Versículo destacado

Hechos 22:3 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Yo soy verdaderamente un hombre judío, nacido en Tarso, ciudad de Cilicia, pero criado en esta ciudad a los pies de Gamaliel e instruido conforme a la manera perfecta de la ley de los padres. Era celoso de Dios, como todos ustedes lo son hoy. "

Hechos 22:3

menu_book El versículo en contexto

1 Varones, hermanos y padres, escuchen ahora mi defensa ante ustedes.

2 (Cuando oyeron que les hablaba en lengua hebrea, guardaron aún más silencio. Y él dijo:)

3 Yo soy verdaderamente un hombre judío, nacido en Tarso, ciudad de Cilicia, pero criado en esta ciudad a los pies de Gamaliel e instruido conforme a la manera perfecta de la ley de los padres. Era celoso de Dios, como todos ustedes lo son hoy.

4 Yo perseguí este Camino hasta la muerte, atando y entregando en prisiones tanto a hombres como a mujeres.

5 De esto también dan testimonio acerca de mí el sumo sacerdote y todo el consejo de ancianos. De ellos recibí también cartas para los hermanos y fui a Damasco con el fin de traer atados a Jerusalén a los que estaban allí, para que fueran castigados.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Pablo presenta este relato sobre sí mismo para mostrar dos cosas. Primero, que no era el egipcio con quien el oficial romano lo había confundido. Segundo, que no era enemigo del pueblo judío, de su ley ni de su templo, como ellos suponían. También quería que entendieran que su predicación acerca de Cristo, especialmente entre los gentiles, procedía de un encargo divino: un llamado directo de parte de Dios.

Comienza explicando sus antecedentes y su educación. Era judío de nacimiento, descendiente de Israel y de Abraham, hebreo entre hebreos. No provenía de una familia desconocida ni era un extranjero que se hubiera vuelto contra su propio pueblo. En otras palabras, era verdaderamente uno de ellos, y no debían tratarlo como a un extranjero ni como a una bestia.

Pablo también había nacido en Tarso, una ciudad de Cilicia, y desde su nacimiento era ciudadano libre de allí. No había nacido esclavo, como probablemente les ocurrió a algunos judíos de la dispersión. Esto no era algo de lo que presumir, pero en ese momento tenía importancia, porque la gente lo menospreciaba y lo trataba como si no valiera nada, como a los hijos de necios y gente vil (Job 30:8).

También había recibido una educación sólida. Se había criado en Jerusalén, el principal centro de la enseñanza judía, y había estudiado a los pies de Gamaliel, un maestro reconocido de la ley judía. Por eso no podían acusarlo de ignorar la ley por no entenderla. Sus padres lo habían llevado a Jerusalén cuando era joven, con la intención de prepararlo para la vida de un fariseo. Algunos piensan que la expresión «a los pies de Gamaliel» significa que no solo era su alumno, sino que asistía con atención y fidelidad, deseoso de aprender de él.

En sus primeros años, Pablo estaba profundamente dedicado a la religión judía. Sus estudios y toda su formación estaban orientados en esa dirección. No había sido criado con rechazo hacia las costumbres judías. De hecho, ninguno de los jóvenes que estaban allí era más dedicado a esas cosas, más estricto en obedecerlas ni más entusiasta en exigir que otros las cumplieran.

También era un seguidor inteligente de esa religión, con una mente clara. Había sido instruido conforme a la manera exacta de la ley de sus antepasados, es decir, según las tradiciones transmitidas por las generaciones anteriores. Cualquier cambio que hiciera después no se debió a que hubiera entendido mal la ley. La comprendía muy bien y con gran precisión. No se había formado entre pensadores liberales o despreocupados. Pertenecía al grupo más estricto y valoraba las tradiciones antiguas y la autoridad de la iglesia tanto como cualquier otra persona.

