Versículo destacado
Habacuc 2:15 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" ¡Ay de ti, que emborrachas a tus vecinos dándoles vino mezclado con drogas para humillarlos contemplando su desnudez! "
Habacuc 2:15
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
13 El Señor todopoderoso hará inútiles tu trabajo y tu fatiga, pues todas tus obras serán destruidas por el fuego.
14 Entonces el conocimiento de la gloria del Señor llenará toda la tierra, como las aguas llenan el mar.
15 ¡Ay de ti, que emborrachas a tus vecinos dándoles vino mezclado con drogas para humillarlos contemplando su desnudez!
16 En vez de honor, te cubrirás de vergüenza, porque el Señor va a darte a beber una copa que te hará mostrar tu incircuncisión y convertirá tu gloria en humillación.
17 Las violencias que le hiciste al monte Líbano se volverán contra ti, y te espantarás por la matanza de sus animales. Esto te sucederá a causa de tus crímenes y de las violencias que cometiste en el país contra las ciudades y sus habitantes.
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Los primeros tres ayes están estrechamente relacionados. Se dirigen contra los opresores y extorsionadores, personas que acumulan riquezas mediante el robo y la injusticia. El comentario repite esta acusación porque se trata de la principal ofensa en cuestión, especialmente el derramamiento de sangre inocente, que clama a Dios por justicia. Dios ciertamente llamará a cuentas a toda la tierra y a toda la ciudad, porque él sostiene el derecho y venga el mal.
Aquí se añaden otras dos ofensas, y ambas traen ay sobre quienes las cometen, especialmente sobre los gobernantes babilonios que mantenían cautivo al pueblo de Dios. La primera es promover la embriaguez. Belsasar, un rey babilonio, fue un claro ejemplo de esto, particularmente aquella misma noche en que esta profecía se cumplió en su vida y en su reino, cuando bebió vino delante de mil nobles (Daniel 5:1). Incluso es posible que más tarde los reyes persas establecieran por ley que nadie debía ser obligado a beber, porque habían visto la ruina causada por esa presión en Babilonia (Ester 1:8).
El pecado aquí consiste en embriagar al prójimo (Habacuc 2:15). Dar de beber al pobre, al sediento, al viajero cansado o a quien está cerca de la muerte es un acto de bondad. La Escritura aprueba esa clase de misericordia. Pero dar de beber a alguien que ya tiene suficiente, con el propósito de emborracharlo, es maldad. Es una manera de llevarlo a hablar neciamente, quedar en vergüenza, perder el dominio propio, revelar secretos o tomar malas decisiones. Quienes acostumbran hacer esto son enemigos de Dios y de su prójimo.
Llevar a otros a la embriaguez, tentarlos con bebidas alcohólicas o presionarlos mediante reglas del grupo para que sigan bebiendo es trabajar para causar daño tanto al alma como al cuerpo. Tales personas tendrán mucho que responder. La advertencia es fuerte: hay un ay contra ellas (Habacuc 2:15), y el castigo corresponderá al pecado (Habacuc 2:16).
Si alguien pone en la mano de su prójimo la copa de la embriaguez, Dios pondrá en su propia mano la copa de su furor y de su temblor. El poder de Dios se levantará contra él. La misma copa que había pasado entre las naciones, haciéndolas caer en ruina y horror, finalmente sería dada al rey de Babilonia, tal como Jeremías había anunciado (Jeremías 25:15, 25:16, 25:18, 25:26, 25:27). De la misma manera, la Babilonia del Nuevo Testamento, que embriagó a las naciones con el vino de sus pecados, un día será obligada a beber sangre, porque lo merece (Apocalipsis 18:3, Apocalipsis 18:6).
Si alguien se deleita en avergonzar a otros, él mismo quedará cubierto de vergüenza. Se llenará de deshonra en lugar de honor. La gloria en la que antes confiaba solo hará más vergonzosa su caída, porque quedará expuesto en medio del temor y la cobardía, como si su desnudez hubiera sido descubierta. Quienes lo rodean acumularán desprecio sobre él. Lo que antes más valoraba —su dignidad, sus riquezas y su dominio— se convertirá precisamente en el lugar de su humillación, y aquellos a quienes embriagó se burlarán de ello.
La expresión acerca de la violencia del Líbano probablemente se refiere a la violencia cometida contra la tierra de Israel y contra el templo (Deuteronomio 3:25; Zacarías 11:1). O quizá significa que Babilonia será perseguida y despojada con la misma violencia que emplean las fieras en el Líbano. En cualquiera de los dos casos, Dios está devolviendo a Babilonia el mal que ella hizo.
La segunda ofensa es la idolatría. Babilonia también era culpable de esto; por eso el ay se pronuncia contra ella y contra todos los que siguen el mismo camino, incluida la Babilonia del Nuevo Testamento. Están obsesionados con sus ídolos (Jeremías 50:38). Fabrican muchas clases de imágenes, talladas y fundidas, para que la gente pueda escoger la que más le guste. Se esmeran mucho en darles forma, y el artesano se enorgullece de su habilidad. También gastan grandes cantidades para cubrirlas de oro y plata, porque en todas partes las personas se sienten atraídas por esas cosas. Al adornar así sus ídolos, intentan hacerlos más atractivos para los hijos de este mundo.
También esperan recibir ayuda de esos ídolos. El que fabrica la imagen confía en ella como si fuera un dios y le da el honor que pertenece solamente a Dios. Quienes adoran al Dios verdadero lo honran orando a él y esperando su dirección. Los idólatras dan esos mismos honores a sus imágenes.
