Versículo destacado

2 Reyes 18:17 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" El rey de Asiria envió desde Laquis a Tartán, Rabsaris y Rabsaces al rey Ezequías, con un gran ejército contra Jerusalén. Ellos subieron y llegaron a Jerusalén. Cuando llegaron, fueron y se detuvieron junto al conducto del estanque superior, que está en la calzada del campo del Lavador. "

2 Reyes 18:17

menu_book El versículo en contexto

15 Ezequías le dio toda la plata que se hallaba en la casa del SEÑOR y en los tesoros de la casa del rey.

16 En aquel tiempo Ezequías cortó el oro de las puertas del templo del SEÑOR y de las columnas que Ezequías, rey de Judá, había recubierto, y se lo dio al rey de Asiria.

17 El rey de Asiria envió desde Laquis a Tartán, Rabsaris y Rabsaces al rey Ezequías, con un gran ejército contra Jerusalén. Ellos subieron y llegaron a Jerusalén. Cuando llegaron, fueron y se detuvieron junto al conducto del estanque superior, que está en la calzada del campo del Lavador.

18 Cuando llamaron al rey, salieron a recibirlos Eliaquim hijo de Hilcías, que estaba a cargo de la casa, Sebna, el escriba, y Joa hijo de Asaf, el cronista.

19 Rabsaces les dijo: Digan ahora a Ezequías: Así dice el gran rey, el rey de Asiria: ¿Qué confianza es esta en la que confías?

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos, en primer lugar, a Jerusalén sitiada por el ejército de Senaquerib (2 Reyes 18:17). Envió contra Jerusalén a tres de sus principales generales con una gran fuerza. Se le llama «el gran rey, el rey de Asiria», pero no merecía ese honor. Era falso y desleal, y su nombre debía recordarse con vergüenza, porque tomó el dinero de Ezequías con la promesa de retirarse, pero luego rompió esa promesa y marchó de todos modos contra la capital.

Los hombres así son verdaderamente malvados. Por más poderosos que sean, debemos juzgarlos según esta regla: cumplen sus promesas solo mientras les conviene. Ezequías tenía buenas razones para lamentar haber hecho la paz con Senaquerib. Eso lo dejó más pobre, pero no lo hizo más seguro.

En segundo lugar, Ezequías, junto con sus príncipes y su pueblo, fue insultado por Rabsaces, el principal portavoz de los tres generales. Rabsaces tenía la lengua más afilada del grupo y claramente hablaba en nombre de Senaquerib, quien quería volver a entrar en conflicto con Ezequías. Como Senaquerib ya había prometido retirarse después de recibir el dinero de Ezequías, no quería atacar Jerusalén abiertamente de inmediato. Por eso envió a Rabsaces para presionar a Ezequías a rendirse; si Ezequías se negaba, esa negativa le daría una débil excusa para sitiar la ciudad.

Rabsaces tuvo la osadía de pedir una audiencia con el mismo rey junto al conducto del estanque superior, fuera de las murallas. Pero Ezequías sabiamente se negó a reunirse personalmente con él y envió a tres funcionarios reales, sus principales ministros, para escucharlo. También les indicó que no le respondieran neciamente (2 Reyes 18:36), porque no podrían convencerlo y solo lo provocarían más. Ezequías había aprendido de David a confiar en que Dios lo escucharía aun cuando permaneciera en silencio delante de su enemigo (Salmo 38:13-15).

Los funcionarios sí lo interrumpieron una vez. Le pidieron que hablara en arameo, llamado aquí la lengua siria, para poder entenderlo e informar al rey de sus palabras. Si no podían responderle, entonces él podría hablar en la lengua de los judíos delante del pueblo (2 Reyes 18:26). Era una petición razonable y correspondía a la práctica habitual en las negociaciones, en las que los representantes resolvían los asuntos antes de hacerlos públicos.

Pero Rabsaces no era un hombre razonable, y aquella petición solo lo volvió más grosero y escandaloso (2 Reyes 18:27). En vez de tratar con respeto a los funcionarios, amenazó a los soldados, intentó inducirlos a rebelarse o desertar y les advirtió que, si resistían, el hambre los llevaría a los extremos más terribles. Todo su discurso tenía el propósito de presionar a Ezequías, a sus príncipes y a su pueblo para que entregaran la ciudad.