Además, era un seguidor fervoroso, con un corazón apasionado y activo. Dice: «Yo era celoso de Dios, como todos ustedes lo son hoy». Muchas personas conocen bien la religión en teoría, pero dejan que otros la practiquen. Pablo no era así. Se oponía con fervor a todo lo que la ley prohibía y defendía todo lo que exigía, porque sinceramente creía que estaba sirviendo al honor y a los intereses de Dios. Aquí habla con bondad a sus oyentes al decirles que ellos también eran celosos de Dios, aunque su celo no se basaba en un conocimiento verdadero (Romanos 10:2). Aunque estaban actuando injustamente contra él, todavía decían: «Sea glorificado el Señor» (Isaías 66:5). Eso no justificaba su furia, pero sí mostraba que actuaban por ignorancia, lo cual dejaba lugar para orar por su perdón.

Luego Pablo pasa a hablar de su vida anterior como perseguidor violento de la fe cristiana, como se relata en Hechos 22:4-5. Menciona esto para dejar claro que su conversión fue obra de Dios únicamente. No tenía ninguna inclinación natural hacia el cristianismo, ningún pensamiento favorable hacia él ni un interés secreto en esa fe. Justo antes de su cambio, la odiaba profundamente y estaba lleno de furia contra ella. También pudo estar recordándoles que, aunque el trato que le daban era injusto, Dios seguía siendo justo al permitirlo, pues hubo un tiempo en que el propio Pablo había sido perseguidor. Y quizá esperaba animarlos a arrepentirse, porque él había sido blasfemo y perseguidor, y aun así recibió misericordia.

Pablo dice que persiguió «este Camino hasta la muerte», es decir, trató, si le era posible, de causar la muerte de quienes seguían a Cristo. Lanzaba amenazas y asesinatos contra ellos (Hechos 9:1), y cuando mataban a los creyentes, él daba su voto en contra de ellos (Hechos 26:10). No solo estaba en contra de las personas que seguían este Camino, sino también del Camino mismo: la fe cristiana, que era despreciada como una simple secta. Quería eliminarla por completo. Incluso habría estado dispuesto a morir oponiéndose al cristianismo, si eso hubiera servido para defender las leyes y tradiciones de sus antepasados.

También hizo todo lo posible para atemorizar a la gente y apartarla de este Camino, arrestando y encarcelando tanto a hombres como a mujeres. Llenó las cárceles de cristianos.

Ahora que el propio Pablo estaba encadenado, da especial énfasis a esta parte de su culpa: él había encadenado a los cristianos y los había llevado a la cárcel. También recuerda sus acciones con profundo pesar, porque no solo había encarcelado a hombres, sino también a mujeres, el sexo más débil, que debía recibir un trato especial de ternura y misericordia.

Dice que el gran Sanedrín, el sumo sacerdote y todo el cuerpo de los ancianos lo utilizaron como instrumento para aplastar a este nuevo grupo de creyentes. Para entonces, ya se había hecho conocido por su feroz celo contra ellos (Hechos 22:5). El sumo sacerdote podía dar testimonio de que Pablo estaba dispuesto a realizar cualquier tarea contra los cristianos. Cuando supieron que muchos judíos en Damasco habían aceptado la fe cristiana, decidieron actuar con la mayor severidad para atemorizar a otros y evitar que hicieran lo mismo.

Por eso no pudieron pensar en un hombre más adecuado para esa misión que Pablo. Lo enviaron con cartas a los judíos de Damasco, llamados aquí hermanos porque compartían la misma ascendencia y, en cierto sentido, también una misma familia religiosa. Las cartas les ordenaban ayudar a Pablo a arrestar a cualquiera de ellos que se hubiera hecho cristiano y llevar a esos prisioneros a Jerusalén, para que fueran castigados como personas que habían abandonado la fe y la adoración del Dios de Israel. La intención era obligarlos a renunciar a su fe o matarlos como advertencia para los demás.

