Versículo destacado
2 Crónicas 28:6 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Pues Peka hijo de Remalías mató en Judá a ciento veinte mil en un solo día, todos hombres valientes, porque habían abandonado al SEÑOR, Dios de sus padres. "
2 Crónicas 28:6
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
4 También ofreció sacrificios y quemó incienso en los lugares altos, sobre las colinas y debajo de todo árbol frondoso.
5 Por eso, el SEÑOR su Dios lo entregó en manos del rey de Siria; ellos lo derrotaron, tomaron cautiva a una gran multitud de los suyos y los llevaron a Damasco. También fue entregado en manos del rey de Israel, quien lo derrotó con una gran matanza.
6 Pues Peka hijo de Remalías mató en Judá a ciento veinte mil en un solo día, todos hombres valientes, porque habían abandonado al SEÑOR, Dios de sus padres.
7 Y Zicri, un hombre poderoso de Efraín, mató a Maasías, hijo del rey, a Azricam, gobernador del palacio, y a Elcana, que ocupaba el segundo lugar después del rey.
8 Los hijos de Israel tomaron cautivos de entre sus hermanos a doscientos mil: mujeres, hijos e hijas. También les quitaron mucho botín y llevaron el botín a Samaria.
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Aquí vemos cómo Judá, después de actuar con infidelidad, fue humillado bajo la providencia de Dios, y el castigo fue severo. Nunca antes había caído sobre ellos una destrucción tan sangrienta desde que se convirtieron en un reino; además, Dios usó a los mismos israelitas para castigarlos. Acaz había seguido los caminos de los reyes de Israel, y el rey de Israel se convirtió en el instrumento que Dios usó para disciplinarlo. Es justo que Dios convierta en causa de nuestras dificultades a quienes elegimos como ejemplo o con quienes nos unimos en el pecado.
Estalló la guerra entre Judá e Israel, y Judá sufrió una derrota terrible. Muchos hombres murieron en el campo de batalla: ciento veinte mil en total, y eran hombres de guerra, personas que con frecuencia habían demostrado su valentía (2 Crónicas 28:6). Entre los muertos había hombres de alto rango, incluso el hijo del rey. Acaz había ofrecido anteriormente a algunos de sus hijos a Moloc, un dios pagano; por eso, esta muerte fue un acto apropiado del juicio divino. También murió un hombre que estaba junto al rey, probablemente su consejero cercano, el principal funcionario del Estado o quizá el que se encontraba más cerca de él en la batalla, de modo que el propio rey apenas logró escapar (2 Crónicas 28:7).
Israel no era fuerte en ese tiempo, pero aun así tuvo suficiente fuerza para causar esta gran ruina en Judá. Sin embargo, tantos hombres, incluidos hombres importantes y valientes, no habrían caído en un solo día si no hubieran sido debilitados de manera extraordinaria, tanto por el peso de su propia culpa como por la justa mano de Dios contra ellos. Aun los valientes fueron contados como ovejas para el matadero y se convirtieron en presa fácil porque habían abandonado al SEÑOR, el Dios de sus antepasados, y por eso él los había abandonado. También hubo un gran cautiverio de mujeres y niños (2 Crónicas 28:8). Una vez derrotado el ejército en el campo, las ciudades, los pueblos y las aldeas quedaron expuestos; sus habitantes fueron llevados como esclavos y sus bienes fueron tomados como botín.
Aunque Israel había vencido, Dios también lo reprendió por medio de su palabra, porque había ido a la guerra contra Judá con una motivación perversa y había usado mal su éxito. Esa reprensión produjo un buen resultado. Dios envió a un profeta, un mensajero que salió a encontrarse con ellos, no para elogiar su valentía ni celebrar su victoria. Aunque regresaban cargados de botín y presumiendo de su triunfo, el profeta vino en nombre de Dios para revelar su pecado y advertirles sobre el juicio divino.
Les dijo que su victoria no demostraba que Dios los aprobara ni que la hubieran merecido. Más bien, Dios estaba enojado con Judá y había usado a Israel como la vara de su ira. No había sido por la justicia de Israel, sino por la maldad de Judá (Deuteronomio 9:5). Por eso no debían llenarse de orgullo, sino temer, para que Dios tampoco dejara de juzgarlos (Romanos 11:20-21).
También los acusó de haber abusado del poder que Dios les había permitido ejercer sobre sus propios hermanos. Quienes piensan que la victoria les da derecho a hacer lo que quieran no entienden lo que significa vencer, como si la espada más larga diera el derecho más claro sobre la vida y los bienes de otros. La victoria no debe usarse de manera abusiva. Primero, los conquistadores fueron reprendidos por la crueldad de la matanza que habían cometido en la batalla. La guerra puede implicar un derramamiento de sangre legítimo, pero aquí se convirtió en pecado porque actuaron movidos por un odio amargo contra sus hermanos y con una furia salvaje. Su violencia clamaba al cielo por venganza. Quienes sirven a la justicia de Dios, pero lo hacen con enojo y deseos de venganza, se hacen culpables delante de él, porque la ira humana no produce la justicia de Dios.
