Versículo destacado
1 Reyes 10:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Cuando la reina de Saba oyó hablar de la fama de Salomón en relación con el nombre del SEÑOR, vino a ponerlo a prueba con preguntas difíciles. "
1 Reyes 10:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Cuando la reina de Saba oyó hablar de la fama de Salomón en relación con el nombre del SEÑOR, vino a ponerlo a prueba con preguntas difíciles.
2 Llegó a Jerusalén con un séquito muy grande, con camellos cargados de especias aromáticas, muchísimo oro y piedras preciosas. Cuando llegó ante Salomón, habló con él de todo lo que tenía en su corazón.
3 Salomón respondió todas sus preguntas; no hubo nada oculto para el rey que él no le explicara.
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Este pasaje nos habla de la visita que la reina de Sabá hizo a Salomón, probablemente cuando él se encontraba en la cumbre de su piedad y prosperidad. Jesús la llamó «la reina del sur», porque Sabá estaba al sur de Canaán. Muchos piensan que Sabá estaba en África, y los cristianos de Etiopía todavía creen que ella provenía de su tierra y que Candace, mencionada en Hechos 8:27, fue su sucesora. Sin embargo, es más probable que viniera de la parte sur de Arabia, conocida como Arabia la Feliz. Parece haber sido una reina que gobernaba por derecho propio. Muchos reinos perderían algunas de sus mayores bendiciones si solo los hombres pudieran gobernarlos.
Observemos primero la razón de su visita. No vino a hablar de comercio, resolver disputas fronterizas, buscar una alianza ni pedir ayuda contra un enemigo. Esas son las razones habituales por las que se reúnen los reyes y las reinas. Ella vino, en primer lugar, para satisfacer su curiosidad, porque había oído hablar de la fama de Salomón, especialmente de su sabiduría. Vino a comprobar si era tan grande como decía la gente, como se relata en 1 Reyes 10:1. La flota de Salomón navegaba cerca de la costa de su país y quizá se detenía allí para abastecerse de agua fresca. Tal vez así fue como ella oyó que Salomón era más sabio que todos los habitantes del oriente, y quiso saber si el informe era verdad.
También vino para aprender de él. Quería escuchar su sabiduría y crecer en su propio entendimiento, como Jesús señaló más adelante en Mateo 12:42. Al aprender de él, estaría mejor preparada para gobernar su propio reino con principios sabios. Quienes Dios llama al servicio público, especialmente los gobernantes y los ministros, deben seguir creciendo en el conocimiento que los ayuda a servir bien. Pero parece que su preocupación más profunda era aprender acerca de las cosas de Dios. Se sentía atraída hacia la fe y había oído no solo de la fama de Salomón, sino también del nombre del SEÑOR; es decir, del gran nombre del Dios a quien Salomón adoraba y de quien había recibido su sabiduría, como se menciona en 1 Reyes 10:1. Quería conocer mejor a ese Dios. Por eso Jesús usó la búsqueda de Dios que ella emprendió por medio de Salomón como una reprensión para quienes no buscan a Dios por medio de Jesucristo, quien tiene una capacidad mucho mayor para enseñarles.
Observemos también su gran séquito real. Vino con una escolta muy numerosa, apropiada para su rango, y tenía la intención de poner a prueba no solo la sabiduría de Salomón, sino también su riqueza, su generosidad y la manera en que recibiría a una visitante de la realeza, como se relata en 1 Reyes 10:2. Sin embargo, no vino como una mendiga. Trajo suficiente para cubrir sus gastos y para recompensar generosamente a Salomón por la atención que le prestara. Llevó oro, piedras preciosas y especias; nada sencillo ni barato, porque había venido a comprar sabiduría y estaba dispuesta a pagar cualquier precio por ella.
Consideremos después cómo la recibió Salomón. No la menospreció por ser mujer ni la culpó por dejar sus propios asuntos para viajar tan lejos y causar tantas molestias y gastos con tal de satisfacer su curiosidad. Al contrario, la recibió a ella y a todos los que la acompañaban. Le permitió hacer toda clase de preguntas, incluso si algunas eran triviales, incisivas o demasiado curiosas. Le permitió hablar con libertad de todo lo que tenía en el corazón, como se indica en 1 Reyes 10:2, y respondió bien a todas sus preguntas, como se indica en 1 Reyes 10:3, ya fueran acerca de la naturaleza, la moral, el gobierno o la religión. Si sus preguntas tenían el propósito de ponerlo a prueba, él respondió de tal manera que la convenció por completo de su extraordinaria sabiduría. Si tenían el propósito de ayudarla a aprender, como creemos que sucedía con la mayoría de ellas, recibió de él una enseñanza muy valiosa. Salomón hizo que cosas que antes parecían imposibles de entender resultaran sorprendentemente claras y la convenció de que había una sabiduría divina en las palabras de ese rey.
