Versículo destacado
1 Tesalonicenses 2:7 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
Más bien, fuimos amables entre ustedes, como una nodriza que cuida con ternura a sus hijos.
1 Tesalonicenses 2:7
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
5 Porque nunca usamos palabras aduladoras, como saben, ni una capa de codicia; Dios es testigo.
7 Más bien, fuimos amables entre ustedes, como una nodriza que cuida con ternura a sus hijos.
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Con estas palabras, el apóstol les recuerda a los tesalonicenses la manera en que vivió entre ellos.
Primero señala la ternura de su conducta: «Fuimos amables entre ustedes» (1 Tesalonicenses 2:7). Mostró gran humildad y ternura, aunque podía haber actuado con la autoridad de un apóstol de Cristo. Esa conducta da mucho peso a la fe, porque armoniza con la manera bondadosa en que Dios trata a los pecadores por medio del evangelio. Pablo aborrecía la adulación, pero tenía una profunda consideración por todos. Se adaptaba a la comprensión de las personas y se hacía todo para todos. Mostraba el cuidado y la bondad de una nodriza que cuida con ternura a sus hijos.
Esta es la manera de ganar a las personas, en vez de gobernarlas con dureza. La palabra de Dios es poderosa y puede llegar a la mente con gran autoridad. También contiene suficiente verdad para convencer a cualquier persona sincera. Pero ejerce un poder más atractivo cuando los ministros del evangelio también ganan el afecto de la gente. Así como una madre que amamanta soporta la terquedad de su hijo, realiza tareas humildes por su bien y lo estrecha contra su pecho, los ministros de Cristo deben comportarse con quienes están a su cuidado. «El siervo del Señor no debe ser conflictivo, sino amable con todos y paciente» (2 Timoteo 2:24).
Pablo mostró esta ternura de varias maneras. Primero, tenía un deseo profundo y afectuoso por el bien de ellos: «Teníamos tanto cariño por ustedes» (1 Tesalonicenses 2:8). Los amaba sinceramente por quienes eran. Los buscaba a ellos, no lo que pudieran darle. Quería ganarlos para Dios, no obtener dinero de ellos. Lo que más anhelaba era su bien espiritual y eterno, su salvación.
Segundo, mostró su disposición a hacerles el bien al «compartir con ustedes no solo el evangelio de Dios, sino también nuestra propia vida» (1 Tesalonicenses 2:8). Esto revela la manera en que Pablo predicaba. No escatimaba esfuerzos. Estaba dispuesto a correr riesgos e incluso a entregar su vida al servicio del evangelio. Estaba preparado para entregarse por el bien de las almas. Así como se dice que quienes alimentan al hambriento comparten su propia vida (Isaías 58:10), los apóstoles compartían su vida al dar el pan de vida. Los tesalonicenses eran especialmente queridos para Pablo, y su amor por ellos era muy grande.
Tercero, mostró su ternura mediante su trabajo físico, para no imponerles gastos. «Ustedes recuerdan nuestros esfuerzos y nuestro arduo trabajo, pues trabajábamos día y noche» (1 Tesalonicenses 2:9). Renunció al derecho que tenía de recibir apoyo de las iglesias. Además de dedicarse al ministerio, trabajaba en su oficio de hacer tiendas de campaña para ganarse el pan. No debemos imaginar que Pablo pasaba cada hora de la noche y del día trabajando manualmente. Si así hubiera sido, no habría tenido tiempo para el ministerio. Más bien, dedicaba a ese trabajo parte de la noche y parte del día, y estaba dispuesto a sacrificar horas de sueño para hacer el bien a las almas durante el día.
Esto les da a los ministros un buen ejemplo. Deben esforzarse intensamente por la salvación de las almas, aunque esto no significa que siempre deban predicar sin recibir remuneración. Del ejemplo de Pablo no puede deducirse una regla general según la cual los ministros nunca pueden trabajar con sus manos para sostenerse, ni que siempre deban hacerlo.
