Versículo destacado
Ezequiel 8:7 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Después me llevó a la entrada del atrio. En el muro se veía un boquete. "
Ezequiel 8:7
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
5 Entonces me dijo: «Dirige la mirada hacia el norte». Dirigí la mirada hacia el norte y, en la entrada, junto a la puerta del altar, vi el ídolo que provoca la ira del Señor.
6 Luego me dijo: «¿Ves las cosas tan detestables que hacen los israelitas, con las que me alejan de mi santo templo? Pues todavía verás otras peores».
7 Después me llevó a la entrada del atrio. En el muro se veía un boquete.
8 Entonces me dijo: «Agranda el boquete del muro». Yo agrandé el boquete y encontré una entrada.
9 Entonces me dijo: «Entra y verás las cosas tan horribles que hacen allí».
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Aquí vemos una revelación más completa de los terribles pecados que se cometían en Jerusalén, incluso dentro del área del templo. Notemos primero cómo Dios se lo mostró a Ezequiel. En la visión, lo llevó hasta la entrada del atrio exterior, junto al lugar donde vivían los sacerdotes. Dios pudo haberlo llevado directamente a las habitaciones donde se practicaba el mal oculto, pero en vez de eso lo guio paso a paso. Así le dio a Ezequiel la oportunidad de descubrir aquella maldad secreta y mostró también con cuánto cuidado los idólatras trataban de esconder su pecado.
Frente a las habitaciones de los sacerdotes habían levantado una pared para hacer más privado aquel lugar. Era una señal clara de que estaban haciendo algo que les avergonzaba. La gente malvada aborrece la luz. No querían que quienes los vieran en la casa de Dios supieran lo que hacían en privado, porque entonces su religión pública y su vida privada entrarían en conflicto.
Pero había un agujero en la pared (Ezequiel 8:7), como una especie de mirilla. Por allí se podía comenzar a ver lo suficiente como para sospechar lo que estaba ocurriendo. Cuando los hipócritas se esconden detrás de una apariencia externa de religión, suelen pensar que han ocultado sus pecados de todos. Sin embargo, siempre queda alguna grieta o alguna pista que los delata ante quienes observan con cuidado, porque en realidad no son lo que aparentan. Como las orejas del burro en la fábula, algo termina traicionando el disfraz.
Ezequiel hizo más grande el agujero y entonces vio una puerta (Ezequiel 8:8). Entró por ella a la tesorería, o a una de las habitaciones de los sacerdotes, y allí vio las cosas perversas que estaban haciendo (Ezequiel 8:9). Quienes desean descubrir el pecado en los demás, o incluso en sí mismos, deben examinar con cuidado. Satanás tiene sus artimañas, sus planes profundos y sus ingeniosos recursos, y no debemos ignorarlos. El corazón humano es engañoso más que todas las cosas, por lo que debemos examinarlo muy detenidamente.
Lo que Ezequiel encontró era profundamente triste. Primero, vio una habitación cubierta de imágenes idólatras (Ezequiel 8:10). Todos los ídolos del pueblo de Israel, tomados de las naciones vecinas, estaban pintados por todas las paredes. Allí aparecían incluso los más repugnantes, entre ellos figuras de animales que se arrastran y de bestias inmundas. Eran criaturas a las que trataban como dioses. Parecía una colección de todos sus ídolos reunidos en un solo lugar. Aunque el segundo mandamiento habla de imágenes talladas, las imágenes pintadas son igualmente incorrectas e igualmente peligrosas.
Segundo, vio la habitación llena de adoradores de ídolos (Ezequiel 8:11). Setenta de los ancianos de Israel, los líderes de la nación, quemaban incienso ante aquellas imágenes pintadas. Un gran número de idólatras se animaban unos a otros en el mal. Aunque se reunían en una habitación privada y se esforzaban por mantenerlo oculto, allí había setenta hombres involucrados. Probablemente eran del mismo tipo que los hombres que estaban sentados delante del profeta en Babilonia (Ezequiel 8:1), y parecen haber formado el gran consejo, los gobernantes principales de la nación. Eran ancianos de Israel no solo por su edad, sino también por el cargo que ocupaban. Debían haber frenado la idolatría, castigarla y destruir toda imagen falsa que encontraran. En cambio, adoraban en secreto a aquellos ídolos, mientras que en público afirmaban apoyar la religión verdadera solo porque así protegían sus puestos.