Sin duda, también le enseñó cuidadosamente acerca de Dios, su ley y la adoración que Dios había establecido. En 1 Reyes 8:42, Salomón había dado por sentado que los extranjeros oirían acerca del gran nombre de Dios y vendrían allí para buscarlo. Ahora que había llegado una visitante extranjera tan importante, podemos estar seguros de que hizo todo lo posible por responder sus preguntas y animarla en su búsqueda. Probablemente le explicó acerca del templo, sus oficiales y sus servicios, para que ella se convenciera de servir al SEÑOR, a quien ahora buscaba.
Veamos ahora cómo respondió a lo que vio y oyó en la corte de Salomón. El pasaje menciona muchas cosas que admiró, entre ellas los edificios y el mobiliario de su palacio, la comida diaria preparada para su mesa, el orden de sus siervos —cada uno en su lugar correspondiente— y el servicio diligente de sus asistentes, todo sin confusión. También admiró sus vestiduras lujosas y la manera en que sus coperos servían a la mesa. Todas esas cosas contribuían mucho al esplendor real de Salomón. Pero por encima de todo, lo primero que se menciona y que incluía todo lo demás era su sabiduría, de la cual ahora tenía una prueba clara, como se relata en 1 Reyes 10:4. Lo último que se menciona, aquello que coronaba todo lo demás, era su devoción a Dios, visible en la manera seria y reverente en que subía al templo del SEÑOR y lo adoraba. En esos momentos mostraba tanta humildad como majestad en otras ocasiones. Algunas versiones antiguas entienden esta parte como una referencia a los holocaustos que ofrecía en el templo del SEÑOR. En ese caso, ella habría observado la generosidad con que presentaba sus sacrificios y la solemnidad con que participaba en ellos. Nunca había visto tanta bondad unida a tanta grandeza. Todo era tan impresionante que quedó abrumada y sin palabras.
Finalmente, observemos cómo habló de todo aquello. Dijo que sus expectativas habían sido superadas por completo, aunque ya eran muy grandes debido al informe que había escuchado, como se relata en 1 Reyes 10:6-7. No lamentó el viaje ni se consideró insensata por haberlo emprendido. Al contrario, dijo que valía la pena viajar tan lejos para ver algo que no había podido creer basándose únicamente en lo que había oído. Por lo general, las cosas parecen más grandes cuando se cuentan y cuando las imaginamos que cuando finalmente las vemos en la realidad. Pero aquí la realidad era mayor que tanto los rumores como las expectativas. Quienes, por la gracia de Dios, llegan a conocer las alegrías de caminar con Dios dirán que no les contaron ni la mitad de las bendiciones de los caminos de la Sabiduría y de quienes entran por sus puertas. Más aún, los santos glorificados dirán que los informes que oyeron acerca del cielo eran verdaderos, pero que ni siquiera les contaron una milésima parte de su gloria, como se expresa en 1 Corintios 2:9.
Ella dijo que eran dichosos los siervos que siempre estaban cerca de Salomón y atendían su mesa. «¡Dichosos tus hombres! ¡Dichosos estos siervos tuyos!» (1 Reyes 10:8). Ellos podían volverse más sabios al escucharlo. Casi sentía envidia de ellos, y quizá incluso deseaba ser una de sus siervas.
Esto nos recuerda cuán grande es la ventaja de vivir en un buen hogar y disfrutar de una relación constante con personas sabias, buenas y generosas. Muchas personas tienen esa bendición y nunca la valoran como deberían. ¡Cuánto más podemos decir esto de los siervos de Cristo! Dichosos los que viven en su casa, porque seguirán alabándolo.
