Versículo destacado
2 Samuel 13:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Después de esto, sucedió que Absalón hijo de David tenía una hermana hermosa llamada Tamar; y Amnón hijo de David la amaba. "
2 Samuel 13:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Después de esto, sucedió que Absalón hijo de David tenía una hermana hermosa llamada Tamar; y Amnón hijo de David la amaba.
2 Amnón estaba tan angustiado por su hermana Tamar que enfermó, pues ella era virgen, y a Amnón le parecía difícil hacerle algo.
3 Pero Amnón tenía un amigo llamado Jonadab, hijo de Simea, hermano de David; y Jonadab era un hombre muy astuto.
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Aquí se nos presenta un relato completo de la impactante maldad de Amnón al forzar a su hermana. Es un tema demasiado vergonzoso para tratarlo extensamente, o incluso para mencionarlo sin dolor. Es terrible que cualquier hombre pudiera caer tan bajo, y aún más terrible que lo hiciera un hijo de David. Probablemente el carácter de Amnón ya era malo en otros aspectos. Si no se hubiera apartado de Dios, jamás habría sido entregado a deseos tan viles.
A menudo, padres piadosos tienen hijos malvados. La gracia no se transmite por la sangre, pero la corrupción sí. No leemos que los hijos de David imitaran su devoción, pero sí siguieron sus malos pasos y, en esos caminos, fueron mucho más lejos. Los padres deben recordar lo destructivo que puede ser darles a sus hijos un mal ejemplo en cualquier área.
Observemos los pasos del pecado de Amnón. Primero, el diablo, actuando como un espíritu inmundo, puso en el corazón de Amnón el deseo lujurioso por su hermana Tamar. La belleza puede convertirse en una trampa para muchos, y eso fue lo que ocurrió con ella. Tamar era hermosa, y por eso Amnón la deseó (2 Samuel 13:1). Quienes son especialmente atractivos no tienen razón para enorgullecerse. Más bien, tienen buenas razones para mantenerse alerta.
La lujuria de Amnón era antinatural en sí misma. Desear a su propia hermana era algo ante lo cual la conciencia natural se estremecería horrorizada. Sin embargo, la corrupción humana está tan torcida que a menudo desea con más fuerza las cosas prohibidas precisamente porque están prohibidas. ¿De verdad podía pensar en traicionar la virtud y el honor que, como hermano, debía proteger? Pero ¿qué maldad no encontrará lugar en un corazón impuro y sin vigilancia que se abandona a sí mismo?
Su lujuria también se convirtió en un tormento para él. Estaba tan angustiado que, aunque nadie le impedía hablar en privado con Tamar y conversar inocentemente con ella, no encontraba la manera de hacerlo y terminó enfermándose (2 Samuel 13:2). Los deseos carnales castigan al pecador tanto como luchan contra el alma. También dañan el cuerpo y desgastan a la persona. ¡Miren qué amo tan cruel sirven los pecadores y qué pesada es su carga!
Segundo, el diablo, actuando como una serpiente astuta, puso en la mente de Amnón una manera de llevar a cabo su malvado plan. Amnón tenía un amigo, como él lo llamaba, pero en realidad era su enemigo. Era un pariente, más parecido a David por la sangre —pues era su sobrino— que por el espíritu, porque era un hombre astuto, hábil para idear planes perversos, especialmente una intriga como esta (2 Samuel 13:3).
Al notar que Amnón parecía enfermo, Jonadab, con su astucia, concluyó que estaba enfermo de amor (2 Samuel 13:4). Le preguntó: «¿Por qué tú, que eres hijo del rey, te debilitas día tras día? ¿Por qué te consumes, si eres el hijo mayor del rey y heredero del trono?». Puesto que era hijo del rey, razonaba Jonadab, tenía a su alcance los placeres de la corte para alegrarlo. Sin embargo, el consuelo y la satisfacción no siempre se encuentran en los palacios. Con igual razón podríamos preguntarles a los creyentes afligidos por qué se debilitan día tras día, siendo hijos del Rey de reyes y herederos de la corona de vida.
Además, Amnón tenía el poder de un príncipe para ordenar lo que quisiera. En realidad, Jonadab le estaba diciendo: usa tu posición y satisfácete. No te consumas por algo que deseas, sea lícito o ilícito, porque eres hijo del rey y puedes obtener lo que quieras. Es parecido al consejo que Jezabel le dio a Acab en un caso semejante: «¿No gobiernas tú a Israel?» (1 Reyes 21:7). El abuso del poder es una de las tentaciones más peligrosas para los poderosos.