Para lograrlo, primero elogió a su amo, el rey de Asiria, llamándolo una y otra vez «ese gran rey» (2 Reyes 18:19, 28). ¡Qué ídolo había hecho del príncipe al que servía! Solo Dios es el verdadero gran Rey, pero Rabsaces trataba a Senaquerib como si fuera un pequeño dios y quería que todos los demás le tuvieran el mismo temor. Sin embargo, para la fe, que contempla al Rey de reyes en su poder y gloria, el rey de Asiria parece pequeño y débil. Los gobernantes humanos más grandes no son nada cuando se les compara con Dios o cuando Dios se levanta contra ellos (Salmo 82:6-7).

Rabsaces también intentó convencerlos de que rendirse los beneficiaría. Si resistían, les dijo, sufrirían hambre y terminarían comiendo sus propios desechos, porque el sitio cortaría todo suministro de alimento. Pero si se rendían, pedían clemencia y llevaban un regalo, afirmaba que serían tratados bien (2 Reyes 18:31). Es difícil entender cómo podía hablar de llegar a un acuerdo mediante un regalo, cuando su propio amo había roto tan recientemente el pacto hecho con Ezequías y había tomado precisamente ese regalo (2 Reyes 18:14). ¿Podían esperar que se confiara en personas que ya habían actuado con tanta traición?

También intentó hacer que el cautiverio pareciera agradable. Prometió que, si se rendían, cada hombre comería de su propia vid y de su propia higuera, y bebería de su propia cisterna, aunque en realidad los asirios tendrían el control de todo. También dijo que serían llevados a una tierra semejante a la suya (2 Reyes 18:31). Pero eso no les serviría de nada si nada de aquella tierra les pertenecía realmente.

Lo que Rabsaces quería sobre todo era convencerlos de que resistir era inútil. Se burló de Ezequías al preguntarle: «¿En qué se basa esta confianza que tienes?» (2 Reyes 18:19). Al pueblo le dijo: «No dejen que Ezequías los engañe para llevarlos a la destrucción, porque no podrá librarlos» (2 Reyes 18:29). En esto estaba proclamando una verdad que los pecadores deben aprender delante de Dios: es sabio rendirse ante Él, porque es inútil luchar contra Él. Quienes se resisten a Dios no tienen una confianza verdadera. No somos más fuertes que Él, ni ganamos nada al poner espinos y zarzas delante de un fuego consumidor.

Pero Ezequías no estaba tan indefenso como Rabsaces afirmaba. Rabsaces supuso que Ezequías podía confiar en tres cosas e intentó demostrar que todas eran inútiles. La primera era su preparación militar. Ezequías había dicho: «Tengo consejo y fuerza para la guerra», y eso era cierto (2 Crónicas 32:3). Rabsaces desestimó sus palabras como una charla vacía y afirmó que Ezequías no podía competir con Asiria (2 Reyes 18:20). Con gran arrogancia, incluso desafió a Ezequías a encontrar dos mil jinetes y prometió darle dos mil caballos si podía hacerlo. También insinuó falsamente que Ezequías no tenía hombres, o que no tenía ninguno apto para luchar (2 Reyes 18:23). De esa manera intentó abrumarlo con burlas y seguridad arrogante, como si incluso el oficial más insignificante de Asiria pudiera derrotar a todas las fuerzas de Judá.

Rabsaces también atacó la supuesta alianza de Ezequías con Egipto. Supuso que Ezequías confiaba en Egipto para obtener carros y jinetes (2 Reyes 18:24), porque el rey de Israel había hecho lo mismo. Acerca de esa confianza, dijo acertadamente: «Es una caña quebrada» (2 Reyes 18:21). Una caña quebrada no solo le falla a quien se apoya en ella; también puede atravesarle la mano y herirle el hombro, como más tarde dice Ezequiel acerca de Egipto (Ezequiel 29:6-7). Rabsaces afirmaba que lo mismo ocurría con el rey de Egipto, y que también había ocurrido con el rey de Asiria en relación con Acaz, el antiguo rey de Judá, quien confió en él, pero solo encontró daño y ninguna ayuda (2 Crónicas 28:20). Todo el que se apoya en el poder humano descubrirá que es tan débil como una caña quebrada, pero Dios es la roca eterna.

Rabsaces también atacó la confianza de Ezequías en Dios y su relación con Él. En realidad, esa era la verdadera confianza que sostenía a Ezequías (2 Reyes 18:22). Él descansaba en el poder y la promesa de Dios, y usaba esa confianza para fortalecerse a sí mismo y a su pueblo, diciendo: «Ciertamente el Señor nos librará» (2 Reyes 18:30), y repitiéndolo después (2 Reyes 18:32). Rabsaces sabía que ese era su principal apoyo, por lo que se esforzó en sacudirlo. Los enemigos de David habían hecho lo mismo, tratando de apartarlo de su confianza en Dios (Salmo 3:2; 11:1), y los enemigos de Cristo hicieron lo mismo cuando se burlaron de Él (Mateo 27:43).