También fueron reprendidos por la dureza con que trataron a sus prisioneros. Planeaban mantenerlos bajo su control, utilizarlos o venderlos como esclavos, aunque eran sus hermanos y compatriotas israelitas, nacidos libres. Dios no solo observa lo que las personas hacen, sino también lo que planean hacer.
Después, el profeta les recordó sus propios pecados, que también los hacían responsables ante la ira de Dios: «¿No tienen ustedes también pecados contra el SEÑOR su Dios?» (2 Crónicas 28:10). Apeló a su conciencia y a hechos evidentes que no podían negar. Aunque Dios los hubiera usado para castigar el pecado de Judá, no debían pensar que ellos eran inocentes. También eran culpables delante de Dios.
Esta advertencia tenía como propósito detener su orgullo por el éxito obtenido. Eran pecadores, y los pecadores no tienen buenas razones para jactarse. Habían vencido en ese momento, pero no debían sentirse seguros, porque el juicio podía volver pronto contra ellos. Si Dios comienza el juicio con quienes pertenecen a su casa, mucho más tendrán que temer quienes adoran a los becerros. La advertencia también debía frenar su crueldad contra sus hermanos. Ya que tenían a Judá bajo su poder, debían mostrar misericordia, porque ellos mismos necesitarían la misericordia de Dios. Nunca es apropiado que los pecadores sean duros y crueles. Ya tenían suficientes pecados por los cuales responder; no necesitaban añadir uno más.
Luego, el profeta les ordenó liberar a los prisioneros y enviarlos de regreso a sus hogares sanos y salvos (2 Crónicas 28:11). Como habían pecado, una ira terrible venía sobre ellos, y no había otra manera de escapar de ella sino mostrando misericordia.
Entonces los jefes decidieron no quedarse con los prisioneros. Se levantaron contra los soldados que regresaban de la batalla, aunque venían exaltados por la victoria, y les dijeron claramente que no debían llevar a los cautivos a Samaria (2 Crónicas 28:12-13). Ya tenían suficientes pecados por los cuales responder y no permitirían que se añadiera nada más a su culpa. Con esto demostraron respeto por la palabra de Dios comunicada por medio de su profeta y también una compasión sincera por sus hermanos. Esa misericordia había sido producida en ellos por el tierno cuidado de Dios, porque él había tenido en cuenta el sufrimiento de aquel pueblo pobre, había escuchado su clamor y había hecho que incluso sus captores los miraran con compasión (Salmo 106:44, 46).
Entonces los soldados estuvieron de acuerdo con los jefes y dejaron ir a los cautivos. Aunque estaban armados y podrían haber intentado conservar por la fuerza lo que habían tomado, cedieron y dejaron a los prisioneros y el botín en manos de los jefes (2 Crónicas 28:14). En esto demostraron una clase de valentía mayor que la que habían mostrado al tomar cautivos. Es un gran honor para cualquiera someterse a la razón y a la fe, aun cuando hacerlo vaya en contra de sus propios intereses.
Después, los jefes enviaron generosamente a los pobres cautivos de regreso a sus hogares con todo lo que necesitaban (2 Crónicas 28:15). Quienes esperan recibir misericordia de Dios deben aprender de este ejemplo cuán bondadosamente deben tratar a quienes están bajo su poder. Resulta sorprendente que estos jefes, que en esta ocasión mostraron tanto respeto por la palabra de Dios y tanta influencia sobre el pueblo, no tuvieran suficiente gracia, a pesar de los muchos profetas que les hablaban, para eliminar la idolatría de su reino. Poco después, esa misma idolatría llevó al reino a la ruina.
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De este capítulo
2 Crónicas 28:1
"Acaz tenía veinte años cuando comenzó a reinar, y reinó dieciséis años en Jerusalén; pero no hizo lo recto ante los ojos del SEÑOR, como David, su padre."
2 Crónicas 28:2
"Pues siguió los caminos de los reyes de Israel y también hizo imágenes fundidas para los baales."
2 Crónicas 28:3
"Además, quemó incienso en el valle del hijo de Hinom y quemó a sus hijos en el fuego, conforme a las abominaciones de las naciones que el SEÑOR había expulsado de delante de los hijos de Israel."
2 Crónicas 28:4
"También ofreció sacrificios y quemó incienso en los lugares altos, sobre las colinas y debajo de todo árbol frondoso."
2 Crónicas 28:5
"Por eso, el SEÑOR su Dios lo entregó en manos del rey de Siria; ellos lo derrotaron, tomaron cautiva a una gran multitud de los suyos y los llevaron a Damasco. También fue entregado en manos del rey de Israel, quien lo derrotó con una gran matanza."
2 Crónicas 28:7
"Y Zicri, un hombre poderoso de Efraín, mató a Maasías, hijo del rey, a Azricam, gobernador del palacio, y a Elcana, que ocupaba el segundo lugar después del rey."
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