De esta manera, Saulo estaba destruyendo a la iglesia. Si hubiera continuado mucho tiempo más, quizá la habría destruido por completo. En efecto, Pablo está diciendo: «Yo antes era exactamente como ustedes ahora. Conozco el corazón de un perseguidor, por eso me compadezco de ustedes y oro para que lleguen a conocer el corazón de un convertido, como Dios pronto hizo que yo lo conociera. ¿Y quién era yo para resistirme a Dios?».

Luego explica cómo fue convertido y llegó a ser lo que ahora era. No ocurrió por alguna causa natural o externa. No cambió de religión porque amara las novedades, pues en aquel entonces estaba tan dedicado a las tradiciones antiguas como siempre. Tampoco fue porque se hubiera decepcionado de sus expectativas de progreso, ya que entonces se encontraba más que nunca en el camino del ascenso dentro de la iglesia judía. Mucho menos lo hizo por avaricia, ambición o alguna esperanza de mejorar su vida en este mundo al hacerse cristiano, pues esa decisión le trajo deshonra y sufrimiento. Tampoco había hablado con los apóstoles ni con otros cristianos, así que nadie podía decir que lo habían convencido mediante argumentos ingeniosos o presión.

No, esto fue obra del Señor. La manera en que ocurrió era suficiente para defenderlo, si una persona cree en el poder sobrenatural. Nadie podía condenarlo justamente por ello sin poner también en duda el poder de Dios mismo. Aquí cuenta los detalles, como ya lo había hecho antes (capítulo 9), para mostrar que todo fue obra de Dios.

Justo antes de que Cristo lo detuviera, Pablo estaba completamente decidido a perseguir a los cristianos. Iba de camino y casi había llegado a Damasco (Hechos 22:6). No pensaba en otra cosa que en cumplir la cruel misión que le habían encomendado. No sentía la menor compasión por aquellos pobres cristianos; todavía los consideraba falsos maestros, rebeldes y peligrosos enemigos tanto de la iglesia como del Estado.

Entonces una luz del cielo lo sobresaltó primero: una luz intensa que resplandeció de repente a su alrededor. Los judíos sabían que Dios es luz y que sus ángeles son ángeles de luz. Una luz como esta, que brillaba al mediodía con más intensidad que el sol, tenía que proceder de Dios. Si hubiera aparecido en una habitación privada, la gente podría haber sospechado que era un engaño. Pero resplandeció sobre él en el camino abierto, a plena luz del día, y con tal fuerza que lo derribó al suelo (Hechos 22:7), junto con quienes lo acompañaban (Hechos 26:14). No podían negar que el Señor estaba verdaderamente en aquella luz.

Entonces una voz del cielo dirigió por primera vez sus pensamientos hacia Jesucristo, cuando antes solo había tenido pensamientos llenos de odio y hostilidad contra él. La voz lo llamó por su nombre para distinguirlo de los demás que iban por el camino: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». Cuando preguntó: «¿Quién eres, Señor?», recibió esta respuesta: «Yo soy Jesús de Nazaret, a quien tú persigues» (Hechos 22:8). Esto mostró que Jesús de Nazaret, a quien ellos estaban atacando en ese momento, era quien hablaba desde el cielo. Ellos sabían que era peligroso resistirse a alguien que hablaba desde allí (Hebreos 12:25).

Pablo también responde a la posible objeción: «¿Cómo es que esta luz y esta voz lo cambiaron a él, pero no a los demás que lo acompañaban?». Aunque es muy probable que el acontecimiento también los haya afectado, y que algunos de ellos después se hayan hecho cristianos, Pablo dice que sus compañeros vieron la luz y tuvieron miedo de que un fuego del cielo los destruyera. Tal vez sus propias conciencias les advertían que iban por un mal camino, como le ocurrió a Balaam cuando iba a maldecir a Israel. Quizá esperaban encontrarse con un ángel con una espada encendida. Pero, aunque la luz los aterrorizó, no escucharon la voz que le habló a Pablo; es decir, no entendieron claramente las palabras.

La fe viene por el oír, y por eso ese cambio se produjo de inmediato en Pablo: él escuchó las palabras y supo que estaban dirigidas a él. Ese no fue el caso de quienes solo vieron la luz. Aun así, es posible que más adelante esa misma gracia también haya obrado en ellos.

