Versículo destacado
Salmos 69:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Sálvame, Dios mío, porque estoy a punto de ahogarme; "
Salmos 69:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Sálvame, Dios mío, porque estoy a punto de ahogarme;
2 me hundo en un pantano profundo y no tengo dónde apoyar los pies. He llegado a lo más hondo del agua, y la corriente me arrastra.
3 Ya estoy ronco de tanto gritar; me duele la garganta; ¡mis ojos están cansados de tanto esperar a mi Dios!
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En estos versículos, David habla de sus problemas y mezcla su lamento con peticiones de ayuda. Derrama su dolor delante del Señor, como alguien que desea quitarse del corazón una carga muy pesada.
Primero describe cuán profundamente lo han afectado sus problemas (Salmo 69:1-2). Las aguas de la aflicción, como corrientes amargas de una inundación, han subido hasta su alma. No solo amenazan su vida, sino que también perturban su mente. Lo llenan de pensamientos angustiosos y de una tristeza pesada, de modo que ya no puede disfrutar de Dios ni de sí mismo como antes. Podemos soportar mejor las dificultades si no permitimos que gobiernen nuestro corazón; pero cuando nos roban la paz interior, nuestra condición se vuelve grave. Una persona puede soportar la debilidad mientras su espíritu permanezca firme, pero ¿qué podemos hacer cuando el espíritu está herido? Esa era la situación de David.
Sus pensamientos buscaban algo firme en qué confiar, pero no encontraban nada. Se hundía en un lodo profundo, donde no había un lugar seguro para pisar. Las cosas que antes lo sostenían y animaban ya no parecían ayudarlo, y sentía que se lo llevaban las aguas. Era como un hombre que se está ahogando, confundido y abrumado. Esto también apunta a los sufrimientos de Cristo en su alma y a la profunda angustia que sintió cuando dijo: «Ahora está turbada mi alma» y «Mi alma está muy triste». Porque fue su alma la que ofreció por el pecado. Esto nos enseña que, cuando sufrimos, debemos dejar nuestras almas bajo el cuidado de Dios, para no volvernos amargos ni caer en la desesperación.
David también se queja de cuánto tiempo duraron sus problemas (Salmo 69:3). Dice: «Estoy cansado de clamar». Aunque no podía mantenerse a flote en medio de la inundación, seguía clamando a Dios. Cuanto más cerca parecía estar la muerte, más pedía por la vida. Sin embargo, no recibió de inmediato la paz ni siquiera el consuelo que el pueblo de Dios suele experimentar al orar. Por eso llegó casi a cansarse de clamar; su voz se volvió ronca y su garganta se secó tanto que ya no podía gritar. También perdió el consuelo que normalmente encontraba al creer, esperar y aguardar la ayuda. Sus ojos se debilitaron mientras esperaba a su Dios, como si casi los hubiera agotado buscando liberación. Aun así, el hecho de que le dijera esto a Dios demuestra que no estaba dispuesto a dejar de creer ni de orar. Su garganta estaba seca, pero su corazón no. Sus ojos fallaban, pero su fe no. De la misma manera, nuestro Señor Jesús en la cruz clamó: «¿Por qué me has abandonado?», y aun así mantuvo su relación con el Padre al decir: «Dios mío, Dios mío».
Luego David se queja del odio y del número de sus enemigos, así como de la injusticia y la crueldad con que lo trataban (Salmo 69:4). Lo odiaban y querían destruirlo, porque el odio siempre busca la ruina de una persona. Pero ¿qué mal había hecho? ¿Qué pecado había cometido contra ellos? Ninguno. «Me aborrecen sin causa», dice. No les había hecho ningún daño, pero lo trataban con profunda hostilidad. Jesús aplicó estas palabras a sí mismo en Juan 15:25: «Sin causa me aborrecieron». A menudo usamos una afirmación así para justificar nuestro enojo contra quienes nos odian, diciendo que no les dimos ningún motivo. Pero es mejor usarla como una razón para soportar el odio con paciencia, porque entonces sufrimos como Cristo sufrió y podemos esperar que Dios nos defienda. «Ellos son mis enemigos injustamente, porque yo no he sido su enemigo». En un mundo tan lleno de pecado, no debería sorprendernos encontrarnos con enemigos que nos traten injustamente. Asegurémonos de no hacer ningún mal, para que podamos soportar mejor el mal que otros nos hagan.
Esos enemigos no eran pocos ni débiles. Eran muchos, más numerosos que los cabellos de su cabeza. Los enemigos de Cristo también fueron numerosos, como lo muestra la gran multitud que fue a arrestarlo. Además, eran fuertes, pues tenían autoridad y poder. Nosotros somos débiles, pero nuestros enemigos son fuertes, porque luchamos contra principados y potestades.
