Versículo destacado

Salmos 23:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" El Señor es mi pastor; nada me falta. "

Salmos 23:1

menu_book El versículo en contexto

1 El Señor es mi pastor; nada me falta.

2 En verdes praderas me hace descansar; me conduce a aguas tranquilas,

3 me renueva las fuerzas y me guía por caminos rectos, haciendo honor a su nombre.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

David extrae tres conclusiones muy consoladoras de tres verdades igualmente consoladoras, y nos enseña a hacer lo mismo. Somos salvos por la esperanza, y esa esperanza no nos decepcionará porque descansa sobre un fundamento firme. Es deber de los cristianos animarse en el Señor su Dios. Aquí se nos enseña a recibir ese ánimo tanto de la relación de Dios con nosotros como del bien que ya hemos visto en esa relación.

Primero, porque Dios es su pastor, David concluye que no le faltará nada que sea verdaderamente bueno para él (Salmo 23:1). Observemos el gran cuidado que Dios tiene de los creyentes. Él es su pastor, y ellos pueden llamarlo así. David mismo había sido pastor. Lo sacaron de cuidar ovejas y corderos, y por eso sabía por experiencia cuán cuidadoso y tierno es un buen pastor con su rebaño (Salmo 78:70-71). Recordaba cuánto necesitan las ovejas un pastor y qué bondad es contar con uno hábil y fiel. Incluso había arriesgado su vida para rescatar un cordero. Usa esa experiencia para describir el cuidado de Dios por su pueblo, y nuestro Salvador parece referirse a esa misma imagen cuando dice: «Yo soy el pastor de las ovejas, el buen pastor» (Juan 10:11).

El Pastor de Israel, el pastor de toda la iglesia en general (Salmo 80:1), también es el pastor de cada creyente en particular. Ni siquiera el creyente más insignificante está fuera de su atención (Isaías 40:11). Dios reúne a su pueblo en su redil, y luego lo protege y lo sustenta con más cuidado y constancia de lo que cualquier pastor humano podría hacerlo. Si Dios es nuestro pastor, entonces debemos ser como ovejas: mansos, tranquilos, inofensivos y útiles. Debemos reconocer la voz del pastor y seguirlo.

Los creyentes también tienen una gran confianza en Dios. «Si el Señor es mi pastor, mi proveedor, entonces puedo concluir que no me faltará nada que sea realmente necesario y bueno para mí». Si David escribió este salmo antes de convertirse en rey, aunque ya se le había prometido el trono, tenía muchas razones para temer que le faltara lo necesario. En una ocasión tuvo que enviar a sus hombres a pedirle ayuda a Nabal, y en otra fue él mismo a pedirle ayuda a Ahimelec. Sin embargo, cuando piensa en Dios como su pastor, puede decir con valentía: «Nada me faltará». Quienes están bajo el cuidado de Dios y lo tienen como proveedor no deben temer morir de hambre. Esto significa más de lo que expresan las palabras. No solo quiere decir: «No me faltará nada», sino también: «Dios me dará todo lo que necesito. Si no tengo todo lo que deseo, es porque no me conviene, no es bueno para mí o lo recibiré en el momento adecuado».

Segundo, porque Dios ha actuado como un buen pastor con él, David concluye que no necesita temer ningún mal, ni siquiera en los peligros más grandes y en las dificultades más duras que pudiera enfrentar (Salmo 23:2-4). Ya ha experimentado el consuelo de la presencia y el cuidado de Dios, y por eso espera recibir esa misma ayuda cuando más la necesite. Dios es su pastor y su Dios, completamente suficiente para cada necesidad. David descubrió que así era, y nosotros también.

