas del Antiguo Testamento trajo la amenaza de la destrucción de la ciudad y la nación por medio de la guerra y el hambre; pero una destrucción mucho mayor amenaza a quienes desprecian a Cristo, este gran profeta. Quienes no acepten el consejo del Salvador solo pueden esperar caer en manos del destructor.
En tercer lugar, Pedro les dice lo que pueden esperar. Recibirán el perdón de sus pecados. Esta es siempre una de las grandes bendiciones prometidas a todos los que aceptan el evangelio (Hechos 3:19): «Arrepiéntanse y vuelvan a Dios, para que sus pecados sean borrados».
Esto significa, primero, que perdonar el pecado es como borrar una escritura. Los rayos del sol hacen desaparecer una nube, y una deuda queda tachada cuando se cancela (Isaías 44:22). Cuando Dios perdona, ya no toma ese pecado en contra del pecador. Queda olvidado, como algo borrado, y todo lo difícil que estaba escrito contra esa persona desaparece, como si se hubiera limpiado con una esponja (Job 13:26).
Segundo, no debemos esperar que nuestros pecados sean perdonados si no nos arrepentimos y volvemos a Dios. Cristo murió para comprar el perdón de los pecados, pero debemos arrepentirnos y convertirnos si queremos recibir ese regalo. Si no hay arrepentimiento, no hay perdón. Por eso el llamado al arrepentimiento es tan serio y urgente.
Tercero, la promesa del perdón debe impulsarnos poderosamente a arrepentirnos. «Arrepiéntanse, para que sus pecados sean borrados» significa que el arrepentimiento nace de confiar en la misericordia de Dios por medio de Cristo y de tener esperanza en el perdón. Este fue el primer gran mensaje: arrepiéntanse, porque el reino de los cielos está cerca. El mejor arrepentimiento es el que se apoya en la misericordia de Dios, no solamente en el temor.
Cuarto, el resultado más dulce del perdón se verá cuando lleguen los tiempos de refrigerio. Si nuestros pecados son perdonados ahora, tenemos buenas razones para alegrarnos desde ahora. Pero el consuelo pleno llegará cuando ese perdón sea confirmado públicamente, y nuestra justificación —es decir, que Dios nos declare justos— sea manifestada delante de los ángeles y de las personas, tal como dice Romanos 8:30. Ya somos hijos de Dios (1 Juan 3:2), y nuestros pecados ya han sido borrados, pero todavía no vemos todos los resultados benditos hasta que lleguen esos tiempos de refrigerio.
Durante esta vida presente, con su trabajo duro, sus conflictos, dudas, temores, dificultades y peligros, no podemos disfrutar de toda la paz que conoceremos entonces. Aquella época futura quitará toda lágrima. Así que el perdón es un consuelo presente, pero su alegría más profunda todavía está por venir.
También deben encontrar consuelo en la segunda venida de Cristo (Hechos 3:20, Hechos 3:21). Dios enviará a Jesucristo, el mismo Jesús que ya les había sido anunciado. No deben esperar un evangelio nuevo ni un Salvador diferente. Deben esperar al mismo Cristo, cuya obra continuará hasta que todo quede completamente cumplido.
No debemos esperar la presencia corporal de Cristo con nosotros en este mundo. Los cielos lo recibieron cuando dejó a sus discípulos, y deben retenerlo hasta el fin de los tiempos. Su cuerpo glorificado pertenece a ese lugar de bendición y permanecerá allí hasta que todo se cumpla. Por eso, quienes imaginan que Cristo está presente corporalmente en la Cena del Señor lo deshonran y se engañan a sí mismos. Esta vida es un tiempo de prueba, y es apropiado que el Redentor glorificado esté fuera de nuestra vista, ya que debemos caminar por fe, no por vista.