Cada hombre tenía su incensario en la mano, lo cual mostraba cuánto deseaban practicar aquella falsa adoración. Estaban dispuestos a actuar como sus propios sacerdotes y usaban una gran cantidad de incienso en honor de esas imágenes. Espesas nubes de humo llenaban la habitación. Sería bueno que el fervor de aquellos idólatras avergonzara a los verdaderos adoradores de Dios por su frialdad y descuido. Ezequiel también notó a un hombre que conocía, de pie en medio del grupo como su líder o principal dirigente. Quizá era quien presidía el consejo o quien participaba más activamente en aquella maldad. No es de extrañar que el pueblo estuviera corrompido cuando sus ancianos eran así. Los pecados de los líderes conducen a otros al pecado.
Entonces Dios le habló a Ezequiel y le dijo: «Hijo de hombre, ¿has visto esto?». ¿Podía Ezequiel haber imaginado semejante maldad? Aquí quedan claras varias cosas. Lo hacían en la oscuridad, porque las obras pecaminosas pertenecen a las tinieblas. Lo ocultaban para no perder sus cargos o, al menos, su reputación. Hay mucha maldad secreta en el mundo, pero el día la pondrá al descubierto: el día en que se manifieste el justo juicio de Dios.
Aquella habitación idólatra era solo una muestra de muchas otras semejantes. Allí se reunían para adorar juntos sus imágenes, pero parece que cada hombre tenía además su propia habitación de imágenes en su casa, destinada a ese propósito. Allí cada uno se complacía con las figuras que más le gustaban. Los idólatras tenían dioses familiares y practicaban una adoración privada en sus hogares. Esto es una vergüenza para quienes se llaman cristianos, pero no tienen una iglesia en su casa ni adoran a Dios con su familia. Si ellos tenían habitaciones llenas de imágenes, nosotros deberíamos tener habitaciones dedicadas a la oración y a la devoción.
En la raíz de su idolatría estaba la incredulidad. Adoraban en secreto las imágenes de los dioses de otras naciones y decían: «El Señor no nos ve. El Señor ha abandonado la tierra» (Ezequiel 8:12). Pensaban que, como aquello estaba tan oculto que otras personas no podían descubrirlo, Dios tampoco podía verlo. Como si existiera alguna oscuridad donde quienes practican el mal pudieran esconderse de él. Detrás de nuestro alejamiento infiel de Dios hay una negación práctica de su conocimiento absoluto. La iglesia responde correctamente a esta acusación en el caso de la idolatría: aunque hubiéramos olvidado el nombre de Dios y extendido las manos hacia un dios extraño, él examinaría el asunto y lo descubriría. Sí, ciertamente lo hará (Salmo 44:20-21).
También pensaban que ya no estaban bajo el cuidado de Dios. Se imaginaban que él había abandonado la tierra y que ya no vigilaba lo que ocurría en ella. Si eso fuera cierto, razonaban, bien podían adorar a otro dios. O creían que Dios había entregado su tierra a sus enemigos, y que por eso debían buscar a otro dios que los protegiera.
«Nuestro único Dios no puede salvarnos, o no quiere hacerlo; así que tengamos muchos». Esto era un ataque blasfemo contra Dios, como si él los hubiera abandonado primero y esa fuera la razón por la que ellos lo abandonaban a él. Personas así están verdaderamente maduras para la ruina cuando llegan a ser tan descaradas que culpan al mismo Dios por sus pecados.
De este capítulo
Ezequiel 8:1
"El día cinco del sexto mes del sexto año, yo estaba sentado en mi casa, acompañado por los ancianos de Judá. De repente, el Señor puso su mano sobre mí,"
Ezequiel 8:2
"y vi algo que parecía un hombre. Desde lo que parecía ser su cintura hacia abajo, vi algo semejante al fuego, y desde allí hacia arriba brillaba como metal bruñido."
Ezequiel 8:3
"El hombre extendió lo que parecía ser una mano y me agarró del pelo. Entonces el poder de Dios me levantó por los aires y, en visiones producidas por Dios, me llevó a Jerusalén. Allí me colocó a la entrada de la puerta interior de la ciudad, que da hacia el norte, donde está el ídolo que provoca la ira del Señor."
Ezequiel 8:4
"Allí estaba la gloria del Dios de Israel, tal como yo la había visto en la visión que tuve en la llanura."
Ezequiel 8:5
"Entonces me dijo: «Dirige la mirada hacia el norte». Dirigí la mirada hacia el norte y, en la entrada, junto a la puerta del altar, vi el ídolo que provoca la ira del Señor."
Ezequiel 8:6
"Luego me dijo: «¿Ves las cosas tan detestables que hacen los israelitas, con las que me alejan de mi santo templo? Pues todavía verás otras peores»."
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