Versículo destacado
Hechos 13:42 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Cuando los judíos salieron de la sinagoga, los gentiles les rogaron que estas palabras les fueran predicadas el siguiente día de reposo. "
Hechos 13:42
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
40 Cuídense, pues, de que no les sobrevenga lo dicho en los profetas:
41 “Miren, despreciadores, asómbrense y perezcan, porque en sus días hago una obra, una obra que de ningún modo creerán, aunque alguien se la anuncie”.
42 Cuando los judíos salieron de la sinagoga, los gentiles les rogaron que estas palabras les fueran predicadas el siguiente día de reposo.
43 Cuando se disolvió la congregación, muchos de los judíos y de los prosélitos religiosos siguieron a Pablo y a Bernabé, quienes, hablándoles, los persuadían a permanecer en la gracia de Dios.
44 El siguiente día de reposo se reunió casi toda la ciudad para oír la palabra de Dios.
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El propósito de este relato es dejar a los apóstoles, especialmente a Pablo, libres de las acusaciones que los judíos levantaban contra él por predicarles el evangelio a los gentiles. Pablo había actuado con mucho cuidado y después de reflexionar bien, y este pasaje ofrece un ejemplo de ello. Algunos judíos estaban tan enojados con el evangelio que no quisieron quedarse a escucharlo, no solo cuando se les predicaba a los gentiles, sino incluso cuando se les predicaba a ellos. Salieron de la sinagoga mientras Pablo hablaba (Hechos 13:42), mostrando desprecio por él y por su mensaje, y alteraron toda la reunión.
Esto mostró una incredulidad abierta. Ir a escuchar el evangelio es una señal pública de fe, y salir de allí era igualmente un rechazo público de Cristo y de su enseñanza. No les avergonzaba mostrar su falta de respeto, y también intentaron poner a otros en contra del evangelio. Además, mostraron una incredulidad obstinada. No se fueron porque ya hubieran escuchado suficiente y quisieran tomarse más tiempo para pensar. Se fueron porque ya habían decidido no creer, y por eso se alejaron de las mismas palabras que podían haberlos convencido. Cerraron sus oídos como una serpiente sorda. Por tanto, fue justo que el evangelio les fuera quitado, ya que ellos mismos se habían apartado primero de él. Dios nunca abandona a nadie sin que esa persona se haya apartado primero de él.
Los gentiles, en cambio, estaban deseosos de escuchar el evangelio. Pidieron que esas mismas palabras, o palabras semejantes, se les predicaran el siguiente día de reposo. Algunos piensan que se referían a algún día de la semana, durante una de las jornadas de enseñanza de la sinagoga, pero Hechos 13:44 muestra que se reunieron el siguiente día de reposo. Querían recibir la misma oferta que se les había hecho a los judíos. Pablo había llevado el mensaje de salvación a los judíos y a los gentiles que adoraban a Dios, pero en ese sermón no se había dirigido directamente a los gentiles. Por eso ellos también pidieron escuchar acerca del perdón por medio de Cristo. El rechazo de los judíos se convirtió en el deseo de los gentiles.
Esto demuestra que Pablo hizo bien en predicarles, pues ellos mismos lo invitaron a hacerlo, tal como Cornelio había mandado llamar a Pedro. ¿Quién podría negarse a darles el pan de vida a quienes lo pedían con tanta insistencia? ¿Quién no les daría a los que estaban junto a la puerta lo que los hijos sentados a la mesa habían rechazado?
También pidieron volver a escuchar la enseñanza. Habían oído el mensaje de Cristo, pero no lo habían comprendido por completo la primera vez y no podían conservar en la memoria todo lo que habían escuchado. Por eso querían que se les predicara otra vez. Es bueno escuchar más de una vez la palabra de Cristo. Lo que hemos oído debe volver a escucharse para que eche raíces profundas en nosotros. Así, el clavo que ha sido introducido quedará asegurado y firmemente colocado. No debería molestarnos escuchar de nuevo la misma verdad, porque es seguro para nosotros (Filipenses 3:1). Los judíos se hicieron peores al negarse a escuchar una sola vez lo que los gentiles deseaban escuchar repetidamente. Los gentiles mostraron un buen espíritu al no seguir el mal ejemplo de los judíos.