Observemos la felicidad del pueblo de Dios como ovejas de su prado. Están en un buen lugar y reciben buen cuidado: «En verdes pastos me hace descansar». Recibimos de la buena mano de Dios el sustento y los consuelos de esta vida, y nuestro pan de cada día viene de él como nuestro Padre. Una gran riqueza sigue siendo para el malvado un pasto seco, porque solo disfruta la parte que satisface sus sentidos. Pero para la persona piadosa, que percibe la bondad de Dios en todas las cosas y disfruta de ella por la fe, aun un poco puede convertirse en un prado verde (Salmo 37:16; Proverbios 15:16-17). Las ordenanzas de Dios son los verdes pastos donde se alimentan todos los creyentes. La palabra de vida nutre la nueva naturaleza. Es leche para los bebés y pasto para las ovejas. Nunca es estéril, nunca se desgasta ni se seca por el calor; siempre es un prado verde donde la fe puede alimentarse.

Dios hace descansar a sus santos. Les da paz y contentamiento interior, cualquiera que sea su condición externa. Sus almas encuentran descanso en él, y eso hace que todo prado sea verde. ¿Hemos sido bendecidos con los verdes pastos de las ordenanzas de Dios? Entonces no pensemos que basta con pasar por ellos. Descansemos en ellos y permanezcamos allí. «Este es mi reposo para siempre». El alma se alimenta mediante el uso constante de los medios de la gracia.

También reciben buena dirección y son guiados por un buen camino: «Junto a aguas tranquilas me conduce». El Pastor de Israel guía a José como a un rebaño, y cada creyente está bajo esa misma dirección. Quienes se alimentan de la bondad de Dios deben seguir sus indicaciones. Él los guía por medio de su providencia, de su palabra y de su Espíritu. Ordena sus circunstancias para su bien, conforme a su sabio plan, y dirige sus deseos y acciones de acuerdo con su mandato. Guía sus ojos, su camino y su corazón hacia su amor.

Las aguas tranquilas junto a las que los guía no solo ofrecen una vista agradable, sino también muchas bebidas refrescantes y consuelos reparadores cuando tienen sed y están cansados. Dios le da a su pueblo no solo alimento y descanso, sino también refrigerio y alegría. Los consuelos que Dios da, los gozos del Espíritu Santo, son esas aguas tranquilas: arroyos que fluyen de la fuente de aguas vivas y alegran la ciudad de nuestro Dios. Dios no guía a su pueblo hacia aguas estancadas que se vuelven inmundas y acumulan suciedad, ni hacia un mar tempestuoso ni hacia corrientes desbordadas. Lo conduce a aguas serenas y en movimiento. Esas aguas tranquilas, pero vivas, corresponden mejor a los espíritus que se acercan a Dios con movimiento constante, aunque sereno.

Esta dirección divina se expresa claramente en Salmo 23:3: «Me guía por sendas de justicia», es decir, por el camino del deber. Lo hace enseñándonos por medio de su palabra y guiándonos mediante la conciencia y la providencia. Estas son las sendas por las que todos los santos desean ser guiados y guardados, y de las que nunca quieren apartarse. Solo quienes caminan por las sendas de justicia son conducidos junto a las aguas tranquilas del consuelo. El camino del deber es verdaderamente agradable. La obra de la justicia produce paz. No podemos caminar por estas sendas a menos que Dios nos guíe hacia ellas y continúe guiándonos por ellas.

También reciben ayuda cuando algo está mal: «Él restaura mi alma». Dios me restaura cuando me desvío. Ninguna criatura se pierde con tanta facilidad como una oveja, porque se aparta rápidamente y tarda en encontrar el camino de regreso. Incluso los mejores santos saben cuán fácilmente pueden extraviarse como ovejas perdidas (Salmo 119:176). Pierden el camino y se meten por sendas secundarias. Pero cuando Dios les muestra su pecado, les concede arrepentimiento y los hace volver a su deber, restaura su alma. Si no lo hiciera, seguirían vagando y terminarían arruinados.

Cuando el corazón de David lo confrontó después de un pecado y Dios envió a Natán para decirle: «Tú eres aquel hombre», Dios restauró su alma. Aunque Dios permita que su pueblo caiga en pecado, no permitirá que permanezca allí.