Sin embargo, él todavía será enviado a quienes se arrepientan y vuelvan a Dios (Hechos 3:20). En un sentido, Cristo es enviado a ellos por medio del evangelio, que es el lugar donde él habita entre su pueblo y el carro de su victoria. En otro sentido, es enviado para juzgar a Jerusalén y a la nación judía incrédula, librando a sus ministros y a su pueblo de sus enemigos y dándoles paz mientras anuncian el evangelio. Ese será para ellos un tiempo de refrigerio. Y cuando sea enviado a juzgar al mundo al final, eso también será una bendición para los creyentes, porque entonces levantarán la cabeza con alegría, sabiendo que su redención está cerca.
Todos los planes de Dios, desde la eternidad y desde el principio de los tiempos, apuntaban hacia los acontecimientos del último día. Entonces quedará terminado el misterio de Dios, como él lo anunció por medio de sus profetas (Apocalipsis 10:7). Todo lo establecido en la iglesia tenía en vista esa restauración final.
Después, Pedro les explica por qué todavía pueden tener esperanza de recibir estas bendiciones si se vuelven a Cristo. Aunque negaron a Jesús y lo mataron, todavía pueden hallar el favor de Dios por medio de él, porque son israelitas. Como israelitas, tenían una participación especial en la gracia revelada en el Antiguo Testamento. Eran la nación escogida por Dios, y las bendiciones que recibieron apuntaban hacia el Mesías y su reino.
Pedro dice: «Ustedes son los hijos de los profetas y del pacto». Esto les concede un doble privilegio. Son hijos, o discípulos, de los profetas, como los alumnos de una escuela. Los profetas habían salido de entre ellos, y Dios les había enviado profetas. Dios le concedió a Israel el gran honor de levantar profetas de entre sus propios hijos (Amós 2:11). Todos los escritores inspirados de ambos Testamentos pertenecían a la familia de Abraham, y ellos tuvieron el privilegio de que Dios les confiara sus palabras (Romanos 3:2).
Toda su organización nacional estaba moldeada por la profecía, es decir, por la revelación divina, y durante muchos años su vida como nación fue guiada por ella. Por medio de un profeta, el Señor sacó a Israel de Egipto, y por medio de un profeta lo protegió. Incluso las generaciones posteriores, después de que la profecía había cesado, todavía podían ser llamadas hijos de los profetas, porque escuchaban sus palabras leídas en las sinagogas cada sábado (Hechos 13:27).
Esto debía motivarlos a recibir a Cristo. También podían esperar ser aceptados por él, porque sus propios profetas habían anunciado que esa gracia llegaría cuando Jesucristo fuera revelado (1 Pedro 1:13). Por tanto, no debían ignorarla, ni esa gracia debía serles negada. Quienes han recibido el privilegio de contar con los profetas y las Escrituras tienen la seria responsabilidad de no recibir la gracia de Dios en vano.
Esto puede aplicarse especialmente a los hijos de los ministros. Si usan correctamente su ascendencia, como una razón para ser fieles y dedicarse con entusiasmo a la fe, también pueden presentarla ante Dios con confianza. Pueden esperar que los hijos de los siervos de Dios continúen andando por el mismo camino.
También eran hijos —es decir, herederos— del pacto que Dios había hecho con sus antepasados, como los hijos de una familia. Dios había establecido su pacto con Abraham y sus descendientes, y ellos eran precisamente el pueblo con el que se había hecho ese pacto. Sus bendiciones estaban destinadas a ellos. La promesa del Mesías les había sido dada; por eso, si no rechazaban su propia misericordia mediante una incredulidad obstinada, todavía podían esperar recibir sus beneficios.
La promesa que aparece aquí es la parte principal del pacto: «Por medio de tu descendiente serán bendecidas todas las familias de la tierra» (Gálatas 3:16). Esto apunta principalmente a Cristo, pero también puede incluir a la iglesia, que es su cuerpo, y a todos los creyentes, que son la descendencia espiritual de Abraham. Todas las familias de la tierra son bendecidas al tener entre ellas a la iglesia de Cristo. Quienes eran descendientes de Abraham por nacimiento tenían el derecho más evidente a este privilegio. Si todas las familias de la tierra serían bendecidas en Cristo, entonces sus propios parientes según la carne tenían aún más razones para esperar esa bendición.
