Versículo destacado
Mateo 8:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Cuando Jesús bajó del monte, mucha gente lo siguió. "
Mateo 8:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Cuando Jesús bajó del monte, mucha gente lo siguió.
2 Entonces se le acercó un hombre enfermo de lepra, se arrodilló delante de él y le dijo: —Señor, si quieres, puedes limpiarme de mi enfermedad.
3 Jesús lo tocó con la mano y dijo: —Quiero. ¡Queda limpio! En ese mismo momento, el leproso quedó limpio de su enfermedad.
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El primer versículo se refiere al cierre del sermón anterior. La gente que escuchó a Jesús quedó asombrada por su enseñanza, y el resultado fue que, cuando bajó de la montaña, grandes multitudes lo siguieron. Aunque era un legislador tan estricto y un reprensor tan fiel, ellos permanecieron cerca de él y no querían alejarse. Quienes han visto a Cristo no pueden evitar querer conocerlo mejor. Si ya conocemos mucho de Cristo, debemos desear conocerlo aún más; así conoceremos al Señor de manera más plena mientras seguimos buscándolo.
Es buena señal cuando las personas se sienten tan atraídas a Cristo que nunca creen haber escuchado suficiente acerca de él. También es bueno cuando valoran tanto las cosas más excelentes que se reúnen alrededor de una predicación fiel y siguen al Cordero adondequiera que va. De esta manera se estaba cumpliendo la profecía de Jacob acerca del Mesías: los pueblos se reunirían alrededor de él. Sin embargo, muchos de los que se congregaban a su alrededor no permanecieron verdaderamente firmes en él. Los que lo seguían de cerca y constantemente eran pocos en comparación con las multitudes más grandes que lo seguían desde lejos.
Aquí se nos cuenta cómo Cristo limpió a un leproso. Si comparamos este relato con Marcos 1:40 y Lucas 5:12, parece que el acontecimiento ocurrió antes del Sermón del Monte, aunque Mateo lo coloca aquí porque quiere presentar primero la enseñanza de Cristo y después sus milagros. Esa diferencia de orden no importa. Es apropiado que este fuera uno de los primeros milagros de Cristo por dos razones. En primer lugar, entre los judíos la lepra se consideraba una señal especial del desagrado de Dios. Miriam, Giezi y Uzías fueron heridos con lepra por pecados específicos; por eso Cristo, que vino a apartar la ira de Dios quitando el pecado, comenzó sanando a un leproso.
En segundo lugar, se pensaba que esta enfermedad venía directamente de la mano de Dios y, por lo tanto, que también debía ser quitada por la mano de Dios. La gente no intentaba curarla con médicos, sino que la dejaba bajo el cuidado de los sacerdotes, los ministros del Señor, quienes esperaban para ver qué haría Dios. La lepra en una prenda de vestir o en las paredes de una casa también se consideraba algo sobrenatural, y quizá era muy distinta de lo que hoy llamamos lepra.
En cierta ocasión, el rey de Israel dijo: «¿Acaso soy Dios, para dar vida y sanar de la lepra a un hombre?» (2 Reyes 5:7). Cristo demostró que es Dios al sanar a muchas personas de la lepra y al darles a sus discípulos autoridad para hacer lo mismo en su nombre (Mateo 10:8). Esto también fue una de las pruebas de que él era el Mesías (Mateo 11:5). Además, en esto se mostró como el Salvador de su pueblo de sus pecados. Toda enfermedad proviene del pecado y lo representa, porque el pecado trastorna el alma; pero la lepra lo hacía de una manera especial. Causaba una contaminación y una separación de las cosas santas tan profundas que ninguna otra enfermedad producía algo semejante.
Por eso, en las leyes relacionadas con ella (Levítico 13 y 14), no se la trata solamente como una enfermedad, sino como impureza. El sacerdote debía declarar limpia o impura a una persona según las señales observadas. Pero el honor de hacer verdaderamente limpios a los leprosos estaba reservado para Cristo, quien realizaría esto como el Sumo Sacerdote de nuestra fe. Él vino a hacer lo que la ley no podía hacer, porque la ley era débil por causa de la debilidad humana (Romanos 8:3). La ley exponía el pecado, pues por medio de ella se conoce el pecado, y declaraba impuros a los pecadores. Los confinaba, así como el sacerdote confinaba al leproso (Gálatas 3:23), pero no podía ir más lejos. No podía perfeccionar a quienes acudían a ella. Cristo, en cambio, quita el pecado, nos limpia de él y así hace completos para siempre a los que ha santificado.
