Versículo destacado

Gálatas 5:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Cristo nos dio libertad para que seamos libres. Por lo tanto, manténganse ustedes firmes en esa libertad y no se sometan otra vez al yugo de la esclavitud. "

Gálatas 5:1

menu_book El versículo en contexto

1 Cristo nos dio libertad para que seamos libres. Por lo tanto, manténganse ustedes firmes en esa libertad y no se sometan otra vez al yugo de la esclavitud.

2 Escúchenme. Yo, Pablo, les digo que, si ustedes se someten al rito de la circuncisión, Cristo no les servirá de nada.

3 Quiero repetirle a cualquier hombre que se circuncida que está obligado a cumplir toda la ley.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En la primera parte de este capítulo, Pablo advierte a los gálatas acerca de los maestros judíos que intentaban volver a ponerlos bajo la esclavitud de la ley. Ya había refutado ampliamente a esos maestros, mostrando que sus ideas eran contrarias al espíritu del evangelio. Este versículo reúne la enseñanza principal de todo lo que había dicho: puesto que somos justificados, es decir, declarados justos delante de Dios, únicamente por la fe en Jesucristo y no por guardar la ley, los cristianos debemos mantenernos firmes en la libertad que Cristo nos ha dado. No debemos permitir que vuelvan a atraparnos bajo un yugo de esclavitud.

Por medio del evangelio somos liberados. Somos libres de la ley ceremonial, es decir, de las reglas religiosas especiales dadas a Israel, y de la maldición de la ley moral, que condena a todo el que no la cumple perfectamente (Gálatas 3:10). Por eso ya no estamos obligados a practicar aquellas ceremonias antiguas ni sometidos al juicio estricto de una ley que exige obediencia perfecta. Esta libertad proviene del mismo Jesucristo. Por medio de su obra salvadora, él satisfizo las demandas de la ley quebrantada y, como Rey con toda autoridad, nos liberó de aquellos ritos externos impuestos al pueblo judío.

Por tanto, tenemos el deber de mantenernos firmes en esta libertad. Debemos aferrarnos al evangelio y a la libertad que nos concede, sin permitir que nadie nos convenza de volver a someternos a la ley de Moisés. Pablo respalda esta advertencia con varias razones. Una de ellas es que, si aceptaban la circuncisión y confiaban en guardar la ley para obtener justicia, estarían contradiciendo su fe cristiana y perderían todo lo que tenían en Cristo (Gálatas 5:2-4).

Pablo expresa esto con especial seriedad: «Escuchen, yo, Pablo, les digo» (Gálatas 5:2), y vuelve a afirmarlo: «Les aseguro» (Gálatas 5:3). Deja claro que habla como apóstol de Cristo y con la autoridad de Cristo. No es un predicador de la circuncisión, como algunos quizá habían afirmado. Al contrario, advierte que someterse a la circuncisión en la forma en que esos maestros la exigían era un asunto de grave peligro.

Pablo no está hablando de la circuncisión en sí misma. No está diciendo que toda persona circuncidada quede impedida de recibir el beneficio de Cristo. Después de todo, todos los creyentes del Antiguo Testamento habían sido circuncidados, y el mismo Pablo hizo circuncidar a Timoteo. Se refiere a la circuncisión tal como la usaban los judaizantes: enseñaban que, a menos que una persona fuera circuncidada y guardara la ley de Moisés, no podía ser salva (Hechos 15:1). Ese es el mismo punto que Pablo presenta en el versículo 4, cuando habla de ser justificados por la ley, es decir, de buscar una posición justa delante de Dios por medio de guardar la ley.

Si aceptaban la circuncisión en ese sentido, Cristo no les serviría de nada. Quedarían obligados a guardar toda la ley. Cristo dejaría de tener valor para ellos, y habrían caído de la gracia. En otras palabras, estarían rechazando el camino de salvación que Dios había establecido. También se colocarían en una situación en la que no podrían ser justificados delante de Dios, porque la ley exige obediencia completa, algo que ellos no podían ofrecer, y además pronuncia una maldición sobre quienes la quebrantan. La ley podía condenarlos, pero no podía salvarlos. Por eso, si se apartaban de Cristo y ponían su esperanza en la ley, Cristo no les aprovecharía en nada.

