Versículo destacado
Salmos 102:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Señor, escucha mi oración; ¡permite que mi grito llegue a ti! "
Salmos 102:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Señor, escucha mi oración; ¡permite que mi grito llegue a ti!
2 No escondas de mí tu rostro cuando me encuentre angustiado; ¡dígnate escucharme! ¡Respóndeme pronto cuando te llame!
3 Pues mi vida se acaba como el humo, y mis huesos arden como brasas;
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El título de este salmo es muy llamativo. Es la oración de alguien afligido, escrita por una persona que conocía la aflicción de primera mano, tanto en su propia vida como en la vida del pueblo de Dios. Las dificultades de esa clase pesan aún más sobre quienes se preocupan profundamente por el bien común y el bienestar de la iglesia. Este salmo está destinado a cualquiera que atraviese una angustia semejante, porque todo lo que fue escrito en las Escrituras fue escrito para nuestro beneficio.
Toda la Palabra de Dios nos ayuda a aprender a orar, pero aquí el Espíritu Santo ha ido más allá y ha dado forma a la oración por nosotros. Como si pusiera palabras en nuestra boca, les dice a los afligidos que las tomen y las presenten delante de Dios. El creyente que sufre no debe limitarse a mover los labios, sino abrir también el corazón y presentar esta oración con sinceridad ante el Señor. Con frecuencia, aun los santos más fieles sufren profundamente en este mundo; incluso las personas buenas pueden sentirse casi abrumadas y a punto de desmayar bajo el peso de sus dificultades.
Cuando nuestra condición es afligida y nuestro espíritu está quebrantado, orar es tanto nuestro deber como nuestro consuelo. Debemos derramar nuestras quejas delante del Señor, lo cual muestra la libertad que Dios nos concede para hablar abiertamente con él y acercarnos a él. También muestra cuánto alivio recibe un corazón afligido cuando expone humildemente sus penas delante de Dios. En esta oración, el salmista comienza pidiéndole a Dios que tome en cuenta tanto su aflicción como su oración en medio de ella (Salmo 102:1, Salmo 102:2).
Cuando oramos en medio de las dificultades, lo que más debe importarnos es que Dios nos escuche con bondad. Si nuestras oraciones no le agradan, no nos harán ningún bien verdadero. Por eso debemos fijar la mirada en esto: que nuestra oración llegue a Dios, incluso hasta sus oídos (Salmo 18:6). Con ese propósito, debemos elevar la oración y elevar también nuestra alma junto con ella. Al mismo tiempo, podemos esperar que él nos escuche, porque nos ha dicho que lo busquemos y ha prometido que no lo buscaremos en vano.
Si oramos con fe, también podemos decir: «Escucha mi oración, oh Señor». Eso significa: «Permíteme saber que estás cerca. No escondas de mí tu rostro con enojo mientras estoy en problemas. Si no me libras pronto, al menos hazme saber que me miras con favor. Si todavía no puedo ver tu mano obrando a mi favor, permíteme por lo menos ver la sonrisa de tu rostro». Que Dios esconda su rostro ya es un dolor suficiente para una persona piadosa aun en tiempos de prosperidad (Salmo 30:7). Si esconde su rostro mientras sufrimos, la situación es verdaderamente triste.
También significa: «Actúa a mi favor. Haz más que escucharme. Respóndeme. Dame la ayuda que necesito y hazlo pronto, incluso el mismo día en que te llame». Cuando las dificultades nos presionan con fuerza, Dios permite que seamos insistentes en la oración, aunque siempre con humildad y paciencia.
Luego el salmista presenta una queja dolorosa acerca de lo bajo que lo ha llevado su aflicción. Su cuerpo se había consumido hasta quedar como un esqueleto, solo piel y huesos. Así como la prosperidad y la alegría se representan mediante huesos fuertes y saludables, la gran angustia se representa de manera opuesta. Dice: «Mis huesos se queman como un brasero» (Salmo 102:3), «se pegan a mi piel» (Salmo 102:5) y «mi corazón ha sido herido y se ha secado como la hierba» (Salmo 102:4). El sufrimiento había alcanzado incluso su fuerza vital, y allí se veía un claro deterioro. Dice: «Me marchito como la hierba» (Salmo 102:11), quemado por el calor de su aflicción. Si la debilidad física nos lleva a ese extremo, no debemos considerarlo extraño, porque el cuerpo es como la hierba: débil y terrenal por naturaleza.
También estaba profundamente triste y abatido de espíritu. Estaba tan absorbido por sus dificultades que se olvidó de comer su pan (Salmo 102:4). No tenía apetito por el alimento necesario y no podía disfrutarlo. Cuando Dios esconde su rostro del alma, hasta los placeres de los sentidos pierden su sabor. Suspiraba y gemía constantemente, como alguien presionado más allá de toda medida (Salmo 102:5), y esto lo agotaba y drenaba sus fuerzas. También se apartaba de los demás, como suelen hacerlo las personas tristes y afligidas.
