Versículo destacado
1 Reyes 19:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Acab le contó a Jezabel todo lo que Elías había hecho y cómo había matado a espada a todos los profetas. "
1 Reyes 19:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Acab le contó a Jezabel todo lo que Elías había hecho y cómo había matado a espada a todos los profetas.
2 Entonces Jezabel envió un mensajero a Elías para decirle: «Que los dioses me hagan esto y aun más si mañana, a esta hora, no hago que tu vida sea como la vida de uno de ellos».
3 Cuando él vio eso, se levantó y se fue para salvar su vida. Llegó a Beerseba, que pertenece a Judá, y dejó allí a su siervo.
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Después de una manifestación tan pública y clara de la gloria de Dios, cualquiera habría esperado que todos honraran a Elías. Toda la disputa entre Dios y Baal había quedado resuelta ante los ojos del pueblo. El fuego había descendido del cielo en respuesta a la oración de Elías, mostrando que Dios había aceptado el sacrificio; y también había descendido agua, refrescando la tierra seca y agotada. Parecía natural que Israel volviera de inmediato a adorar al Dios de Israel y siguiera a Elías como su guía. Sin embargo, el hombre a quien Dios había honrado fue ignorado, e Israel se convirtió en un lugar demasiado peligroso para él.
Acab puso a Jezabel en su contra. Jezabel, la esposa de Acab, actuaba como una reina que gobernaba en su lugar. Era una mujer orgullosa y dominante, que controlaba al rey y a la nación según su voluntad. La conciencia de Acab no le permitía perseguir personalmente a Elías, pues todavía quedaban en él algunos vestigios del espíritu israelita. Por eso le contó a Jezabel todo lo que Elías había hecho, no para calmarla, sino para enfurecerla aún más. No mencionó lo que Dios había hecho, sino únicamente lo que Elías había hecho, como si Elías hubiera hecho bajar fuego del cielo mediante algún tipo de magia y Dios no hubiera tenido ninguna participación. En especial, señaló que Elías había matado a los profetas de Baal, a quienes presentó como si fueran los únicos profetas verdaderos. Acab los quería profundamente y culpó a Elías por haberlos matado, mientras ignoraba que aquello había sido una respuesta justa al asesinato anterior de los profetas de Dios por parte de Jezabel (1 Reyes 18:4). Quienes no se atreven a hacer el mal abiertamente, pero incitan a otros a hacerlo, son tan culpables como si lo hubieran hecho con sus propias manos.
Entonces Jezabel le envió a Elías un mensaje amenazante (1 Reyes 19:2). Juró que lo mataría en las siguientes veinticuatro horas. Algo le impidió hacerlo de inmediato, pero estaba decidida a no dejar pasar mucho tiempo. Con frecuencia, los corazones pecaminosos se vuelven más duros y se enfurecen más contra Dios precisamente por medio de aquello que debería convencerlos y llevarlos al arrepentimiento. Jezabel juró por sus dioses y, en su furia, pidió que la destruyeran si no mataba a Elías, sin considerar si Dios permitiría que cumpliera su amenaza. La crueldad y la confianza insolente suelen ir juntas en quienes persiguen a otros. Sin embargo, al enviarle aviso de su plan, le dio a Elías la oportunidad de escapar. Tal vez pensó que él era tan valiente que no huiría, o que ella inspiraba tanto temor que él no podría ponerse a salvo. Quizá la providencia de Dios estaba actuando y permitió que su propia ira la cegara. Lo más probable es que quisiera la sangre de Elías, pero que por el momento no se atreviera a tocarlo porque todo el pueblo lo consideraba un profeta, y aun un gran profeta. Por eso le envió el mensaje: para asustarlo y apartarlo del camino temporalmente, antes de que pudiera continuar lo que había comenzado. El juramento y la maldición que añadió no demuestran que realmente tuviera la intención de matarlo de inmediato; solo muestran que quería que él creyera que lo haría. Los dioses por los que juró no podían ayudarla ni hacerle daño.