Pablo también dice que, al quedar aturdido, se entregó por completo a la dirección divina. No dijo de inmediato: «Seré cristiano». Más bien preguntó: «¿Qué debo hacer, Señor?». Le pidió a la misma voz del cielo que lo había detenido en el camino equivocado que lo guiara por el camino correcto (Hechos 22:10). Con «Señor» quiso decir: «Dime qué debo hacer y lo haré».

De inmediato se le dijo que fuera a Damasco, donde recibiría más instrucciones de Aquel que le estaba hablando. El cielo no necesitaba decirle más. Allí, por medio de un hombre como él, recibiría en el nombre del Señor todo lo que se le había asignado hacer. Las formas especiales de revelación —por medio de visiones, voces y ángeles— tenían como propósito, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, iniciar y confirmar la forma establecida de las Escrituras y del ministerio. Una vez establecidos estos medios, las formas extraordinarias normalmente dejaron de usarse. El ángel no les predicó personalmente a Cornelio y a los suyos, sino que le indicó que enviara a buscar a Pedro. De la misma manera, aquí la voz no le dice todo a Pablo, sino que le ordena ir a Damasco, donde se le explicaría.

Como prueba del poder de aquella luz, Pablo les cuenta lo que hizo con su vista (Hechos 22:11): «No podía ver a causa del resplandor de aquella luz». Por un tiempo, la luz lo dejó ciego. Su resplandor había abrumado sus ojos.

Las personas condenadas por su pecado quedan cegadas por el poder de las tinieblas, como les ocurrió a los habitantes de Sodoma y a los egipcios. Esa ceguera permanece, como la ceguera de los judíos incrédulos. Pero los pecadores convencidos quedan ciegos, como Pablo aquí, no por las tinieblas, sino por la luz. Por un tiempo, son llevados a un punto en el que no pueden entenderse a sí mismos; pero esto sucede para que después puedan ser llevados a la luz. Es como el barro que se puso sobre los ojos del ciego: aquello mismo fue el medio por el que recibió la sanidad.

Los hombres que acompañaban a Pablo no recibieron la luz directamente en el rostro como él, así que no quedaron ciegos. Sin embargo, al ver cómo terminaron las cosas, ¿quién no habría preferido la suerte de Pablo antes que la de ellos? Ellos todavía podían ver y lo llevaron de la mano hasta la ciudad. Pablo, como fariseo, se había sentido orgulloso de su propia visión espiritual. En cierta ocasión, los fariseos preguntaron: «¿Acaso nosotros también somos ciegos?» (Juan 9:40). Estaban convencidos de que eran guías de los ciegos y luz para los que estaban en oscuridad (Romanos 2:19). Ahora Pablo quedó físicamente ciego para que sintiera su ceguera espiritual y corrigiera su error acerca de sí mismo, cuando pensaba que estaba vivo sin la ley (Romanos 7:9).

IV. Ananías confirmó el cambio que Pablo había experimentado y le dio más instrucciones sobre lo que debía hacer. Ananías vivía en Damasco. Observemos primero la descripción que aquí se hace de él. No estaba en contra de la nación judía ni de su religión; él mismo era un hombre devoto conforme a la ley. Si no había nacido judío, se había convertido al judaísmo, y por eso era llamado devoto. Después había llegado a tener fe en Cristo. Se comportaba tan bien que todos los judíos que vivían en Damasco hablaban bien de él. Este fue el primer cristiano con quien Pablo tuvo un trato amistoso, y no era probable que Ananías le inculcara ideas que perjudicaran la ley o este lugar santo.