Oran a sus ídolos. Le dicen a la madera: «Despierta y ayúdanos», y a la piedra muda: «Levántate y sálvanos». De esta manera, tratan la imagen como si fuera un dios. Es la misma clase de oración que la iglesia ofrece al Dios verdadero: «Despierta, Señor» (Salmo 44:23). Como dice Isaías: «Líbrame, porque tú eres mi dios» (Isaías 44:17). En realidad, aquello de lo que una persona espera recibir ayuda es el dios al que sirve.
También consultan a sus ídolos como si fueran oráculos, esperando que los dirijan y los guíen. Le dicen a la piedra muda, aunque no puede hablar, que les enseñará. Cualquier cosa que un demonio malvado, o un sacerdote igualmente malvado, diga por medio de la imagen, la aceptan con gran reverencia, como si viniera del mismo Dios. Están dispuestos a permitir que la imagen gobierne sus vidas. Así, la idolatría se establece y se extiende bajo una apariencia de religión y devoción.
Ahora Dios deja al descubierto la extrema necedad de todo esto. Por medio de Isaías, cuando prometió sacar a su pueblo de Babilonia, mostró la vergonzosa insensatez de los adoradores de ídolos; aquí hace lo mismo por medio de Habacuc, en una ocasión semejante. Al fin y al cabo, sus imágenes son solamente materia, la forma más baja de existencia. Ninguna cantidad de trabajo o de dinero puede elevarlas por encima de eso. No tienen entendimiento, razón ni vida. Son silenciosas e inertes, sin aliento alguno en ellas, de modo que aun la criatura viviente más pequeña es superior a ellas.
La imagen no puede hacer ningún bien a quienes la adoran (Habacuc 2:18). Si fuera solamente materia, podría tener algún uso al ser moldeada para un propósito común. Pero cuando las personas la convierten en un dios, se vuelve inútil. No puede ayudarlas en lo más mínimo. Peor aún, las engaña y las mantiene bajo una mentira poderosa. Dicen que la imagen les enseñará, pero ella enseña mentiras. Lleva a las personas a pensar que Dios tiene un cuerpo, que es limitado, visible y dependiente, cuando en realidad es Espíritu, infinito, invisible y autosuficiente. Confirma ideas equivocadas acerca de Dios y hace que parezca cualquier cosa que cada persona quiera que sea. Si podemos decirle a la obra de nuestras propias manos: «Ustedes son nuestros dioses», también podemos decir lo mismo de cualquier criatura inventada por nuestra imaginación, por extraña que sea. Una imagen es una enseñanza de vacío, falsedad y error (Jeremías 10:8, Jeremías 10:14, Jeremías 10:15).
Por eso es fácil ver qué clase de religión tienen las personas y qué pretenden cuando elogian a estos maestros de mentiras como si fueran libros para la gente común. Quieren que las personas los estudien y los sigan después de que las Escrituras les han sido ocultadas en un idioma que no conocen.
Pero el Señor está en su santo templo. Nuestra Roca no es como la roca de ellos (Deuteronomio 32:31). Sus dioses son ídolos mudos. Nuestro Dios es Jehová, el Dios vivo, que es lo que es, no lo que las manos humanas hacen que parezca ser. Él está en su santo templo en el cielo, el lugar donde habita su gloria, y allí nos acercamos a él de la manera que él mismo ha establecido, no de una manera que nosotros hayamos inventado. Compárese con (Salmo 115:3) y (Salmo 11:4).
Los muchos dioses que los idólatras levantan y se esfuerzan tanto por sostener no pueden expulsar a nuestro Dios. Él está y seguirá estando en su santo templo, glorioso en santidad. Aunque su templo en Jerusalén haya sido destruido, él tiene un templo en lo alto, fuera del alcance de la furia y el odio de ellos, pero aún al alcance de la fe y las oraciones de su pueblo. Nuestro Dios también hará que todo el mundo guarde silencio delante de él. Golpeará a los idólatras y los dejará tan mudos como los ídolos que sirven, exponiendo su necedad y cubriéndolos de vergüenza. Silenciará la furia de los opresores y detendrá su violencia contra su pueblo.
El deber del pueblo de Dios es esperar delante de él en adoración silenciosa (Salmo 65:1) y aguardar con paciencia que lo salve a su manera y en su tiempo. «Quédense quietos y sepan que yo soy Dios» (Zacarías 2:13).
De este capítulo
Habacuc 2:1
"Estaré atento y vigilante, como el centinela en su puesto, para ver qué me dice el Señor y qué respuesta da a mis quejas."
Habacuc 2:2
"El Señor me respondió: Escribe en tablas de barro lo que voy a mostrarte, para que pueda leerse de corrido."
Habacuc 2:3
"Aún no ha llegado el momento en que esta visión se cumpla, pero no dejará de cumplirse. Tú espera, aunque parezca tardar, pues llegará en el momento preciso."
Habacuc 2:4
"Escribe que los malvados son orgullosos, pero los justos vivirán por su fidelidad a Dios."
Habacuc 2:5
"Los hombres orgullosos desean el poder; lo buscan sin descanso y siempre quieren más, aunque el poder es traicionero. Abren la boca como el sepulcro; son insaciables como la muerte, y por eso se lanzan a conquistar nación tras nación."
Habacuc 2:6
"Pero todas las naciones conquistadas se burlarán del que las conquistó y le cantarán: «¡Ay de ti, que te enriqueces con lo que no te pertenece! ¿Hasta cuándo seguirás amontonando las riquezas que tomaste prestadas?»"
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