Versículo destacado

2 Reyes 5:9 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Naamán llegó con sus caballos y su carro, y se detuvo a la puerta de la casa de Eliseo. "

2 Reyes 5:9

menu_book El versículo en contexto

7 Cuando el rey de Israel leyó la carta, se rasgó la ropa y dijo: «¿Acaso soy Dios, capaz de matar y dar vida, para que este hombre me envíe a sanar a un hombre de su lepra? Les ruego que consideren y vean cómo busca pleito conmigo».

8 Cuando Eliseo, el hombre de Dios, oyó que el rey de Israel se había rasgado la ropa, envió a decir al rey: «¿Por qué te has rasgado la ropa? Que venga ahora a mí, y sabrá que hay un profeta en Israel».

9 Naamán llegó con sus caballos y su carro, y se detuvo a la puerta de la casa de Eliseo.

10 Eliseo le envió un mensajero que le dijo: «Ve y lávate siete veces en el Jordán; tu carne te será restaurada y quedarás limpio».

11 Pero Naamán se enfureció, se fue y dijo: «Yo pensaba: “Sin duda saldrá a recibirme, se pondrá de pie, invocará el nombre del SEÑOR su Dios, moverá su mano sobre el lugar y sanará al leproso”».

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos la sanidad de la lepra de Naamán.

Primero, consideremos la instrucción breve y directa que le dio el profeta, junto con la promesa de que tendría éxito. Naamán había llegado en su carro, con todos sus acompañantes, esperando honrar a Eliseo cuando llegara a la puerta del profeta (2 Reyes 5:9). Hay personas que muestran poco respeto por los profetas de Dios en otras ocasiones, pero se vuelven muy corteses cuando necesitan su ayuda. Naamán esperó ante la puerta de Eliseo como un mendigo que pide comida o dinero.

Quien quiera ser limpiado de la lepra del pecado debe esperar en la puerta de la Sabiduría y permanecer junto a sus puertas. Naamán esperaba que el respeto que mostraba le fuera correspondido, pero Eliseo le respondió sin ceremonia. Ni siquiera salió a la puerta, quizá para no dar la impresión de que disfrutaba del honor que Naamán le ofrecía; en cambio, envió a un mensajero con este mensaje: «Ve y lávate siete veces en el río Jordán, y quedarás limpio». La promesa era clara: «Quedarás limpio». El mandato también era claro: «Ve y lávate en el Jordán».

Esto no tenía la intención de ser la causa real de la sanidad. A menudo se considera saludable bañarse en agua fría, pero algunos piensan que, en el caso de la lepra, habría sido perjudicial. Más bien, era una señal de la sanidad y una prueba de la obediencia de Naamán. Quienes desean la ayuda de Dios deben hacer lo que él les manda. Es posible que Eliseo haya enviado a un mensajero por una de dos razones: quizá en ese momento se había apartado para orar y no quería que lo interrumpieran, o sabía que Naamán era orgulloso y quería mostrarle que todas las personas están al mismo nivel delante del gran Dios.

Después, observemos la irritación de Naamán con el método indicado, porque no era lo que esperaba. Dos cosas lo molestaron. Primero, pensó que Eliseo había menospreciado su persona al enviarle un siervo con el mensaje en vez de ir él mismo (2 Reyes 5:11). Naamán se había imaginado cómo ocurriría la sanidad. Pensaba: «Seguramente saldrá a recibirme. Eso es lo menos que puede hacer por mí, un hombre de la posición que tengo en Siria, especialmente porque he venido con tal despliegue y porque he obtenido muchas victorias sobre Israel. Se pondrá de pie, invocará el nombre de su Dios, pronunciará una oración por mí, moverá su mano sobre el lugar afectado y entonces me sanará».