En segundo lugar, observemos la sanidad que de inmediato trajo a los ojos de Pablo. Este milagro tenía el propósito de confirmar que Ananías había sido enviado a Pablo y de hacer más confiable todo lo que después le diría. Ananías se acercó a él (Hechos 22:13) y, para asegurarle a Pablo que venía de Cristo —el mismo que lo había herido y que ahora lo sanaría, el que le había quitado la vista y se la devolvería—, se puso a su lado y le dijo: «Hermano Saulo, recibe la vista». El poder acompañó esas palabras. En ese mismo instante, Pablo recuperó la vista, lo miró y quedó listo para recibir las instrucciones que Dios le enviaba por medio de Ananías.

En tercer lugar, observemos el mensaje que Ananías le dio acerca del favor especial que el Señor Jesús tenía reservado para él, por encima de otros. Al manifestarse ahora a Pablo, le dijo: «El Dios de nuestros padres te ha escogido» (Hechos 22:14). Este llamamiento poderoso procedía de una elección especial. Al llamar a Dios «el Dios de nuestros padres», Ananías muestra que era judío de nacimiento, alguien que guardaba la ley de los padres y vivía apoyado en la promesa hecha a ellos. También explica por qué llamó a Pablo «Hermano Saulo». El Dios de nuestros padres había escogido a Pablo con este propósito: primero, para que conociera la voluntad de Dios, tanto la voluntad expresada en sus mandamientos —lo que Pablo debía hacer— como la voluntad de su providencia —lo que le sucedería—. Dios lo escogió para que conociera esto de una manera especial, no por medio de un ser humano ni a través de un ser humano, sino directamente por la revelación de Cristo (Gálatas 1:1, Gálatas 1:12). A quienes Dios escoge, los escoge para que conozcan su voluntad y la cumplan.

También lo escogió para que viera al Justo y escuchara la voz que salía de su boca, y así conociera directamente de él la voluntad de Dios. Este fue un honor especial que Pablo recibió por encima de otros: ver a Cristo en la tierra después de que Cristo hubiera subido al cielo. Esteban lo vio de pie a la derecha de Dios, pero Pablo lo vio de pie a la derecha de Dios. Nadie más recibió ese honor. Esteban lo vio, pero no leemos que escuchara la voz que salía de su boca como la escuchó Pablo. Pablo dice que Cristo se le apareció a él al final, como a alguien nacido fuera de tiempo (1 Corintios 15:8). Aquí se llama a Cristo el Justo porque es Jesucristo el justo, quien sufrió injustamente. Quienes Dios escoge para conocer su voluntad deben mantener la mirada puesta en Cristo, verlo y escuchar su voz. Por medio de Cristo, Dios nos ha dado a conocer su voluntad y su buena voluntad para con nosotros, y ha dicho: «Escúchenlo».

En cuarto lugar, observemos la obra que Cristo realizaría después por medio de Pablo en favor de otros (Hechos 22:15). «Serás su testigo», le dijo Ananías. Pablo no sería solamente una señal viva de la gracia de Cristo, como una columna, sino también un testigo que hablaría de él. Debía anunciar el evangelio de Cristo como alguien que había experimentado su poder y había sido transformado por él. Sería su testigo ante todas las personas, tanto gentiles como judíos, de lo que había visto y oído desde el principio. Puesto que Pablo relató con frecuencia esta historia al defenderse aquí y en el capítulo 26, es razonable pensar que también usaba a menudo el mismo relato al predicar para conducir a otros a la fe. Les contaba lo que Dios había hecho en su alma, para animarlos a esperar que Dios también hiciera algo en la de ellos.

En cuarto lugar, observemos el consejo y el ánimo que Ananías le dio para unirse al Señor Jesús por medio del bautismo (Hechos 22:16). «Levántate y bautízate». Pablo había sido dedicado a Dios mediante la circuncisión, pero ahora debía entregarse a Dios en Cristo por medio del bautismo. Debía abrazar la fe cristiana y sus bendiciones, y al mismo tiempo someterse a sus mandamientos. Esto debía hacerse inmediatamente después de su conversión, y por eso se añadió a su circuncisión. Para los hijos de los creyentes, el bautismo ocupa ahora el lugar de la circuncisión. Así como la circuncisión fue para Abraham y para sus hijos creyentes, el bautismo es un sello de la justicia que se recibe por la fe.

