Versículo destacado

Salmos 35:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Señor, oponte a los que se oponen a mí; ataca a los que me atacan. "

Salmos 35:1

menu_book El versículo en contexto

1 Señor, oponte a los que se oponen a mí; ataca a los que me atacan.

2 Toma tu escudo y ven en mi ayuda;

3 toma tu lanza y haz frente a los que me persiguen; ¡dime que eres tú mi salvador!

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En estos versículos, David presenta su caso ante Dios y describe la ira y el odio implacables de quienes estaban en su contra. Él era siervo de Dios, llamado por Dios a cumplir su obra, caminaba en obediencia y procuraba honrarlo. Sin embargo, la gente luchaba contra él, se oponía a su ascenso y usaba todos los medios posibles para perjudicarlo. No solo actuaban contra él en secreto; también se declaraban abiertamente en su contra e intentaban hacerle daño de todas las maneras.

Lo perseguían con un odio incansable y buscaban su alma, es decir, su vida. Nada menos que eso podía satisfacer su propósito violento. También querían perturbar su paz y llenarlo de confusión. Su hostilidad no era un enojo pasajero, sino una malicia profunda y duradera. Planeaban juntos cómo hacerle daño y empleaban su capacidad y energía no solo para herirlo, sino para encontrar la manera de destruirlo.

Trataban a David, que en realidad era una bendición para su nación, como si fuera una maldición. Lo perseguían como a un animal salvaje peligroso. Cavaron una fosa y tendieron una red para atraparlo y dejarlo a su merced (Salmo 35:7). Dedicaron gran esfuerzo a perseguirlo, y lo hicieron con cuidado y astucia. La serpiente antigua les enseñó la sutileza. Escondieron su red de David y de sus amigos, pero no pudieron esconderla de Dios.

David también percibía lo desigual que era la lucha. Su enemigo, especialmente Saúl, era demasiado fuerte para él (Salmo 35:10). Saúl tenía el ejército bajo su mando y actuaba como si solo él tuviera derecho a hacer leyes y dictar sentencia. Podía condenar a quien quisiera e incluso arrojar una lanza contra cualquiera que se interpusiera en su camino. Su palabra tenía fuerza de ley, y todos los que lo rodeaban debían obedecer, fuera correcto o no. Tenía tierras, viñedos y cargos para repartir, como se muestra en 1 Samuel 22:7. David, en cambio, era pobre y necesitado; tenía poco que ofrecer y pocos partidarios, en su mayoría hombres que habían atravesado dificultades económicas (1 Samuel 22:2). Por eso no sorprende que Saúl le quitara lo poco que tenía y la influencia que había logrado alcanzar.

Si los reyes de la tierra se levantan contra el Señor y contra su ungido, ¿quién puede hacerles frente? No es algo nuevo que las personas más justas y la causa más justa enfrenten a muchos enemigos poderosos y maliciosos. Cristo mismo fue rechazado y atacado, y se hace guerra contra el pueblo santo. No debemos sorprendernos. Esta es la antigua hostilidad de la descendencia de la serpiente contra la descendencia de la mujer.

Entonces David apela a Dios en cuanto a su propia integridad y a la justicia de su causa. Si otro súbdito le hubiera hecho daño, podría haber acudido ante su gobernante, como más adelante Pablo apeló al César. Pero cuando su gobernante le hacía daño, apelaba a Dios, quien gobierna y juzga a los reyes de la tierra: «Defiende mi causa, SEÑOR» (Salmo 35:1). Una causa justa puede presentarse ante un Dios justo con plena confianza, porque él conoce cada detalle, pesa todo con justicia y no muestra favoritismo.

Dios sabía que los enemigos de David lo atacaban sin motivo y cavaban fosas para él sin motivo (Salmo 35:7). Eso debe consolarnos cuando otros nos hacen daño, si nuestra propia conciencia puede decir que no les hemos hecho ningún mal. Pablo pudo decir algo semejante: «A los judíos no les he hecho ningún mal» (Hechos 25:10). Muchas veces justificamos nuestro dolor diciendo que nunca les dimos razón para tratarnos así. Sin embargo, eso debería hacernos estar más tranquilos, no menos, porque entonces podemos confiar aún más plenamente en que Dios se ocupará de nuestro caso.

David también le pide a Dios que se manifieste a su favor y que se haga presente para él en medio de esta prueba. A su favor, ora para que Dios luche contra sus enemigos y les impida hacerle daño o llevar a cabo sus planes (Salmo 35:1). Le pide que tome el escudo grande y el escudo pequeño, porque el Señor es un guerrero (Éxodo 15:3), y que se levante para ayudarlo (Salmo 35:2). David tenía pocas personas dispuestas a defenderlo, y aun muchos partidarios serían inútiles sin Dios. También le pide a Dios que bloquee el camino de sus enemigos (Salmo 35:3), para que no lo alcancen mientras huye.

Además, ora por consuelo interior. Le pide a Dios que le diga a su alma: «Yo soy tu salvación» (Salmo 35:3). No desea únicamente ser librado de sus problemas presentes, sino recibir un consuelo profundo en su espíritu. Quiere saber que Dios es su salvación, no solo como aquel que salva, sino como aquel cuyo favor es en sí mismo salvación. Si Dios, por medio de su Espíritu, asegura a nuestro espíritu que él es nuestra salvación, eso es suficiente. No necesitamos nada más para ser verdaderamente felices. Ese testimonio interior es también un firme apoyo cuando sufrimos persecución. Si Dios está de nuestro lado, no importa quién esté en nuestra contra.

