Versículo destacado

Efesios 4:17 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Esto, pues, es lo que les digo y les encargo en el nombre del Señor: que ya no vivan como los paganos, quienes viven de acuerdo con sus criterios equivocados "

Efesios 4:17

menu_book El versículo en contexto

15 Más bien, profesando la verdad en el amor, debemos crecer en todo hacia Cristo, que es la cabeza del cuerpo.

16 Y por Cristo el cuerpo entero se ajusta y se une bien mediante la unión entre sí de todas sus partes; y cuando cada parte funciona bien, todo va creciendo y edificándose en amor.

17 Esto, pues, es lo que les digo y les encargo en el nombre del Señor: que ya no vivan como los paganos, quienes viven de acuerdo con sus criterios equivocados

18 y tienen oscurecido el entendimiento. Ellos no gozan de la vida que viene de Dios porque son ignorantes a causa de la insensibilidad de su corazón.

19 Se han endurecido y se han entregado al vicio, cometiendo sin freno toda clase de cosas impuras.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Pablo ya había exhortado a los creyentes a amarse unos a otros, vivir en unidad y mantener la paz. Ahora pasa a un llamado más amplio: vivir con pureza y santidad de corazón y de conducta, primero en términos generales y luego en acciones específicas (Efesios 4:17-24, 25-32). Introduce este llamado con seriedad: «Esto digo y testifico en el Señor». En otras palabras, puesto que ustedes son miembros del cuerpo de Cristo y han recibido sus dones, les hago presente, delante de su conciencia, el deber que tienen ante el Señor y bajo su autoridad.

Comienza con este mandato: ya no vivan como viven los demás gentiles. Se refiere a no seguir viviendo como paganos no convertidos, cuyas mentes están gobernadas por cosas inútiles, como los ídolos y las ganancias de este mundo. Los cristianos que han sido transformados por la gracia no deben imitar la vida de quienes no han sido transformados. Pueden vivir entre esas personas, pero no deben vivir como ellas.

Pablo describe entonces la condición moral del mundo gentil, de la cual los creyentes fueron rescatados como tizones arrancados del fuego. Su entendimiento estaba oscurecido (Efesios 4:18). Carecían del conocimiento salvador y aun de muchas cosas acerca de Dios que la luz natural podía haberles enseñado. Permanecían en la oscuridad y la preferían a la luz. Por causa de esta ignorancia, estaban alejados de la vida de Dios; es decir, de la vida santa que Dios exige y aprueba, una vida que refleja su propia pureza, verdad, justicia y bondad.

Su ignorancia era voluntaria. No se debía a ninguna falta en el testimonio que Dios había dado de sí mismo, sino a la dureza de sus corazones. Dios se había dado a conocer por medio de sus obras, pero ellos rechazaron la luz. Se resistieron a la enseñanza, rechazaron los medios para aprender y escogieron permanecer en la ignorancia. La ignorancia grave y obstinada destruye la religión y la piedad.

Sus conciencias también estaban arruinadas y endurecidas. Estar «sin sensibilidad» (Efesios 4:19) significa que habían perdido todo sentido real del pecado y del peligro y la miseria que este produce. Por eso se entregaron a una vida sensual. Siguieron deseos impuros hasta convertirse en esclavos del pecado y del diablo, y cometieron toda clase de impurezas con avidez. Cuando la conciencia está cauterizada, ya no existe un límite claro para lo que una persona puede hacer. Cuando el deseo pecaminoso gobierna el corazón, pronto siguen los excesos vergonzosos.

Pero los cristianos deben ser diferentes. «Ustedes no aprendieron así de Cristo» (Efesios 4:20). Esto significa que esa no es la manera en que se les enseñó el cristianismo. Si realmente han escuchado la enseñanza de Cristo y han sido enseñados interiormente por él mediante su Espíritu, entonces su vida debe demostrarlo (Efesios 4:21). Cristo es tanto la lección que aprendemos como el maestro que nos enseña. La expresión «la verdad está en Jesús» puede significar que Jesús mismo dio la doctrina verdadera y la vivió perfectamente, o que la verdad se ha apoderado de sus corazones como se apoderó del suyo.

Pablo usa después la imagen de quitarse la ropa vieja y ponerse ropa nueva. Los creyentes deben despojarse del viejo ser, de su antigua manera de vivir, y vestirse del nuevo ser (Efesios 4:22-24). Un cambio verdadero en la conducta comienza con un cambio en los principios, hábitos y deseos interiores. Ese cambio se llama santificación: el proceso por el cual somos hechos santos.

