Versículo destacado
Hechos 20:17 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Desde Mileto envió a Éfeso y llamó a los ancianos de la iglesia. "
Hechos 20:17
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
15 Zarpamos de allí y al día siguiente llegamos frente a Quío; al otro día llegamos a Samos y permanecimos en Trogilio; y al día siguiente llegamos a Mileto.
16 Pablo había decidido navegar de largo junto a Éfeso porque no quería pasar tiempo en Asia, pues se apresuraba para estar en Jerusalén el día de Pentecostés, si le era posible.
17 Desde Mileto envió a Éfeso y llamó a los ancianos de la iglesia.
18 Cuando llegaron adonde él estaba, les dijo: Ustedes saben cómo me he comportado con ustedes todo el tiempo, desde el primer día en que llegué a Asia,
19 sirviendo al Señor con toda humildad, con muchas lágrimas y con pruebas que me sobrevinieron por las emboscadas de los judíos;
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Cuando Pablo y sus compañeros llegaron a Mileto, parece que el barco permaneció allí a la espera de él y se movió conforme a sus planes. Pablo se quedó el tiempo suficiente para enviar por los ancianos de la iglesia de Éfeso y pedirles que se reunieran con él. Si hubiera subido a Éfeso, probablemente le habría sido imposible marcharse, porque ellos, movidos por el cariño, habrían tratado de retenerlo.
Algunos piensan que estos ancianos, o presbíteros, eran los doce hombres que habían recibido el Espíritu Santo por medio de Pablo (Hechos 19:6). Pero también es probable que Timoteo hubiera designado allí a otros ancianos para servir a esa iglesia y a la región que la rodeaba. Pablo los mandó llamar para instruirlos y animarlos a perseverar en la obra que habían emprendido. Lo que les dijo también ayudaría a las personas que estaban bajo su cuidado.
Este fue un mensaje de despedida muy conmovedor y práctico por parte de Pablo, y muestra el excelente espíritu de este buen hombre. Primero, apeló a lo que ellos sabían de su vida y de su enseñanza durante todo el tiempo que había estado en Éfeso y sus alrededores (Hechos 20:18). En efecto, les dijo: «Ustedes saben cómo viví entre ustedes y cómo llevé a cabo la obra de un apóstol». Lo dijo para confirmar su llamado y, junto con este, la verdad del mensaje que había predicado. Todos lo conocían como un hombre serio, bondadoso y centrado en el cielo, no como un engañador egoísta semejante a los falsos maestros. No habría podido continuar con tanta constancia en el servicio y el sufrimiento si la gracia de Dios no hubiera estado obrando en él.
También señaló su propia conducta para enseñarles, pues ahora la obra quedaría en sus manos. Les estaba diciendo: «Ustedes saben cómo viví entre ustedes. De la misma manera, vivan entre quienes Dios les ha confiado» (Filipenses 4:9). Todo lo bueno que habían visto en él debían imitarlo también.
Su espíritu y su conducta eran excelentes y dignos de imitar. Ellos sabían cómo había vivido entre ellos, con sencillez y sinceridad piadosa (2 Corintios 1:12), con santidad, justicia, integridad, ternura y bondad (1 Tesalonicenses 2:7, 1 Tesalonicenses 2:10). Desde el primer día que llegó a Asia, su vida había sido consecuente en todo momento. Nadie podía criticar con justicia la manera en que se presentó ante ellos. Desde el principio demostró que no solo pretendía hacer lo correcto, sino también hacer el bien dondequiera que fuera. Era la misma persona en toda circunstancia: firme y confiable, sin cambiar según la gente que lo rodeaba o según las circunstancias.
Había decidido dedicarse a servir al Señor, promover el honor de Dios y procurar el bien de Cristo y de su reino entre ellos. No vivía para servirse a sí mismo, agradar a la gente ni seguir sus deseos y estados de ánimo. No era un hombre que cambiara con los tiempos. Más bien, vivía verdaderamente como «siervo de Jesucristo» (Romanos 1:1).