Muchos, tanto judíos como gentiles convertidos, fueron conmovidos por la predicación del evangelio. Algunos afirmaban que el rechazo del evangelio por parte de los judíos significaba que todo el pueblo de Dios había sido rechazado. Pablo responde a esa afirmación en otro lugar (Romanos 11), y dice que muchos judíos han creído en Cristo, incluido él mismo (Romanos 11:1, Romanos 11:5). Lo mismo ocurrió aquí. Muchos judíos y gentiles devotos siguieron a Pablo y a Bernabé, y recibieron de ellos más enseñanza y ánimo.
Se sometieron a la gracia de Dios y fueron llevados a disfrutar de su consuelo, como lo demuestra el hecho de que se les exhortara a perseverar en ella. Siguieron a Pablo y a Bernabé, convirtiéndose en sus discípulos; o, más bien, en discípulos de Cristo, pues Pablo y Bernabé solo eran sus mensajeros. Quienes se unen a Cristo también se unen a sus ministros y siguen su dirección. Aunque habían sido enviados especialmente a los gentiles, Pablo y Bernabé recibieron con agrado a los judíos que estaban dispuestos a aprender de ellos. Sentían un profundo afecto por los judíos y por sus amigos, con tal de que recibieran el mensaje.
También fueron animados a perseverar. Pablo y Bernabé les hablaban con libertad y como amigos, exhortándolos a continuar en la gracia de Dios, a aferrarse a lo que habían recibido, a seguir creyendo en el evangelio de la gracia, a confiar en el Espíritu de gracia y a participar en los medios de gracia, es decir, en las maneras que Dios usa para fortalecer la fe. La gracia de Dios no les fallará a quienes siguen caminando en ella.
El siguiente día de reposo produjo una respuesta gozosa a la predicación del evangelio. Casi toda la ciudad se reunió para escuchar la palabra de Dios (Hechos 13:44). La mayoría de la multitud estaba formada por gentiles. Es probable que Pablo y Bernabé también hubieran estado ocupados durante la semana, sin desperdiciar el tiempo entre un día de reposo y otro. Probablemente aprovecharon toda oportunidad que tuvieron, como quizá los gentiles les habían pedido, para presentar a las personas a Cristo y despertar en ellas esperanza en él. Hicieron mucho por el evangelio mediante conversaciones privadas y diálogos cotidianos, además de la predicación pública. La sabiduría alza su voz en los lugares concurridos y en las puertas de la ciudad, así como en la sinagoga (Proverbios 1:20-21).
Esto atrajo a una gran multitud a la sinagoga el día de reposo. Algunos llegaron por curiosidad, porque se trataba de algo nuevo. Otros querían ver cómo reaccionarían los judíos ante una segunda oportunidad de escuchar el evangelio. Muchos ya habían oído algo de la palabra de Dios y ahora querían escuchar más, no como palabra de seres humanos, sino como palabra de Dios, por la cual debemos ser guiados y juzgados. Esto también mostró que Pablo tenía razón al predicarles a los gentiles, porque entre ellos encontró a los oyentes más alentadores. El campo estaba listo para la cosecha allí, y por eso tenía buenas razones para usar allí su hoz.
Los judíos se llenaron de celos. Ellos mismos no querían recibir el evangelio y se enojaron al ver que tantos otros acudían a escucharlo (Hechos 13:45). Cuando vieron a la gran multitud, también vieron cuánto ánimo le daba esto a Pablo para seguir predicando. Él veía que las personas acudían a él como palomas a sus ventanas, y que entre aquella multitud muchos, probablemente la mayoría, serían alcanzados por Cristo. Eso hizo que los judíos sintieran envidia. Les molestaba la influencia que los apóstoles tenían sobre la gente, y les perturbaba ver la sinagoga tan llena cuando Pablo predicaba.
Era el mismo espíritu que en otro tiempo había actuado en los fariseos contra Cristo. Se molestaban al ver que todo el mundo lo seguía y, cuando el reino de los cielos se abrió, ellos mismos no quisieron entrar. Peor aún, se enojaban con quienes sí entraban.