Al circuncidarse de esa manera, estarían renunciando a su fe cristiana y privándose de todo beneficio en Cristo. Por eso debían aferrarse firmemente al evangelio que habían recibido y negarse a volver a estar bajo aquella esclavitud. Aunque Jesucristo puede salvar por completo, hay muchas personas para quienes él no será de ningún beneficio. Todo el que procura ser justificado por la ley hace que Cristo deje de tener valor para él. Si edifican su esperanza sobre guardar la ley, pierden la esperanza que proviene de Cristo, porque él no salvará a quienes se niegan a confiar únicamente en él.

Para animarlos a permanecer firmes en el evangelio y en su libertad, Pablo señala su propio ejemplo y el de otros judíos que se habían hecho cristianos. Ellos esperaban, por medio del Espíritu, la esperanza de la justicia que se recibe por la fe. Aunque habían nacido judíos y habían sido criados bajo la ley, el Espíritu los había llevado a conocer a Cristo. Por eso habían abandonado toda confianza en las obras de la ley y esperaban la justificación y la salvación únicamente por la fe en él. Sería sumamente insensato que los gentiles, quienes nunca habían estado bajo la ley, se sometieran a ella y pusieran en ella sus esperanzas.

¿Qué esperan los cristianos? Esperan la esperanza de la justicia, es decir, la felicidad de la vida venidera. Se le llama la esperanza de los cristianos porque es aquello que anhelan y buscan por encima de todo. Se le llama la esperanza de la justicia porque descansa en una justicia que no es la propia, sino la de Cristo. Una vida justa es el camino que conduce a ella, pero es únicamente la justicia de Cristo la que la obtuvo para nosotros y nos da confianza para recibirla.

¿Cómo esperan obtener esta bendición? Por medio de la fe. Se trata de la fe en nuestro Señor Jesucristo, no de las obras de la ley ni de nada que puedan hacer para ganarla. Reciben y confían en él como el Señor que es nuestra justicia. Esta es la única manera en que esperan ser declarados justos delante de Dios ahora y disfrutar de la salvación después. Y esperan esta bendición por medio del Espíritu.

Aquí actúan bajo la dirección y la ayuda del Espíritu Santo. Por su guía y con su ayuda son persuadidos y capacitados para creer en Cristo y esperar por medio de él la esperanza de la justicia. Al describir así a los cristianos, el apóstol también está diciendo que quienes esperan ser justificados y salvados de cualquier otra manera terminarán decepcionados. Por eso deben aferrarse estrechamente a la enseñanza del evangelio que recibieron.

Luego Pablo argumenta a partir de la naturaleza y el propósito de la fe cristiana. Su propósito era eliminar la antigua división entre judíos y gentiles y establecer la fe en Cristo como el camino por el que somos aceptados por Dios. En Gálatas 5:6 dice que, en Cristo Jesús, es decir, bajo la forma de vida del evangelio, no importa si alguien está circuncidado o no. Bajo la ley antigua existía una diferencia real entre judíos y griegos, entre los circuncidados y los no circuncidados. Los circuncidados recibían privilegios dentro de la iglesia de Dios que los demás no tenían. Pero ahora que ha venido Cristo, quien es el cumplimiento y el fin de la ley, la situación es diferente.

Ahora no importa si una persona está circuncidada o no. Ninguna de las dos condiciones la hace mejor o peor, ni puede recomendarla delante de Dios. Por eso, los maestros que intentaban obligarlos a circuncidarse y les exigían guardar la ley de Moisés estaban actuando de manera totalmente irracional, y los gálatas no tendrían sabiduría si se sometían a ellos.