También realizaba su trabajo con toda humildad, es decir, con un espíritu dispuesto a acercarse a los demás, con modestia y sin centrarse en sí mismo. Aunque Dios lo había honrado grandemente y lo había usado para hacer mucho bien, nunca actuaba como si estuviera por encima de los demás ni mantenía a la gente a distancia. Hablaba con libertad y calidez tanto con los más humildes como con los más importantes, siempre que eso pudiera ayudarles. Estaba dispuesto a asumir cualquier servicio y a hacer que tanto él como su trabajo fueran lo más accesibles posible. Quienes desean servir bien al Señor y ayudar bien a los demás deben hacerlo con humildad (Mateo 20:26, Mateo 20:27).
También había sido tierno, afectuoso y compasivo con ellos. Servía al Señor con muchas lágrimas. En esto, Pablo se parecía a su Maestro, quien con frecuencia se caracterizó por sus lágrimas. Pablo lloraba al orar y suplicaba con fervor (Oseas 12:5). También lloraba al predicar, pues volvía a advertirles lo que ya les había anunciado, incluso mientras lloraba (Filipenses 3:18). Aunque solo los había conocido por poco tiempo, sentía una preocupación tan profunda por ellos que lloraba con los que lloraban y compartía sus tristezas. Esa compasión hizo que ellos lo amaran profundamente.
También enfrentó muchas dificultades entre ellos. Continuó trabajando en medio de una fuerte oposición, de numerosas tentaciones y de pruebas que ponían a prueba su paciencia y su valor. En ocasiones, esas presiones fueron tan pesadas que quizá lo tentaron, como a Jeremías, a decir que ya no hablaría en el nombre del Señor (Jeremías 20:8, Jeremías 20:9). Esos problemas venían de los judíos, que siempre estaban al acecho y tramaban contra él. Son siervos fieles del Señor quienes continúan sirviéndolo en medio del peligro y las dificultades, y se preocupan más por agradar a su Maestro que por evitar a sus enemigos. En parte, las lágrimas de Pablo surgían de estas pruebas, porque el sufrimiento a menudo profundiza el afecto santo.
Su predicación también era fiel, como debía serlo (Hechos 20:20, Hechos 20:21). Había ido a Éfeso para predicar el evangelio de Cristo, y había sido fiel tanto a ellos como a quien lo había enviado. Era un predicador claro, que hablaba de modo que la gente pudiera entenderlo. Esto se ve en las palabras «les he mostrado» y «les he enseñado». No llenaba la mente de sus oyentes con ideas elegantes para luego dejarlos perdidos en la confusión. Más bien, les mostraba las verdades sencillas del evangelio, verdades de enorme importancia y valor, y se las enseñaba como quien enseña a los niños. Les mostraba el camino correcto hacia la felicidad y les enseñaba cómo caminar por él.
También era un predicador poderoso, como lo demuestra el hecho de que daba testimonio ante ellos. Hablaba como un hombre bajo juramento, plenamente convencido de la verdad de lo que decía y deseoso de persuadirlos. No predicaba como un vendedor ambulante que grita noticias sin preocuparse por saber si son verdaderas o falsas. Predicaba como un testigo serio en un tribunal, con profunda preocupación y completa honestidad. La predicación de Pablo era un testimonio a favor de ellos si la recibían, pero un testimonio contra ellos si la rechazaban.
También era un predicador útil. En todo lo que decía, buscaba hacerles bien a quienes lo escuchaban. Procuraba lo que les ayudara, lo que los hiciera más sabios y mejores, y lo que moldeara su mente y su vida de una manera más recta.
Predicaba cosas provechosas, cosas que llevaban luz, calor y poder divinos al alma de las personas. No basta con evitar predicar lo que hace daño, lo que conduce al error o lo que endurece a la gente en el pecado. También debemos predicar lo que ayuda. Pablo quería anunciar lo que fuera útil, no simplemente lo que les gustara, y quería agradarles solo con el propósito de hacerles bien. Dios dice que enseña a su pueblo lo que le conviene (Isaías 48:17). Quienes enseñan de parte de Dios enseñan a las personas lo que las ayuda a crecer.