La reina también alabó a Dios, quien había dado a Salomón su sabiduría y sus riquezas y lo había hecho rey. Dios había hecho esto por su bondad hacia Salomón, para darle una mayor oportunidad de hacer el bien con su sabiduría. «Porque el SEÑOR se agradó de ti y te puso en el trono de Israel» (1 Reyes 10:9). El ascenso de Salomón había comenzado cuando el profeta lo llamó Jedidías, porque el SEÑOR lo amaba (2 Samuel 12:25). Nuestras alegrías son mucho mayores cuando tenemos razones para pensar que provienen del agrado de Dios hacia nosotros. Estas palabras también pueden significar: «Fue tu deseo ponerlo en el trono», no porque Salomón lo mereciera, sino porque a Dios le agradó hacerlo.
Dios también lo hizo por el bien del pueblo, porque el SEÑOR amaba a Israel para siempre y había planeado bendiciones duraderas para ellos. Salomón fue hecho rey, no para vivir cómodamente y hacer lo que quisiera, sino para administrar justicia y actuar con rectitud. La reina se lo recordó amablemente, y sin duda él recibió bien sus palabras. Los gobernantes civiles y los ministros deben preocuparse más por cumplir la responsabilidad de su cargo que por obtener honor o ganancias de él.
Ella atribuyó el éxito de Salomón a esto, y no simplemente a su sabiduría. La sabiduría no siempre garantiza el éxito, porque «la carrera no es de los veloces ni la batalla de los fuertes» (Eclesiastés 9:11). Pero le irá bien a quien hace lo correcto y practica la justicia (Jeremías 22:15). Por eso debemos dar gracias por los reyes, especialmente por los buenos reyes, porque son lo que Dios hace de ellos.
Cuando se despidió, la reina le dio a Salomón un generoso regalo de oro y especias (1 Reyes 10:10). Mucho tiempo antes, David había dicho que se le daría a Salomón oro de Sabá (Salmo 72:15). Los regalos de oro y especias que más adelante los sabios de oriente llevaron a Cristo apuntaban a esta escena (Mateo 2:11). De esta manera, ella pagó por la sabiduría que había recibido y no consideró demasiado alto el precio.
Los que han sido instruidos por Dios deben entregarle su corazón, y ese regalo le agradará más que el oro y las especias. El escritor destaca la gran cantidad de riquezas que tenía Salomón, aunque la reina todavía le ofreció estos regalos y él los aceptó. Lo que damos a Cristo no es algo que él necesite, pero se complace cuando expresamos así nuestro agradecimiento. Aquí se mencionan los árboles de almug como algo inusual, quizá porque la reina de Saba los encontró especialmente impresionantes (1 Reyes 10:11-12).
Salomón no se quedó atrás ante la generosidad de ella. Le dio todo lo que pidió, lo cual pudo haber incluido muestras de artículos raros para que pudiera hacer otros semejantes, o quizá dichos escritos de sabiduría y piedad, además de regalos provenientes de sus riquezas reales (1 Reyes 10:13). En esto, quienes acuden al Señor Jesús descubren que él es superior a Salomón, más sabio y mucho más generoso. Él hará por nosotros lo que le pidamos. Y, más aún, en su bondad divina, que supera por mucho la generosidad de cualquier rey, hará por nosotros mucho más de lo que podemos pedir o imaginar.
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De este capítulo
1 Reyes 10:2
"Llegó a Jerusalén con un séquito muy grande, con camellos cargados de especias aromáticas, muchísimo oro y piedras preciosas. Cuando llegó ante Salomón, habló con él de todo lo que tenía en su corazón."
1 Reyes 10:3
"Salomón respondió todas sus preguntas; no hubo nada oculto para el rey que él no le explicara."
1 Reyes 10:4
"Cuando la reina de Saba vio toda la sabiduría de Salomón y la casa que había construido,"
1 Reyes 10:5
"los alimentos de su mesa, los asientos de sus siervos, el servicio de sus ministros y sus vestiduras, sus coperos y la subida por la cual él subía a la casa del SEÑOR, no quedó más espíritu en ella."
1 Reyes 10:6
"Entonces dijo al rey: Cierto era el informe que oí en mi propia tierra acerca de tus hechos y de tu sabiduría."
1 Reyes 10:7
"Sin embargo, no creí aquellas palabras hasta que vine y mis propios ojos lo vieron. Pero, mira, ni siquiera se me había contado la mitad: tu sabiduría y tu prosperidad superan la fama que había oído."
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