La gran bendición del evangelio que recibimos y queda sellada en el bautismo es el perdón de los pecados: «Bautízate y lava tus pecados». Esto significa recibir el consuelo de que tus pecados son perdonados por medio de Jesucristo y aferrarte a su justicia con ese fin. También significa recibir poder contra el pecado, para que tu naturaleza corrupta sea sometida a muerte. Nuestro lavamiento incluye tanto ser declarados justos delante de Dios como ser santificados (1 Corintios 6:11). Así que bautízate, pero no descanses solamente en la señal. Asegúrate de tener aquello a lo que la señal apunta: el lavamiento de la inmundicia del pecado.

El gran deber del evangelio al que el bautismo nos compromete es invocar el nombre del Señor, el Señor Jesús. Debemos reconocerlo como nuestro Señor y Dios, y acercarnos a él de acuerdo con esa verdad. Debemos honrarlo y poner en sus manos todas nuestras peticiones. Invocar el nombre de Jesucristo nuestro Señor diciendo: «Hijo de David, ten misericordia de nosotros» es una manera breve de describir a un cristiano (1 Corintios 1:2). Debemos lavar nuestros pecados mientras invocamos el nombre del Señor. Es decir, debemos buscar el perdón de los pecados en el nombre de Cristo, dependiendo de él y de su justicia. En la oración, ya no debemos pensar en Dios solamente como el Dios de Abraham, sino como el Padre de nuestro Señor Jesucristo y, en él, nuestro Padre. En cada oración, nuestros ojos deben estar puestos en Cristo.

Necesitamos actuar con prontitud. ¿Por qué demorarnos? Nuestro pacto con Dios en Cristo es una obligación necesaria y no debemos posponerla. El asunto es suficientemente claro; no hay necesidad de debatirlo. Y el peligro es suficientemente grande como para que esperar sea una insensatez. ¿Por qué no hacer ahora lo que algún día tendremos que hacer, o de lo contrario estaremos perdidos?

Luego Pablo explica que fue enviado a predicar el evangelio a los gentiles, es decir, a los que no eran judíos. Esta era la razón principal por la que sus oyentes estaban enojados con él, así que necesitaba mostrar que había recibido un mandato claro de parte de Dios. Dice que recibió ese mandato mientras oraba y le pedía a Dios que le asignara su obra y le mostrara su camino. Estaba orando en el templo, el lugar llamado casa de oración para todos los pueblos, un lugar donde todos debían orar y por todos se debía orar. Su oración allí demostraba, en contra de la acusación maliciosa de ellos, que respetaba el templo, aunque no lo trataba como un ídolo. El hecho de que Dios le diera allí esta comisión también mostraba que enviarlo a los gentiles no perjudicaría al templo, a menos que la incredulidad de los judíos lo convirtiera en un motivo de conflicto.

Más adelante, Pablo obtendría fuerzas al recordar que había recibido este mandato mientras oraba. Lo recibió en una visión. Cayó en un trance; es decir, sus sentidos externos quedaron suspendidos por un tiempo y entró en un estado de éxtasis, como cuando fue llevado hasta el tercer cielo (Hechos 22:17). En esa visión vio a Jesucristo, no con los ojos del cuerpo como en el momento de su conversión, sino con los ojos de su mente (Hechos 22:18). Dice: «Lo vi hablándome». Cuando recibimos la palabra de Dios, nuestros ojos deben estar fijos en Cristo. No solo debemos oírlo hablar, sino también ver por fe que él nos está hablando.

