Versículo destacado
2 Crónicas 33:11 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Por eso, el SEÑOR trajo contra ellos a los capitanes del ejército del rey de Asiria, quienes capturaron a Manasés entre los espinos, lo ataron con cadenas y lo llevaron a Babilonia. "
2 Crónicas 33:11
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
9 Así Manasés hizo que Judá y los habitantes de Jerusalén se extraviaran y actuaran peor que las naciones que el SEÑOR había destruido delante de los hijos de Israel.
10 El SEÑOR habló a Manasés y a su pueblo, pero ellos no quisieron escuchar.
11 Por eso, el SEÑOR trajo contra ellos a los capitanes del ejército del rey de Asiria, quienes capturaron a Manasés entre los espinos, lo ataron con cadenas y lo llevaron a Babilonia.
12 Cuando estuvo en aflicción, suplicó al SEÑOR su Dios y se humilló profundamente ante el Dios de sus padres.
13 Oró a él, y él se dejó suplicar por él, escuchó su súplica y lo hizo regresar a Jerusalén, a su reino. Entonces Manasés reconoció que el SEÑOR era Dios.
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Ya hemos visto que Manasés, por su maldad, deshizo el bien que había hecho su padre. Aquí vemos que, por medio de su arrepentimiento, deshizo el mal que él mismo había cometido. Sorprende que esto ni siquiera se mencione en el libro de los Reyes. Allí no se dice nada en su contra, pero parece que continuó en su pecado y murió en él. Tal vez ese relato se enfocaba en la maldad de la nación, porque esa fue la causa de su destrucción. El arrepentimiento de Manasés y el bien que resultó de él fueron asuntos personales, no nacionales, y por eso se omitieron allí. Aquí, en cambio, se cuentan con todos sus detalles y ofrecen un ejemplo impactante de la abundante misericordia de Dios para perdonar y de su poderoso poder para cambiar los corazones.
Lo primero que debemos observar es qué llevó a Manasés al arrepentimiento: su sufrimiento. En medio de su angustia, no hizo lo que había hecho el rey Acaz, pecando todavía más contra Dios. En vez de eso, se humilló y volvió al Señor. La aflicción que Dios usa puede convertirse en un medio favorable para la conversión. Su angustia se describe en 2 Crónicas 33:11. Dios hizo que un enemigo extranjero se levantara contra él: el rey de Babilonia, quien antes había mostrado respeto por su padre, pero ahora invadía su territorio después de que Manasés se había alejado traicioneramente de Dios. También se le llama rey de Asiria, porque había obtenido el control de Asiria. Eso pudo haber sido más fácil después de la derrota del ejército de Senaquerib frente a Jerusalén.
Este enemigo quería los tesoros y objetos preciosos que sus mensajeros habían visto. Pero Dios lo envió para castigar a un pueblo pecador y humillar a un príncipe descarriado. El comandante capturó a Manasés entre los espinos, quizá en algún arbusto o escondite, tal vez incluso en su jardín. O quizá las palabras sean figurativas y signifiquen que estaba atrapado en la confusión, sin poder ver una salida. Podríamos decir que estaba atrapado entre las zarzas y no sabía cómo salir. Por eso se convirtió en un blanco fácil para los comandantes asirios, quienes probablemente saquearon su casa y se llevaron todo lo que quisieron, tal como Isaías lo había anunciado (2 Reyes 20:17-18). Lo que antes había sido motivo de orgullo para Ezequías se convirtió en su botín. Ataron a Manasés, quien ya había estado sujeto por las cadenas de su propio pecado, y lo llevaron prisionero a Babilonia. No se nos dice exactamente cuándo ocurrió esto durante su reinado, aunque los judíos dicen que fue en el año veintidós.
Después vienen las señales de su arrepentimiento, en 2 Crónicas 33:12-13. En medio de su aflicción tuvo tiempo para pensar y suficiente razón para hacerlo. Vio con claridad adónde lo había llevado su pecado. Descubrió que los dioses a los que había servido no podían ayudarlo. Entendió que el arrepentimiento era la única manera de poner sus asuntos en orden, así que volvió a aquel contra quien se había rebelado.