Como israelitas, ellos también recibieron primero la oferta de la gracia del nuevo pacto. Puesto que eran hijos de los profetas y del pacto, el Redentor fue enviado primero a ellos. Esto debía animarlos a esperar que, si se arrepentían y volvían a Dios, él enviaría nuevamente al Redentor para su consuelo (Hechos 3:20): enviaría a Jesucristo, a quien había destinado para ellos (Hechos 3:26).
A ustedes primero, judíos, aunque no solamente a ustedes, Dios suscitó a su Hijo Jesús, lo designó y autorizó como Príncipe y Salvador, y confirmó esto al levantarlo de entre los muertos. Lo envió para bendecirlos, para ofrecerles su bendición, especialmente esa gran bendición de apartar a cada uno de sus malos caminos. Por tanto, les corresponde recibir esta bendición, apartarse de sus pecados y esperar que verdaderamente la recibirán.
Primero se nos dice de dónde vino la misión de Cristo. Dios suscitó a su Hijo Jesús y lo envió. Lo suscitó cuando lo designó como profeta, lo señaló mediante una voz del cielo y lo llenó del Espíritu sin medida. Luego lo envió, porque para eso lo había suscitado: para servir como su mensajero y hacer la paz. Lo envió para dar testimonio de la verdad, buscar y salvar a las almas perdidas, y enfrentarse a sus enemigos y vencerlos.
Algunos entienden que «lo suscitó» se refiere a la resurrección, que fue el primer paso hacia su exaltación. En ese caso, sería como una nueva comisión. Y aunque, después de levantarlo, Dios pareció llevárselo de inmediato, en realidad volvió a enviarlo a nosotros por medio de su evangelio y de su Espíritu.
También se nos dice a quién fue enviado Cristo: a ustedes primero. Ustedes, descendientes de Abraham, hijos de los profetas y del pacto, fueron los primeros en recibir esta oferta de la gracia del evangelio. El ministerio personal de Cristo, al igual que el de los profetas, estuvo limitado a los judíos. Fue enviado primero a las ovejas perdidas del pueblo de Israel, y a los discípulos que envió inicialmente les indicó que no fueran más allá de ellos. Después de su resurrección, debía predicarse a todas las naciones, pero ellos debían comenzar en Jerusalén (Lucas 24:47). Y cuando llegaron a otras naciones, primero predicaron a los judíos que encontraron allí.
Los judíos eran los primogénitos y, por eso, tenían el privilegio de recibir primero esta oferta. No quedaron excluidos por haber dado muerte a Cristo. De hecho, después de su resurrección, él fue enviado primero a ellos, y ellos estaban destinados a ser los primeros en beneficiarse de su muerte.
También se nos dice para qué fue enviado Cristo. Fue enviado para bendecirlos, y ese era su propósito principal. No fue enviado primero para condenarlos, como merecían, sino para justificarlos; es decir, para declararlos justos delante de Dios si aceptaban el regalo ofrecido de la manera en que se les daba. Sin embargo, quien lo envía primero para bendecirlos también juzgará a quienes rechacen esa bendición.
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En Hechos 3:12, Pedro se encuentra frente al asombro de la gente después de que un hombre, conocido por su sufrimiento, comienza a caminar. La pregunta no niega el milagro; pone en su lugar la … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
En Hechos 3:12, Pedro se encuentra frente al asombro de la gente después de que un hombre, conocido por su sufrimiento, comienza a caminar. La pregunta no niega el milagro; pone en su lugar la fuente del poder. Pedro sabe que una obra de restauración puede despertar admiración, pero también puede convertirse en una ocasión para exaltar a quienes la presencian o participan en ella. Hay una humildad firme en sus palabras: ni el poder humano ni una supuesta santidad personal explican lo ocurrido. La atención se desplaza de los mensajeros hacia Dios, que actúa con misericordia y devuelve dignidad, movimiento y esperanza. El hombre sanado no es presentado como espectáculo, sino como una vida restaurada delante de la comunidad. Este versículo también reconoce algo muy humano: cuando sucede algo inesperado, buscamos una explicación visible y un responsable a quien admirar. Pedro interrumpe esa mirada para recordar que la gracia no es propiedad de nadie. El asombro puede ser legítimo, pero necesita dirección. La verdadera maravilla no termina en la fama de una persona, sino en el Dios que sostiene, levanta y transforma sin alimentar el orgullo de sus instrumentos.