También se opusieron a la enseñanza que predicaban los apóstoles. Hablaban en contra de lo que Pablo decía, criticaban todo y no dejaban de presentar objeciones. Lo contradecían y, cuando no encontraban una verdadera razón para oponerse, recurrían a los insultos y a la blasfemia contra Cristo y su evangelio. Quienes comienzan discutiendo suelen terminar blasfemando. La persona natural, que no acepta las cosas del Espíritu de Dios, pasa de la simple contradicción al desprecio abierto.
Por eso los apóstoles declararon públicamente que ya no tenían ninguna obligación con los judíos y que eran libres para llevar la palabra de salvación a los gentiles, con el consentimiento silencioso de los propios judíos. Ningún judío podía culpar a los apóstoles por llevarles el evangelio a los gentiles, porque ellos mismos ya lo habían rechazado. Su propia decisión cerró para siempre esa queja. Como dice el refrán, cuando se hace una oferta justa y esta es rechazada, la negativa constituye una respuesta completa. A los judíos se les había ofrecido el evangelio, pero no quisieron recibirlo; por eso no tenían derecho a objetar si otros sí lo recibían.
Cuando Pablo y Bernabé dijeron esto, cobraron más valor. Antes habían sido cautelosos con los gentiles, para no ofender a los judíos ni ponerles tropiezo. Pero hay un momento en que quienes predican el evangelio deben mostrar la valentía de un león, junto con la prudencia de una serpiente y la inocencia de una paloma. Cuando los opositores se vuelven atrevidos, los defensores de Cristo no deben volverse tímidos. Mientras haya esperanza de ayudar a quienes se resisten, hay que enseñarles con mansedumbre (2 Timoteo 2:25). Pero cuando ese método se ha intentado una y otra vez sin éxito, es necesario hablar claramente acerca del rumbo al que conduce tal resistencia.
La valentía de los enemigos del evangelio debería animar a sus amigos, no atemorizarlos. Pablo y Bernabé sabían que defendían una causa justa y confiaban en el Dios que los sostendría. Habían ofrecido sinceramente la gracia del evangelio a los judíos, y ahora les advertían con claridad que la llevarían a los gentiles, con la esperanza de provocar a los judíos a celos, como Pablo diría más adelante (Romanos 11:14).
Primero reconocieron que los judíos tenían el derecho de escuchar el mensaje antes que los demás. Era necesario que la palabra de Dios se les anunciara primero, porque las promesas les habían sido dadas a ellos y Cristo había sido enviado primero a las ovejas perdidas de Israel. El mandato de Cristo de que el arrepentimiento y el perdón se predicaran comenzando desde Jerusalén (Lucas 24:47) también mostraba que los judíos debían ser alcanzados primero. Primero había que alimentar a los hijos (Marcos 7:27).
Después acusaron a los judíos de rechazar la oferta. No quisieron aceptarla; de hecho, ni siquiera soportaban que se les hiciera. La consideraron un insulto. Si las personas rechazan el evangelio, Dios justamente se lo quita. No tiene sentido darles pan a quienes lo desprecian y lo consideran inútil, ni imponer los privilegios del evangelio a quienes los rechazan. Al hacerlo, se declararon indignos de la vida eterna.
En cierto sentido, todos debemos considerarnos indignos de la vida eterna, porque nada en nosotros ni en nuestras obras puede ganarla. Debemos sentir profundamente esa verdad. Pero aquí el significado es diferente. Los judíos demostraron con sus acciones que no eran aptos para la vida eterna. Desecharon su propia oportunidad y renunciaron a todo derecho que pretendían tener. Como no quisieron recibir la vida de Cristo, el único por medio de quien viene, no la tendrían en absoluto.
Por eso Pablo y Bernabé se dirigieron a los gentiles. Si un grupo no quiere recibir el mensaje, otro lo recibirá. Si los primeros invitados rechazan el banquete de bodas, hay que invitar a los que están en los caminos y junto a los cercados, para que el banquete tenga invitados. Si el pariente más cercano no quiere cumplir con su deber, no debe quejarse cuando otro lo cumpla (Rut 4:4).