Primero, llegó a convencerse de que el Señor, Jehová, es el único Dios vivo y verdadero. Entonces supo —es decir, creyó y lo consideró verdaderamente— que el Señor era Dios. Podría haberlo aprendido a un costo mucho menor si hubiera prestado atención a la Palabra escrita de Dios y a la palabra predicada. Aun así, fue mejor aprenderlo de esa manera que morir en la ignorancia y la incredulidad. Si se hubiera quedado como príncipe en el palacio de Babilonia, probablemente se habría afirmado aún más en la idolatría. Pero como cautivo en las prisiones de Babilonia, llegó a convencerse y volvió al Señor.
Segundo, ahora acudió a Dios como su propio Dios, abandonando a todos los demás y resolviendo aferrarse solamente a él: el Dios de sus antepasados y el Dios que había hecho un pacto con él. Tercero, se humilló profundamente delante de Dios. Estaba verdaderamente arrepentido de sus pecados, avergonzado de ellos y temeroso de la ira de Dios. Es correcto que los pecadores se humillen ante el Dios a quien han ofendido. También es correcto que quienes sufren se humillen bajo la mano del Dios que los corrige y acepten el castigo por su pecado. Nuestro corazón debe inclinarse bajo las circunstancias humillantes que Dios permite. Así nos disponemos a recibirlas y cumplimos el propósito de Dios por medio de ellas.
Cuarto, oró a Dios pidiendo perdón y que volviera a mostrarle su favor. La oración es el alivio de quienes se arrepienten y también de quienes sufren. Hay una oración apropiada para esta situación en el libro apócrifo llamado La oración de Manasés, rey de Judá, cuando estaba cautivo en Babilonia. No se sabe con certeza si realmente fue su oración. Si lo fue, allí da gloria a Dios como el Dios de sus antepasados y de sus descendientes justos, el Creador del mundo, cuya ira es insoportable, pero cuya promesa misericordiosa es inconmensurable. Ruega recordando que Dios ha prometido arrepentimiento y perdón a los pecadores, y que ha dispuesto el arrepentimiento para que los pecadores puedan ser salvos. Dice que esto no era solo para los justos, como Abraham, Isaac y Jacob, sino también para él, un pecador que había pecado más que la arena del mar. Confiesa su pecado extensamente y lo presenta con la gravedad que realmente tenía. Pide: «Perdóname, Señor, perdóname y no me destruyas». También afirma que Dios es el Dios de quienes se arrepienten y termina prometiendo alabarlo para siempre.
Lo tercero es la respuesta bondadosa de Dios a su arrepentimiento. Dios se conmovió por él y escuchó su súplica. Aunque la aflicción puede impulsarnos a acudir a Dios, él no nos rechaza por esa razón si lo buscamos con sinceridad. Después de todo, una de las razones por las que envía la aflicción es para hacernos volver a él. Como señal del favor de Dios, abrió un camino para que Manasés escapara. Las aflicciones no duran ni un momento más de lo necesario para cumplir su propósito. Cuando Manasés volvió a Dios y a su deber, pronto también fue devuelto a su reino. Esto demuestra cuán dispuesto está Dios a recibir a los pecadores que regresan y cuán pronto está para mostrar misericordia. Que ningún gran pecador pierda la esperanza. El mismo Manasés halló el favor de Dios después de arrepentirse, y por medio de él Dios dio un ejemplo de su paciencia (1 Timoteo 1:16; Isaías 1:18).
Lo último es el fruto que correspondió a su arrepentimiento después de volver a su tierra, en 2 Crónicas 33:15-16. Primero, se apartó de sus pecados. Quitó los dioses extranjeros, sus imágenes y aquel ídolo —fuera lo que fuera— que había colocado tan abiertamente en el templo del Señor, como si allí él fuera el dueño. Sacó todos los altares idolátricos del área del templo y de Jerusalén, pues ahora los odiaba. Esperamos que los detestara tanto como antes los había amado y que pudiera decirles: «¡Fuera de aquí!» (Isaías 30:22).
Segundo, volvió a cumplir con su deber. Reparó el altar del Señor, que quizá había sido dañado o derribado por los sacerdotes idólatras, o al menos descuidado y dejado en malas condiciones. Ofreció sacrificios de paz para pedir el favor de Dios y sacrificios de acción de gracias para alabarlo por su liberación. También usó su autoridad para reformar a su pueblo, cuando antes la había usado para corromperlo. Ordenó a Judá que sirviera al Señor, el Dios de Israel. Quienes se arrepienten de verdad no solo vuelven a Dios personalmente, sino que hacen todo lo posible por traer de regreso a quienes fueron descarriados por su ejemplo. Si no lo hacen, no han deshecho por completo el mal que hicieron ni han aplicado la cura a toda la extensión de la herida. Se nos dice que logró apartarlos de sus dioses falsos, aunque no de sus lugares altos (2 Crónicas 33:17).