Luego David mira hacia la destrucción de sus enemigos, pero no ora por ella movido por el rencor o la venganza. Había demostrado mucha paciencia, incluso cuando Simei lo maldijo, diciendo: «Déjenlo que maldiga, porque el SEÑOR se lo ha ordenado». Por eso no debemos pensar que un hombre tan manso en su vida diaria derramaría sentimientos de ira en la oración. Más bien, por el espíritu de profecía, anuncia los justos juicios de Dios contra quienes eran culpables de gran maldad, crueldad, traición y oposición a los propósitos de Dios. Ellos se oponían especialmente a la religión y a la reforma que David habría impulsado si hubiera tenido el poder. Parecían endurecidos en el pecado, como aquellos que han pecado de tal manera que ya no se debe orar por ellos (Jeremías 7:16; Jeremías 11:14; Jeremías 14:11; 1 Juan 5:16). David probablemente sabía que Dios había rechazado a Saúl y le había dicho a Samuel que no llorara por él (1 Samuel 16:1). Estas palabras también miran más allá del tiempo de David y hablan de los enemigos de Cristo y de su reino, como se ve al compararlas con Romanos 11:9-10.

David comienza con una oración contra sus muchos enemigos (Salmo 35:4-6): «Sean avergonzados», y expresiones semejantes. O, como lo interpreta el doctor Hammond, «Serán avergonzados, serán derrotados». Esto puede entenderse como una oración por su arrepentimiento, pues todos los que se arrepienten de verdad sienten vergüenza por su pecado y se apartan de él. Pero si no querían arrepentirse, David pide que sean derrotados y que sus planes contra él fracasen, de modo que queden avergonzados.

Aunque las personas malvadas parezcan triunfar por un tiempo, David ve que su final será la ruina. Serán como la paja que se lleva el viento, demasiado débiles para mantenerse en pie cuando lleguen los juicios de Dios y destinados a ser arrastrados por ellos (Salmo 1:4). Su camino es oscuro y resbaladizo; esto significa que los pecadores viven en oscuridad y están siempre en peligro de caer en el pecado y en el infierno. Al final, ese peligro los alcanzará, y sus pies resbalarán en el momento señalado (Deuteronomio 32:35).

Pero ni siquiera eso es lo peor. La paja llevada por el viento todavía podría encontrar un lugar donde detenerse, y una persona en un camino resbaladizo aún podría conservar el equilibrio. Sin embargo, aquí David dice que el ángel del Señor los perseguirá (Salmo 35:5), de modo que no encontrarán descanso, y los acosará (Salmo 35:6), de modo que no podrán escapar de la destrucción. Los ángeles de Dios protegen a quienes le pertenecen, pero también actúan como instrumentos de su justicia. Quien convierte a Dios en su enemigo también se enfrenta a todos sus santos ángeles.

Después David se refiere a su único enemigo poderoso y dice: «Que la destrucción lo sorprenda» (Salmo 35:8). Probablemente se refiere a Saúl, quien tendía trampas para David y quería destruirlo. David no tomaría venganza con su propia mano ni juzgaría su propio caso. Al mismo tiempo, confiaba en que el Señor heriría a Saúl (1 Samuel 26:10) y que la misma trampa que Saúl había preparado terminaría atrapándolo. Esto se cumplió cuando Saúl intentó hacer que los filisteos mataran a David (1 Samuel 18:25). Esa era la red que Saúl había escondido bajo la apariencia del honor, y en esa misma red quedó atrapado cuando llegó el día de su caída.

David también mira hacia su propia liberación y, como ha dejado su caso en manos de Dios, no duda de que llegará (Salmo 35:9-10). Espera que su alma se alegre, no porque la vida será fácil, sino porque el Señor mostrará su favor y cumplirá su promesa de salvarlo. El gozo en Dios y en su salvación es el único gozo verdadero, el que permanece y satisface de verdad. Quienes están afligidos delante del Señor y siembran con lágrimas de una manera piadosa pueden tener la certeza de que con el tiempo llegará la alegría, porque se está sembrando felicidad para ellos, y finalmente entrarán en el gozo de su Señor.

David también promete que Dios recibirá la gloria por todo ello (Salmo 35:10). Dice: «Todos mis huesos dirán: “SEÑOR, ¿quién como tú?”». Quiere decir que alabará a Dios con todo su ser, con todas sus fuerzas y con todo su corazón. También alaba a Dios como aquel que no puede compararse con nadie. No podemos describir por completo cuán grande y bueno es Dios, así que lo honramos al decir que nadie es como él. No hay nadie como él para proteger a los inocentes ni para castigar la crueldad de los orgullosos. Incluso la manera tan maravillosa y cuidadosa en que Dios formó nuestros huesos (Eclesiastés 11:5; Salmo 139:16), y la manera en que los preserva, debería llevar a cada hueso de nuestro cuerpo, si pudiera hablar, a decir: «SEÑOR, ¿quién como tú?», y a sufrir con gozo cualquier cosa por él.

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