Cuando Amnón se atrevió a confesar su deseo perverso, llamándolo amor —«Amo a Tamar»—, Jonadab le mostró cómo llevarlo a cabo (2 Samuel 13:5). Si de verdad hubiera sido amigo de Amnón, se habría horrorizado ante semejante maldad. Le habría advertido sobre su pecado: cómo ofendía a Dios, cómo dañaba su propia alma y qué consecuencias mortales tendría si seguía persiguiéndolo. Habría usado su inteligencia para apartar a Amnón de ese pecado y dirigirlo hacia una esposa legítima.
Pero Jonadab no se sorprendió en absoluto. No dijo nada sobre la maldad, la dificultad, la vergüenza ni siquiera sobre la ira de David. En lugar de eso, ayudó a Amnón a organizar las cosas para que Tamar fuera a su habitación y él pudiera hacer lo que quisiera. La situación se vuelve muy triste cuando los amigos de una persona no la corrigen, sino que la halagan y la impulsan a seguir pecando, actuando como consejeros y planificadores de la maldad.
Amnón ya estaba enfermo, pero fingió estar mucho peor. Su rostro demacrado haría creíble la mentira. Debía decir que no podía levantarse y que no tenía apetito para nada, excepto para aquello que su capricho deseaba. Hasta la comida más exquisita resulta repugnante para el enfermo (Job 33:20). El mejor plato de la mesa del rey no lo satisfaría; si iba a comer algo, tendría que ser preparado por Tamar.
Siguió este plan y se hizo pasar por enfermo, tendiendo una trampa como un león que espera en su guarida para apoderarse del indefenso y arrastrarlo a su red (Salmo 10:8-10). David amaba a sus hijos y se preocupaba cuando algo les sucedía. Por eso, al enterarse de que Amnón estaba enfermo, fue personalmente a visitarlo. Que los padres aprendan de esto a tratar a sus hijos con ternura y compasión. Por lo general, la madre consuela al hijo enfermo (Isaías 66:13), pero el padre tampoco debe mostrarse indiferente.
Podemos suponer que, cuando David fue a ver a su hijo, le dio consejos sabios y oró con él, aunque eso no cambió el mal propósito de Amnón. Al salir, el padre indulgente le preguntó: «¿Hay algo que quieras que te consiga?». «Sí, señor», respondió el hijo que fingía estar enfermo. «Tengo el estómago débil y no sé de nada que pueda comer, excepto una torta preparada por mi hermana Tamar. Y no estaré seguro de que sea buena si no la veo prepararla. Me ayudará más si la como de su mano». David no vio razón para sospechar que hubiera algún peligro. Dios no permitió que entendiera lo que estaba sucediendo. Así que enseguida le ordenó a Tamar que fuera a atender a su hermano enfermo (2 Samuel 13:7).
David lo hizo con inocencia, pero más tarde, sin duda, lo recordaría con profundo dolor. Tamar también fue inocentemente a la habitación de su hermano, sin temer ningún abuso, pues ¿por qué habría de sospechar de un hermano, aunque estuviera enfermo? Además, lo hizo por obediencia a su padre y por amor a su hermano, aunque este era solo su medio hermano (2 Samuel 13:8-9). Aunque era hija del rey, muy hermosa (2 Samuel 13:1) y vestía con ropas lujosas (2 Samuel 13:18), no consideraba indigno amasar la harina y preparar tortas. No habría pensado que ese trabajo estaba por debajo de ella si no hubiera estado acostumbrada a hacerlo. Las buenas labores del hogar no están por debajo de las grandes damas, ni ellas deberían considerarlas una vergüenza. La mujer virtuosa, aunque su esposo se siente entre los ancianos, trabaja de buena gana con sus manos (Proverbios 31:13).
Los tiempos modernos no han carecido de ejemplos semejantes, y esto no es tan anticuado como algunos intentan hacerlo parecer. Prepararse para cuidar a los enfermos debería ser para las mujeres un motivo de mayor interés y alegría que vestirse con ropa elegante o entregarse a diversiones frívolas; y la caridad debería importar más que la curiosidad.