También defendieron esta decisión diciendo que tenían un mandato divino para hacerlo. El Señor Jesús les había ordenado dar testimonio primero en Jerusalén y Judea, y después hasta las partes más lejanas de la tierra; debían predicar el evangelio a toda criatura y hacer discípulos de todas las naciones. Esto coincidía con lo que se había anunciado en el Antiguo Testamento. Cuando, ante la incredulidad de Israel, el Mesías parecía estar a punto de decir: «En vano he trabajado», recibió la seguridad de que, aunque Israel no fuera reunido, aun así sería honrado. Su sangre no sería derramada en vano, su obra redentora no sería desperdiciada, su enseñanza no sería inútil y su Espíritu no sería enviado sin propósito. Dios dijo: «Te he puesto como luz para las naciones, para que lleves la salvación hasta los confines de la tierra».
Cristo no solo es el Salvador; él mismo es la salvación. Él es nuestra justicia, nuestra vida y nuestra fuerza. Dondequiera que Cristo está destinado a llevar salvación, es puesto primero como luz. Él da entendimiento y, por medio de esa luz, salva el alma. Él es y será luz y salvación para los gentiles, hasta los confines de la tierra. Las personas de todas las naciones son bienvenidas a él; algunos de cada nación ya han oído hablar de él (Romanos 10:18), y con el tiempo todas las naciones llegarán a formar parte de su reino.
Esta profecía ya se ha cumplido parcialmente con el establecimiento del reino de Cristo en esta isla nuestra, que, por así decirlo, está en los confines de la tierra. Es un rincón del mundo, y la profecía se cumplirá aún más cuando entre la totalidad de los gentiles.
Los gentiles aceptaron con alegría lo que los judíos habían rechazado con desprecio (Hechos 13:48-49).
Nunca ha faltado en el mundo un pueblo que herede las promesas. Por la caída de los judíos, la salvación llegó a los gentiles, y el hecho de que los judíos fueran apartados significó la reconciliación del mundo. Su pérdida se convirtió en una gran ganancia para los gentiles, como Pablo lo explica ampliamente en Romanos 11:11-15. Los judíos fueron desgajados como ramas naturales, y los gentiles fueron injertados en su lugar como ramas de un olivo silvestre (Romanos 11:17, 19).
Aquí se nos dice cómo los gentiles recibieron este cambio favorable con alegría. Primero, encontraron consuelo en él: cuando escucharon esto, se alegraron. Para ellos era una buena noticia saber que podían entrar en el pacto y tener comunión con Dios por medio de un camino más claro, cercano y mejor que someterse a la ley ceremonial y convertirse al judaísmo. El muro que los separaba había desaparecido, y eran tan bienvenidos a las bendiciones del reino del Mesías como los mismos judíos. Podían participar de la promesa sin someterse primero a la ley judía. Esto era verdaderamente una buena noticia para todos.
El hecho de que se nos haya abierto la posibilidad de recibir la salvación debe llenarnos de alegría. Cuando los gentiles apenas escucharon que las ofertas de la gracia se les harían a ellos, que la palabra de la gracia se les predicaría y que recibirían los medios de la gracia, se alegraron. En efecto, dijeron: «Ahora hay esperanza para nosotros». Muchas personas se afligen porque dudan de si pertenecen a Cristo, cuando deberían alegrarse de que él las recibe. El cetro de oro se les extiende, y se les invita a acercarse y tocar su punta.
Segundo, dieron gloria a Dios por esto: glorificaron la palabra del Señor, es decir, a Cristo, la Palabra eterna, como algunos lo entienden. Mostraron un profundo respeto por él y hablaron de él con gran admiración. O, más probablemente, esto se refiere al evangelio mismo. Cuanto más aprendían de él, más lo admiraban. ¡Qué luz, poder y riqueza trae el evangelio! ¡Qué excelentes son sus verdades, sus mandatos y sus promesas! ¡Cuánto supera a todo otro sistema religioso! ¡Qué claramente divino y celestial es su origen!