Todavía ofrecían sacrificios allí, pero lo hacían únicamente al Señor, su Dios. Manasés no pudo llevar la reforma tan lejos como había llevado la corrupción. Es fácil arruinar los hábitos de las personas, pero no es tan fácil reformarlos después.
En cierta medida, su prosperidad siguió a su arrepentimiento. Pudo ver claramente que el pecado lo había derribado, porque cuando volvió a Dios en obediencia, Dios volvió a él con misericordia. Entonces construyó una muralla alrededor de la Ciudad de David (2 Crónicas 33:14), porque con su pecado la había dejado expuesta a los enemigos. También colocó comandantes militares en las ciudades fortificadas para proteger su territorio. Josefo dice que, durante el resto de su vida, cambió tanto para bien que la gente lo consideraba un hombre muy afortunado.
Aquí también encontramos el final de su historia. Más que en el caso de la mayoría de los reyes, se nos dirige a otros escritos para conocer el relato completo de estos acontecimientos (2 Crónicas 33:18-19). Parece que se conservaron registros de tres cosas. Primero, de sus pecados y su culpa: los lugares altos que construyó, y las arboledas sagradas y los ídolos que levantó antes de ser humillado. Probablemente esto se tomó de su propia confesión, hecha cuando Dios le concedió el arrepentimiento, y quedó registrada en un libro llamado Las palabras de los videntes. A los profetas que le hablaron (2 Crónicas 33:18) y lo reprendieron por su pecado, les envió esta confesión cuando se arrepintió, como una manera de agradecerles por su corrección fiel. Así deben actuar los pecadores arrepentidos: asumir la vergüenza, agradecer a quienes los corrigieron y advertir a los demás.
En segundo lugar, quedó registrado lo que dijeron los videntes que le hablaron en nombre del SEÑOR (2 Crónicas 33:10, 2 Crónicas 33:18), incluidas sus reprensiones y sus llamados al arrepentimiento. Los pecadores deben recordar esto: aunque les presten poca atención, se lleva un registro de las palabras de los profetas que hablan de parte de Dios para advertirles sobre su pecado, su peligro y su deber. Ese registro será presentado contra ellos en el gran día.
En tercer lugar, quedó registrada su oración a Dios, mencionada dos veces como algo extraordinario, y también la manera en que Dios le respondió. Esto se escribió para las generaciones futuras, a fin de que quienes aún no habían nacido alabaran al SEÑOR por estar dispuesto a recibir a los hijos pródigos que regresan. También se menciona el lugar donde fue sepultado. No fue enterrado en las tumbas de los reyes, sino en su propia casa. Recibió un entierro privado, y al morir no se le rindió el honor público que se le había dado a su padre. Quienes se arrepienten pueden recuperar el consuelo antes que el honor.
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De este capítulo
2 Crónicas 33:1
"Manasés tenía doce años cuando comenzó a reinar, y reinó cincuenta y cinco años en Jerusalén."
2 Crónicas 33:2
"Pero hizo lo malo ante los ojos del SEÑOR, conforme a las abominaciones de las naciones que el SEÑOR había expulsado de delante de los hijos de Israel."
2 Crónicas 33:3
"Porque volvió a edificar los lugares altos que Ezequías, su padre, había derribado; levantó altares para los Baales, hizo arboledas, adoró a todo el ejército de los cielos y les rindió culto."
2 Crónicas 33:4
"También edificó altares en la casa del SEÑOR, acerca de la cual el SEÑOR había dicho: En Jerusalén estará mi nombre para siempre."
2 Crónicas 33:5
"Y edificó altares para todo el ejército de los cielos en los dos atrios de la casa del SEÑOR."
2 Crónicas 33:6
"Hizo pasar a sus hijos por el fuego en el valle del hijo de Hinón; también observó los tiempos, practicó encantamientos y brujería, y consultó a un espíritu familiar y a hechiceros. Hizo mucho mal ante los ojos del SEÑOR para provocarlo a ira."
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