Él me recupera cuando estoy enfermo y me reanima cuando estoy débil; así restaura el alma que estaba a punto de desfallecer. Él es el Señor nuestro Dios que nos sana (Éxodo 15:26). Muchas veces nos habríamos dado por vencidos si no hubiéramos creído, y el buen pastor nos hubiera sostenido para que no desfalleciéramos.

David también muestra el valor del creyente que se acerca a la muerte (Salmo 23:4). Después de haber experimentado durante toda su vida la bondad de Dios, incluso en medio de muchas dificultades, dice que no desconfiará de Dios en su último peligro. Dios ha hecho todo esto no porque David lo haya merecido, sino por causa de su propio nombre, conforme a su palabra, su promesa, la gloria de su carácter y su cuidado por su pueblo. Ese nombre sigue siendo la torre fuerte de David, y le asegura que Aquel que lo guio y lo alimentó durante toda su vida no lo abandonará al final.

David enfrenta un peligro real: «Aunque camine por el valle de sombra de muerte». Esto significa que está en peligro de morir, rodeado de dificultades tan profundas como un valle, tan oscuras como una sombra y tan aterradoras como la muerte misma. También puede significar que ha sido sentenciado a morir y se considera un hombre moribundo. Los enfermos y las personas mayores tienen buenas razones para pensar que caminan por ese valle.

Sin embargo, cuatro cosas disminuyen el temor. Primero, es solo la sombra de la muerte, no la muerte con toda su fuerza. La sombra de una serpiente no puede picar, y la sombra de una espada no puede matar. Segundo, es el valle de la sombra: es profundo y oscuro, pero los valles también pueden ser fértiles, y aun la muerte puede estar llena de consuelo para el pueblo de Dios. Tercero, es solo un caminar por el valle. A los malvados se los expulsa del mundo, pero los santos se dirigen en paz hacia otro mundo. Cuarto, lo atraviesan; no se quedan allí. No se perderán en ese lugar, sino que llegarán al monte de las especias, al otro lado.

Así David puede enfrentar la muerte con calma. La muerte es el gran terror, pero no lo es para las ovejas de Cristo. Ya no tiemblan ante ella más de lo que tiemblan las ovejas destinadas al matadero. «Aunque pase por el valle de sombra de muerte, no temeré ningún mal». Un hijo de Dios puede recibir el llamado de la muerte con una confianza tranquila y llena de paz. El niño de pecho puede jugar cerca del agujero de la serpiente, y el niño recién destetado, apartado de este mundo por la gracia, puede poner la mano en la cueva de la víbora y desafiar todavía a la muerte con santa confianza, como lo hizo Pablo: «Muerte, ¿dónde está tu aguijón?».

Hay buenas razones para tener esta confianza. La muerte no causa ningún daño verdadero al hijo de Dios, porque no puede separarnos del amor de Dios. Mata el cuerpo, pero no puede tocar el alma. También es un consuelo saber que Dios está con su pueblo en sus últimos momentos. Él está a su lado entonces, de modo que no tienen que estremecerse. El buen pastor no solo guía a sus ovejas por el valle, sino que también las protege allí del peligro. Las consuela cuando más necesitan consuelo.

Su presencia las consuela: «Tú estás conmigo». También las consuelan su palabra y su Espíritu, así como su vara y su cayado. Estas expresiones pueden referirse al cayado del pastor; a la vara bajo la cual pasaban las ovejas cuando eran contadas (Levítico 27:32); o al bastón con el que los pastores ahuyentaban a los perros que podían dispersar o molestar al rebaño. Es un consuelo para los creyentes al morir saber que Dios los conoce, que reprenderá al enemigo, que los guiará con su vara y que los sostendrá con su cayado. El evangelio es llamado la vara del poder de Cristo (Salmo 110:2), y eso basta para consolar a los santos en la hora de la muerte. Debajo de ellos están los brazos eternos.