Así glorificaron la palabra del Señor. Dios mismo ha dicho que ha engrandecido su palabra por encima de todo su nombre (Salmo 138:2) y que hará que sea honrada y gloriosa (Isaías 42:21). Glorificaron la palabra del Señor, en primer lugar, porque su conocimiento ahora se estaba extendiendo y ya no estaba limitado a los judíos. La gloria de la palabra del Señor consiste en que, cuanto más se extiende, más resplandece. No es como la luz de una vela, sino como el sol que sale con todo su poder. En segundo lugar, la glorificaron porque ahora había llegado hasta ellos. Quienes mejor hablan del honor de la palabra del Señor son los que hablan desde la experiencia, porque han sido humillados por su poder y consolados por su dulzura.
Tercero, muchos de ellos llegaron a ser más que simples creyentes de nombre. Se hicieron verdaderamente obedientes a la fe: todos los que estaban destinados a la vida eterna creyeron. Por medio de su Espíritu, Dios produjo una fe verdadera en aquellos a quienes ya había escogido en su plan eterno para la felicidad eterna. Creyeron aquellos a quienes Dios les concedió la gracia de creer. Por su obra secreta y poderosa, los puso bajo la autoridad del evangelio de Cristo y los hizo dispuestos en el día de su poder.
Llegaron a Cristo porque el Padre los atrajo y porque el Espíritu hizo eficaz en ellos el llamado del evangelio. A esto se le llama la fe producida por el poder de Dios (Colosenses 2:12), y se dice que procede del mismo poder que levantó a Cristo de entre los muertos (Efesios 1:19-20). Dios concedió esta gracia a todos los que estaban destinados a la vida eterna, porque a los que predestinó, también los llamó (Romanos 8:30). O bien, puede significar que todos los que estaban dispuestos para la vida eterna, todos los que se preocupaban por su condición eterna y deseaban asegurarse de tener esa vida, creyeron en Cristo, en quien Dios ha depositado esa vida (1 Juan 5:11) y quien es el único camino hacia ella. Aun en ese caso, seguía siendo la gracia de Dios la que obraba en ellos.
Del mismo modo, solo aprovecharon la proclamación de Ciro aquellos cuyo espíritu Dios había movido para reconstruir la casa del Señor en Jerusalén (Esdras 1:5). Los que llegan a creer en Cristo son aquellos a quienes su gracia ha hecho estar dispuestos a buscar la vida eterna y convertirla en su objetivo.
Cuarto, cuando creyeron, hicieron todo lo posible por difundir entre sus vecinos el conocimiento de Cristo y de su evangelio (Hechos 13:49). La palabra del Señor se extendió por toda la región. Cuando fue recibida con tanta alegría en la ciudad principal, pronto llegó a todas las partes del país. Estos nuevos creyentes estaban ansiosos por compartir con otros aquello que llenaba por completo su propio corazón. El Señor dio la palabra, y después una gran multitud la proclamó (Salmo 68:11).
Quienes han llegado a conocer a Cristo harán todo lo posible por conducir a otros hacia él. Las personas de las ciudades grandes y prósperas que han recibido el evangelio no deben tratar de guardarlo para sí mismas, como si solo fuera apropiado para gente educada o refinada, al igual que el aprendizaje y la filosofía. Deben hacer todo lo posible para que se anuncie en las zonas rurales entre la gente común, incluidos los pobres y los que no han recibido mucha educación, porque sus almas necesitan ser salvadas tanto como las de ellos.
Pablo y Bernabé, después de sembrar allí las primeras semillas de una iglesia cristiana, se fueron a otro lugar para hacer lo mismo. Aquí no se nos dice que realizaran milagros para confirmar su enseñanza y demostrar que era verdadera. En aquel tiempo, Dios usaba con frecuencia los milagros para persuadir a la gente, pero también podía llevar a cabo su obra sin ellos cuando así lo quería. Hacer nacer la fe por la influencia directa de su Espíritu era, en sí mismo, el milagro más grande en quienes la recibían. Aun así, es probable que sí realizaran milagros, pues vemos que lo hicieron en el siguiente lugar que visitaron (Hechos 14:3).
