Versículo destacado
1 Corintios 15:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Ahora, hermanos, quiero que recuerden el evangelio que les prediqué. Este es el evangelio que ustedes aceptaron y en el cual permanecen firmes. "
1 Corintios 15:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Ahora, hermanos, quiero que recuerden el evangelio que les prediqué. Este es el evangelio que ustedes aceptaron y en el cual permanecen firmes.
2 También por medio de este evangelio serán salvos, si se mantienen firmes en él tal como yo se lo anuncié; de lo contrario, habrán creído en vano.
3 En primer lugar, les enseñé la misma tradición que yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras;
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La labor del apóstol en este capítulo es defender y demostrar la resurrección de los muertos, una verdad que algunos corintios negaban abiertamente (1 Corintios 15:12). Tal vez habían convertido esta verdad en una alegoría, como hicieron Himeneo y Fileto al decir que la resurrección ya había ocurrido (2 Timoteo 2:17-18), o tal vez la rechazaban por considerarla irracional según la sabiduría humana. De cualquier manera, negaban la doctrina verdadera. Al negar la resurrección, también negaban el juicio y la recompensa futuros.
No sorprende que los paganos y los incrédulos nieguen esta verdad, pero resulta impactante cuando lo hacen los cristianos. Ellos habían recibido su fe por revelación, y esta verdad se enseñaba claramente. Ahora Pablo tenía que afirmarlos en ella, porque vacilar en este punto podía sacudir toda su fe. Aún corrían el peligro de apartarse de la verdad.
Pablo comienza con un breve resumen del evangelio que les había predicado: la muerte y la resurrección de Cristo. La doctrina de la resurrección de los muertos descansa sobre ese fundamento. Las verdades divinas se entienden con mayor claridad cuando comprendemos cómo se relacionan entre sí. El fundamento puede hacerse firme para que todo el edificio permanezca seguro.
Pablo da gran importancia a este evangelio en 1 Corintios 15:1-2. Primero, era el mensaje que siempre había predicado. Su enseñanza no era incierta ni cambiante; siempre había anunciado el mismo evangelio. La verdad no cambia, y los verdaderos maestros de Dios no se contradicen entre sí ni se contradicen unos a otros.
Segundo, este era el evangelio que ellos ya habían recibido. Lo habían creído, o al menos habían profesado creerlo. No era una enseñanza extraña. Era el evangelio en el cual habían permanecido firmes y en el cual todavía debían permanecer. Si abandonaban esta verdad, no les quedaría ningún fundamento para su fe. La muerte y la resurrección de Cristo están en el centro del cristianismo. Si se quita ese fundamento, toda la estructura se viene abajo.
Tercero, este evangelio era el único camino por el cual podían esperar la salvación (1 Corintios 15:2). No hay salvación en ningún otro nombre; solo en Cristo. Y no hay salvación en su nombre aparte de su muerte y resurrección. Estas son las verdades salvadoras de nuestra fe. La crucifixión de Cristo y su victoria sobre la muerte son la fuente de nuestra vida espiritual y de nuestra esperanza.
Por eso, estas verdades deben permanecer en nuestra mente. Tenemos que aferrarnos a ellas con firmeza, recordarlas con frecuencia y conservarlas hasta el fin. No nos salvarán si las ignoramos o nos negamos a vivir bajo su poder. Solo será salvo el que persevere hasta el fin (Mateo 10:22). Una fe que dura poco no sirve de nada. De hecho, hace mayor la culpa si una persona vuelve a la incredulidad. No tiene sentido afirmar que se tiene fe en Cristo mientras se niega la resurrección, porque eso también sería negar su resurrección. Sin esta verdad, el cristianismo pierde su significado, y la fe y la esperanza se quedan sin fundamento.
Pablo ahora explica en qué consiste este evangelio, la doctrina que les había entregado primero. Era una verdad de máxima importancia: Cristo murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó. En otras palabras, fue entregado a causa de nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación, es decir, para que fuéramos considerados justos delante de Dios (Romanos 4:25). Fue ofrecido como sacrificio por nuestros pecados, y resucitó para demostrar que se había obtenido el perdón y que Dios había aceptado el sacrificio.
La muerte y la resurrección de Cristo son el corazón del evangelio. De ellas recibimos ahora la vida espiritual, y sobre ellas edificamos nuestra esperanza de vida eterna. Después, Pablo muestra cómo fue confirmada esta verdad. Primero, ocurrió conforme a las Escrituras, tanto en las profecías como en las figuras o ejemplos anteriores que señalaban de antemano a Cristo. Menciona profecías como Salmo 16:10, Isaías 53:4-6, Daniel 9:26-27 y Oseas 6:2. También se refiere a figuras como Jonás (Mateo 12:4) e Isaac, de quien se dice que fue recibido de vuelta de entre los muertos como una representación de lo que habría de suceder (Hebreos 11:19). La fe se fortalece cuando vemos cómo el evangelio coincide con las Escrituras anteriores.
Segundo, la resurrección de Cristo fue confirmada por muchos testigos presenciales que lo vieron vivo después de que resucitó. Pablo menciona varias de sus apariciones, además de la que él mismo presenció. Cristo se apareció a Cefas, es decir, a Pedro; después, a los doce, refiriéndose al grupo de los apóstoles aunque Judas ya no estaba. Luego se apareció a más de quinientos hermanos a la vez; muchos de ellos todavía vivían cuando Pablo escribió, aunque algunos ya habían muerto. Esto ocurrió en Galilea (Mateo 28:10). Más tarde se apareció a Jacobo de manera individual, y después a todos los apóstoles cuando ascendió al cielo, en el monte de los Olivos (Lucas 24:50; Hechos 1:2, 5-7).