Sus amigos lo habían dejado y se mantenían a distancia, y él tampoco tenía mucho interés en su compañía (Salmo 102:6, Salmo 102:7). Dice: «Soy como un pelícano del desierto o como un búho», un ave solitaria de sonido triste. También es «como un búho» que vive en lugares en ruinas y desiertos. Permanece despierto y es «como un gorrión solitario sobre el techo». En efecto, dice: «Vivo solo y paso mis horas pensando en mis dificultades y lamentándome». Las personas que hacen esto cuando están tristes pueden sentir cierto alivio personal por un momento, pero por lo general terminan haciéndose daño. No se dan cuenta de lo que hacen ni de cuánto espacio le dan al tentador. En la aflicción, debemos sentarnos a solas para reflexionar sobre nuestros caminos (Lamentaciones 3:28), pero no para alimentar un dolor enfermizo.
Sus enemigos también hablaban contra él y decían toda clase de cosas malas acerca de él. Cuando sus amigos se alejaron, sus enemigos se acercaron (Salmo 102:8). «Mis enemigos me insultan todo el día». Lo hacían para atormentarlo, porque una persona generosa se siente herida por la vergüenza, y también para hacerlo quedar mal ante los demás. Cuando no podían alcanzarlo de otra manera, le lanzaban palabras amargas. Lo hacían sin descanso, durante todo el día, como un goteo constante.
Sus enemigos eran además feroces e implacables. «Están enfurecidos contra mí», es decir, eran violentos, obstinados y no estaban dispuestos a dejarlo en paz. «Han jurado contra mí», quizá como los judíos que se comprometieron bajo juramento a matar a Pablo, o como acusadores que habían jurado provocar su muerte. De cualquier manera, estaban decididos y actuaban con malicia.
También ayunaba y lloraba bajo las señales del desagrado de Dios (Salmo 102:9, Salmo 102:10). «Como pan he comido ceniza» significa que ocupaba el lugar más bajo y triste, como si las cenizas fueran su alimento. En vez de disfrutar su pan, se tendía en el polvo y las cenizas. «He mezclado mi bebida con lágrimas» significa que, aun cuando debía refrescarse, solo podía aliviar su dolor por medio del llanto.
Explica la razón: «A causa de tu enojo». No era únicamente la dificultad lo que le dolía, sino la sensación de que la ira de Dios estaba detrás de ella. Esa era la parte amarga del sufrimiento, el ajenjo y la hiel de su dolor. Dice: «Me levantaste y luego me arrojaste al suelo», como algo que se eleva solo para ser lanzado con mayor fuerza y quedar hecho pedazos. O quizá quiere decir: «En otro tiempo me levantaste al honor, al gozo y a una prosperidad extraordinaria, y el recuerdo de eso hace aún más agudo mi dolor presente». Debemos reconocer la mano de Dios tanto cuando nos levanta como cuando nos humilla, y decir: «Bendito sea el nombre del Señor, que da y quita».
Se ve a sí mismo como alguien que ya está muriendo. «Mis días se consumen como el humo» (Salmo 102:3), que desaparece rápidamente sin dejar nada atrás. O, como dice de nuevo, son «como una sombra que se alarga» (Salmo 102:11), como la sombra de la tarde o una señal de que la noche se acerca.
Aunque esto suena a las dificultades personales del salmista y es verdaderamente la oración de una persona que sufre, también representa el sufrimiento de la iglesia de Dios. El salmista siente esas aflicciones públicas como si fueran propias. En ese sentido, se une a todo el pueblo de Dios y llora por él.
La iglesia, que en sentido espiritual es el cuerpo de Cristo, a veces se parece aquí al cuerpo del salmista, seco y consumido. En ciertos momentos puede parecer tan indefensa como unos huesos secos. A veces es llevada al desierto, parece perdida y siente como si hubiera sido abandonada, como si el desagrado de Dios reposara sobre ella.
De este capítulo
Salmos 102:2
"No escondas de mí tu rostro cuando me encuentre angustiado; ¡dígnate escucharme! ¡Respóndeme pronto cuando te llame!"
Salmos 102:3
"Pues mi vida se acaba como el humo, y mis huesos arden como brasas;"
Salmos 102:4
"mi corazón está decaído como la hierba marchita; ¡ni siquiera tengo deseos de comer!"
Salmos 102:5
"La piel se me pega a los huesos de tanto gemir."
Salmos 102:6
"Soy como una lechuza del desierto, como un búho entre las ruinas."
Salmos 102:7
"No duermo. Soy como un pájaro solitario en el tejado."
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