Ahora vemos, en primer lugar, la petición del leproso a Cristo. Si esto ocurrió, como Mateo lo presenta, después del Sermón del Monte, podemos pensar que el leproso, aunque su enfermedad lo mantenía fuera de las ciudades de Israel, logró escuchar a Jesús predicar. Ese sermón lo animó a acercarse a Cristo, pues quien enseñaba con autoridad también podía sanar con autoridad. Así que vino y lo adoró, honrándolo como alguien revestido de poder divino. Su petición fue: «Señor, si quieres, puedes limpiarme».
Podemos considerar esta sanidad como una misericordia temporal, una bondad para el cuerpo que lo libró de una enfermedad que quizá no amenazaba su vida, pero que hacía miserable su existencia. Esto nos enseña a acudir a Cristo, quien tiene poder sobre las enfermedades físicas, y también nos muestra cómo debemos acercarnos. Debemos venir confiando en su poder y creyendo que él puede sanar hoy tanto como cuando vivió en la tierra. Pero también debemos someternos a su voluntad. «Señor, si quieres, puedes» es la oración correcta. En cuanto a las bendiciones temporales, no podemos estar tan seguros de la voluntad de Dios como lo estamos de su poder, porque su poder actúa con sabiduría, para nuestro bien y para su gloria.
Cuando no conocemos la voluntad de Dios, todavía podemos confiar en su sabiduría y misericordia, y dejar gustosamente el asunto en sus manos: «Hágase tu voluntad». Esto hace más fácil esperar y, cuando llega la respuesta, la hace más dulce.
También podemos considerar esta sanidad como una imagen de la misericordia espiritual. El pecado es la lepra del alma. Nos excluye de la comunión con Dios y, para ser restaurados, debemos ser limpiados de esa lepra. Esa debe ser nuestra mayor preocupación. Cuando acudimos a Cristo como el Gran Médico, nos consuela saber que, si él quiere, puede limpiarnos. Debemos acercarnos a él con una confianza humilde y creyente, y decirlo así.
En primer lugar, debemos descansar en su poder. Tenemos que estar seguros de que Cristo puede limpiarnos. Ninguna culpa es demasiado grande para que su justicia la cubra, ni hay corrupción tan fuerte que su gracia no pueda vencerla. Dios no pondría como médico de su hospital a alguien que no estuviera completamente capacitado para realizar esa obra. En segundo lugar, debemos apelar a su compasión. No podemos reclamar la misericordia como algo que se nos debe; tenemos que pedirla como un favor. «Señor, si quieres» significa: «Me arrojo a tus pies; y si perezco, perezco allí».
En segundo lugar, tenemos la respuesta de Cristo, llena de bondad (Mateo 8:3). Extendió la mano y tocó al leproso. La lepra era una enfermedad repugnante y desagradable; aun así, Cristo lo tocó. Nunca fue demasiado orgulloso para relacionarse con cobradores de impuestos y pecadores con el fin de hacerles bien. Tocar a un leproso producía impureza ceremonial bajo la ley, pero Cristo mostró que, al relacionarse con los pecadores, no corría peligro de contaminarse con ellos. El gobernante de este mundo no tenía nada en él. Si tocamos la brea, quedamos manchados por ella, pero Cristo permaneció separado de los pecadores aun mientras vivía entre ellos.
Luego dijo: «Quiero. Sé limpio». No le dijo, como Eliseo le dijo a Naamán: «Ve y lávate en el Jordán». No lo envió a someterse a un tratamiento largo, difícil y costoso. Pronunció la palabra, y el hombre fue sanado. Aquí tenemos una palabra de bondad: «Quiero». Es como si hubiera dicho: «Estoy tan dispuesto a ayudarte como tú lo estás a recibir ayuda».
Observemos que quienes acuden a Cristo por fe en busca de misericordia y gracia pueden estar seguros de que él está dispuesto —dispuesto de manera gratuita y voluntaria— a darles lo que piden. Cristo es como un médico al que no es necesario perseguir, porque siempre está cerca. No hace falta insistirle, porque mientras todavía hablamos, él escucha. No hay que pagarle, porque sana gratuitamente, sin precio ni recompensa. Ya ha demostrado de todas las maneras posibles que está tan dispuesto a salvar a los pecadores como es capaz de hacerlo.