Cuarto, Pablo señala la santidad de su conducta y llama como testigos no solo a ellos, sino también a Dios: «Ustedes son testigos, y Dios también» (1 Tesalonicenses 2:10). Los tesalonicenses veían su vida pública y exterior, pero Dios veía no solo sus acciones secretas, sino también los motivos internos que las impulsaban. Su conducta era santa delante de Dios, justa con todas las personas e irreprochable, sin dar motivo de escándalo u ofensa. Tenía cuidado de no ofender ni a los que estaban fuera de la iglesia ni a los creyentes, para no dar un mal ejemplo. Quería que su predicación y su vida estuvieran en armonía. Más adelante, Pablo dijo sobre este punto: «Me esfuerzo siempre por mantener una conciencia limpia delante de Dios y de los seres humanos» (Hechos 24:16).
Después menciona su trabajo fiel en el ministerio (1 Tesalonicenses 2:11-12). También en esto podía llamar a los tesalonicenses como testigos. Pablo y sus colaboradores no solo eran buenos cristianos, sino también ministros fieles. Nosotros también debemos ser fieles no solo en nuestro llamado general como cristianos, sino en nuestros llamados y responsabilidades particulares. Pablo exhortaba a los tesalonicenses; es decir, les enseñaba cuál era su deber y los animaba a cumplirlo mediante razones apropiadas y palabras de aliento. También los consolaba, ayudándolos y fortaleciéndolos en medio de las dificultades y los desánimos que enfrentaban.
Lo hacía no solo en público, sino también en privado, de casa en casa (Hechos 20:20). Además, hablaba personalmente con cada uno, lo que quizá esté incluido en la imagen de un padre que exhorta a sus hijos. Estas palabras también muestran el consejo y el consuelo amorosos y compasivos que Pablo les daba. Él era su padre espiritual. Así como los había cuidado como una madre que amamanta, también los exhortaba como un padre, con el afecto de un padre y no con una autoridad áspera. «No les escribo esto para avergonzarlos, sino para advertirles como a mis queridos hijos» (1 Corintios 4:14).
Los ministros deben prestar atención tanto a la manera como al contenido de esta exhortación. El contenido es especialmente importante: deben «vivir de una manera digna de Dios, quien los llama a su reino y gloria» (1 Tesalonicenses 2:12). Este es nuestro gran privilegio en el evangelio. Dios nos llama aquí al reino de la gracia y, después, al reino de la gloria. Nos llama al cielo y a la dicha eterna como meta, y a la santidad como el camino hacia esa meta.
Este también es nuestro gran deber en el evangelio: que nuestros pensamientos y nuestra vida correspondan a este llamado y a este privilegio. Debemos orientar nuestra vida de acuerdo con el propósito del evangelio y vivir de una manera que corresponda a nuestra profesión de fe, a nuestra esperanza y a lo que esperamos recibir en el futuro, como personas llamadas a un propósito tan elevado y santo.
De este capítulo
1 Tesalonicenses 2:1
"Porque ustedes mismos, hermanos, saben que nuestra llegada a ustedes no fue en vano."
1 Tesalonicenses 2:2
"Aunque antes habíamos sufrido y habíamos sido tratados vergonzosamente en Filipos, como saben, cobramos valor en nuestro Dios para anunciarles el evangelio de Dios en medio de mucha oposición."
1 Tesalonicenses 2:3
"Porque nuestra exhortación no procedía del error, ni de la impureza, ni del engaño."
1 Tesalonicenses 2:4
"Al contrario, así como fuimos aprobados por Dios para que se nos confiara el evangelio, así hablamos; no para agradar a los hombres, sino a Dios, que prueba nuestros corazones."
1 Tesalonicenses 2:5
"Porque nunca usamos palabras aduladoras, como saben, ni una capa de codicia; Dios es testigo."
1 Tesalonicenses 2:6
"Tampoco buscamos gloria de los hombres, ni de ustedes ni de otros, aunque habríamos podido serles una carga como apóstoles de Cristo."
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