Como las cosas no sucedieron exactamente de esa manera, se enfureció. Al hacerlo, olvidó dos cosas. Primero, era leproso, y la ley de Moisés, que Eliseo respetaba, excluía a los leprosos de la sociedad. Siendo leproso, no debía insistir en cuestiones de ceremonia y honor. Muchas personas conservan un corazón orgulloso aun cuando Dios las está humillando (Números 12:14). Segundo, él no era más que un suplicante que pedía un favor que no tenía derecho a exigir. Los mendigos no pueden escoger, y los pacientes no prescriben su propia medicina. En Naamán vemos la necedad del orgullo. No estaba dispuesto a conformarse con una sanidad si no venía acompañada de ceremonia y gran espectáculo. Despreciaba ser sanado si además no recibía halagos.

Lo segundo que lo ofendió fue pensar que Eliseo había menospreciado a su país. Se enojó porque le habían dicho que se lavara en el Jordán, un río de Israel, cuando él creía que el Abaná y el Farfar, los ríos de Damasco, eran mejores que todas las aguas de Israel. Habla con gran admiración de esos dos ríos que regaban Damasco y que después se unían en una sola corriente, llamada por algunos escritores Crisorroas, que significa «corriente dorada». En cambio, habla con mucho desprecio de las aguas de Israel, aunque Dios había llamado a la tierra de Israel la gloria de todas las tierras y la había bendecido especialmente con arroyos y aguas (Deuteronomio 8:7).

Qué común es que Dios y los seres humanos juzguen las cosas de manera diferente. Naamán también habló con desprecio del mandato del profeta: «¿No podría lavarme en ellos y quedar limpio?». Podía lavarse en esos ríos y quedar limpio de la suciedad, pero no de la lepra. Se enojó porque el profeta le había dicho que se lavara y quedara limpio. Al parecer, pensaba que el profeta debía hacerlo todo, y no le agradaba que le dijeran que él tenía que hacer algo. O quizá pensaba que aquello era demasiado barato, sencillo y común para una sanidad tan importante. Tal vez no creía que funcionaría. O, si iba a funcionar, no veía ninguna razón por la que el Jordán tuviera un poder sanador que los ríos de Damasco no tuvieran.

Pero no tomó en cuenta tres cosas. Primero, el Jordán pertenecía al Dios de Israel, y la sanidad vendría de él, no de los dioses de Damasco. El Jordán regaba la tierra del Señor, la tierra santa. En un milagro, la relación de un río con Dios importa mucho más que la profundidad de su cauce o la belleza de su corriente. Segundo, el Jordán ya había obedecido más de una vez el mandato del poder todopoderoso. Mucho tiempo atrás había abierto paso para Israel, y más recientemente había sido usado en los ministerios de Elías y Eliseo. Por eso era más apropiado para este propósito que unos ríos que solo habían seguido las leyes ordinarias de su creación y nunca habían recibido tal honor. Pero, por encima de todo, tercero, el Jordán era el río que Dios había señalado. Si Naamán esperaba recibir sanidad por el poder divino, debía aceptar la voluntad divina sin preguntar por qué.

Es común que quienes son sabios a sus propios ojos menosprecien las instrucciones de Dios y prefieran sus propias ideas. Quienes procuran establecer su propia justicia no se someten a la justicia de Dios (Romanos 10:3). Naamán se enojó tanto, como suele sucederles a las personas impulsivas, que se alejó furioso de la puerta del profeta, dispuesto a jurar que no volvería a tener nada que ver con Eliseo. Pero, si se iba, ¿quién saldría perdiendo realmente? Quienes se aferran a falsas esperanzas se alejan de su propia misericordia (Jonás 2:8). Las personas orgullosas suelen ser sus peores enemigas y renuncian precisamente al rescate que necesitan.