Sin embargo, Pablo sí les dice qué es lo que importa para ser aceptados por Dios: la fe que actúa por medio del amor. Esto significa una confianza verdadera en Cristo, que demuestra su autenticidad mediante un amor sincero hacia Dios y hacia el prójimo. Si tenían esa fe, no importaba si estaban circuncidados o no. Sin ella, ninguna otra cosa podía ayudarlos. Ningún privilegio externo ni ninguna profesión de fe nos pone en favor de Dios si no tenemos una fe sincera en el Señor Jesús. La fe verdadera es una gracia activa: obra por medio del amor, el amor a Dios y el amor a nuestros hermanos y hermanas. La fe que actúa por medio del amor es central para toda la vida cristiana.

Para hacerlos volver de su desviación y fortalecerlos para el futuro, Pablo les recuerda su buen comienzo y los lleva a considerar por qué habían cambiado tanto (Gálatas 5:7). Les dice que habían corrido bien. Al principio de su vida cristiana se habían comportado muy bien. Habían recibido con alegría la fe cristiana y habían mostrado un verdadero entusiasmo al vivirla. En el bautismo se habían entregado a Dios y se habían declarado discípulos de Cristo, y su conducta había correspondido a esa confesión.

La vida cristiana es una carrera, y quien desea recibir el premio debe seguir corriendo. No basta con entrar en la carrera haciendo una profesión de fe cristiana; también debemos correr bien, viviendo de acuerdo con esa profesión. Así habían comenzado aquellos creyentes, pero algo había impedido su avance. O bien los habían desviado del camino, o al menos habían comenzado a disminuir el paso y a tropezar. Por eso Pablo los confronta con la pregunta de quién los había estorbado y cómo había sucedido que ya no continuaran por el camino en el que habían comenzado tan bien. Él ya sabía quién lo había hecho y de qué manera, pero quería que ellos reflexionaran seriamente. Quería que consideraran si tenían alguna buena razón para escuchar a quienes los estaban perturbando y si los argumentos de esos maestros eran lo bastante sólidos como para justificar su conducta actual.

Muchas personas comienzan bien en la vida religiosa y por un tiempo avanzan con firmeza. Se mantienen dentro del camino señalado y lo hacen con entusiasmo y fervor. Sin embargo, de alguna manera encuentran obstáculos o se desvían. Quienes han avanzado bien, pero ahora empiezan a apartarse o a cansarse, deben examinar qué les está impidiendo continuar. Los nuevos creyentes deben esperar que Satanás ponga tropiezos en su camino y haga todo lo posible por desviarlos. Cuando se encuentren en peligro de apartarse, será prudente que consideren quién está tratando de obstaculizarlos.

Fuera quien fuera la persona a la que los gálatas estaban escuchando, Pablo les dice que, al darle lugar, se les estaba impidiendo obedecer la verdad y corrían el riesgo de perder el beneficio de todo lo que habían hecho en su vida religiosa. El evangelio que él les había predicado, y que ellos habían recibido y confesado, era la verdad. Solo en él se revela plenamente el verdadero camino de la justificación, es decir, de ser hechos justos delante de Dios, y de la salvación. Para disfrutar de ese beneficio, tenían que obedecer el evangelio, aferrarse firmemente a él y seguir formando su vida y sus esperanzas de acuerdo con él. Si permitían que los apartaran de esa verdad, estarían demostrando una gran debilidad y falta de sensatez.

La verdad no es solamente algo que debemos creer; también es algo que debemos obedecer. Debe recibirse no solo con entendimiento, sino también con amor y con su poder transformador. Quienes no se aferran firmemente a la verdad no la obedecen de verdad. Y tenemos la misma razón para obedecerla que tuvimos para recibirla desde el principio. Por eso es completamente insensato que alguien que ha comenzado a avanzar bien en la carrera cristiana permita que lo detengan y deje de perseverar.

Pablo también los anima a mantenerse firmes en la fe y en la libertad del evangelio al señalar el origen defectuoso de la enseñanza que los estaba apartando: Gálatas 5:8. «Esta persuasión», dice, «no procede de aquel que los llama». Sin duda, se refería a la idea de que debían circuncidarse y guardar la ley de Moisés, o combinar el cumplimiento de la ley con la fe en Cristo al buscar la justificación. Los maestros judaizantes, cristianos de origen judío que insistían equivocadamente en la ley, estaban presionándolos para que aceptaran esto, y los gálatas lo habían aceptado con demasiada facilidad.