El viejo ser se llama «viejo» porque procede del viejo Adán, de quien todos heredamos una naturaleza caída. También se llama corrupto porque el pecado daña las facultades del alma y sigue empeorando cuando no se le pone freno. Está moldeado por deseos engañosos, que prometen felicidad, pero solo conducen a la miseria y la ruina. Esos deseos deben quitarse como ropa sucia, algo que nos daría vergüenza llevar en público. Gobernaban a los creyentes en su vida anterior, antes de que fueran hechos nuevos.

Pero no basta con abandonar los principios malos. También debemos adoptar principios llenos de gracia. Debemos permitir que nuestra mente sea renovada cada vez más (Efesios 4:23). Esto significa usar los medios que Dios ha establecido para que nuestros pensamientos, deseos y criterio vayan cambiando constantemente. También debemos vestirnos del nuevo ser (Efesios 4:24), la nueva naturaleza creada por el poder de Dios mediante la gracia regeneradora, es decir, la gracia que produce el nuevo nacimiento espiritual. Este nuevo ser permite vivir una vida diferente, una vida de justicia y santidad que corresponde al llamado cristiano. Es obra de Dios mismo, hecha verdaderamente hermosa y excelente.

Conforme a Dios, imitando a Dios y siguiendo ese gran ejemplo y modelo. Perder la imagen de Dios en el alma fue tanto el pecado como la miseria de la naturaleza humana caída. Esa semejanza con Dios es la belleza, la gloria y la felicidad de la nueva persona en Cristo.

Esta semejanza se manifiesta en la justicia hacia los demás, que incluye todos los deberes de la segunda tabla de la ley, y en la santidad hacia Dios, que significa obediencia sincera a los mandamientos de la primera tabla. Se dice que nos ponemos esta nueva persona cuando, usando todos los medios establecidos por Dios, buscamos esta naturaleza divina, esta nueva creación. Este es el llamado general a la pureza y la santidad de corazón y de conducta.

Luego el apóstol pasa a deberes más específicos. Las verdades generales no siempre nos impactan con tanta fuerza, por lo que menciona las partes concretas del viejo ser que deben morir, esos harapos sucios de la antigua naturaleza que deben quitarse, y las marcas particulares del nuevo ser con las que debemos adornar nuestra profesión cristiana.

Primero, debemos cuidarnos de la mentira y esforzarnos siempre por decir la verdad (Efesios 4:25). Puesto que han aprendido bien cuál es su deber y tienen obligaciones tan grandes de cumplirlo, permitan que su conducta futura demuestre que realmente ha ocurrido un cambio en ustedes, especialmente al apartar la mentira. Los paganos eran muy culpables de este pecado y decían que una mentira útil era mejor que una verdad perjudicial. Por eso el apóstol exhorta a los creyentes a dejar de mentir y a rechazar todo lo que se oponga a la verdad.

La mentira pertenece al viejo ser y debe quitarse. La parte del nuevo ser que se opone a ella es hablar la verdad en todas nuestras relaciones con los demás. Al pueblo de Dios se le conoce como un pueblo que no miente, que no se atreve a mentir y que aborrece la mentira. Quien tiene la gracia de Dios hace de la verdad un asunto de conciencia y no diría una mentira deliberada por ninguna ganancia. La razón que se da para hablar con verdad es esta: somos miembros unos de otros. La verdad es una deuda que tenemos con los demás. Si nos amamos unos a otros, no nos engañaremos ni nos mentiremos. Pertenecemos a la misma sociedad y al mismo cuerpo; la falsedad desgarraría ese cuerpo. Por eso debemos evitarla y hablar la verdad. Mentir es un pecado muy grave, una transgresión particular de las obligaciones que tienen los cristianos y algo profundamente dañino para la comunión cristiana.

Segundo, se nos advierte contra la ira y las pasiones descontroladas. «Aírense, pero no pequen» (Efesios 4:26). Estas palabras proceden de la forma en que la traducción griega del Antiguo Testamento expresa Salmo 4:4, donde nuestra Biblia dice: «Tiemblen y no pequen». Deben entenderse como una concesión prudente, no como un mandato. Ya somos bastante propensos a enojarnos, pero es difícil mantener la ira dentro de sus límites y no pecar.