Después de lograr que Tamar fuera a verlo, Amnón se las arregló para quedarse a solas con ella, porque el adúltero, especialmente uno tan vil como él, no quiere que nadie lo vea (Job 24:15). La comida está lista, pero no puede disfrutarla mientras otros observan, así que todos deben salir (2 Samuel 13:9). Hay que complacer al enfermo, y él cree que eso le da derecho a mandar. Tamar está dispuesta a atenderlo, y su corazón puro y virtuoso no sospecha lo que llena la mente contaminada de Amnón; por eso no duda en quedarse a solas con él en la habitación interior (2 Samuel 13:10). Entonces cae la máscara, se olvida la comida y el hombre malvado la llama hermana, pero descaradamente le pide que se acueste con él (2 Samuel 13:11). Fue un insulto cruel contra su virtud pensar que podía convencerla de aceptar semejante maldad, cuando sabía que ella siempre había sido modesta y recta. Pero quienes viven en impureza suelen pensar que los demás son como ellos, o al menos blancos fáciles para sus propios deseos.
El diablo, actuando como un fuerte tentador, hace a un lado cada razón que ella presenta para que Amnón se detenga. Podemos imaginar fácilmente lo sorprendida y aterrorizada que quedó la joven al ser atacada de esa manera, cómo se sonrojó y tembló. Sin embargo, en medio de esa confusión, difícilmente se podría haber dicho algo más sabio y firme que lo que ella le dijo. Tamar lo llama hermano, recordándole el estrecho vínculo familiar que hacía incorrecto que él se casara con ella, y mucho más que la deshonrara. Esto estaba claramente prohibido (Levítico 18:9) y tenía un castigo muy serio (Levítico 20:17). Debemos tener cuidado de que el amor que debe existir entre los familiares no se convierta en lujuria.
Ella le ruega que no la fuerce, dejando claro que nunca consentiría de ninguna manera. ¿Qué placer podría encontrar él en la violencia? También le señala la gran maldad de lo que pretende hacer. Es una insensatez, y todo pecado es insensato, especialmente el pecado sexual. Es una de las formas más graves de maldad. Cosas tan vergonzosas no deben cometerse en Israel, entre el pueblo de Dios, que tiene leyes mejores que las naciones que lo rodean. Si somos israelitas y hacemos cosas semejantes, nuestra culpa es mayor que la de otros y nuestro juicio será más severo, porque deshonramos al Señor y el digno nombre con el que somos llamados.
Tamar también le señala la vergüenza que aquello le causaría, algo que quizá pudiera conmoverlo todavía más que el pecado mismo. En efecto, le da a entender: «¿Dónde podré esconder mi vergüenza? Aunque esto permanezca en secreto, me sonrojaré al recordarlo por el resto de mi vida. Y si algún día se sabe, ¿cómo volveré a presentarme ante mis amigos?». En cuanto a él, dice que quedaría «como uno de los insensatos de Israel», es decir, sería visto como un hombre desvergonzado y perverso, de la peor clase. Perdería el respeto de toda persona sabia y buena, y quedaría incapacitado para gobernar, aunque fuera el primogénito, porque Israel jamás aceptaría como líder a un insensato semejante. El temor a la vergüenza, especialmente a una vergüenza duradera, debería apartarnos del pecado.
Para hacerlo desistir de su malvado plan en ese momento y, si era posible, escapar de él, Tamar insinúa que quizá el rey, en vez de dejarlo consumirse de pasión por ella, apartaría la ley divina y permitiría que se casaran. No quiere decir que el rey tuviera tal autoridad ni que pretendiera atribuírsela. Más bien, si Amnón le contara al rey ese deseo perverso —algo que nadie más habría creído—, el rey seguramente actuaría para protegerla de él. Pero todos sus esfuerzos y argumentos fracasaron. Su espíritu orgulloso no soportó el rechazo, y el consuelo, el honor y todo lo que Tamar apreciaba fueron sacrificados a su deseo brutal y desenfrenado (2 Samuel 13:14). Es probable que Amnón, aunque era joven, ya hubiera vivido de manera pecaminosa durante algún tiempo, y que su padre no lo supiera o no lo hubiera castigado, porque nadie llega de repente a semejantes profundidades de maldad. Pero esto no era amor por Tamar. Así le pagaba por haberlo cuidado durante su enfermedad. Trató a su propia hermana como si fuera una prostituta. ¡Qué villano tan vergonzoso! Que Dios libre a todas las personas modestas y virtuosas de hombres tan perversos e irracionales.