Luego David dice: «He pagado lo que no había robado». Para David, esto significa que sus enemigos lo obligaban a sufrir por un mal que no había cometido, y que él estaba dispuesto, si era posible, a devolver lo que no había tomado y hacer las paces. Podría haberse aferrado a sus derechos de justicia y honor, pues ni el deber ni el sentido común normalmente exigirían que alguien restituyera lo que no había tomado; hacerlo podría parecer perjudicarse a sí mismo tanto en sus bienes como en su reputación. Sin embargo, hay ocasiones en que algo así puede convertirse en nuestro deber. El apóstol Pablo, aunque era libre de todos, se hizo siervo de todos por el honor de Cristo y el bien de la iglesia.
Aplicado a Cristo, esto es una imagen impactante de la satisfacción que ofreció a Dios por nuestro pecado mediante su sangre. Él pagó lo que no había robado. Sufrió el castigo que nos correspondía, pagó nuestra deuda y cargó con nuestra culpa. El pecado había privado a Dios de su gloria en ciertos aspectos, y también había quitado al ser humano su honor, su paz y su felicidad. Cristo no había quitado ninguna de esas cosas, pero por el mérito de su muerte las restauró.
David también se queja de la frialdad de sus amigos y familiares, un dolor que muchas veces hiere tan profundamente como cualquier otro (Salmo 69:8). «Extraño he sido para mis hermanos», dice. Ellos actuaban como si no lo conocieran y lo trataban como a un extraño. Evitaban hablar con él y se avergonzaban de reconocerlo. Esto se cumplió en Cristo: sus hermanos no creían en él (Juan 7:5); vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron (Juan 1:11); y fue abandonado por los discípulos con quienes había vivido tan abiertamente, como un hermano.
También se queja de la vergüenza y las burlas que tuvo que soportar. En esto, su lamento apunta especialmente a Cristo, quien por nosotros aceptó la más profunda deshonra y se despojó de toda reputación. Nosotros habíamos ofendido el honor de Dios por medio del pecado, y Cristo reparó esa ofensa, no solo al dejar a un lado los honores que le correspondían como Hijo de Dios encarnado, sino también al soportar los insultos más crueles que podían dirigirse contra un ser humano. David señala dos cosas que hicieron más dolorosa esta deshonra: el motivo de sus burlas (Salmo 69:10-11), y el hecho de que se burlaban de él precisamente por aquello que lo humillaba a él y honraba a Dios. Cuando las personas se exaltan con orgullo y vanagloria, merecen que se rían de su necedad. Pero David humilló su alma, ayunó y se vistió de cilicio, y ellos usaron su humillación como motivo para pisotearlo.
Cuando las personas deshonran a Dios, es justo que su propia deshonra venga después. Pero cuando David, por pura devoción a Dios, lloraba, se humillaba con ayuno y vestía de cilicio, ellos hicieron todo lo posible por burlarse de él e impedir que otros imitaran su buen ejemplo. En vez de elogiar su devoción, la convirtieron en una vergüenza. Se reían de él como si fuera un necio por humillarse de esa manera, y llegó a ser un dicho entre ellos, el blanco de sus bromas.
No debemos pensar que es extraño que las personas hablen mal de nosotros por hacer lo correcto, especialmente cuando tenemos motivos para creer que Dios nos acepta. Nuestro Señor Jesús fue apedreado por sus buenas obras (Juan 10:32), y cuando clamó: «Dios mío, Dios mío», algunos se burlaron de él como si estuviera llamando a Elías.
Las personas que insultaban a David eran de dos clases. Unos eran los más respetados y serios: los que se sentaban en la puerta, donde se reunían los jueces y los líderes. Sus insultos tenían el peso de la autoridad pública, así que otros trataban sus palabras como si fueran decisiones judiciales. Los otros eran personas de la clase más baja y despreciable: borrachos y gente inútil, hijos de necios y de hombres viles. Esos borrachos se rebajaban a sí mismos, y David se convirtió en su canción. Lo usaban para entretenerse y entretener a sus compañeros. Esto muestra el triste fruto de la embriaguez: hace que las personas desprecien lo bueno. El rey, enfermo por el vino, extendió su mano entre los burladores (Oseas 7:5). En una compañía así, la burla se vuelve algo común. Sin embargo, para las personas sensatas no es difícil ignorar que gente así las desprecie.
La confesión de pecado de David también es muy seria: «Dios, tú conoces mi insensatez, y mis pecados no te son ocultos» (Salmo 69:5). Está diciendo que, aunque niegue las acusaciones falsas que otros presentan contra él, debe admitir delante de Dios que merece mucho más de lo que está sufriendo. Esta es la verdadera confesión de una persona arrepentida: alguien que sabe que el pecado no puede ocultarse y que es más sabio admitirlo, porque Dios ya lo ve. Dios conoce la insensatez que hay en nuestro corazón, y todos nuestros pecados brotan de esa raíz. También conoce los pecados de nuestra vida, incluso los secretos. Nada está oculto para él, y nada queda realmente fuera de su vista hasta que se arrepiente y recibe perdón.