Al enterarse de esto, Elías tuvo mucho miedo y huyó para salvar su vida, probablemente de noche, hacia Beerseba (1 Reyes 19:3). No podemos elogiarlo por esa huida. El hombre que acababa de enfrentarse con valentía a Acab y a todos los profetas de Baal ahora temblaba ante las amenazas vacías de una mujer orgullosa y enfurecida. El mismo que se había mantenido firme mientras el fuego de Dios caía sobre su sacrificio ahora retrocedía ante una amenaza humana. Qué frágil es la fuerza humana. La gran fe no siempre permanece igual de fuerte. Elías seguramente sabía que podía ser muy útil para Israel en ese momento, y tenía razones suficientes para confiar en la protección de Dios mientras hacía la obra de Dios. Aun así, huyó. En un peligro anterior, Dios le había dicho que se escondiera (1 Reyes 17:3), así que quizá pensó que podía hacer lo mismo ahora.
Desde Beerseba continuó hacia el desierto, aquella extensa y desolada región donde Israel había peregrinado. Beerseba estaba lo bastante lejos de Jezreel y se encontraba bajo el gobierno del buen rey Josafat, así que Elías habría estado seguro allí. Sin embargo, como si el miedo todavía lo siguiera aun después de haber salido del peligro, no pudo descansar y avanzó un día más hacia el desierto. Tal vez no fue allí únicamente para estar a salvo, sino también para apartarse por completo del mundo y tener una comunión más libre y cercana con Dios. Dejó a su siervo en Beerseba, ya fuera para estar solo en el desierto, como Abraham dejó abajo a sus siervos cuando subió al monte a adorar, o porque no quería exponer a un siervo joven e inexperto a las dificultades del desierto. Debemos considerar con cuidado la fragilidad de quienes están bajo nuestro cuidado, porque Dios también toma en cuenta nuestra fragilidad.
Cansado por el viaje, Elías se desanimó y deseó morir, como lo hacen a veces los niños agotados cuando tienen sueño (1 Reyes 19:4). La nota marginal dice que pidió morir, porque para un hombre bueno la muerte es vida: la muerte del cuerpo significa la vida del alma. Pero esa no era la verdadera razón por la que quería morir. No era el deseo sereno nacido de la gracia, como el anhelo de Pablo de partir y estar con Cristo, sino el deseo alterado de la debilidad humana, como el de Job. Quienes desean morir de esta manera no se encuentran en la mejor condición para enfrentar la muerte. Jezabel había jurado matarlo y, en medio de su angustia, Elías oró pidiendo la muerte: huyó de la muerte hacia la muerte. Aun así, había una diferencia: prefería morir de la mano del Señor, cuyas misericordias son grandes, y no de la mano de un ser humano, cuya compasión es cruel. Prefería morir en el desierto antes que morir como el profeta de Baal bajo la amenaza de Jezabel (1 Reyes 19:2), para que los adoradores de Baal no se jactaran ni insultaran al Dios de Israel, como si hubieran demostrado ser más fuertes que su defensor. Dijo: «Ya es suficiente. He hecho bastante y he sufrido bastante. Estoy cansado de vivir». Quienes ya tienen asegurada la felicidad en el mundo venidero pronto descubrirán que ya han tenido suficiente de este mundo.
Elías dice: «No soy mejor que mis antepasados. No puedo soportar más de lo que ellos pudieron soportar, así que ¿por qué seguir cargando con este peso?». Resulta sorprendente escuchar esas palabras de un hombre tan grande y valiente. Aquí Dios lo dejó depender de sí mismo para mostrar que, cuando había sido valiente y fuerte, era gracias al poder del Señor y no al suyo propio. Por sí mismo, Elías no era mejor que sus antepasados ni que los demás profetas.
Entonces Dios lo alimentó por medio de un ángel en el desierto, el lugar al que Elías se había arrojado imprudentemente. Si Dios no lo hubiera ayudado bondadosamente, habría muerto allí. Esto muestra cuánto mejor trata Dios a sus hijos obstinados de lo que merecen. Elías, en un momento de desánimo, había querido morir. Dios no lo necesitaba, pero aun así había decidido usarlo y honrarlo, así que envió un ángel para mantenerlo con vida. Nuestra situación sería muy triste si Dios siempre nos diera aquello que pedimos neciamente y bajo la influencia de nuestras emociones.