A partir de los buenos regalos que Dios le concede ahora, David adquiere la confianza de que la misericordia de Dios continuará (Salmos 23:5, 23:6). Primero alaba el cuidado bondadoso de Dios. «Preparas una mesa delante de mí» significa que Dios ha provisto todo lo necesario para la vida y la piedad, para el cuerpo y el alma, para el tiempo presente y la eternidad. Dios es un dador generoso para todo su pueblo, y ellos deben hablar con alegría de su gran bondad.

David señala cuatro cosas. Primero, tiene suficiente comida y bebida: una mesa preparada y una copa llena. Segundo, todo ha sido provisto con cuidado y abundancia, no reunido a la carrera con lo que por casualidad estaba cerca. Tercero, no recibe una porción limitada ni insuficiente, sino abundancia; su copa se desborda y alcanza incluso para otros. Cuarto, no tiene solamente lo necesario, sino también lo que trae honor y alegría: «Unges mi cabeza con aceite». Samuel ungió a David como rey, lo cual era una promesa de un favor aún mayor; pero estas palabras también pueden señalar la manera generosa en que Dios lo bendijo o la bienvenida especial que se daba a los invitados honrados (Lucas 7:46). Algunos piensan que David todavía se ve a sí mismo como una oveja, como la corderita del pobre (2 Samuel 12:3), que comía de su comida, bebía de su copa y dormía en su regazo. De esa misma manera tierna, Dios cuida a sus hijos.

Dios provee abundantemente para sus cuerpos y sus almas, para esta vida y para la vida venidera. Si la providencia de Dios no nos concede abundancia en las cosas terrenales, esa falta queda compensada con bendiciones espirituales. Entonces David habla con una confianza creciente acerca del favor duradero de Dios. Ya había dicho: «Nada me faltará», pero ahora lo expresa con mayor plenitud: «Ciertamente, el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida». A medida que su fe se ejercita, se fortalece.

Lo que espera es el bien y la misericordia: todas las corrientes que fluyen de la bondad de Dios, incluida la misericordia que perdona, protege, sostiene y provee. Dice que lo seguirán, como el agua de la roca siguió a Israel por el desierto. Lo acompañarán a todo lugar y en toda circunstancia, siempre listas cuando las necesite. Continuarán durante toda su vida, hasta el final, porque aquel a quien Dios ama, lo ama hasta el fin.

La constancia de esta bondad forma parte del consuelo de David. Estará con él todos los días de su vida, tan segura y firme como el día mismo. Será nueva cada mañana, como la misericordia que Dios daba a Israel cada día mediante el maná (Lamentaciones 3:22, 23).

Su certeza es igual de firme. «Ciertamente» será así. Esta promesa es tan segura como puede hacerla el Dios de verdad, y sabemos en quién hemos creído.

Aquí también se vislumbra el gozo futuro en toda su plenitud. Algunos entienden la última parte de esta manera: después de que el bien y la misericordia me hayan seguido todos los días de mi vida en la tierra, cuando esta vida termine pasaré a un mundo mejor. Entonces habitaré para siempre en la casa del Señor, en la casa de nuestro Padre celestial, donde hay muchas moradas. «Estoy satisfecho con lo que tengo ahora; estoy aún más satisfecho con lo que espero». Todo esto, y también el cielo. Verdaderamente, servimos a un buen Señor.

David también muestra cuán firmemente piensa aferrarse a Dios y a su deber. Podemos leer las últimas palabras como su pacto con Dios: «Viviré en la casa del Señor para siempre, mientras tenga vida, y lo alabaré mientras exista». Debemos habitar en su casa como siervos que desean pertenecerle para siempre, como aquellos a quienes les perforaban la oreja junto al marco de la puerta para que pudieran servir a su amo durante toda la vida.

Si la bondad de Dios hacia nosotros es como la luz de la mañana, que aumenta hasta llegar a la plenitud del día, entonces nuestra bondad hacia él no debe ser como la nube matutina ni como el rocío de la madrugada, que pronto desaparecen. Quienes desean satisfacerse con la rica bondad de la casa de Dios deben permanecer cerca de los deberes propios de esa casa.

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