Hechos 3:12 muestra a Pedro interpretando correctamente el milagro ocurrido en la puerta del templo. La multitud queda asombrada porque un hombre conocido por su discapacidad ahora camina, pero Pedro rechaza de inmediato una explicación … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
Hechos 3:12 muestra a Pedro interpretando correctamente el milagro ocurrido en la puerta del templo. La multitud queda asombrada porque un hombre conocido por su discapacidad ahora camina, pero Pedro rechaza de inmediato una explicación centrada en los seres humanos: ni su «poder» ni su «santidad» produjeron la sanidad. La distinción clave es entre ser instrumento y ser fuente. Pedro y Juan participaron en el momento, pero no reclamaron una capacidad sobrenatural propia ni presentaron su devoción como mérito capaz de obligar a Dios. La pregunta de Pedro también corrige una reacción común ante lo extraordinario: convertir al mensajero en el centro. En el contexto inmediato, el apóstol dirigirá la atención hacia el Dios de Israel y hacia Jesucristo, cuya autoridad está relacionada con la restauración del hombre. Por eso, el versículo no desprecia la santidad; más bien niega que la piedad humana pueda funcionar como poder independiente o como explicación suficiente del acto divino. El milagro es una señal que exige una interpretación teológica: Dios ha actuado, y sus siervos deben disminuir para que la gloria no se desvíe hacia ellos. La sobriedad de Pedro ofrece también un criterio para evaluar todo ministerio religioso: los dones visibles no deben reemplazar al verdadero centro, que es Dios obrando por medio de Cristo.
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Hechos 3:12 muestra a Pedro haciendo algo esencial después de un momento extraordinario: detiene la confusión y dirige la atención hacia Dios. La gente vio al hombre caminar y quiso explicar el milagro por el poder o la santidad de los apóstoles. Pedro corrige esa interpretación sin apropiarse del mérito. La fe bíblica no convierte a sus mensajeros en héroes intocables; reconoce que toda capacidad, oportunidad y restauración dependen de Dios. Esta perspectiva también aterriza en la vida cotidiana. Cuando una familia supera una crisis, cuando un trabajador logra algo difícil o cuando una comunidad encuentra esperanza, es fácil atribuirlo todo al esfuerzo humano. El esfuerzo importa, pero no es la historia completa. Pedro enseña una humildad activa: hacer el bien, usar los dones con responsabilidad y, al mismo tiempo, rechazar la necesidad de parecer indispensable. El pasaje también advierte contra la admiración mal enfocada. Las personas pueden fijarse tanto en el instrumento que olvidan al Dador. En resumen, el siguiente paso fiel no es buscar reconocimiento espiritual, sino señalar con honestidad a Cristo y servir sin convertir la bendición en una plataforma personal.
Hechos 3:12 revela una humildad que protege la verdad del milagro. Pedro ve el asombro del pueblo y no permite que la atención se quede en los instrumentos humanos. Ni su poder ni su santidad … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
Hechos 3:12 revela una humildad que protege la verdad del milagro. Pedro ve el asombro del pueblo y no permite que la atención se quede en los instrumentos humanos. Ni su poder ni su santidad personal podían producir lo ocurrido. La sanidad no era una demostración de capacidad espiritual, ni una recompensa por mérito; era una señal de la obra de Dios. Este versículo también desenmascara una tentación constante: convertir a quienes sirven a Dios en el centro de lo que Dios hace. Pedro no acepta una admiración que desplace al Señor. La verdadera autoridad espiritual no necesita apropiarse de la gloria; sabe señalar más allá de sí misma. Hay algo profundamente sobrio en sus palabras. La fe cristiana no depende de asombros inexplicables ni de la imagen impecable de sus mensajeros. Dios puede obrar mediante personas frágiles, y precisamente por eso la esperanza descansa en Él, no en la perfección humana. El milagro apunta a una realidad mayor: Jesús sigue siendo el autor de la vida y de la restauración. La eternidad cambia el peso del presente, porque cada obra de misericordia anuncia, aunque todavía parcialmente, la renovación que Dios traerá plenamente.