Pablo también era un predicador diligente. Trabajaba con empeño y no se cansaba. Predicaba en público y de casa en casa. Cuando tenía la oportunidad de predicar ante una gran reunión, no se quedaba escondido en un rincón. Cuando hacía falta brindar atención personal, no se limitaba a las reuniones públicas. No tenía miedo ni vergüenza de predicar el evangelio en público, ni tampoco se negaba a desgastarse en visitas privadas cuando eran necesarias. Predicaba públicamente al rebaño reunido en los pastos abiertos y recorría las casas para buscar a quienes estaban débiles o se habían alejado. No pensaba que una clase de ministerio lo excusara de realizar la otra.
En las visitas privadas, los ministros deben conversar sobre las mismas verdades que enseñaron en público. Deben repetirlas, hacerlas llegar al corazón y explicarlas cuando sea necesario. También deben preguntar: «¿Han entendido todas estas cosas?». Sobre todo, deben ayudar a las personas a aplicar la verdad a su propia vida y a sus circunstancias.
Pablo también era fiel. No solo predicaba lo que era útil, sino todo lo que consideraba que podía ser útil. No se guardaba nada, aunque eso le exigiera más trabajo o hiciera que algunas personas lo rechazaran. No se negaba a predicar nada que pudiera ayudar, aunque no fuera popular ni todos lo aceptaran. No evitaba las reprensiones necesarias por temor a ofender a la gente. No ocultaba la predicación de la cruz, aunque sabía que era una piedra de tropiezo para los judíos y una insensatez para los griegos. Más adelante, algunos misioneros romanos en China actuaron de manera diferente.
También era un predicador para toda clase de personas. Dio testimonio tanto a los judíos como a los griegos. Había nacido y se había criado como judío, amaba profundamente a su propio pueblo y había sido educado con el prejuicio judío contra los gentiles. Aun así, no limitó su obra a los judíos ni evitó a los gentiles. Predicaba a los gentiles con la misma disposición que a los judíos y hablaba libremente con ellos. Por otro lado, aunque había sido llamado a ser apóstol de los gentiles y los judíos lo odiaban por esa razón, no abandonó a los judíos. Ellos con frecuencia lo habían tratado mal, y en Éfeso todavía conspiraban contra él, pero aun así siguió trabajando por su bien. Los ministros deben predicar el evangelio sin favoritismos, porque sirven a Cristo para beneficio de toda la iglesia.
Pablo era también un predicador verdaderamente cristiano, centrado en el evangelio. No predicaba filosofía, debates dudosos, política ni asuntos de Estado. Predicaba la fe y el arrepentimiento, los dos grandes dones y deberes del evangelio, y los proclamaba en toda oportunidad. Predicaba el arrepentimiento para con Dios. Quienes se han alejado de Dios por causa del pecado y avanzan cada vez más lejos de él, rumbo a una separación interminable, deben volver a él con un arrepentimiento verdadero. Arrepentirse significa volver la mirada hacia Dios, darse la vuelta hacia él, avanzar hacia él y apresurarse a acudir a él. Pablo predicaba el arrepentimiento como un mandato de Dios (Hechos 17:30), que las personas deben obedecer, y como un don de Cristo para el perdón de los pecados (Hechos 5:31). Dirigía a las personas a Cristo para recibirlo.
También predicaba la fe en nuestro Señor Jesucristo. Por medio del arrepentimiento debemos mirar a Dios como nuestra meta, y por medio de la fe debemos mirar a Cristo como el camino hacia Dios. Mediante el arrepentimiento debemos abandonar el pecado y, mediante la fe, confiar en Cristo para recibir el perdón. El arrepentimiento para con Dios no es suficiente por sí solo. También debemos tener una fe verdadera en Cristo como nuestro Redentor y Salvador, recibiéndolo como nuestro Señor y nuestro Dios. Nadie puede acercarse a Dios, como el hijo pródigo arrepentido se acerca a su padre, sino por medio de la fuerza y la justicia de Jesucristo, el Mediador, quien nos lleva a Dios. Los efesios sabían que Pablo siempre había sido un predicador de esa clase; por eso, si ellos continuaban con esa obra, debían andar con el mismo espíritu y seguir sus mismos pasos.