Antes de darle a Pablo su misión entre los gentiles, Cristo le dijo que sería inútil intentar hacer el bien en Jerusalén. Por eso, la responsabilidad por su ministerio entre los gentiles no podía atribuirse a él, sino a quienes lo rechazaban. Pablo había llegado a Jerusalén con la esperanza de que, por la gracia de Dios, pudiera llevar a Cristo a algunos que se habían resistido a los otros apóstoles. Incluso pudo haber orado para que, puesto que había sido instruido en Jerusalén y era bien conocido allí, pudiera atraer a Cristo a más de los habitantes de Jerusalén. Pero Cristo anuló los planes que Pablo había hecho. «Sal pronto de Jerusalén», le dijo, porque, aunque Pablo pensaba que allí tendría la mejor oportunidad, descubriría que serían más hostiles con él que con cualquier otra persona. No aceptarían su testimonio acerca de Cristo. Dios ya sabe quién recibirá el evangelio y quién lo rechazará.

Pablo aun así pidió ser usado en Jerusalén, porque esas personas sabían mejor que nadie cómo había sido antes de su conversión. Razonaba que tendrían que ver el poder de la gracia en un cambio semejante y, por eso, debían prestar mucha atención a su testimonio. Le dijo al Señor que ellos sabían que antes había compartido sus mismas ideas; que había sido uno de los enemigos más encarnizados de los creyentes en Cristo; que había incitado contra ellos a las autoridades civiles, los había encarcelado y también había usado contra ellos la disciplina de las sinagogas. Añadió que sabían que él había estado presente cuando apedrearon a Esteban, el primer mártir cristiano, y que había aprobado su muerte al cuidar la ropa de los hombres que lo mataron. Pablo pensaba que, si aparecía entre ellos predicando el mismo mensaje que Esteban había predicado y por el cual había muerto, seguramente lo escucharían. Pero Cristo respondió que no lo harían. De hecho, se enfurecerían aún más contra él, porque lo considerarían un desertor de su antigua manera de pensar, que contra otros a quienes veían simplemente como personas ajenas.

Así que la petición de Pablo de predicar en Jerusalén fue negada, y recibió en cambio el mandato firme de ir a los gentiles: «Vete, porque yo te enviaré lejos, a los gentiles» (Hechos 22:21). Dios a menudo responde las oraciones de su pueblo, pero no exactamente de la manera en que se lo pidieron. Él da algo mejor. En una ocasión, Abraham oró: «¡Ojalá Ismael viva delante de ti!», y Dios le respondió con Isaac. Aquí Pablo oró para poder ganar almas en Jerusalén, pero Cristo le dijo que serviría entre los gentiles y que vendrían más hijos de la «mujer desamparada» que de la mujer casada. Dios es quien asigna tanto la obra como el lugar de servicio de sus obreros, y ellos deben aceptar su elección, aun cuando contradiga sus propios deseos.

Pablo anhelaba Jerusalén. Para él, predicar allí era la cumbre de su ambición. Pero Cristo tenía planes mayores para él. No se limitaría a edificar sobre la obra de otros apóstoles, como algunos lo habían hecho (Juan 4:38). Abriría camino en nuevos lugares y predicaría donde Cristo aún no había sido anunciado (Romanos 15:20). La providencia suele disponer las cosas mejor de lo que nosotros las planeamos, así que debemos confiar en su dirección. Dios escoge nuestra herencia por nosotros. Pablo tampoco fue enviado a los gentiles por su propia autoridad. Cristo dijo: «Yo te enviaré». Y si Cristo envía a una persona, su Espíritu va con ella, la sostiene, la lleva adelante y le permite ver el fruto de su trabajo. Pablo no debía aferrarse a Jerusalén, porque tenía otro llamado y una obra diferente. Esto también disminuía en cierta medida la ofensa para los judíos, porque él no estaba estableciendo iglesias gentiles cerca de ellos, en su propio territorio. Otros trabajaban en los alrededores, pero él había sido enviado lejos, a lugares distantes, donde su labor no podía verse como una amenaza directa para ellos.

Si hubieran considerado todo esto en conjunto, habrían comprendido que no tenían razón para enojarse con Pablo por predicar a los gentiles. Tampoco debían tratarlo como si quisiera hacerle daño a su propio pueblo. Había sido impulsado a realizar esa obra, contra sus propios deseos, por un mandato del cielo que tenía autoridad sobre él.

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