Versículo destacado

Jeremías 29:24 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" El Señor ordenó a Jeremías que le dijera a Semaías de Nehelam: "

Jeremías 29:24

menu_book El versículo en contexto

22 Así, cuando los desterrados de Judá que están en Babilonia quieran maldecir a alguien, dirán: Que el Señor haga contigo como hizo con Sedequías y Ahab, a quienes el rey de Babilonia asó al fuego.

23 Esto les sucederá por haber cometido actos infames en Israel: cometieron adulterio con las mujeres de sus prójimos y dijeron en mi nombre cosas falsas que yo no les ordené decir. Yo lo sé y me consta. Yo, el Señor, lo afirmo.”

24 El Señor ordenó a Jeremías que le dijera a Semaías de Nehelam:

25 El Señor todopoderoso, el Dios de Israel, dice: “Tú enviaste en tu propio nombre una carta a todo el pueblo que está en Jerusalén, al sacerdote Sofonías, hijo de Maaseías, y a todos los demás sacerdotes. En la carta le decías a Sofonías:

26 El Señor te ha puesto como sacerdote en lugar de Joiadá para que seas el inspector mayor del templo. Si se presenta un loco y comienza a hablar como profeta, debes ponerlo en el cepo y atarlo con cadenas.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Hemos leído la carta de Jeremías a los cautivos en Babilonia. Tenían muchas razones para darle gracias a Dios, y también a Jeremías, por una carta así, y para conservarla cuidadosamente entre sus tesoros. Pero no sorprende que los falsos profetas que estaban entre ellos se enfurecieran, porque la carta dejaba al descubierto lo que realmente eran.

Ahora se nos habla de uno de ellos: Semaías el nehelamita, el soñador. Afirmaba que todas sus profecías venían de Dios por medio de sueños. De alguna manera consiguió la carta de Jeremías, o la escuchó cuando fue leída, y esto lo alteró profundamente. Así que decidió responderle por escrito. Pero no escribió para defender su propio llamado ni para presentar pruebas sólidas de sus profecías sobre un pronto regreso de los cautivos. En vez de eso, les escribió a los sacerdotes, los partidarios habituales de los falsos profetas, y los impulsó a actuar contra Jeremías.

Escribió en su propio nombre, sin siquiera fingir que el pueblo estaba de acuerdo con él. Como si tuviera autoridad sobre todos, envió una carta circular a los sacerdotes de Jerusalén y al resto del pueblo, probablemente por medio de los mismos mensajeros que habían llevado la carta de Jeremías. Sin embargo, su principal objetivo era Sofonías, quien probablemente era hijo directo de Maasías o un sacerdote de la misma división sacerdotal que Maasías había dirigido. No era el sumo sacerdote, sino un sacerdote suplente u otro funcionario importante del templo, como Pasur (Jeremías 20:1). Tal vez incluso dirigía el grupo de sacerdotes encargado de juzgar a quienes afirmaban ser profetas, pues en ese tiempo había muchos hombres así.

Primero, Semaías les recuerda a Sofonías y a los demás sacerdotes lo que exigía su cargo. El Señor había puesto a Sofonías como sacerdote en lugar del sacerdote Joiada (Jeremías 29:26). Algunos piensan que se refiere al famoso Joiada, el gran reformador de los días de Joás. Si fuera así, Semaías intentaba halagar a Sofonías diciéndole que debía mostrar el mismo celo por el honor de Dios. Pero las personas malvadas con frecuencia encubren el mal aparentando religión y preocupación por la gloria de Dios (Isaías 66:5; Juan 16:2). Es más probable que se tratara de otro Joiada, el predecesor inmediato de Sofonías, quien quizá había sido llevado a Babilonia junto con los demás sacerdotes (Jeremías 29:1).

El verdadero mensaje de Semaías era este: puesto que Sofonías había sido elevado a ese cargo, Dios seguramente lo había puesto allí para que se opusiera a los profetas de Dios. En otras palabras, le decía que sería ingrato e injusto si no usaba su poder con ese propósito, o mejor dicho, si no abusaba de él. El corazón se endurece terriblemente cuando las personas justifican una conducta indebida solo porque tienen el poder para llevarla a cabo. Los sacerdotes debían examinar a cualquiera que estuviera loco o que afirmara ser profeta. Pero Semaías llama a los profetas fieles profetas que se habían nombrado a sí mismos, usurpadores y locos, como si estuvieran bajo el poder de algún demonio o simplemente hubieran perdido la razón. Así convierte a los verdaderos profetas en falsos profetas y da por sentado que Jeremías debía ser tratado de la misma manera.

No pregunta si Jeremías había presentado pruebas de su llamado ni si había demostrado que no estaba loco. Eso nunca se considera. Una vez que se le pone una mala etiqueta a Jeremías, Semaías da por hecho que todos deben rechazarlo. También informa sobre la carta de Jeremías a los cautivos en Babilonia, en la que Jeremías había dicho que el cautiverio duraría mucho tiempo y que, por lo tanto, debían establecerse y aprovechar de la mejor manera posible su situación (Jeremías 29:28). ¿Qué había de malo en eso? Los falsos profetas ya habían dicho que el cautiverio nunca ocurriría (Jeremías 14:13). Jeremías había dicho que ocurriría, y los acontecimientos demostraron que tenía razón. Eso debió haber llevado al pueblo a confiar en él cuando dijo que duraría mucho tiempo, en lugar de confiar en hombres que ya habían demostrado ser mentirosos.