Si alguna vez existe una razón justa para enojarse, asegúrense de que la ira permanezca libre de pecado. Cuídense de los excesos. Si queremos enojarnos sin pecar, debemos enojarnos únicamente contra el pecado y preocuparnos más por el honor de Dios que por nuestros propios intereses o nuestra reputación. Un pecado común relacionado con la ira es permitir que se convierta en resentimiento duradero, y se nos advierte contra eso. Si alguien los ha provocado, su espíritu se ha alterado profundamente y han resentido amargamente un insulto, tranquilicen su corazón antes de que llegue la noche, reconcíliense con la persona que los ofendió y vuelvan a arreglar las cosas: «No se ponga el sol sobre su enojo». Si la ira se convierte en amargura, asegúrense de deshacerse de ella rápidamente.

La ira en sí misma no es pecado, pero corre un gran peligro de convertirse en pecado si no se vigila con cuidado y se detiene de inmediato. La ira puede entrar en el corazón de una persona sabia, pero solo los necios permiten que permanezca allí. «No den lugar al diablo» (Efesios 4:27). Quienes persisten en la ira pecaminosa le dan espacio al diablo en su corazón y permiten que gane terreno, hasta que los conduce al odio, a planes dañinos y a cosas peores. Algunos entienden la palabra como «calumniador», es decir: no den lugar al falso acusador. Si este es el sentido, la advertencia es que cierren sus oídos a los que susurran, difunden chismes y calumnian.

Tercero, se nos advierte contra el robo, que quebranta el octavo mandamiento, y se nos anima a trabajar honradamente y a ser generosos: «El que robaba, no robe más» (Efesios 4:28). Esto es una advertencia contra toda clase de maldad, ya sea mediante la fuerza o el engaño. Quienes habían sido culpables de este pecado durante su vida pagana ya no debían seguir haciéndolo.

Pero debemos hacer algo más que evitar el pecado; también debemos practicar el deber opuesto. No solo debemos abstenernos de robar, sino trabajar con diligencia y realizar una labor honrada con nuestras manos. La ociosidad convierte a las personas en ladronas. Como dijo Crisóstomo, el robo nace de la pereza. Quienes no quieren trabajar y sienten vergüenza de pedir ayuda se ponen en grave peligro de recurrir al robo. Por eso, cada persona debe ser diligente y esforzarse en algún trabajo honrado, ocupándose en hacer lo bueno. El trabajo honesto mantiene a las personas alejadas de la tentación de hacer lo malo.

También hay otra razón para trabajar con empeño: debemos trabajar para hacer el bien a los demás, no solamente para evitar problemas. Debemos esforzarnos para tener algo que dar a quien lo necesita. No debemos trabajar solo para vivir honradamente por nuestra cuenta, sino también para compartir con quienes pasan necesidad. Incluso quienes se ganan la vida con mucho esfuerzo deben dar de lo poco que tienen para ayudar a quienes no pueden trabajar. Dar a los pobres es un deber tan necesario que aun los trabajadores y sirvientes, aunque tengan muy poco para sí mismos, deben echar su pequeña ofrenda en el tesoro. Dios debe recibir lo que le corresponde, y los pobres son quienes reciben en su nombre. Las ofrendas que más agradan a Dios no son fruto de la deshonestidad ni del robo, sino de la honradez y el trabajo diligente. Dios aborrece que se le ofrezca como sacrificio algo obtenido mediante el robo.

En cuarto lugar, se nos advierte contra las palabras corruptas y se nos dirige hacia un lenguaje útil que edifica a los demás (Efesios 4:29). Las palabras obscenas e impuras son venenosas y contagiosas, como la carne podrida. Nacen de la corrupción del corazón de quien habla y demuestran esa corrupción; además, corrompen la mente y la conducta de quienes las escuchan. Los cristianos deben cuidarse de toda conversación semejante. Esto también puede entenderse de manera más amplia, como una referencia a todo lo que despierta en los demás deseos y pasiones pecaminosas.

No solo debemos quitarnos las palabras corruptas, sino también vestirnos de palabras buenas que edifiquen a los demás. El propósito principal de hablar es fortalecer y ayudar a las personas con quienes conversamos.

Los cristianos deben procurar que su conversación sea útil. Sus palabras deben comunicar gracia a quienes las oyen; es decir, deben hacerles bien mediante la instrucción que necesitan, un consejo sabio, una corrección sincera o algo semejante. Es un deber importante que los cristianos guarden sus labios y usen su manera de hablar y sus conversaciones diarias, tanto como sea posible, para el bien de los demás.