Para mostrarles lo insensato de esa idea, Pablo dice que esa persuasión no procedía de aquel que los había llamado. Es decir, no procedía de Dios, por cuya autoridad se les había predicado el evangelio y habían sido llamados a participar en él. Tampoco procedía de Pablo, quien había sido el mensajero utilizado para llamarlos a esa comunión.

No podía haber procedido de Dios, porque se oponía al camino de la justificación —es decir, de ser hechos justos delante de Dios— y de la salvación que él ya había establecido. Tampoco podían haberla recibido del propio Pablo, a pesar de lo que algunos pudieran haber afirmado. Pablo siempre se había opuesto a la circuncisión como requisito para los cristianos y, aunque en ocasiones pudo permitirla por causa de la paz, nunca la exigió a los creyentes ni la trató como necesaria para la salvación.

Como esa enseñanza no procedía de quien los había llamado, Pablo deja que los gálatas juzguen de dónde podía venir. Da a entender claramente que solo podía proceder de Satanás y de sus agentes, que intentaban destruir su fe y obstaculizar la expansión del evangelio. Por eso los gálatas tenían toda la razón para rechazarla y aferrarse firmemente a la verdad que ya habían aceptado.

De esto debemos aprender que, cuando los cristianos escuchan distintas ideas en asuntos de fe, deben examinar si esas ideas proceden de Dios, quien nos llama, y si se basan en la autoridad de Cristo y de sus apóstoles. Si un estudio cuidadoso muestra que no es así, debemos rechazarlas, sin importar con cuánta insistencia otros intenten imponérnoslas.

Pablo también les advierte del peligro de que ese error se extendiera y perjudicara a otros. Algunos quizá intentaban justificarse diciendo que solo unos cuantos maestros promovían esa idea, o que ellos únicamente habían cedido en asuntos pequeños, como circuncidarse y conservar algunas costumbres judías. Tal vez pensaban que, aunque estuvieran equivocados, el asunto era demasiado limitado como para preocuparse.

Pablo responde a esa manera de pensar con una advertencia contundente: «Un poco de levadura leuda toda la masa» (Gálatas 5:9). Una idea falsa puede corromper todo el mensaje cristiano, y una sola persona puede contaminar a toda la iglesia. Por eso debían resistir ese error de inmediato; y si alguien ya había caído en él, debían valerse de todos los medios apropiados para quitar ese veneno de en medio de ellos.

Es peligroso que las iglesias cristianas toleren a personas que sostienen errores destructivos y, especialmente, que los difunden. Eso era lo que estaba ocurriendo aquí. La falsa enseñanza que se estaba propagando, y que algunos miembros de esas iglesias ya habían aceptado, amenazaba el corazón mismo del cristianismo. Por eso Pablo no les permitió sentirse seguros solo porque el número de los involucrados pareciera pequeño. Si no se detenía a esas personas, la enfermedad podía propagarse rápidamente y causar la ruina de la verdad y de la libertad del evangelio.

Luego Pablo dice algo bondadoso para que recibieran su advertencia con mayor disposición: «Yo confío en el Señor que ustedes no pensarán de otro modo» (Gálatas 5:10). Él tenía verdaderos temores acerca de ellos, y por eso les habló con tanta claridad, pero aun así esperaba que Dios usara su carta para hacerlos volver a la misma convicción que él tenía y a la verdad y libertad del evangelio que les había predicado.

Aquí también nos enseña a esperar lo mejor incluso de las personas de quienes tenemos razones para temer lo peor. Para suavizar el impacto de su reprensión, atribuye más culpa a otros que a los propios gálatas. Dice: «El que los perturba llevará su condena, sea quien sea» (Gálatas 5:10). Sabía que había personas que los estaban perturbando y distorsionando el evangelio de Cristo (Gálatas 1:7), quizá incluso un hombre especialmente activo, y atribuye más responsabilidad a esos líderes que a quienes se habían dejado desviar por ellos.