Pablo declara entonces que esperaba sufrimiento y dificultades en su viaje a Jerusalén (Hechos 20:22-24). No debían pensar que había dejado Asia por temor a la persecución. No estaba huyendo del peligro como un cobarde. Más bien, era como un héroe que se apresura hacia el lugar donde la batalla sería más intensa. La expresión «voy ligado en el espíritu a Jerusalén» puede entenderse de dos maneras. Podría significar que tenía la certeza de que le esperaban dificultades, aunque todavía no estuviera atado físicamente. O podría significar que el Espíritu Santo lo impulsaba con tanta fuerza a emprender ese viaje que estaba firmemente decidido a ir y sabía que Dios lo guiaba, no su propio estado de ánimo ni sus planes personales.
No sabía exactamente qué le ocurriría en Jerusalén. Dios no le había mostrado de dónde vendrían los problemas, qué los provocaría ni cuán graves serían. Es bueno que no conozcamos los acontecimientos futuros, para que sigamos mirando a Dios y esperando en él. Cuando salimos, debemos recordar que no sabemos qué sucederá en un día, una noche o siquiera una hora. Por eso debemos ponernos en las manos de Dios, permitir que haga con nosotros lo que le parezca bien y procurar permanecer firmes en todo lo que él quiere.
Aun así, Pablo sí sabía en términos generales que se acercaba una tormenta. En cada ciudad por la que pasaba, los profetas le anunciaban por el Espíritu Santo que lo esperaban cadenas y sufrimientos. Además de la advertencia general dada a todos los cristianos y ministros de que esperen dificultades, Pablo había recibido advertencias especiales sobre una prueba mayor y más prolongada que cualquiera de las que había enfrentado hasta entonces.
A pesar de todo, estaba firmemente decidido a continuar con su obra.
En ciudad tras ciudad seguía escuchando el triste mensaje de que lo esperaban cadenas y sufrimientos. Era difícil que un hombre pobre trabajara constantemente para hacer el bien y luego fuera tratado tan mal por ello. La cuestión, entonces, es cómo llevó esa carga.
Pablo era de carne y hueso, igual que los demás. Sin embargo, por la gracia de Dios, continuó haciendo su trabajo y consideró con firmeza y fe generosa cada dificultad y contratiempo. En Hechos 20:24 escuchamos sus propias palabras. No habla con orgullo obstinado ni para presumir, sino con una resolución humilde: nada de esto lo conmueve; su único interés es seguir adelante por el camino del deber y terminar bien.
Pablo es un ejemplo de valentía santa en nuestro trabajo, aun cuando enfrentamos dificultades y oposición. Veía las aflicciones que tenía por delante, pero las consideraba de poca importancia: nada de eso lo movía. No permitió que esas amenazas lo apartaran de su llamado. Continuó avanzando de frente, incluso por el camino que sabía que le costaría muy caro.
Estas pruebas tampoco le robaron la paz ni hicieron que su trabajo se volviera pesado y lento. En medio de las dificultades podía parecer despreocupado. Conservaba su alma mediante la paciencia y, aunque estaba afligido, seguía gozándose. Era más que un vencedor. Quienes tienen su vida puesta en el cielo pueden mirar desde lo alto las dificultades de este mundo, e incluso la furia del mal, y decir que nada de eso los mueve, porque nada de ello puede hacerles un daño verdadero.
Pablo también muestra un santo desprendimiento de su propia vida, así como de la comodidad y la duración de esta. La vida es dulce y, por naturaleza, la consideramos valiosa. Una persona daría todo lo que tiene por conservarla. Pero una persona más sabia estará dispuesta a entregar incluso la vida misma antes que perder el favor de Dios o poner en riesgo la vida eterna. Pablo tenía esa manera de pensar.
A los ojos naturales, la vida es muy preciosa. A los ojos de la fe, pierde importancia en comparación con Cristo. No es tan valiosa que no pueda entregarse con gusto por amor a él. Esto ayuda a explicar Lucas 14:26, donde se nos dice que debemos aborrecer nuestra propia vida. No se trata de un arrebato repentino de enojo, como el que expresaron Job o Jeremías en ciertos momentos, sino de una sumisión humilde a la voluntad de Dios, dispuestos a morir por Cristo antes que negarlo.