Entonces el diablo se vuelve contra ella como torturador y traidor, y transforma el amor de Amnón en odio (2 Samuel 13:15). La odió con un odio intenso, y su furia se volvió tan desenfrenada como lo había sido su deseo. La echó fuera por la fuerza. Peor aún, como si ahora despreciara tocarla con sus propias manos, ordenó a su criado que la sacara y cerrara la puerta con cerrojo detrás de ella (2 Samuel 13:17). La mujer inocente tenía toda razón para sentir aquello como un profundo insulto y, en ciertos aspectos, incluso peor que lo ocurrido antes (2 Samuel 13:16). Nada podía ser más cruel, insensible o humillante para ella. Si Amnón hubiera intentado ocultar lo que había hecho, el honor de Tamar se habría perdido solamente ante ella misma. Si hubiera caído de rodillas para pedirle perdón, al menos habría habido algún intento de reparar el daño. Si le hubiera dado tiempo para recuperarse del impacto, ella quizá habría podido salir con dignidad y mantener el asunto en silencio. Pero al despedirla con tanta prisa y brusquedad, como si ella hubiera hecho algo malo, la obligó a defenderse públicamente y a hacer conocido el agravio.
De esto aprendemos tanto cuán malo es el pecado como cuán dañinas son sus consecuencias. Las pasiones descontroladas son tan destructivas como el apetito descontrolado. Al final, el pecado muerde como una serpiente. Los pecados que parecen dulces mientras se cometen después se vuelven detestables y dolorosos, y la propia conciencia del pecador los hace así. Amnón odiaba a Tamar porque ella no quiso consentir su maldad ni compartir la culpa con él; por el contrario, siguió resistiéndose y razonando con él, dejando toda la culpa sobre sus hombros. Si hubiera odiado el pecado y se hubiera aborrecido a sí mismo por haberlo cometido, podríamos haber esperado que estuviera verdaderamente arrepentido. La tristeza según Dios produce indignación (2 Corintios 7:11). Pero odiar a la persona a la que había abusado mostró que su conciencia estaba aterrorizada, aunque su corazón no se había humillado. Así vemos cuán engañosos son los placeres de la carne: pasan rápidamente y se convierten en repugnancia (Ezequiel 23:17).
También vemos que los pecados que se cometen en secreto a menudo llegan a hacerse públicos, y que los mismos pecadores con frecuencia provocan que eso ocurra. Sus propias palabras los traicionan. Los maestros judíos decían que, debido al acto perverso de Amnón, se estableció una ley según la cual nunca debía dejarse a solas a un joven y una joven. Razonaban que, si la hija del rey podía ser tratada de esa manera, ¿qué les sucedería a las hijas de la gente común?
Ahora debemos dejar al culpable enfrentando el temor de su propia conciencia y considerar qué fue de la pobre víctima. Tamar lloró amargamente por el daño que le habían hecho, porque había manchado su honor, aunque no su virtud. Rasgó sus vestidos finos como señal de dolor y puso ceniza sobre su cabeza para mostrar que estaba arruinada. De ese modo manifestó cuánto detestaba lo que le había sucedido y siguió llorando por el pecado de otra persona (2 Samuel 13:19).
Después fue a vivir en la casa de su hermano Absalón, pues él era su hermano de padre y madre. Allí permaneció en soledad y tristeza, mostrando su modestia y su profundo rechazo al pecado sexual. Absalón le habló con ternura y le dijo que, por el momento, tratara de dejar a un lado el agravio, mientras él planeaba vengarse personalmente (2 Samuel 13:20). Su pregunta acerca de si Amnón había estado con ella sugiere que la conducta vergonzosa de Amnón ya era conocida, de modo que no era seguro que una mujer modesta estuviera a solas con él. Es posible que Absalón supiera esto, mientras que Tamar no tenía idea.
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De este capítulo
2 Samuel 13:2
"Amnón estaba tan angustiado por su hermana Tamar que enfermó, pues ella era virgen, y a Amnón le parecía difícil hacerle algo."
2 Samuel 13:3
"Pero Amnón tenía un amigo llamado Jonadab, hijo de Simea, hermano de David; y Jonadab era un hombre muy astuto."
2 Samuel 13:4
"Él le dijo: «¿Por qué tú, siendo hijo del rey, estás cada día más delgado? ¿No quieres decírmelo?». Amnón le respondió: «Amo a Tamar, la hermana de mi hermano Absalón»."
2 Samuel 13:5
"Jonadab le dijo: «Acuéstate en tu cama y finge estar enfermo. Cuando tu padre venga a verte, dile: Te ruego que permitas que venga mi hermana Tamar, me dé de comer y prepare la comida ante mis ojos, para que yo la vea y coma de su mano»."
2 Samuel 13:6
"Amnón se acostó y fingió estar enfermo. Cuando el rey vino a verlo, Amnón le dijo al rey: «Te ruego que permitas que venga mi hermana Tamar y prepare ante mis ojos un par de tortas, para que yo coma de su mano»."
2 Samuel 13:7
"Entonces David mandó decir a Tamar en su casa: «Ve ahora a la casa de tu hermano Amnón y prepárale comida»."
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