¡Qué sólida era la prueba de que Cristo había resucitado de entre los muertos, cuando tantas personas lo vieron vivo en diferentes ocasiones! Incluso atendió la debilidad de uno de sus discípulos al permitirle tocarlo, para que no quedara ninguna duda. También tenemos toda razón para confiar en estos testigos, porque permanecieron firmes en esta verdad aunque les costó mucho en este mundo.
Pablo fue la última persona a quien se le concedió ver a Cristo de esta manera. Parte de la labor de un apóstol era dar testimonio de la resurrección del Salvador (Lucas 24:48). Cuando Pablo fue llamado a ese oficio, el Señor Jesús se le apareció en el camino a Damasco (Hechos 9:17). Después de mencionar este favor, Pablo hace una pausa para hablar humildemente de sí mismo. Dios lo había bendecido grandemente, pero él siempre procuraba tener un concepto modesto de sí mismo y demostrarlo con sus palabras.
Pablo explica esto señalando, en primer lugar, que era como alguien nacido fuera de tiempo (1 Corintios 15:8). La palabra sugiere un nacimiento prematuro o fuera de lo normal, algo parecido a un niño que nace muerto o demasiado pronto. Pablo se sentía así porque su llamado al apostolado ocurrió de manera repentina, después de que el ministerio terrenal del Señor ya había terminado. No había caminado con Jesús como los otros apóstoles ni había sido formado en esa comunión cercana con él. Para Pablo, esto era profundamente humillante.
También se coloca por debajo de los demás apóstoles cuando dice que no era digno de ser llamado apóstol. Fue el último llamado a ese oficio y recordaba que en otro tiempo había perseguido a la iglesia de Dios (1 Corintios 15:9). En otro lugar afirma que no era inferior a los principales apóstoles en dones, gracia, servicio ni sufrimientos (2 Corintios 11:5). Aun así, aquellos pecados pasados hacían que se considerara menos digno que los demás. Un espíritu humilde, incluso en alguien que posee grandes dones, es algo hermoso. Hace que esos dones resplandezcan con mayor claridad.
Lo que mantenía especialmente humilde a Pablo era el recuerdo de su maldad anterior, de su violento celo contra Cristo y su pueblo. Aquí vemos con qué facilidad Dios puede sacar algo bueno de un gran mal. Cuando la gracia de Dios transforma a los pecadores en santos, incluso sus pecados pasados pueden ayudarles a mantenerse humildes, firmes y fieles.
Pablo atribuye entonces todo lo bueno de su vida a la gracia divina: por la gracia de Dios era lo que era (1 Corintios 15:10). Solo Dios puede decir, en el sentido más pleno, «Yo soy el que soy». Nuestro privilegio es decir: «Por la gracia de Dios, somos lo que somos». En la vida espiritual no somos nada fuera de lo que su gracia hace de nosotros. Todo lo bueno que hay en nosotros fluye de esa única fuente.
Pablo lo sabía bien, y esto lo mantenía humilde y agradecido. También sabía que había trabajado arduamente, con verdadero celo y dedicación, así que podía decir que la gracia de Dios en él no había sido inútil. Había trabajado más que todos los demás, pero aun así afirmaba que no era él, sino la gracia de Dios que estaba con él (1 Corintios 15:10). Quienes reciben la gracia de Dios deben tener cuidado de no desperdiciarla. Deben usarla, avivarla y vivir por ella. Pablo lo hizo, y por eso trabajó con tanta fuerza y obtuvo tanto fruto.
Mientras más servía, más humilde se volvía. Mientras más bien hacía, más alababa el favor gratuito e inmerecido de Dios. Por lo general, un corazón humilde también es un corazón lleno de gracia. Cuando el orgullo ha sido derribado, es correcto pensar que la gracia está gobernando.
Después de esta aclaración, Pablo vuelve a su punto principal. Dice que predicaba el mismo evangelio en todas partes, y que lo mismo hacían todos los apóstoles. Ya fuera Pedro, Pablo o cualquier otro apóstol, todos enseñaban la misma verdad, contaban la misma historia y predicaban la misma doctrina (1 Corintios 15:11). Todos estaban de acuerdo en que Jesucristo, crucificado, sepultado y resucitado de entre los muertos, es el centro del cristianismo. Todos los verdaderos cristianos creen este mismo mensaje. Los apóstoles estaban unidos en su testimonio, y los cristianos están unidos en su fe. Por esta fe viven y en esta fe mueren.
De este capítulo
1 Corintios 15:2
"También por medio de este evangelio serán salvos, si se mantienen firmes en él tal como yo se lo anuncié; de lo contrario, habrán creído en vano."
1 Corintios 15:3
"En primer lugar, les enseñé la misma tradición que yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras;"
1 Corintios 15:4
"que lo sepultaron y que resucitó al tercer día, también según las Escrituras;"
1 Corintios 15:5
"y que se apareció a Cefas y luego a los doce."
1 Corintios 15:6
"Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, la mayoría de los cuales todavía vive, aunque algunos ya han muerto."
1 Corintios 15:7
"Después se apareció a Santiago y luego a todos los apóstoles."
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