A Pablo también le importaba profundamente terminar la obra de su vida. Eso debería importarnos mucho más que conservar la comodidad exterior o proteger nuestra reputación. El bendito Pablo no considera preciosa su vida cuando la compara con esto. Por la fuerza de Cristo, está decidido a no perder jamás el verdadero propósito de vivir simplemente para salvar su vida. Está dispuesto a gastar su vida trabajando, arriesgarla en un servicio peligroso, desgastarla en un servicio agotador e incluso entregarla en el martirio, con tal de cumplir el gran propósito de su nacimiento, su bautismo y su nombramiento como apóstol.
Dos cosas eran de máxima importancia para este hombre grande y bueno. Si podía obtenerlas, no le importaba lo que sucediera con su vida. En primer lugar, quería ser fiel al encargo que había recibido y terminar el ministerio que había recibido del Señor Jesús. Quería hacer la obra para la cual había sido enviado al mundo y, de manera especial, a la iglesia. Quería completar el servicio de su generación, demostrar plenamente su ministerio, llevar la obra hasta el final y permitir que otros recibieran todo el beneficio que Dios había dispuesto. Quería, como los dos testigos de Apocalipsis, terminar su testimonio (Apocalipsis 11:7) y no realizar su trabajo a medias.
Aquí debemos observar tres cosas. Primero, el apostolado era un ministerio tanto para Cristo como para las almas de las personas. Quienes eran llamados a él se preocupaban más por servir que por el rango o el poder. Si los apóstoles pensaban de esa manera, los pastores y maestros también deben hacerlo, sirviendo en la iglesia como personas dedicadas al ministerio.
Segundo, este ministerio procedía del Señor Jesús. Él les confió esa tarea y de él recibieron su encargo. Trabajaban para él, en su nombre y con su poder, y a él debían rendir cuentas. Cristo fue quien los puso en el ministerio (1 Timoteo 1:12). También los sostuvo en él y les dio fuerzas para cumplir su deber y soportar sus dificultades.
Tercero, la obra de este ministerio consistía en dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios: proclamarlo, demostrar su verdad y recomendarlo. Puesto que es el evangelio de la gracia de Dios, lleva en sí mismo todo lo necesario para recomendarlo. Muestra la buena voluntad de Dios hacia nosotros y es el medio por el cual él obra el bien en nosotros. Muestra que Dios es bondadoso con nosotros y tiende a hacernos bondadosos también. Pablo convirtió en la obra de su vida dar testimonio de este evangelio, y no deseaba vivir un día más si no podía ayudar a extender su verdad, su dulzura y su poder.
En segundo lugar, Pablo quería terminar bien. No le importaba cuándo terminaría su vida, cuán pronto sucedería ni cuán repentina o dolorosa pudiera ser en términos humanos, con tal de terminar su carrera con gozo. Considera la vida como una carrera, que es la palabra utilizada aquí. Nuestra vida es una carrera que tenemos por delante (Hebreos 12:1). Esto nos enseña que nuestro trabajo ha sido asignado, porque no fuimos enviados al mundo para estar ociosos. También nos enseña que nuestro tiempo es limitado, porque no fuimos enviados aquí para permanecer para siempre, sino para atravesar el mundo; en realidad, para recorrerlo rápidamente.
También piensa en terminar su carrera como algo seguro y cercano, algo que siempre tenía presente. Morir es el final de la carrera, cuando llegamos a la meta con honor o con vergüenza. Le preocupa profundamente terminarla bien, lo cual revela un deseo santo de obtener el premio y un temor santo de quedarse corto. Anhela terminar su carrera con gozo, porque entonces todo estará bien, completa y eternamente bien. No considera demasiado grande ningún esfuerzo ni demasiado difícil ningún sufrimiento, con tal de terminar bien y terminar con gozo. Debemos considerar que la obra de nuestra vida consiste en prepararnos para una muerte gozosa, de modo que no solo muramos seguros, sino también con consuelo.