Ahora se nos cuenta cómo los judíos incrédulos expulsaron a los apóstoles de aquella región. Primero les dieron la espalda y después arremetieron contra ellos (Hechos 13:50). Incitaron a la gente a perseguir a Pablo y Bernabé. Hicieron que la multitud los acosara mientras caminaban por las calles y los insultara en el camino. También instigaron a los magistrados para que se opusieran a ellos, encarcelándolos y castigándolos. Como no podían responder a la sabiduría y al Espíritu con que hablaban Pablo y Bernabé, recurrieron a esos métodos brutales, el último refugio de la incredulidad obstinada. Satanás y sus agentes se enfurecen especialmente contra los predicadores del evangelio cuando los ven tener éxito, y entonces seguramente provocan persecución contra ellos. Por eso, muchas veces les ha tocado a las mejores personas del mundo sufrir por hacer el bien y ser perseguidas en vez de honradas por el bien que han hecho a los demás.
Observemos qué método usaron los judíos para causar problemas: incitaron contra los apóstoles a mujeres piadosas y distinguidas.
Como no podían ejercer mucha influencia por sí mismos, recurrieron a algunas mujeres importantes de la ciudad. Estas mujeres simpatizaban con la fe judía y eran gentiles convertidas a ella, a quienes a menudo se llamaba mujeres piadosas. Eran celosas a su manera, pero también obstinadas, y resultaba fácil incitarlas contra el evangelio mediante informes falsos y afirmaciones distorsionadas, como si el mensaje de Cristo destruyera toda religión, cuando en realidad completa y cumple la verdadera religión.
Es bueno ver a mujeres respetables dedicadas a la adoración y tomando en serio a Dios. Como a menudo tienen menos responsabilidades relacionadas con las cosas del mundo, deberían dedicar más tiempo a sus almas y a la comunión con Dios. Pero es triste cuando, bajo el nombre de devoción a Dios, llegan a odiar a Cristo, como lo hicieron estas mujeres. Es vergonzoso ver a mujeres persiguiendo a otros. ¿Pueden olvidar la ternura que normalmente se espera de ellas? Y las mujeres respetables deberían preguntarse cómo pudieron manchar su honor y hacer algo tan vil. Más sorprendente aún es que fueran mujeres piadosas. ¿Matarían a los siervos de Cristo creyendo que así estaban sirviendo a Dios? Que todos los que son celosos se aseguren de que su celo esté guiado por el conocimiento.
Por medio de estas mujeres piadosas y distinguidas, los judíos también incitaron a los hombres principales de la ciudad, los magistrados y gobernantes que tenían autoridad allí. Estos líderes se dejaron utilizar por aquella gente hostil: personas que no querían entrar al reino de los cielos y tampoco permitían que otros entraran.
La oposición llegó al extremo de que los apóstoles fueron expulsados de la región. Fueron desterrados y enviados fuera bajo la autoridad de los gobernantes, como si los fueran pasando de un funcionario a otro hasta obligarlos a salir del distrito. No se trató simplemente de temor, sino de violencia abierta. En su sabio gobierno, Dios usó esto como una manera de evitar que los primeros que sembraban la iglesia permanecieran demasiado tiempo en un solo lugar. Ocurrió como en (Mateo 10:23), donde Jesús les dijo que huyeran a otra ciudad cuando fueran perseguidos, para que pudieran llevar el evangelio con mayor rapidez por las ciudades de Israel. Dios también usó esto para despertar una mayor simpatía hacia los apóstoles en las personas imparciales, pues naturalmente la gente se compadece de quienes son perseguidos y piensa mejor de quienes sufren injustamente. Expulsar a los apóstoles probablemente hizo que muchos se preguntaran qué daño habían hecho, y quizá les ganó más amigos de los que habrían tenido si se les hubiera permitido quedarse.