Entonces Semaías pide que se juzgue a Jeremías. Puesto que da por sentado que Jeremías está loco y que se ha nombrado profeta a sí mismo, espera que los sacerdotes lo metan en la cárcel y en el cepo (Jeremías 29:26). Quiere que Jeremías sea avergonzado públicamente, que su reputación quede destruida y que sus profecías sean desacreditadas en Jerusalén. Si se pudiera hacer eso, espera que los cautivos en Babilonia también dejaran de escucharlo. Incluso reprende a Sofonías por no haber puesto ya bajo control a Jeremías de Anatot (Jeremías 29:27). Esto muestra cuán atrevidos y autoritarios se habían vuelto los falsos profetas. Aun estando en el cautiverio, intentaban darles órdenes a sacerdotes que no solo eran libres, sino que también tenían autoridad. Es común que las personas que afirman tener un conocimiento especial actúen de esta manera.

Este es un ejemplo impactante de lo duro que puede llegar a ser el corazón de los pecadores. Debería hacernos temer que nuestros propios corazones también puedan endurecerse. Estos hombres no quisieron aceptar ni las pruebas más claras. Dios había confirmado el mensaje de Jeremías, y ese mensaje había llegado hasta ellos (Zacarías 1:6). Sin embargo, como Jeremías no quiso decirles las cosas agradables que deseaban escuchar, decidieron que no era un verdadero profeta. Nadie está tan ciego como quien se niega a ver.

Tampoco permitieron que los corrigiera un castigo severo. Ya estaban en un cautiverio miserable porque se habían burlado de los mensajeros del Señor y habían maltratado a sus profetas. Ese era el pecado por el cual Dios los estaba castigando, y aun así, en medio de su sufrimiento, siguieron pecando más contra él (2 Crónicas 28:22). Por eso, la aflicción por sí sola no cura el pecado, a menos que la gracia de Dios actúe junto con ella. Al contrario, los problemas pueden hacer que un corazón malo se vuelva todavía peor. Eso es exactamente lo que dijo Salomón: aunque muelas al necio en un mortero, su necedad no se apartará de él (Proverbios 27:22).

Después se nos dice cómo se enteró Jeremías de todo esto. Sofonías leyó la carta de Semaías en presencia de Jeremías (Jeremías 29:29).

Sofonías no tenía la intención de hacer lo que Semaías le pedía. Más bien, parece que respetaba a Jeremías, porque después lo encontramos recurriendo a él como profeta para enviarle mensajes (Jeremías 21:1; Jeremías 37:3). Por esa razón, protegió a Jeremías. El hombre que todavía conservaba su rango y poder temía a Dios y a sus juicios más que aquel que ahora estaba cautivo.

También le hizo saber a Jeremías lo que decía la carta, para que pudiera ver qué enemigos tenía, incluso entre los cautivos. Es una muestra de bondad hacia nuestros amigos advertirles sobre sus enemigos.

A continuación se presenta la sentencia contra Semaías por haber escrito esa carta. Dios envió una respuesta porque Jeremías había puesto su caso en las manos de Dios. Este mensaje no fue enviado al propio Semaías, sino al pueblo exiliado que lo apoyaba y lo trataba como si fuera un profeta enviado por Dios (Jeremías 29:31, Jeremías 29:32).

Primero se les dijo que Semaías los había engañado. Les había prometido paz en el nombre de Dios, pero Dios no lo había enviado. Había afirmado tener una autoridad falsa y fingido que su mensaje llevaba el sello del cielo. Hizo que el pueblo confiara en una mentira y, al darle un consuelo falso, le quitó el verdadero consuelo. Peor aún, los convirtió en rebeldes contra el Señor, tal como antes lo había hecho Hananías (Jeremías 28:16). Si el juicio alcanza a quienes se rebelan, es todavía mayor para quienes enseñan la rebelión con sus palabras y su ejemplo.

En segundo lugar, se les dijo que el propio Semaías terminaría en vergüenza, como dice Jeremías 17:11 acerca del hombre necio. Su nombre y su familia desaparecerían y serían olvidados. No dejaría hijos que continuaran con su nombre. Su línea familiar terminaría con él. No quedaría nadie de su familia que viviera entre el pueblo de Dios, y ni él ni ninguno de sus descendientes verían el bien que Dios haría por su pueblo.

Quienes no están dispuestos a esperar el tiempo de Dios no son dignos de participar en sus bendiciones para la iglesia. Semaías se había enojado con el consejo de Jeremías a los cautivos de formar sus familias en Babilonia, para que aumentaran y no disminuyeran. Por esa razón, con justicia quedó sin hijos allí. Quienes rechazan las bendiciones de la palabra de Dios merecen perder el bien que viene por medio de ella (Amós 7:16, Amós 7:17).

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