Ahora, sabiendo que probablemente era la última vez que se verían, apela a sus conciencias acerca de su integridad y les pide que den testimonio de ella. Les dice que esta es su despedida final. Sabe que todos ellos, entre quienes había pasado tiempo predicando el reino de Dios, aunque quizá tuvieran cartas suyas, nunca volverían a ver su rostro.
Cuando nos despedimos de nuestros amigos, podemos decir, y debemos decir, que no sabemos si volveremos a vernos. Ellos pueden ser llevados de este mundo, o nosotros podemos serlo. Pero Pablo lo afirma aquí con certeza, por el Espíritu de profecía: aquellos creyentes de Éfeso no volverían a ver su rostro. No debemos pensar que hablaría con tanta seguridad, especialmente sabiendo que entristecería a sus amigos, si no hubiera recibido una ayuda especial del Espíritu.
Algunos han pensado que Pablo regresó después a Éfeso y volvió a verlos, pero eso no concuerda con sus palabras. No habría dicho con tanta solemnidad: «Ahora sé», si no lo hubiera sabido con certeza. No quería decir que ya no le quedaba ningún trabajo por hacer, sino que su labor estaría ahora en otros lugares. En esas regiones, su tarea había terminado.
Durante mucho tiempo había predicado allí el reino de Dios. Había predicado contra el reino del pecado y de Satanás, y había proclamado el gobierno de Dios en Cristo. Había anunciado el reino de gloria como la meta y el reino de la gracia como el camino hacia ella. Muchas veces se alegraron de ver su rostro en el púlpito, como si contemplaran el rostro de un ángel. Si son hermosos los pies de los mensajeros de paz (Isaías 52:7), ¡cuánto más hermosos deben ser sus rostros!
Pero ahora no volverían a ver su rostro. Debemos recordar con frecuencia que quienes ahora nos predican el reino de Dios pronto se irán, y que ya no veremos sus rostros. Los profetas no viven para siempre. Su tiempo con nosotros es breve, así que debemos aprovecharlo mientras lo tenemos. Entonces, cuando ya no veamos sus rostros en la tierra, todavía podremos esperar encontrarnos con ellos con alegría en el gran día.
Después apela a ellos en cuanto a la fidelidad con la que había cumplido su ministerio entre ellos (Hechos 20:26). Puesto que su trabajo con ellos estaba llegando a su fin, era momento de que ambas partes miraran atrás y lo consideraran. Primero, los desafía a demostrar que él había sido infiel o que había dicho o hecho algo que contribuyera a la ruina de alguna alma preciosa. «Estoy limpio de la sangre de todos» significa la sangre de las almas.
Esto hace referencia al profeta Ezequiel, donde la sangre del que muere se le exige al centinela infiel que no le advirtió (Ezequiel 33:6). Pablo está diciendo: «No pueden afirmar que dejé de advertirles; por lo tanto, la sangre de nadie puede ser puesta a mi cuenta». Si un ministro ha sido fiel, puede decir esto correctamente de sí mismo, y los demás también deberían poder decirlo de él.
Segundo, deja sobre la cabeza de los que perecen la responsabilidad por su propia sangre, porque fueron advertidos, pero no quisieron escuchar. Tercero, encarga a estos ministros que se aseguren de hacer lo mismo. En efecto, les dice: «Estoy limpio de la sangre de todos; asegúrense de mantenerse limpios también». «Pongo a este día por testigo», es decir, este mismo día de la despedida dará testimonio de lo que he hecho.
Luego demuestra su propia fidelidad con estas palabras: «No he rehuido anunciarles todo el propósito de Dios» (Hechos 20:27). Primero, no predicó otra cosa que el propósito de Dios. No añadió ideas propias. Era el evangelio puro, y nada más: la voluntad de Dios acerca de su salvación. El evangelio es el propósito de Dios, planeado maravillosamente por su sabiduría, establecido firmemente por su voluntad y diseñado bondadosamente por su gracia para nuestra gloria (Colosenses 2:7).