Aplicación para la restauración de la salud
En Hechos 3:12, Pedro desvía la atención de su propio poder y santidad. Esta respuesta ofrece una perspectiva saludable sobre la capacidad, el éxito y la recuperación: ningún logro depende exclusivamente de una sola persona. La psicología también reconoce la importancia de una atribución equilibrada, capaz de identificar esfuerzos personales sin ignorar el apoyo de Dios, la comunidad, las oportunidades y los profesionales.
Esta humildad bíblica no significa despreciarse ni negar los dones recibidos. Puede proteger contra la vergüenza, el perfeccionismo y la necesidad constante de demostrar valor. Para quienes viven con ansiedad, depresión o las secuelas de un trauma, recordar que la identidad no se reduce al rendimiento puede disminuir la autocrítica y favorecer la autocompasión. Al mismo tiempo, atribuir todo únicamente a la fe o a la fortaleza personal puede invalidar el dolor y retrasar la búsqueda de ayuda.
La salud emocional incluye reconocer límites, recibir apoyo y celebrar avances sin convertirlos en una medida del valor humano. La oración, la comunidad de fe y la terapia pueden complementar este proceso, especialmente cuando hay síntomas persistentes, aislamiento, desesperanza o dificultad para funcionar. La humildad de Pedro orienta la atención hacia una fuente de esperanza más grande que el ego, sin negar la responsabilidad ni la dignidad de la persona.
Aplicaciones erróneas comunes que debes evitar
Este versículo puede aplicarse mal cuando se usa para atribuir toda mejoría a la “santidad” de una persona, prometer sanidad física o sugerir que quien sigue enfermo carece de fe. Pedro no presenta a los apóstoles como fuentes de poder propio; dirige la atención a Dios y evita la exaltación personal. Por eso, también es una señal de alerta espiritualizar el sufrimiento, desalentar medicamentos o terapia, o presionar a alguien para que ignore síntomas, trauma, discapacidad o duelo. La positividad tóxica y la evasión espiritual pueden invalidar emociones reales y retrasar ayuda necesaria. Si hay depresión persistente, ansiedad intensa, trauma, abuso, pensamientos de hacerse daño o dificultad para funcionar, se necesita evaluación de un profesional de salud mental con licencia; la fe puede acompañar ese proceso, pero no sustituye la atención clínica ni la respuesta de emergencia.
Preguntas frecuentes
¿Por qué es importante Hechos 3:12?
¿Cuál es el contexto de Hechos 3:12?
¿Qué significa Hechos 3:12 sobre el poder y la santidad?
¿Cómo puedo aplicar Hechos 3:12 a mi vida?
¿Qué enseña Hechos 3:12 sobre los milagros y la fe?
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De este capítulo
Hechos 3:1
"Pedro y Juan subían juntos al templo a la hora de la oración, que era la hora novena."
Hechos 3:2
"Y llevaban a cierto hombre, cojo desde el vientre de su madre, a quien ponían cada día a la puerta del templo llamada la Hermosa, para pedir limosna a los que entraban en el templo."
Hechos 3:3
"Este, al ver que Pedro y Juan estaban a punto de entrar en el templo, les pidió una limosna."
Hechos 3:4
"Pedro, fijando los ojos en él junto con Juan, dijo: «Míranos»."
Hechos 3:5
"Él los miró con atención, esperando recibir algo de ellos."
Hechos 3:6
"Entonces Pedro dijo: «No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y camina»."
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