Después de orar pidiendo morir, Elías se acostó y se quedó dormido (1 Reyes 19:5), quizá con la esperanza de morir mientras dormía y no despertar jamás. Pero en lugar de morir, despertó y encontró pan y agua preparados para él (1 Reyes 19:6). Además, un ángel había velado por él mientras dormía y lo llamó dos veces para que comiera cuando la comida estuvo lista (1 Reyes 19:5, 1 Reyes 19:7). No tenía razón para quejarse de la dureza de los seres humanos cuando Dios había enviado ángeles para cuidarlo. De esta manera, recibió mejor provisión que los profetas de las arboledas que comían en la mesa de Jezabel.
Dondequiera que estén los hijos de Dios, siguen estando en la tierra de su Padre y bajo la mirada y el cuidado de su Padre. Pueden perderse en un desierto, pero Dios no pierde de vista a los suyos. Allí pueden pensar en Aquel que vive y los ve, como hizo Agar (Génesis 16:13).
Después, fortalecido por aquel alimento, Elías fue llevado hasta Horeb, el monte de Dios (1 Reyes 19:8). Es probable que el Espíritu del Señor lo guiara hasta allí, incluso más allá de lo que él había planeado, para que se encontrara con Dios en el mismo lugar donde Moisés se había encontrado con él. Allí, por medio del ministerio de Elías, se volvería a traer a la memoria la ley que Dios había dado mediante Moisés. El ángel le dijo que comiera por segunda vez porque el viaje que tenía por delante era muy largo (1 Reyes 19:7).
Dios sabe lo que ha planeado para nosotros, aun cuando nosotros no lo sabemos. Él conoce la obra, las pruebas y las necesidades que nos esperan, y proveerá para nosotros cuando no podamos hacerlo por nuestra cuenta. Nos da la gracia suficiente para aquello a lo que nos llama. Quien determina el viaje también proveerá el alimento necesario para recorrerlo.
Observa cuántas maneras diferentes usó Dios para mantener con vida a Elías. Primero lo alimentó repetidamente por medio de cuervos; después, por medio de un ángel; y ahora, para mostrar que el ser humano no vive solo de pan, lo sostuvo durante cuarenta días sin comer. Elías no estaba descansando ni durmiendo tanto que simplemente necesitara menos alimento. Continuaba viajando por el desierto, como Israel había vagado allí durante un año entero. Sin embargo, no necesitaba comida ni la deseaba.
Es probable que aquel lugar le recordara el maná y lo animara a esperar que Dios también lo sostendría allí y que, a su debido tiempo, lo sacaría de ese lugar, así como había sacado a Israel. Tanto Israel como Elías se habían mostrado inquietos y desconfiados, pero Dios siguió siendo fiel para sustentarlos.
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De este capítulo
1 Reyes 19:2
"Entonces Jezabel envió un mensajero a Elías para decirle: «Que los dioses me hagan esto y aun más si mañana, a esta hora, no hago que tu vida sea como la vida de uno de ellos»."
1 Reyes 19:3
"Cuando él vio eso, se levantó y se fue para salvar su vida. Llegó a Beerseba, que pertenece a Judá, y dejó allí a su siervo."
1 Reyes 19:4
"Pero él se internó en el desierto a una jornada de camino, llegó y se sentó debajo de un enebro. Entonces pidió para sí morir y dijo: «¡Basta ya! Ahora, Señor, quítame la vida, porque no soy mejor que mis padres»."
1 Reyes 19:5
"Luego se acostó y se quedó dormido debajo de un enebro. Entonces, un ángel lo tocó y le dijo: «Levántate y come»."
1 Reyes 19:6
"Él miró y vio junto a su cabeza una torta cocida sobre las brasas y una vasija de agua. Comió y bebió, y volvió a acostarse."
1 Reyes 19:7
"El ángel del Señor volvió por segunda vez, lo tocó y le dijo: «Levántate y come, porque el viaje es demasiado largo para ti»."
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