Esto nos recuerda que, al corregir el pecado y el error, siempre debemos distinguir entre los líderes y quienes son guiados por ellos. Algunos se proponen llevar a otros al error, mientras que otros simplemente son arrastrados por ellos. Pablo atenúa la culpa de estos cristianos aun mientras los reprende, para poder ganarlos de nuevo a la libertad que Cristo les había dado. Pero en cuanto a quienes los perturbaban, dice que llevarían su condena. Dios tratará con ellos justamente, y Pablo está tan indignado con ellos, por considerarlos enemigos de Cristo y de su iglesia, que desea que sean apartados, no de Cristo ni de toda esperanza de salvación, sino mediante la disciplina de la iglesia, que debe dar testimonio contra los maestros que corrompen el evangelio.

Quienes intentan destruir la fe del evangelio y perturban la paz de los cristianos, sean ministros o no, pierden su derecho a la comunión cristiana y merecen ser apartados de ella.

Para impedir que estos cristianos siguieran escuchando a sus maestros de mentalidad judía y liberarlos del daño que ya habían causado, Pablo muestra cuán deshonestamente habían actuado aquellos hombres. Lo habían presentado falsamente para alcanzar más fácilmente su objetivo. Querían someter a los gálatas a la circuncisión y mezclar el judaísmo con el cristianismo. Para lograrlo, difundieron la afirmación de que el propio Pablo predicaba la circuncisión. Cuando Pablo dice: «Y yo, hermanos, si todavía predico la circuncisión» (Gálatas 5:11), queda claro que eso era lo que habían estado diciendo de él y que habían usado esa mentira para persuadir a los gálatas de someterse a ella. Es posible que hubieran basado esa afirmación en el hecho de que Pablo circuncidó a Timoteo (Hechos 16:3).

Pablo tenía buenas razones para permitir la circuncisión en ese caso particular, pero negó firmemente que la predicara, sobre todo en el sentido que sus opositores pretendían darle. Para mostrar lo injusto de esa acusación, presentó argumentos que debieron haberlos convencido si estaban dispuestos a reflexionar con honestidad sobre ellos.

En primer lugar, si Pablo realmente hubiera predicado la circuncisión, habría podido evitar la persecución. En esencia, dice: «Si todavía predico la circuncisión, ¿por qué sigo siendo perseguido?». Sus lectores sabían que los judíos lo odiaban y lo atacaban. Pero esa hostilidad no tendría sentido si él hubiera estado de acuerdo con ellos y hubiera enseñado que la circuncisión y la ley de Moisés eran necesarias para la salvación. Ese era precisamente el asunto por el que estaban peleando. Si Pablo se hubiera unido a ellos en ese punto, lo habrían recibido con agrado en vez de enfurecerse contra él.

En segundo lugar, si Pablo hubiera cedido ante los judíos en ese asunto, entonces la ofensa de la cruz habría desaparecido. La cruz de Cristo —es decir, que la salvación viene únicamente por medio de la fe en Cristo crucificado— era una piedra de tropiezo para los judíos (1 Corintios 1:23). Lo que más los enfurecía del cristianismo era que este dejaba de considerar obligatorias la circuncisión y todo el sistema de la ley. Eso era lo que provocaba su oposición y persecución. Si Pablo hubiera enseñado que todavía era necesario guardar la circuncisión y que había que unir la ley de Moisés con la fe en Cristo para recibir la salvación, su ofensa se habría reducido considerablemente.

Pero Pablo no podía hacer eso. Tal vez otros estaban dispuestos a ceder ante los judíos, incluso quienes lo acusaban injustamente, pero él no. Estaba dispuesto a arriesgar su comodidad, su reputación e incluso su vida antes que corromper la verdad o renunciar a la libertad del evangelio. Por eso los judíos seguían oponiéndose al cristianismo y a Pablo como su predicador.

De esta manera, Pablo se defiende de la acusación falsa que se había levantado contra él y también muestra cuán poco respeto merecían quienes podían tratarlo tan mal. Esto ayuda a entender por qué podía desear que esos hombres llegaran incluso a mutilarse por completo.

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