Esto también puede aplicarse a Cristo, quien no conoció pecado, pero fue hecho pecado por nosotros. Dios lo sabía, y esto no estuvo oculto de él cuando quiso quebrantarlo y hacerlo sufrir.
Las oraciones de David son muy urgentes. Primero ora por sí mismo: «Sálvame, oh Dios» (Salmos 69:1). Pide ser rescatado de hundirse y de darse por vencido. En esto, Cristo fue escuchado por causa de lo que temía, pues fue librado de abandonar la obra que había venido a cumplir (Hebreos 5:7). David también ora por sus amigos: «No permitas que quienes esperan en ti queden avergonzados por mi causa, Señor Dios de los ejércitos, Dios de Israel» (Salmos 69:6). Nosotros también debemos buscar a Dios de las dos maneras: como el Dios de los ejércitos, que tiene todo poder para ayudar, y como el Dios de Israel, que está en pacto con su pueblo y, por su propio honor y verdad, se ha comprometido a ayudarlo.
David temía que, si Dios no intervenía a su favor, eso desanimaría a otras personas piadosas y les daría a sus enemigos motivos para jactarse. Por eso pide que, suceda lo que suceda con él, todos los que buscan a Dios y esperan en él no pierdan el ánimo, no queden avergonzados ni sean objeto de burlas. Si Jesucristo no hubiera sido sostenido y aceptado por su Padre en medio de sus sufrimientos, todos los que buscan a Dios y esperan en él habrían quedado avergonzados y confundidos. Pero, como Cristo fue sostenido, los creyentes pueden acercarse a Dios con confianza y presentarse con libertad ante el trono de la gracia.
La súplica de David es especialmente intensa en Salmos 69:7 y Salmos 69:9. El desprecio era una de sus cargas más pesadas. Le pide a Dios que quite la vergüenza y defienda su causa. Dice: «Por causa de ti soporto el desprecio». Quienes son insultados por hacer el bien pueden dejar con confianza en las manos de Dios la tarea de sacar a la luz su justicia. También dice: «El celo por tu casa me ha consumido». Esto significa que su profundo amor por la casa y el honor de Dios lo había consumido, al punto de olvidarse de sí mismo y actuar de maneras que sus adversarios distorsionaban para convertirlas en motivo de reproche contra él.
Los que odiaban a Dios y su casa odiaban a David por la misma razón, porque veían cuánto le importaban. Su odio y sus insultos parecían tragarse su reputación y todo el respeto que antes tenían por él. Cuando blasfemaban contra Dios y hablaban en contra de su palabra y sus caminos, también insultaban a David por creer en la palabra de Dios y andar en sus caminos. O quizá David quiere decir que su celo por la casa de Dios hacía que sintiera cada insulto contra el nombre de Dios como si fuera un insulto contra su propio nombre. Sentía el deshonor de Dios y el desprecio por la religión con más intensidad que sus propias dificultades externas.
Por esa razón, tenía buenos motivos para esperar que Dios defendiera su causa, ya que él siempre había defendido la causa de Dios. Ambas partes de este versículo apuntan a Cristo. La limpieza del templo mostró su amor por su Padre, y los discípulos recordaron este versículo: «El celo por tu casa me ha consumido» (Juan 2:17). También mostró su abnegación, porque no buscó agradarse a sí mismo, y los insultos dirigidos contra Dios cayeron sobre él (Romanos 15:3). En esto, nos dejó un ejemplo.
De este capítulo
Salmos 69:2
"me hundo en un pantano profundo y no tengo dónde apoyar los pies. He llegado a lo más hondo del agua, y la corriente me arrastra."
Salmos 69:3
"Ya estoy ronco de tanto gritar; me duele la garganta; ¡mis ojos están cansados de tanto esperar a mi Dios!"
Salmos 69:4
"Los que me odian sin motivo son más numerosos que los pelos de mi cabeza; han aumentado mis enemigos, los que me destruyen sin razón y me exigen que devuelva lo que no he robado."
Salmos 69:5
"Dios mío, tú sabes cuán necio he sido; no puedo ocultarte mis pecados."
Salmos 69:6
"Señor, Dios todopoderoso, ¡que por mi culpa no pasen vergüenza los que confían en ti! Dios de Israel, ¡que por mi causa no se decepcionen los que te buscan con ansia!"
Salmos 69:7
"Por ti he soportado ofensas; mi rostro se ha cubierto de vergüenza;"
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