Rabsaces empleó tres afirmaciones falsas para debilitar su confianza en Dios. Primero, dijo que Ezequías había perdido la protección de Dios por haber derribado los lugares altos y los altares (2 Reyes 18:22). Medía al Dios de Israel según los dioses falsos de las naciones, de quienes se creía que querían muchos altares y templos. Por eso trató una de las mejores obras de Ezequías como si fuera una ofensa contra Dios, porque no conocía o no quería aceptar la ley del Dios de Israel. No debe sorprendernos que personas ignorantes y maliciosas llamen malo a lo que en realidad es bueno delante de Dios. Si esto hubiera sido un sacrilegio, entonces Ezequías siempre habría sido culpable de ello.

En segundo lugar, Rabsaces afirmó que Dios mismo había ordenado la destrucción de Jerusalén en ese momento (2 Reyes 18:25). Sus palabras, «¿He subido ahora sin el Señor?», no eran más que provocación y jactancia. En realidad, no creía tener un mandato de Dios, porque no había manera de que lo hubiera recibido. Solo usó esa afirmación para engañar y atemorizar al pueblo que estaba sobre la muralla. Si había alguna base débil para lo que decía, quizá provenía de lo que sabía por medio de los profetas acerca del juicio de Dios sobre las diez tribus. Tal vez pensó que tenía tanto derecho a tomar Jerusalén como lo había tenido a tomar Samaria. Muchos de los que luchan contra Dios fingen haber sido enviados por Él.

En tercer lugar, afirmó blasfemamente que, aunque el Señor, el Dios de Israel, intentara proteger a Jerusalén del rey de Asiria, no podría hacerlo (2 Reyes 18:33-35). De esa manera comparó al Dios de Israel con los dioses de las naciones que ya había conquistado, tratando al Señor como si no fuera mejor que ellos. Esto revela su orgullo. Cuando capturaba una ciudad, actuaba como si también hubiera derrotado a sus dioses, y se sentía muy orgulloso de ello. Su elevada opinión de los ídolos alimentaba su elevada opinión de sí mismo, como si fuera más fuerte que ellos.

También vemos su irreverencia. El Dios de Israel no era una deidad ligada a un solo lugar; era el Dios de toda la tierra, el único Dios vivo y verdadero, el Anciano de Días, y muchas veces había demostrado que está por encima de todos los dioses. Sin embargo, Rabsaces habló de él como si no fuera diferente de los dioses inventados de Hamat y Arfad. En esencia, afirmó imprudentemente que los dioses de todas las religiones eran iguales y que él estaba por encima de todos ellos. La tradición judía dice que Rabsaces había sido judío, lo cual explicaría por qué hablaba tan bien el idioma de los judíos. Si eso fuera cierto, entonces su ignorancia acerca del Dios de Israel sería todavía menos excusable y su odio, menos sorprendente, porque quienes se apartan suelen convertirse en los enemigos más encarnizados, como sucedió con Juliano. En el discurso de Rabsaces había habilidad y planificación, pero también orgullo, odio, mentiras y blasfemia. Una sola palabra sincera habría sido mejor que todo su discurso ingenioso.

Por último, se nos dice cómo actuaron los representantes de Ezequías. Guardaron silencio, no porque no tuvieran nada que decir en defensa de Dios o del rey. Podrían haber respondido señalando la traición y las promesas incumplidas de su señor, y podrían haberle preguntado qué religión le hacía pensar que semejante conducta tendría éxito. Como mínimo, podrían haber respondido, tal como Acab le dijo en otro tiempo a Ben-adad frente a su arrogancia: «No se jacte tanto el que se pone la armadura como el que se la quita». Pero el rey les había ordenado que no respondieran, y ellos le obedecieron. Hay un tiempo para callar, así como hay un tiempo para hablar, y algunas personas no están dispuestas a recibir nada sabio ni santo. Para ellas, incluso las buenas palabras se desperdician, como perlas arrojadas a los cerdos. No se puede hacer entrar en razón a un insensato. Probablemente su silencio hizo que Rabsaces se sintiera todavía más orgulloso y se volviera más atrevido, de modo que su corazón se endureció para su propia ruina.

Entonces rasgaron sus vestidos, afligidos por la blasfemia de Rabsaces y por la vergüenza y el sufrimiento de Jerusalén. La deshonra de la ciudad pesaba mucho sobre ellos. También informaron fielmente de todo al rey Ezequías, para que él decidiera qué debía hacerse, qué camino debían seguir y qué respuesta enviar a la exigencia de Rabsaces.

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