Luego Pablo da otra advertencia contra la ira y ofrece más consejos sobre el amor y la bondad mutuos (Efesios 4:31-32). La amargura, la furia y la ira se refieren a un fuerte resentimiento y rechazo interior hacia los demás. El clamor significa hablar de manera fuerte, áspera e incontrolada, con palabras exageradas, amenazas y otros arrebatos que dejan salir la ira.

Los cristianos no deben guardar esos sentimientos desagradables en el corazón ni expresarlos con la lengua. Las palabras maliciosas incluyen todo insulto, burla y comentario hiriente dirigido contra las personas con quienes estamos enojados. La malicia es una ira profundamente arraigada que lleva a alguien a planear o hacerles daño a los demás.

Pablo pone delante de nosotros lo contrario: «Sean bondadosos unos con otros». Esto incluye el amor en el corazón y también una conducta amable, humilde y respetuosa hacia los demás. Es apropiado que los seguidores de Jesús sean bondadosos unos con otros, como personas que han aprendido, y que desean enseñar, a agradar a los demás de una manera buena y apropiada.

Ser «tiernos de corazón» significa ser misericordiosos y tener una sensibilidad compasiva hacia los problemas y sufrimientos de los demás, de modo que la compasión surja con prontitud. «Perdonarse unos a otros» significa reconocer que habrá desacuerdos entre los discípulos de Cristo y, por eso, estar dispuestos a perdonarse. En esto deben parecerse a Dios mismo, quien los ha perdonado por causa de Cristo, y cuyo perdón supera ampliamente lo que ellos pueden perdonarse unos a otros.

En Dios hay perdón, y él perdona el pecado por causa de Jesucristo y del sacrificio que Cristo ofreció para satisfacer la justicia divina. Quienes han recibido el perdón de Dios deben tener un espíritu perdonador. Deben perdonar como Dios perdona: con sinceridad y de corazón, de buena voluntad y con alegría, completa y permanentemente cuando la persona pecadora se arrepiente de verdad, recordando la oración: «Perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden».

Todos estos deberes pertenecen a lo que la Escritura llama la segunda tabla, es decir, nuestros deberes hacia otras personas. Los cristianos deben aprender de esto cuán serias son sus obligaciones en estos asuntos. Quien no cumple cuidadosamente con estos deberes nunca puede temer verdaderamente a Dios ni amarlo con sinceridad, sin importar lo que afirme.

En medio de estas advertencias y exhortaciones, Pablo añade este mandato general: «No entristezcan al Espíritu Santo de Dios» (Efesios 4:30). Al observar lo que aparece antes y después, podemos entender qué entristece al Espíritu de Dios. Los versículos anteriores muestran que la inmoralidad sexual, la impureza, la mentira y las palabras corruptas que despiertan deseos sucios entristecen al Espíritu. Los versículos siguientes muestran que también lo entristecen la amargura, la furia, la ira, el clamor, las palabras maliciosas y la mala intención.

Esto no significa que el Espíritu bendito pueda entristecerse exactamente de la misma manera que nosotros. El punto es que no debemos actuar hacia él de maneras que resulten perturbadoras y ofensivas, como sucede entre los seres humanos. No debemos hacer nada que vaya en contra de su naturaleza santa o de su voluntad. Tampoco debemos rechazar su consejo sabio ni rebelarnos contra su gobierno, porque eso provocaría que tratara con nosotros como las personas tratan a quienes las hacen enojar: retirando su bondad y dejándonos a merced de nuestros enemigos.

No provoquen al Espíritu bendito de Dios para que retire de ustedes su presencia y su ayuda misericordiosa. Una razón poderosa para no entristecerlo es que por medio de él fuimos sellados para el día de la redención. Se acerca un día de redención. En la resurrección, el cuerpo será rescatado de la tumba, y entonces el pueblo de Dios quedará completamente libre de todos los efectos del pecado, así como del pecado y la miseria mismos; esa liberación plena no ocurre hasta que los creyentes sean resucitados.

Todos los verdaderos creyentes están sellados para ese día. Dios los ha marcado como suyos y les da al Espíritu como garantía y seguridad de una resurrección gozosa y gloriosa. El Espíritu de Dios es ese sello. Dondequiera que el Espíritu bendito esté obrando como santificador, haciendo santa a una persona, allí también es la garantía de todo el gozo y la gloria de aquel día de redención. Sin él estaríamos perdidos si Dios nos quitara su Espíritu Santo.

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