Segundo, predicó todo el propósito de Dios. No solo conservó puro el evangelio; también lo mantuvo completo. Les había expuesto todo el conjunto de la enseñanza cristiana, desde el principio hasta el final, en un orden claro, para que pudieran comprender mejor las verdades al ver cómo se relacionan unas con otras.
Tercero, no rehusó hacerlo. No evitó deliberadamente ninguna parte del propósito de Dios. No omitió las partes más difíciles para ahorrarse problemas, ni evitó las más sencillas para proteger su reputación. No dejó fuera las verdades que pudieran ofender a los enemigos hostiles del cristianismo o incomodar a los miembros descuidados de la iglesia. Cumplió fielmente con su deber, tanto si escuchaban como si se negaban a hacerlo.
Así fue como se mantuvo limpio de la sangre de todos.
Después les encarga, como ministros, que sean diligentes y fieles en su trabajo. Les confía el cuidado de la iglesia de Éfeso, tanto de los creyentes de allí como de los de las regiones cercanas (Efesios 1:1), a estos ancianos. Probablemente eran demasiados para reunirse en un solo lugar, así que adoraban en varias congregaciones bajo el liderazgo de varios ministros. Sin embargo, se les llama un solo rebaño porque compartían una misma fe y mantenían la comunión unos con otros de muchas maneras.
A estos ancianos, o presbíteros, Pablo les entrega el cuidado de la iglesia al comprender que debe dejarlos. Les dice que no fue él, sino el Espíritu Santo, quien los había puesto como supervisores, es decir, obispos, del rebaño. Eran presbíteros a quienes el Espíritu Santo había hecho obispos, encargados de velar por esta parte de la iglesia de Dios (1 Pedro 5:1-2; Tito 1:5, 7).
Mientras Pablo estuvo con ellos en Éfeso, dirigió todos los asuntos de la iglesia, y por eso a los ancianos les costaba aceptar que se fuera. Pero ahora el águila alborota el nido y revolotea sobre sus crías. Ahora que comienzan a crecer, deben aprender a volar por sí mismas y a actuar sin él, porque el Espíritu Santo los había puesto como supervisores. Ellos no se habían atribuido ese honor, ni ningún príncipe o gobernante se lo había concedido. El Espíritu Santo los preparó para esta gran tarea y les dio lo necesario para cumplirla. El Espíritu Santo había descendido sobre ellos (Hechos 19:6), y también guió a quienes, en respuesta a la oración, los escogieron, llamaron y ordenaron para este trabajo.
También les dice que presten mucha atención a la obra a la que fueron llamados. La dignidad trae consigo responsabilidad. Si el Espíritu Santo los hizo supervisores del rebaño, entonces, como pastores, deben ser fieles al encargo que recibieron.
Primero deben cuidar de sí mismos. Necesitan vigilar atentamente cada movimiento de su propio corazón y todo lo que dicen y hacen. Deben andar con cuidado y saber conducirse correctamente en la casa de Dios, porque ahora se les ha encomendado la tarea de administradores. Muchos ojos están puestos en ellos. Algunos los observan como ejemplos que deben seguir, y otros buscan faltas para criticarlos; por eso deben tener cuidado con su propia vida. Quienes no cuidan su propio viñedo difícilmente podrán cuidar bien los viñedos de los demás.
También deben cuidar de todo el rebaño. A algunos se les encarga una parte y a otros, otra, conforme a su llamado y a las oportunidades que tienen, pero ninguna parte del rebaño debe descuidarse. Los ministros no solo deben cuidar de sus propias almas, sino también velar constantemente por las almas que están bajo su responsabilidad, tal como los pastores vigilan a sus ovejas para que no sufran daño. Deben asegurarse de que ninguna se aleje del redil, que ninguna sea atrapada por animales salvajes y que ninguna se pierda o sea arruinada por su negligencia.
Deben alimentar a la iglesia de Dios. Han de cumplir cada parte del trabajo de un pastor. Deben llevar a las ovejas de Cristo a pastos verdes, poner alimento delante de ellas y hacer lo que puedan por quienes están débiles, atribulados o ya no tienen hambre de la verdad. Deben alimentarlas con enseñanza sana y con la disciplina amable del evangelio, asegurándose de no dejar fuera nada que necesiten para crecer. La iglesia necesita pastores no solo para reunir a quienes están afuera, sino también para edificar a quienes ya están dentro.