Después viene una palabra de poder: «Sé limpio». Con esas palabras, Cristo muestra tanto autoridad como poder activo. Cristo sana al ordenarnos: «Sé limpio», lo cual significa también: «Desea ser limpio y usa los medios disponibles. Apártate de toda impureza pecaminosa». Pero también hay un mandato dirigido a nosotros, una palabra que realmente realiza la obra: «Quiero que seas limpio». Una palabra así es necesaria para la sanidad, y tiene el poder suficiente para producirla. La gracia todopoderosa que pronuncia estas palabras no les fallará a quienes verdaderamente la desean.
El cambio feliz ocurrió de inmediato: en ese instante, su lepra quedó limpia. La naturaleza obra poco a poco, pero el Dios de la naturaleza obra al instante. Él habla, y sucede. Sin embargo, también obra eficazmente. Él manda, y todo permanece firme. Uno de los primeros milagros de Moisés fue sanarse a sí mismo de la lepra (Éxodo 4:7), porque los sacerdotes bajo la ley ofrecían primero sacrificios por sus propios pecados. Pero uno de los primeros milagros de Cristo fue sanar a otra persona de la lepra, porque él no tenía pecado propio por el cual hacer expiación.
Después de eso, Cristo le dio al hombre más instrucciones. Es justo que quienes han sido sanados por Cristo permanezcan bajo su autoridad. Le dijo que no se lo contara a nadie hasta presentarse ante el sacerdote y recibir de él la declaración de que estaba limpio. Así tendría una constancia legal de que antes había sido leproso y de que ahora había quedado completamente limpio. Cristo quería que sus milagros se vieran con toda claridad y contaran con pruebas, no que se difundieran antes de que eso pudiera suceder. Quienes enseñan la verdad de Cristo deben poder demostrarla, defender lo que enseñan y responder a quienes se oponen. La instrucción de no decir nada hasta presentarse ante el sacerdote también podría significar que, si el sacerdote se enteraba de quién lo había sanado, quizá se negara por rencor a darle el certificado de limpieza y tratara de mantenerlo confinado. Los sacerdotes de la época de Cristo eran así; por eso, cualquiera que tratara con ellos debía ser prudente como una serpiente.
Cristo también le dijo que se presentara ante el sacerdote, conforme a la ley (Levítico 14:2). Cristo se aseguró de que se cumpliera la ley para no causar ofensa. También mostró que desea que se preserve el orden y que se respete debidamente a quienes ocupan un cargo. Quienes han sido limpiados de la lepra espiritual también pueden encontrar útil acudir a los ministros de Cristo, explicarles su situación y permitirles ayudarles a examinar su estado espiritual, aconsejarles, consolarlos y orar por ellos.
Por último, Cristo le dijo que ofreciera la ofrenda que Moisés había ordenado, como señal de gratitud a Dios y como pago al sacerdote por su trabajo. Esto debía servirles de testimonio. Primero, podría significar que Moisés había ordenado esas ceremonias como testimonio de la autoridad de Dios sobre su pueblo, de su cuidado por ellos y de la gracia que más adelante sería revelada. O podría significar: «Preséntala como testimonio y hazle saber al sacerdote quién te limpió y cómo». En ese caso, quedaría como prueba de que había entre ellos alguien capaz de hacer lo que el sumo sacerdote no podía hacer. Permanecería registrada como testimonio del poder de Cristo y como evidencia a su favor para quienes supieran aprovecharla. Pero también serviría como testimonio contra quienes se negaran a creer, porque tanto las palabras como las obras de Cristo dan testimonio.
De este capítulo
Mateo 8:2
"Entonces se le acercó un hombre enfermo de lepra, se arrodilló delante de él y le dijo: —Señor, si quieres, puedes limpiarme de mi enfermedad."
Mateo 8:3
"Jesús lo tocó con la mano y dijo: —Quiero. ¡Queda limpio! En ese mismo momento, el leproso quedó limpio de su enfermedad."
Mateo 8:4
"Jesús añadió: —Mira, no se lo digas a nadie; solamente ve, preséntate al sacerdote y lleva la ofrenda que ordenó Moisés, para que conste ante los sacerdotes."
Mateo 8:5
"Cuando Jesús entró en Cafarnaúm, un capitán romano se le acercó para hacerle un ruego."
Mateo 8:6
"Le dijo: —Señor, mi criado está en casa enfermo, paralizado y sufriendo terribles dolores."
Mateo 8:7
"Jesús le respondió: —Iré a sanarlo."
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