Tercero, observemos el consejo prudente que le dieron sus siervos, junto con el suave reproche a su enojo (2 Reyes 5:13). Por lo general mantenían cierta distancia, pero cuando lo vieron en un ataque de ira, se acercaron. Sabían que era un hombre dispuesto a escuchar razones en cualquier momento y de cualquier persona; esa es una buena cualidad en un gran hombre, aunque poco común. Con delicadeza le pidieron que lo pensara: si el profeta le hubiera pedido hacer algo extraordinario, si le hubiera ordenado un tratamiento largo y doloroso o alguna operación difícil, como aplicar ventosas, hacerle sangrías o producirle ampollas, ¿acaso no lo habría hecho? Por supuesto que sí. Entonces, ¿por qué se negaría a hacer algo tan sencillo como lavarse y quedar limpio?

Vale la pena notar que sus propios siervos fueron quienes le dieron este consejo. Eso no era una vergüenza mayor para él que el hecho de que primero hubiera oído hablar de quien podía sanarlo por medio de la criada de su esposa (2 Reyes 5:3). Es una gran misericordia tener cerca a personas dispuestas a hablarnos con franqueza y señalar nuestras faltas, aun cuando ocupen una posición inferior a la nuestra. Los amos deben estar dispuestos a escuchar razones de sus siervos, como dice Job (Job 31:13-14).

Debemos rechazar el consejo de los impíos, aun cuando venga de las personas más importantes y respetadas. Al mismo tiempo, debemos escuchar los buenos consejos, aunque provengan de personas que parezcan estar muy por debajo de nosotros. Lo importante no es quién habla, sino si el consejo es correcto.

La corrección de los siervos también fue muy prudente y respetuosa. Llamaron a Naamán «padre», porque los siervos deben honrar y obedecer a su amo con una especie de afecto familiar. Cuando corregimos o aconsejamos a alguien, debemos mostrar que nuestras palabras provienen del amor y del respeto sincero. Nuestro objetivo debe ser ayudar a corregir, no avergonzar.

Su consejo también fue sabio y considerado. Si aquellos siervos sencillos e irreflexivos hubieran avivado la ira de su amo y lo hubieran ayudado a vengarse del profeta, a quien Naamán creía que lo había insultado, el resultado podría haber sido desastroso. El fuego del juicio de Dios podría haber caído sobre todos ellos. En cambio, para nuestra sorpresa, se pusieron del lado del profeta.

Es probable que Eliseo haya visto que sus palabras habían alterado a Naamán, pero no intentó calmar su enojo. Naamán tendría que enfrentarse al peligro de permanecer enfurecido. Sin embargo, Dios usó a sus siervos para hacerlo volver a la razón. Primero apelaron a su fuerte deseo de ser sanado: ¿acaso no haría todo lo que fuera necesario? Cuando los pecadores que sufren llegan al punto de estar dispuestos a hacer cualquier cosa, someterse a cualquier cosa y renunciar a cualquier cosa con tal de recibir sanidad, hay verdadera esperanza para ellos. Entonces están dispuestos a recibir a Cristo según los términos de Cristo.

También razonaron a partir de lo sencillo que era el mandato: «Lávate y queda limpio». Era solo una prueba, y además una prueba que no costaba nada. No podía hacerle daño y podía traerle mucho bien. Los medios que Dios ha establecido para sanar la enfermedad del pecado son tan claros que no tenemos excusa para rechazarlos. Sencillamente dicen: «Cree y serás salvo», «Arrepiéntete y serás perdonado», «Lávate y quedarás limpio».

Naamán finalmente cedió e intentó seguir la instrucción, aunque parece que lo hizo con poca fe o determinación. Eliseo le había dicho que se lavara siete veces en el Jordán, y Naamán apenas se sumergió esas mismas veces, tratando de hacerlo de la manera más superficial posible. Aun así, Dios quiso honrarse a sí mismo y a su palabra haciendo que el remedio diera resultado. Su piel quedó restaurada como la de un niño, para su gran asombro y alegría.

Esto es lo que las personas reciben cuando se someten a la voluntad de Dios y siguen los medios que él ha establecido. La limpieza de Naamán mediante el lavamiento honró la ley acerca de la purificación de los leprosos. Dios manifestará la grandeza de su palabra por encima de cualquier otro nombre.

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