También deben mantenerse vigilantes, como los pastores que cuidan sus rebaños durante la noche. No deben caer en la pereza ni en el sueño espiritual. Deben motivarse a trabajar y mantenerse dedicados a esa labor. Tienen que vigilar contra todo lo que pueda dañar al rebaño y también estar atentos a todo lo que pueda beneficiarlo. Deben aprovechar cada oportunidad para hacerle bien.
Pablo les da varias buenas razones para tomar en serio su ministerio. Primero, deben pensar en el interés de su Maestro y en el cuidado que él tiene del rebaño puesto bajo su responsabilidad. Es la iglesia que él compró con su propia sangre. Le pertenece a él, y ellos son solamente sus servidores, colocados allí para cuidarla en su nombre. Es un honor ser usados por Dios, quien reconocerá a sus servidores en su trabajo; pero su negligencia e infidelidad son mucho peores, porque ofenden a Dios y demuestran que le han sido desleales. Recibieron de él ese encargo y tendrán que rendirle cuentas; por eso deben cuidar de sí mismos.
Si es la iglesia de Dios, entonces sus líderes deben demostrarle su amor al alimentar a sus ovejas y corderos. Él la compró. El mundo entero le pertenece a Dios por la creación, pero la iglesia le pertenece por la redención: la compró para sí al salvarla. Por eso debe ser preciosa para nosotros, porque fue preciosa para él y le costó muy caro. La mejor manera de demostrar ese amor es alimentar a sus ovejas y corderos.
Esta es la iglesia de Dios, la iglesia que él compró; no de la misma manera en que salvó al pueblo de Israel en tiempos antiguos, cuando entregó otras naciones por ellos, sino con su propia sangre (Isaías 43:3-4). Esto demuestra que Cristo es Dios, porque el pasaje dice que Dios compró la iglesia con su propia sangre. La sangre era suya como hombre, pero las naturalezas divina y humana de Cristo están tan estrechamente unidas que la Escritura puede llamarla la sangre de Dios, porque era la sangre de aquel que es Dios. Esto le da un valor inmenso a su sangre. Es un rescate costoso que nos libera del mal y una compra preciosa que nos obtiene todo bien, incluso hacernos pertenecer a Cristo como su propio pueblo: «Eran tuyos, y tú me los diste». Puesto que la iglesia fue comprada a un precio tan grande, deben cuidarla y alimentarla con esmero. Si Cristo dio su vida para comprarla, ¿no deberían sus ministros dedicar todo su cuidado y esfuerzo a alimentarla? Descuidar su verdadero bien es tratar con ligereza la sangre que la compró.
También deben pensar en el peligro que enfrenta el rebaño a causa de sus enemigos. Si el rebaño es precioso porque le pertenece a Dios y Cristo lo redimió, entonces sus enemigos harán todo lo posible por dañarlo. Está en peligro por causa de quienes quieren devorarlo; por eso los pastores deben mantenerse vigilantes.
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De este capítulo
Hechos 20:1
"Después de que cesó el alboroto, Pablo llamó a los discípulos, los abrazó y partió para ir a Macedonia."
Hechos 20:2
"Después de recorrer aquellas regiones y darles muchas palabras de exhortación, llegó a Grecia,"
Hechos 20:3
"donde permaneció tres meses. Cuando los judíos tendieron una emboscada contra él mientras estaba a punto de navegar hacia Siria, decidió regresar por Macedonia."
Hechos 20:4
"Lo acompañaron hasta Asia Sópatro de Berea; Aristarco y Segundo, de los tesalonicenses; Gayo de Derbe y Timoteo; y Tíquico y Trófimo, de Asia."
Hechos 20:5
"Estos se adelantaron y nos esperaron en Troas."
Hechos 20:6
"Nosotros zarpamos de Filipos después de los días de los panes sin levadura y llegamos adonde estaban ellos, en Troas, en cinco días; allí permanecimos siete días."
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