Entonces los apóstoles mostraron cómo trataron a los judíos incrédulos, como se relata en (Hechos 13:51): sacudieron contra ellos el polvo de sus pies. Al salir de la ciudad, lo hicieron delante de la gente, en la puerta o en la frontera del territorio, a la vista de quienes habían sido enviados para asegurarse de que se fueran. Con este acto demostraron que no querían tener nada más que ver con ellos ni recibir nada de ellos, porque no buscaban los bienes de aquellas personas, sino a las personas mismas. El polvo pertenece al polvo, y ellos dejarían que permaneciera donde estaba.
También demostraron su rechazo a la incredulidad de los judíos. Aunque aquellas personas eran judías por nacimiento, al rechazar el evangelio de Cristo se colocaron, en la práctica, en la misma categoría que los paganos y los que abiertamente viven en impiedad. Judíos y gentiles son igualmente aceptables ante Dios si creen, e igualmente culpables si no creen. De esta manera, los apóstoles también mostraron que no les tenían miedo ni daban importancia a sus amenazas, pues las consideraban impotentes. Era como si dijeran: «Hagan lo peor que puedan. No tenemos miedo. Sabemos a quién servimos y en quién hemos confiado». Al mismo tiempo, dejaron contra ellos un testimonio que demostraba que el evangelio realmente se les había ofrecido, y ese testimonio los acusaría en el día del juicio. El polvo mismo daría testimonio de que los predicadores del evangelio habían estado allí, pero habían sido expulsados. Cristo les había dicho a sus discípulos que hicieran esto por la misma razón, (Mateo 10:14) y (Lucas 9:5). Después de dejarlos, fueron a Iconio, no principalmente para estar a salvo, sino para continuar trabajando.
Así quedaron los nuevos creyentes de Antioquía cuando Pablo y Bernabé se fueron, como se relata en (Hechos 13:52). Al ver el valor y la alegría con que Pablo y Bernabé soportaban los insultos que les habían hecho y seguían adelante con su trabajo, los discípulos también se sintieron animados. Estaban llenos de alegría. Uno podría haber esperado que, después de que Pablo y Bernabé fueran expulsados, y quizá se les prohibiera regresar bajo amenaza de muerte, los discípulos quedaran abatidos por el dolor y el miedo. Podrían haber pensado que, si los primeros obreros de la fe cristiana se iban, toda la obra pronto se derrumbaría, o que ellos mismos serían desterrados después. Eso habría sido aún más difícil para ellos, pues aquella era su propia ciudad. Sin embargo, estaban llenos de gozo en Cristo y de una confianza firme en que Cristo continuaría su obra y la completaría en ellos y entre ellos. Creían que él los protegería de los problemas o les daría fuerzas para soportarlos, y así su alegría venció sus temores.
También estaban llenos de valor, profundamente impulsados a permanecer firmes en Cristo sin importar las dificultades que llegaran. Esto parece ser, especialmente, lo que significa que estaban llenos del Espíritu Santo, pues se usa un lenguaje semejante para describir la valentía de Pedro (Hechos 4:8), el valor de Esteban (Hechos 7:55) y la fortaleza de Pablo (Hechos 13:9). Cuanto más probamos el consuelo y la fuerza que acompañan a la verdadera piedad, y cuanto más llenos están nuestros corazones de ellos, mejor preparados estamos para enfrentar las dificultades que surgen al confesar a Cristo.
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De este capítulo
Hechos 13:1
"En la iglesia que estaba en Antioquía había ciertos profetas y maestros: Bernabé, Simeón, llamado Niger, Lucio de Cirene, Manaén, que se había criado con Herodes el tetrarca, y Saulo."
Hechos 13:2
"Mientras ministraban al Señor y ayunaban, el Espíritu Santo dijo: «Sepárenme a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado»."
Hechos 13:3
"Entonces, después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y los enviaron."
Hechos 13:4
"Así que ellos, enviados por el Espíritu Santo, descendieron a Seleucia, y de allí navegaron a Chipre."
Hechos 13:5
"Cuando llegaron a Salamina, predicaron la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos; también tenían a Juan como ayudante."
Hechos 13:6
"Después de recorrer la isla hasta Pafos, encontraron a cierto hechicero, falso profeta y judío, cuyo nombre era Barjesús."
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